– Mateo 16:13-17.

La hora de la revelación en Cesarea de Filipos fue el comienzo de una nueva etapa en la vida de los discípulos del Señor. Ese día no solo el Padre dio a conocer a Pedro quién era de verdad el Señor Jesús, sino que, además, el mismo Señor dio otra revelación a Pedro.

El Padre abre su corazón para que Pedro pudiera asomarse en él y ver a su amado Hijo. Ahora, el Señor Jesús abre su propio corazón para mostrarle a Pedro lo que había en él. En el corazón del Padre está su Hijo; en el corazón del Señor está su iglesia. Era lo que había estado oculto por siglos y edades, escondido de los sabios y de los entendidos. Ahora se vierte toda esa luz, intempestivamente, sobre un puñado de sencillos corazones sorprendidos.

El Señor Jesús le dice a Pedro: «Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mat. 16:18). El Señor habla de la abundancia de su corazón, y eso es la iglesia. Hasta ahora no había tocado el tema; los discípulos no estaban preparados para recibir esta luz.

Sin embargo, desde este momento, comienza la cuenta regresiva hacia la cruz. Aquí parte la gran jornada que acabará sobre el madero del Gólgota. Y esta jornada comienza con la doble revelación.

Atrás ha quedado el tiempo del aprendizaje en Galilea (recordemos que, según el relato de Mateo, esta revelación ocurre inmediatamente antes de irse a Judea). Ahora él afirmará su rostro para subir a Jerusalén. Todo lo vivido hasta aquí ha sido un camino fácil (aunque no lo fue) comparado con lo que vendrá. Junto con la revelación de Cristo y de la iglesia, viene la cruz. La cruz hace posible que Jesús sea el Cristo; la cruz hará posible que un grupo de hombres y mujeres sea la iglesia.

Ahora, ¿cómo será edificada la iglesia? Lo primero que queda claro por las palabras del Señor es su fundamento. Ella tiene un firme fundamento, que es Cristo revelado y confesado por los hombres. Esta revelación que el Padre concede es de tal valor y calidad, que llega a ser la piedra angular del edificio de Dios. No es Pedro, ni nada referido a los hombres; sino la Roca de los siglos, Jesucristo.

Lo segundo es que, siendo una Piedra su fundamento, la construcción también es del mismo material. El mismo Pedro en su primera epístola lo afirma claramente. ¿Quién más autorizado que él para decirlo? «Acercándoos a él, piedra viva … vosotros también, como piedras vivas, sed edificados…» (2:4-5). Pedro tenía la oportunidad de predicarse a sí mismo como piedra, pero no lo hizo, porque bien sabía que no lo era.

Un edificio maravilloso, con el fundamento más firme, con las piedras de la mejor calidad, eso es la iglesia. Si algo que no tiene este fundamento, ni esta calidad de materiales, y que se dice ser iglesia, ¿podrá serlo?

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