No es de sorprender que Pablo, en la epístola a los Romanos, predique el evangelio a los creyentes. A la fe inicial para salvación suele suceder una incontable cantidad de agregados humanos, que no proceden de la fe, sino de las obras de la carne. Casi todo problema de la vida cristiana pretende solucionarse con algún método de la carne. Por supuesto, en la práctica se buscará disfrazar todo esto con el buen ropaje del humanismo o de la tradición religiosa. Pero, en definitiva, es asunto de carne y sangre.

Cuando Pablo expone en Romanos su evangelio, en cambio, nos lleva mucho más lejos, muy lejos de los recursos humanos, y nos sumerge en los recursos de Dios. Y aquí tenemos la gracia de Dios. Para muchos cristianos, la gracia de Dios puede ser solo un estribillo de buena crianza, para no parecer soberbios. Sin embargo, en la enseñanza de Pablo, la gracia de Dios es la fuente de los recursos divinos puestos a disposición del cristiano.

Ahora, la gracia de Dios no es una nebulosa celestial. Es la gracia de Jesucristo (5:15). La gracia de Dios es Jesucristo. Los recursos de Dios para el cristiano están dados en su propio Hijo.

En Romanos, la palabra gracia aparece 24 veces, y hay algunas de esas menciones que son concluyentes. Por ejemplo, dos veces se asocia la gracia con la firmeza. La promesa del evangelio para los creyentes es firme porque es por gracia: «Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia» (4:16). La posición del cristiano delante de Dios es firme en la gracia: «Por quien (Jesucristo) también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes» (5:2). La fe nos introduce a la gracia en la cual estamos firmes.

¿De dónde procede nuestra firmeza? ¿De nuestro cuidado, voluntad o astucia? ¿De los años vividos en una religión llamada cristianismo? Todas estas cosas tienen su apoyo en la carne, y si está la carne, el pecado está allí; por lo tanto, no puede haber firmeza en estos recursos.

¿Quiénes son los que «reinan en vida» según el lenguaje de Pablo? No los que pueden más, ni los que se esfuerzan más, sino los que reciben más. «Reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia» (5:17). ¿Por qué reinan estos? Porque han recibido tanta gracia, que en ellos la gracia reina por la justicia. En ellos la gracia no es un slogan, sino la reina. Ella tiene el control del cristiano. Y la gracia, ya dijimos, es la gracia de un hombre, Jesucristo.

El pecado no puede contra la gracia, por eso el cristiano en quien reina la gracia, reina en vida. «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (6:14). La única forma de vencer el pecado es permanecer bajo la gracia de Dios. ¿Y cómo permanecer bajo la gracia? Pablo en Gálatas nos muestra cómo caemos de la gracia: «De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído» (5:4). Es tan fácil confesar la gracia con nuestros labios, como echar mano a la fuerza de la carne en la práctica. Y en eso está la caída de la gracia.

La gracia significa esperar en los recursos de Dios, los cuales no llegarán tan inmediatamente como quisiéramos (o como podemos obtenerlos por nosotros mismos), pero llegarán, sin duda. La gracia tiene que dejar de ser la segunda opción para nosotros, aunque tarde un poco en dar su fruto.

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