El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia … Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir».

– Juan 7:18; 16:13.

En estos dos versículos hay un contraste a partir de una misma frase en dos contextos diferentes. En ambas ocasiones habla el Señor, pero la primera está referida a un hombre, y la segunda al Espíritu Santo.

¿Qué clase de hombre es de quien se trata en primer lugar? De alguien que busca su propia gloria, que, por tanto, habla de sí mismo, por su propia cuenta. En el segundo caso, referente al Espíritu Santo, se dice: «No hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere».

¡Es tan fácil para el hombre hablar de sí mismo en las cosas espirituales! Basta que la ocasión sea propicia, que haya personas dispuestas a oír, y ya. Sin embargo, estas cosas no son necesariamente circunstancias preparadas por el Señor.

Para hablar de parte de Dios hay que haber oído a Dios primeramente. Por eso dice del Espíritu: «Hablará todo lo que oyere». Escuchar a Dios no es asunto de un par de minutos. No es simplemente cosa de abrir la Biblia y ya tenemos a Dios hablándonos, instruyéndonos y enviándonos con un mensaje. Escuchar a Dios requiere tomarse todo el tiempo que él crea necesario (Is. 50:4-5), implica purificar el corazón (Stgo. 4:8), y esperar en su misericordia. Él no tiene ninguna obligación de darle a usted una palabra para decir a Su pueblo. Él puede usar otro vaso que esté más limpio, o simplemente, puede que no quiera decir nada hoy.

En Jeremías, Dios tiene quejas muy fuertes contra los profetas mentirosos, que van diciendo lo que Dios nunca envió a decir. «Así ha dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová. Dicen atrevidamente a los que me irritan: Jehová dijo: Paz tendréis; y a cualquiera que anda tras la obstinación de su corazón, dicen: No vendrá mal sobre vosotros. Porque ¿quién estuvo en el secreto de Jehová, y vio, y oyó su palabra? ¿Quién estuvo atento a su palabra, y la oyó? … No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, mas ellos profetizaban. Pero si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras… He aquí, dice Jehová, yo estoy contra los que profetizan sueños mentirosos, y los cuentan, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con sus lisonjas, y yo no los envié ni les mandé; y ningún provecho hicieron a este pueblo, dice Jehová» (23:16-32).

¿Conoce usted profetas de esta clase? Probablemente a más de alguno. Ponga atención a su mensaje, y se dará cuenta del error. Ellos hablan de su propio corazón; jamás Dios los envió. El evangelio que predican tiene como meta levantar un reino en este mundo. Ellos buscan su propia gloria. En cambio, cuando alguien habla por el Espíritu Santo, buscará glorificar solamente a Jesucristo el Señor.

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