Después de su resurrección, el Señor instruye a los discípulos acerca de los pasos que habrán de dar en seguida. Les envía a hacer discípulos, a bautizarlos y a enseñarles Sus mandamientos (Mat. 28:18-20). Estas instrucciones son cruciales, solemnes, importantes. Están entre las últimas que el Señor dio a sus discípulos en la tierra.

Sin embargo, después, en esos cuarenta días que el Señor se les aparece «con muchas pruebas indubitables … hablándoles acerca del reino», les da una orden terminante, que aparentemente contraría la anterior: les manda que no se muevan de Jerusalén, hasta que el Padre les envíe la promesa, el Espíritu Santo (Hech. 1:4-5).

¿Cómo se explican estas dos órdenes aparentemente contradictorias? En Mateo, el Señor da una instrucción general, válida para todos sus discípulos, en todas las edades y lugares. En cambio, la orden dada en Hechos es específica para ese grupo de discípulos. La de Mateo era también para esos discípulos, pero ellos tenían que recibir antes una capacitación espiritual: «Pero recibiréis poder … y me seréis testigos…» (Hech. 1:8). La gran comisión es válida para nosotros hoy, pero también lo es, antes de ésta, la de Hechos 1:4, 8.

Ahora bien, cuando Dios envía, primeramente capacita. No es este un equipamiento total –porque muchas cosas se irán aprendiendo por el camino– pero, al menos, es una capacitación espiritual básica, que permitirá enfrentar las necesidades inmediatas. La experiencia adquirida después irá proveyendo de otros elementos necesarios.

La investidura del Espíritu Santo otorgaría a los discípulos el poder para ser testigos de Cristo. Sin Pentecostés no hay poder, ni gloria, ni convicción de pecado, ni salvación, ni victoria.

Si observamos atentamente, luego de la resurrección del Señor, los discípulos viven dos experiencias con el Espíritu Santo. La primera, descrita en el Evangelio de Juan, es aquella en que Jesús sopla sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn. 20:22). La segunda es la experiencia del aposento alto el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino sobre ellos como un «viento recio que soplaba» (Hech. 2:2).

Los apóstoles vivieron las dos experiencias, y los creyentes posteriores también han de vivirlas. La primera es la efusión inicial del Espíritu, que vivifica nuestro espíritu y que produce en nosotros el nuevo nacimiento. Por esta experiencia nosotros podemos confesar que Jesús es el Señor, venimos a ser hijos de Dios, y somos sellados por el Espíritu Santo.

La segunda experiencia es la investidura de poder para el servicio al Señor. Las maneras en que el Espíritu Santo se manifiesta son variadas, pero todas ellas tienen el mismo objetivo: otorgar poder. Puede tener las mismas características (o muy parecidas) que el Pentecostés bíblico, o puede expresarse de modo distinto, pero quien la experimenta no tendrá nunca duda acerca de haberla vivido. Desde entonces puede servir al Señor con una nueva fuerza y eficacia.

117