Buscando la respuesta a los propósitos de Dios en una hora de prueba.

Lectura: 2 Corintios 4:6-18.

Tiempo de crisis

Sin duda, el mundo entero está viviendo un tiempo de crisis, angustia y aflicción. El Covid-19 ha golpeado a casi la mayoría de los países del mundo, con efectos devastadores. Ignoramos cuándo ni cómo terminará esto. Y aún así, una vez pasada esta pandemia, vendrán otras repercusiones.

Los economistas afirman que ya estamos en una recesión mundial. En algunos países hay pérdidas laborales históricas. El mundo enfrenta una crisis de proporciones gigantescas. Y nosotros, los hijos de Dios, que vivimos y participamos de la casa común de la humanidad que es esta tierra, también somos partícipes de esta experiencia global, sintiendo sus efectos, al igual que toda la humanidad.

En tiempos de crisis, es natural que nos preguntemos qué es lo que el Señor está obrando a través de esto, cuál es el objetivo divino en lo que está ocurriendo. Esta es una pregunta válida; necesitamos entender los tiempos de Dios y su accionar en la historia, para alinearnos con su propósito.

Las aflicciones de Pablo

Las palabras de 2 Corintios 4:6-18, escritas por Pablo, resaltan un hecho fundamental: que su vida fue caracterizada por el sufrimiento y la tribulación, hasta el final de sus días.

Cuando el Señor llamó a Pablo en el camino a Damasco, le dijo a Ananías: “Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hech. 9:15-16). Desde el principio, se le advirtió a Pablo que era llamado a sufrir por causa del Señor. Y en el relato que él mismo hace de su vida, vemos que realmente él fue un hombre que vivió un sufrimiento constante.

En su segunda carta a los corintios, él hace un resumen de las cosas que le ha tocado vivir por causa del Señor: prisiones, naufragios, azotes, una serie de situaciones que, a la verdad, si uno supiese que pasará por todo eso, no sé si se atrevería a responder al llamamiento del Señor.

Pablo no sabía de antemano todo lo que habría de sufrir; pero el Señor ya le había advertido que ese sería un rasgo constante de su vida. Y Pablo muestra que el secreto de su ministerio, lo que explica del fruto de su obra, está en la vida de sufrimiento que él escogió vivir por amor de Cristo.

 “Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Cor. 1:8-9).

No sabemos lo que ocurrió, pero fue algo tan grave que Pablo y los suyos temieron perder su vida. Esto producía  desconcierto en el corazón de los hermanos. Por un lado, era el apóstol de Jesucristo, al cual se le había encomendado llevar a los gentiles el evangelio de Jesucristo; a quien Dios usaba con señales y milagros; un hombre que caminaba en íntima comunión con el Señor.

Y de pronto aparece esta paradoja: este mismo hombre que manifiesta tal poder, es sometido a circunstancias extremas de padecimiento. Esto es algo incomprensible aun para muchos creyentes. Eso es lo que el apóstol trata de responder en la carta. ¿Cómo se conjugan estos dos elementos? Por un lado, la gracia, el amor, el poder, el cuidado de Dios para con los suyos; y por otro lado, el sufrimiento en la vida de aquellos a quienes él ama y ha redimido.

Los tratos de Dios con sus hijos

La experiencia del apóstol cobra una vigencia tan actual en nuestros días, en la medida que esta pandemia, con sus efectos de todo tipo, está produciendo mucho dolor en la vida de las personas, entre las cuales estamos también los hijos de Dios.

Si leemos el Salmo 91, alguien puede argumentar que el Señor promete cuidarnos, que ninguna plaga nos tocará. Sin duda, el Señor ha prometido cuidarnos de una manera especial. Él nos libra constantemente de tantas cosas, aun sin que nosotros tengamos conciencia de ello.

Pero existen ocasiones donde Dios permite que el dolor llegue a nuestra vida, porque eso tiene un propósito en sus tratos con nosotros. Sin ese trabajo que produce la aflicción, la obra del Señor no podría realizarse plenamente en nosotros. Por eso Pablo nos muestra en su propia vida, cómo el padecimiento es vital para el desarrollo de nuestra madurez en Cristo.

Por supuesto, los tratos de Dios con el mundo son diferentes a sus tratos con la iglesia. Los ojos del Señor están puestos sobre la iglesia de manera especial. Es más, todo lo que Dios hace en la historia del mundo tiene que ver, finalmente, con la iglesia. A través de todos los acontecimientos de la historia, él está preparando para Cristo una novia santa y sin mancha, vistiéndola y adornándola para ese día glorioso cuando el Señor venga a encontrarse con ella.

El mundo está siendo conmovido hasta los cimientos, y esto es un anticipo de lo que depara el futuro. No sabemos cuándo vendrá el Señor, pero sí sabemos que a medida que su venida se aproxime, el mundo será sacudido, de una manera cada vez más violenta, por diferentes situaciones. Los cimientos del mundo serán remecidos; Dios está remeciendo todo lo que puede ser remecido, para que permanezca solo lo que es inconmovible.

“Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos. La voz del cual conmovió entonces la tierra” (Heb. 12:25). Dios descendió para hablar con el pueblo de Israel en el monte Sinaí, y su voz era tan imponente que los cimientos del monte temblaban.

“…pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo. Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible…”.

En otras palabras, Dios nos está preparando para un reino de cosas que no pueden ser removidas. Y éstas se establecen en nuestras vidas precisamente a través de este proceso de conmoción.

Sacudiendo los fundamentos

Como dice el Señor a la iglesia en Filadelfia, estamos llegando a “la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra” (Ap. 3:10). Esto tiene que ver primero con los tratos de Dios con el mundo, para mostrar a los hombres cuál es su real condición.

Los hombres del mundo viven en total ignorancia de su real condición espiritual, de qué es lo que está realmente en juego en sus vidas; viven al borde del abismo. El propio peso del pecado los arrastra constantemente a caer en la destrucción eterna, pero ellos no lo saben.

Los hombres del mundo viven como si la vida les perteneciera, como si tuviesen todo el tiempo del mundo para vivir sus vidas lejos de la voluntad divina, desafiando y dando la espalda a Dios, pecando contra él de una y otra manera. Y Dios, en su amor y su paciencia, espera a que ellos se arrepientan, porque estamos en el tiempo de la gracia, donde aún hay salvación para todo aquel que cree.

Dios sacude los fundamentos del mundo, para mostrar a los hombres cuán precaria es su situación. Eso es lo que está ocurriendo en estos días. Todo lo que el mundo tiene por seguro ha sido remecido; hasta los países más desarrollados han sido incapaces de responder a esta emergencia.

Los hombres son llevados una vez más al límite; son confrontados con el hecho de que la vida en esta tierra es breve, comparada con lo que viene después: una eternidad de gloria y dicha con Cristo, o una eternidad de condenación y separación de Dios. Solo estas situaciones límites obligan a los hombres a pensar en las cosas de valor eterno. Este es un llamado de atención de parte de Dios.

La mano de Dios está sobre el mundo. Pero, a pesar de que es pesada y puede ser muy dura, es siempre una mano de compasión y de misericordia. Debemos ser muy cuidadosos de no convertirnos en profetas que solo anuncian juicio, como si lo único que Dios quisiera fuese la destrucción de los pecadores. No. Lo que Dios quiere es salvar a todos los hombres.

Sin duda, llegará ese día en que la ira de Dios se revelará en toda su plenitud debido a la obcecación de los hombres, que llegará a su colmo. Y su ira será terrible. Pero, hasta que ese día llegue, Dios está queriendo que todos los hombres sean salvos y procedan al arrepentimiento. Y por muy dura que sea su mano sobre el mundo, todavía Dios tiene el propósito de producir arrepentimiento y salvación.

“…porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia. Se mostrará piedad al malvado, y no aprenderá justicia; en tierra de rectitud hará iniquidad” (Is. 26:9-10). Pero, cuando sus juicios se manifiestan –porque ya no hay otra opción– los hombres se arrepienten y aprenden la justicia. A veces, este es el único camino.

Recordemos: quien tiene el control de la historia es el Dios soberano; no el hombre. No es la ciencia, la tecnología, la capacidad humana. Nuestra vida, nuestro tiempo, no nos pertenecen; le pertenecen a él. Y estas cosas son un recordatorio para el mundo, de que nuestra vida está en manos de Dios.

Dios y la iglesia

Ahora, volviendo a la iglesia, también esto nos afecta a nosotros. Solo que los tratos de Dios con la iglesia, en cierto sentido, tienen un propósito distinto a los tratos con el mundo. Lo que Dios busca es que el mundo se arrepienta, reconozca su pecado, crea en el evangelio y así obtenga salvación.

Pero, respecto a la iglesia, lo que Dios está haciendo es diferente. A través del dolor y de la prueba, Dios está preparando a sus hijos; los está formando, llevándolos por un camino de crecimiento y de madurez espiritual. La manera en que nosotros enfrentamos el padecimiento es diferente. El mundo lo hace con aflicción, con incertidumbre y desesperación. Pero no debe ser así para los hijos de Dios.

Recuerden que nuestro amado Señor, en Isaías 53 es llamado “varón de dolores, experimentado en quebranto”. Él conoce y sabe del sufrimiento más que ningún hombre. De manera que es él quien nos puede conducir, y tiene el poder y la sabiduría para conducirnos, a través del sufrimiento, al cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestra vida.

“Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4:6). El punto de partida, dice el apóstol, es éste. Dios ha depositado en nosotros un tesoro de gloria incomparable: el tesoro “del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”.

Esa gloria, el conocimiento de Cristo, es un tesoro que está en nosotros, y que hace que nuestra vida tenga un valor infinito, ilimitado, que nuestra vida sea una vida que trasciende el tiempo y la historia, porque ese tesoro que está en nosotros es de valor infinito y eterno. Y eso explica, en el caso de Pablo, su fructífero ministerio, aquel poder que se manifestaba en su vida.

Un tesoro en vasos de barro

“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro” (v. 7). ¡Qué contraste! El tesoro brilla con una gloria incomparable, pero sus portadores son lo más opuesto a él en fuerza y poder. Pero esto tiene un propósito. Esto dice Pablo, para que sea evidente que “la excelencia del poder” que se manifiesta en nuestra vida “sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo”.

Mire cómo Pablo describe su experiencia en la tierra: “…atribulados en todo”. Vamos a leer la primera parte de cada frase en este pasaje, que es una descripción del vaso de barro.

“Estamos atribulados en todo … en apuros… perseguidos … derribados”. Todas estas son evidencias de que somos vasos de barro. Es decir, ¿podemos estar atribulados, pasando por tribulaciones, situaciones, difíciles, dolorosas? Sí, podemos, porque somos vasos de barro.

“…en apuros”, es decir, en situaciones que parece que no podemos resolver y para las cuales parece no haber salida. Sí, puede ser. “…perseguidos”. Sí, y aun podemos ser muertos por causa del Señor. Eso ha ocurrido muchas veces desde el comienzo de la historia de la iglesia.

“…derribados”. Sí, podemos ser derribados. Esto parece tan contradictorio a la teología de la prosperidad, que dice que los hijos de Dios nunca sufrirán, que solo deben esperar bendiciones. Bueno, toda esta catástrofe es una abierta negación de esa teología. Sí, podemos ser derribados, y estar en situaciones en donde ni siquiera logramos mantenernos en pie, ni física, ni emocionalmente.

Pablo está haciendo una descripción muy clara de nuestra condición humana. Somos vasos de barro; no somos inmunes a los sufrimientos de este mundo caído, de esta tierra que gime con dolores de parto. Estamos también sometidos a estas cosas que suceden en una tierra golpeada por el pecado. Y eso incluye terremotos, huracanes, enfermedades.

Esa es la parte del vaso de barro. Pero observen el contraste ahora, no anulando el vaso, sino que, junto con ello se manifiesta también en él el poder del tesoro que lleva dentro. Y aquí está el contraste. “…atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados”. No nos domina la angustia o el miedo. No estamos sometidos ni caídos. Estamos atribulados, pero seguimos adelante, sostenidos por el Señor que está en nosotros, en medio de la prueba.

El Salmo 91

Esto es vital para interpretar correctamente el Salmo 91. Al leer solo la primera parte del salmo, da la impresión de que el salmista está diciendo que los hijos de Dios somos prácticamente inmunes al sufrimiento. Pero al leer hasta el final, vemos que él no está diciendo eso.

“Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación” (Sal. 91:14).

En otras palabras, no es que no habrá padecimientos en nuestra vida, sino que lo que va a ocurrir será infinitamente mejor. En medio de la angustia, él nos sostendrá, él estará con nosotros, él revelará su presencia y su gloria a sus hijos, y los llevará más allá. Esa es la promesa de Dios.

“Caerán a tu lado mil, y a diez mil a tu diestra”, significa que, pase lo que pase y venga lo que venga, nuestra vida estará segura, preservada eternamente en sus manos gloriosas.

El Señor dijo a sus discípulos que era probable que muchos de ellos corrieran el riesgo de perder su vida por el amor de Cristo, por las persecuciones que vendrían. “No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno” (Luc. 12:4-5).

En otras palabras, ¿qué debe gobernar nuestra vida, el temor de la muerte, el temor de la aflicción, o el temor de Dios? El Señor está diciendo que lo que debe gobernar nuestra vida es el temor de Dios, el conocimiento de un Dios que nos sostiene, que nos guarda, que es capaz de llevarnos más allá de la muerte e impedir que la muerte nos dañe.

El cuerpo puede morir, dirá Pablo más adelante en este mismo pasaje. El cuerpo puede ser dañado, incluso puede morir. Pero el alma, el núcleo de nuestra personalidad, es eterna y no morirá jamás porque está sostenida por el poder del Señor para siempre.

“No temáis a los que matan el cuerpo”. En el tiempo presente, podemos decir: “No temáis a lo que mata el cuerpo” – el virus, la enfermedad. Si tal temor se apodera de nosotros, puede destruirnos. Que lo que controle tu vida sea el conocimiento del Dios todopoderoso que nos sostiene; que ese conocimiento sea lo que realmente da fundamento, fortaleza y sustento a nuestra vida.

Propósito del sufrimiento

“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” (Is. 43:2). El Señor no dice que no pasaremos por esas situaciones de prueba. Entonces, veamos cómo el apóstol nos enseña acerca de la manera en que el sufrimiento produce crecimiento y madurez en nuestra vida.

En otras palabras, es una vida que no se explica, simplemente, por las capacidades humanas del apóstol. Eso es lo que vemos aquí: “…perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos”. En otras palabras, constantemente en su vida se manifiesta un poder que va más allá de las limitaciones del vaso de barro, que no se manifestaría si no fuese porque él vive través de esas experiencias.

Solo podremos conocer realmente cuán grande es el poder con que Dios nos sostiene, el poder de la resurrección de Cristo en nosotros, a través de las dificultades y las pruebas.

Dando vida a otros

¿Cómo podremos conocer a Dios si no es por la experiencia de su poder sosteniéndonos a través de las dificultades? Ese es el primer elemento. Después, el versículo 11 dice: “Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”.

El segundo elemento es que Pablo no solo experimenta el poder de la resurrección de Cristo a través del padecimiento, sino que además en su experiencia, una y otra vez, el poder de Dios y la vida de Cristo se manifiesta para salvar, socorrer y dar vida a otros. Es decir, cuanto más experimentamos las aflicciones asociadas a nuestro servicio al Señor, tanto más otros experimentarán Su vida poderosa.

Entre los testimonios que hemos oído en estos días, me impresionó mucho la historia de un pastor de 75 años que fue hospitalizado en Italia. Él tenía muchas dificultades para respirar, pero en vez de abatirse y estar angustiado por su futuro, fue cama por cama tomando la mano de los pacientes que estaban allí, orando por ellos, alentándoles, hablándoles del Señor y consolándoles en la aflicción.

Finalmente, él partió a la presencia del Señor; pero los médicos fueron impactados por su testimonio, y algunos de ellos fueron llevados a creer en Jesucristo. Eso significa “la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida”: vivir centrados en el reino de Dios y en lo que éste hace en la vida de otros.

A Pablo no le preocupaba su integridad física, no vivía obsesionado por su salud o por su seguridad. Por eso exponía su vida. No estaba interesado en prolongarla a cualquier precio. Más bien,  vivió para servir al Señor y a aquellos a quienes él le envió a servir. Esa es una vida adquirida que, al experimentar el dolor, es capaz de dar vida a otros.

Viviendo para Cristo

“… siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús” (v. 11). La clave es “por causa de Jesús”. ¿Qué hace que alguien como Pablo viva su vida de esta manera? El amor de Cristo. Él se sabe amado de tal manera por el Señor, que la única respuesta posible es amarle tal como Cristo lo amó.

Para Pablo, el propósito de nuestra vida no somos nosotros mismos. En su último discurso a los ancianos de Éfeso, él dice: “Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones” (vs. 22-23).

Pero en lugar de paralizarse de miedo, ¿qué hace Pablo? Dice: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo” (v. 24). Una traducción alternativa dice: “Y no veo mi vida como un tesoro que debo salvar a cualquier precio”.

El mundo actual, tan secularizado, vive obsesionado por la salud. Muchos creen que la vida consiste solo en lo que ocurre aquí y ahora, en las paredes de este mundo físico. Por eso, cuando la salud se ve amenazada, la gente se desespera, pues no ve más allá de los límites físicos del universo.

 “…ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”. Su vida estaba por entero consagrada a Cristo y su evangelio, por amor de él y por amor de aquellos a quienes él ama.

Pablo partió de este mundo con 62 años más o menos. Para los estándares actuales, su vida fue breve. Su propósito no era vivir una vida larga, sino servir a Cristo hasta el final. Tal es una vida gobernada por una sola causa, por un solo amor, por un solo motivo: Jesucristo.

Madurez espiritual

“Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios” (2 Cor. 4:15). El apóstol une estas dos cosas: primero, “por causa de Jesús”, y luego, derivado de esto, “por amor a vosotros”.

Sería fácil evitar tantas dificultades, preocuparse menos por los demás; pero, por amor a ellos, él se expone al peligro, para que ellos también puedan recibir la palabra y la gracia de Dios.

Esto es madurez espiritual, esto es vivir en el plano espiritual y celestial, no centrados en nuestra vida material, nuestra seguridad, nuestro bienestar en este mundo. Naturalmente, todos queremos algo de eso, pero, por amor de Cristo, Pablo renuncia a esas cosas, expone su vida a la necesidad, a la desnudez, al hambre, al peligro, al sufrimiento, una y otra vez.

Este es un llamado de atención solemne para nosotros? ¿Cuál es la clase de vida que Cristo quiere que vivamos? En la vida que vive el mundo, lo que primero es estar seguros, y tratar de eliminar el dolor. Pero sin ese padecimiento, la gloria de Cristo no podría revelarse en nuestra vida.

Veamos esta pesada mano de Dios sobre el mundo como una oportunidad que Dios le está dando a la iglesia. El mundo no puede procesar el dolor que está viviendo. Pero nosotros podemos, pues el tesoro que hay en nosotros nos capacita para tratar aun con la muerte.

No podemos retroceder asustados, como hace el mundo. Tenemos todos los recursos de Dios. ¿Cómo hablar al mundo y actuar como Cristo nos pide que actuemos en esta hora? Gastando nuestra vida por amor de Cristo y por amor de aquellos a quienes él amó. Esto es lo que Pablo nos enseña.

Una vida de fe

Y un último punto que destaca aquí el apóstol es que una vida cristiana madura, una vida en el plano celestial, es una vida de fe. ¿Qué significa una vida de fe?

“Por tanto, no desmayamos” (v. 16). No nos desalentamos, no caemos en el miedo, en la angustia, no. No dejamos que ninguna de estas cosas, por muy terribles que parezcan, nos desanimen.

El versículo 17 profundiza: Porque esta leve tribulación momentánea…”. ¡Qué frase extraordinaria! Porque lo que a Pablo le tocó vivir fue cualquier cosa, menos leve. En la lista de aflicciones que él menciona más adelante hay naufragios, azotes, apedreamientos, peligros, angustias, asechanzas y constantes amenazas de muerte. Nada de lo que nosotros podamos vivir se compara con eso.

“…esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. Leve significa liviano. Si ponemos en la balanza las dos cosas, la tribulación y la gloria, ¿qué vale más? Comparados con la gloria que en nosotros se deposita día a día a través de la tribulación, estos padecimientos son, simplemente, nada.

Ese peso de gloria que se acumula en nosotros es el conocimiento de Cristo. La vida y la gloria de Cristo en nosotros es tan grande, que hace que todo lo demás pierda importancia. Esto es real. Si los padecimientos nos parecen tan pesados e insufribles, es que aún no hemos conocido su gloria. Pero el Señor quiere que, a través del sufrimiento, el peso de su gloria se deposite en nosotros.

Mirando las cosas que no se ven

La clave está aquí. Aquí viene la fe: “…no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (v. 18). Si miramos alrededor, la situación puede ser angustiosa, como cuando Pedro baja de la barca y va hacia Jesús andando sobre las aguas. Cuando él aparta su mirada del Señor por mirar las aguas, comienza a hundirse. Eso es mirar lo que se ve.

Este mundo material, pasará; pero las cosas que no se ven son parte de la gloria de Cristo en nosotros, y son eternas. La fe nos permite ver y tocar la esfera de las cosas invisibles. Entonces la madurez espiritual significa que ya no vivimos gobernados por lo inmediato y lo perceptible, lo que se ve y lo que se oye, sino por lo que no se ve, lo cual es mucho más real y verdadero que lo visible.

Eso es vivir por la fe, o como Pablo dice: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:2-4). La gloria que él ya está acumulando en su iglesia, a través de la prueba y el padecimiento.

La prueba, el padecimiento, es una enorme oportunidad para el crecimiento de la vida de Cristo, del poder y la gloria de Cristo en la iglesia en el mundo entero. Dios está tratando con el mundo, ha puesto su mano de disciplina sobre éste, y en eso, sobre todas las cosas, está tratando con su iglesia.

Esto es fundamental. Dios está tratando con su iglesia para llevarla hacia la madurez espiritual. Si todo lo que tenemos se derrumbara, ¿nos perderíamos nosotros o seguiríamos adelante?

Edificando sobre la Roca

Terminamos citando las palabras del Señor al final del Sermón del monte.

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mat. 7:24-27).

La mano de Dios soberana que rige la historia, hace  que de tiempo en tiempo, descienda la lluvia, vengan los ríos y soplen los vientos, para probar sobre qué fundamento está edificada nuestra vida.

¿Estamos realmente arraigados en Cristo? ¿Creemos la palabra de Dios? ¿Es realmente ella lo que sustenta nuestra vida? ¿O nos sostenemos en las falacias e ídolos del mundo? Todo eso es arena, y las grandes crisis lo que hacen es probar y mostrar cuán firme o cuán frágil es nuestro fundamento.

Estemos firmes, posicionados sobre la Roca inconmovible que es Cristo, y su palabra habite ricamente en nosotros, sustentándonos en todo. Que él nos socorra en este tiempo de crisis, para que este sea de ganancia y crecimiento espiritual, un tiempo en que aprendemos  a amar a Cristo y a todos aquellos  a quienes él ama, no estimando preciosa nuestra propia vida. Amén.

Síntesis de un mensaje oral impartido desde Santiago de Chile, en abril de 2020.

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