– Mateo 16:13-17.

Han pasado tres años desde que Jesús comenzara su ministerio público. Los discípulos le han acompañado gran parte de ese tiempo. Faltan solo algunos meses para ir a la cruz. Ellos le han visto hacer milagros, impartir enseñanzas. Pero, ¿cuál es el conocimiento que tienen de él? Para tratar este asunto, el Señor los lleva lejos del mundanal ruido, a la región de Cesarea de Filipos. Allí, cerca de donde nace el río Jordán, el Padre hará resplandecer sobre ellos una luz tan poderosa que no se ha extinguido con el paso de los siglos.

El Señor pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es él. Las respuestas son tan variadas como erradas. Pero luego, el Señor hace a sus propios discípulos la pregunta. Ellos probablemente hubieran contestado igual que los demás; sin embargo, vino oportunamente el socorro del cielo para que Pedro pudiera dar la respuesta correcta. Pedro dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».

El Señor Jesús aclara en seguida: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mat. 16:17). Era preciso que el Señor aclarara que la repuesta de Pedro no era fruto del hombre, no era producto de la capacidad humana, ni era la conclusión lógica a que se pueda arribar después de un ordenado razonamiento. Es una revelación, y por eso Pedro era un bienaventurado. No es del que quiere ni del corre, sino de Dios que quiera revelarlo.

Llega la hora en la vida de cada cristiano sincero en que el Señor le confronta. ¿Qué está creyendo? ¿A quién está siguiendo? ¿Sigue a Jesús solo por lo que él hace, o por lo que él es? ¿Le ama porque piensa que podrá medrar en su compañía, o porque le conoce íntimamente? Esta cuestión no ocurrió solo con los apóstoles aquel día en Cesarea. Es algo que sigue ocurriendo en la vida de cada seguidor de Cristo hoy.

Siempre llega la hora de la verdad, de la sinceridad, lejos del bullicio, de los aplausos y del aparente éxito, a solas con Cristo. El Señor nos mira atentamente y examina la calidad de nuestra fe y de nuestras motivaciones. ¿Conocemos a Jesús por medios humanos o por revelación de Dios?

La respuesta de Pedro le señala a él como el instrumento que Dios usaría para poner el fundamento de su obra, para posteriormente traer la revelación inicial de Cristo al corazón de judíos y gentiles. Cuando los creyentes reciben revelación de Dios acerca de su Hijo, entonces están en condiciones de ser usados para traer, a su vez, al corazón de los hombres la revelación acerca de Cristo, y poner así el fundamento para la iglesia. La hora de la revelación es el comienzo de una nueva etapa en la vida de un creyente.

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