Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú”.

– Marcos 14:36.

Cuando la desolación y la tristeza del Getsemaní se ciernen como pesada nube sobre nosotros, debemos someternos pacientemente, aunque con lágrimas pero sin temor ni duda, y beber la copa que el Padre acerca a nuestros labios. «No se haga mi voluntad sino la tuya», debe decir nuestro quebrantado corazón.

A la manera de Dios, misteriosamente para nosotros y tal como ocurrió con el Señor Jesús, esa copa contiene en su amargo sedimento la piedra preciosa y el oro de la perfección. Debemos ser puestos en el crisol para ser refinados. Cristo fue perfeccionado en el Getsemaní no por la oración sino por el sufrimiento. «Porque convenía que el sufrimiento perfeccionara al autor de la salvación…» (Heb. 2:10). La copa tenía que ser bebida porque el sufrimiento tenía que continuar y producir su fruto de perfección.

Hemos de ser perfeccionados mediante muchas horas de tinieblas y de opresión del poder del infierno, a través de muchos conflictos intensos con el príncipe de este mundo y bebiendo muchas copas amargas. Clamar contra el doloroso proceso y la llama purificadora del crisol del Padre es natural y no es pecado en la medida en que haya sometimiento y sumisión a la voluntad de Dios y devoción a su gloria.

Si nuestros corazones son sinceros con Dios, podemos clamar a él en cuanto a su manera de obrar y logar alivio de su proceso doloroso. Podemos clamar contra el crisol y la llama que nos purifica y perfecciona. Dios permite este clamor, lo escucha y lo responde, no sacándonos del crisol, sino enviándonos más de un ángel para fortalecernos.

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