…y se llamará su nombre … Príncipe de paz».

– Isaías 9:6.

Primero necesitamos comprender la función de un príncipe en un reino. El rey tiene la función de gobernar todo el reino, pero el príncipe, que está siendo preparado para ser rey, puede ya hacer un papel de mediador en una provincia cuando es necesario. El rey gobierna todo, pero el príncipe puede representar al rey en algunas tareas. Jesús vino a la tierra como el Príncipe de paz: «A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados» (Hech. 5:31).

Jesús en su primera venida no vino a reinar, sino para mediar la paz entre los hombres y Dios; y esto no lo entendió la nación de Israel: «…y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él» (Col. 1:20-22).

Dios es el creador de todas las cosas, y reina sobre todo (Sal. 103:19). Pero el hombre se rebeló contra su creador. Los hombres se volvieron sus enemigos, y para que el hombre no pereciese, Dios envió a su Hijo, el Príncipe de paz, para hacer la reconciliación con nosotros: «Porque él es nuestra paz» (Ef. 2:14).

Jesús es el Príncipe de paz. Él es el testimonio de la buena voluntad de Dios para con los hombres. Jesucristo es el Príncipe enviado por el Rey a buscar la paz con los hombres (Luc. 2:12-14). Dios envió a Jesús en paz; él es el Príncipe de paz. Él vino a mediar nuestra paz con Dios, y ahora viene a ser nuestra paz: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).

Ahora, la paz con Dios no es un estado o una circunstancia. Tampoco es la paz que el mundo da, sino una Persona: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27). Ahora el Príncipe de paz vive en nosotros, y nos lleva a vivir en paz con Dios (Rom. 5:1-2).

Jesus, el Príncipe de paz, vino a mediar nuestra paz con Dios. Sin embargo, un día, su Padre le dará el reino, y él reinará por todos los siglos (Ap. 11:15-17). «…a causa de la verdad que permanece en nosotros, y estará para siempre con nosotros: Sea con vosotros gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y en amor» (2 Juan 1:2-3). El reino de Dios está entre nosotros (Lucas 17:21), y es un reino de paz. ¡Bendito sea nuestro Príncipe de paz: Jesús!

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