Cuando Dios entregó la tierra de Canaán a Israel, dispuso que hubiera seis ciudades, ubicadas estratégicamente a lo largo y ancho del territorio, destinadas para refugio del homicida involuntario (Núm. 35). Había tres al oriente del Jordán, y tres al occidente. Ellas debían estar ubicadas en lugares visibles, para que nadie tuviera dificultades en verlas, y accesibles, para que nadie tuviera problemas en llegar hasta ellas. Para esto, los caminos de acceso debían estar siempre expeditos; sus puertas siempre abiertas. Todas estas ciudades eran otorgadas a los levitas, encargados del servicio en el templo, hombres que conocían a Dios, sus prodigios y misericordias.

Cuando el homicida involuntario caía en la desgracia de un acto fatal no premeditado, huía de inmediato hacia la ciudad de refugio más cercana para escapar así de la furia del pariente vengador. El pobre fugitivo huía para salvar su vida. Si la mano vengadora caía sobre él en el camino, su fin era la muerte. Solo al trasponer las puertas de la ciudad de salvación, su vida estaba a salvo.

¡Cuán preciosa era la provisión de Dios para el hombre atribulado, convertido de pronto en un ser socialmente indeseable! Allí, la furia era detenida de golpe, el perdón era alcanzado, la gracia era derramada como agua en boca del sediento, en el momento en que más la necesitaba.

En Josué capítulo 20 se refuerza esta instrucción –ya Israel ha llegado a Canaán– y se mencionan, además, las ciudades en cuestión. Tres de ellas están ubicadas en los montes; tres en los valles. Los montes y valles representan en la Escritura a los hombres altos y a los hombres bajos, respectivamente; a los prominentes y a los sencillos. Todos ellos encuentran refugio; para todos ellos hay una ciudad que les acoge. Porque, cualquiera sea su condición, el sufrimiento es el mismo cuando la desgracia golpea la puerta.

¿De qué nos hablan estas ciudades a nosotros, que estamos a miles de años más acá? Cedes nos habla de refugio para los pecadores; Siquem, que significa hombro, nos habla del alivio al fatigado; un hombro fuerte como el de aquel pastor de la parábola que cargó la oveja perdida; Beser, que significa castillo o fortaleza, nos ofrece seguridad; Ramot, que significa altura, es socorro cuando andamos en valles de sombra de muerte. Golán, es el refugio para los afligidos; y finalmente Hebrón (Quiriat-Arba), que significa comunión o alianza, es el refugio para los desamparados, como lo fue para un desamparado ejemplar, David, cuando, después de incontables padecimientos, fue ungido rey por Samuel.

Todo aquí nos habla de Cristo; la tierra de Canaán con su abundancia de leche y miel, son las riquezas insondables de nuestra herencia en Cristo. Y cada ciudad de refugio, en tanto, es Cristo recibiéndonos en gracia para perdonarnos, sostenernos, refugiarnos, levantarnos, consolarnos y ungirnos. ¡Maravilloso es Cristo, inefable en su persona y en su amor, tipificado de muchas maneras para nuestra seguridad y consuelo!

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