En las Escrituras es posible ver la existencia de tres clases de aguas: la de la fuente, la del pozo y la del charco. Ellas sirven para saciar la sed, pero las tres son de muy diferente calidad, y simbología. El agua de la charca está detenida en una cavidad de la tierra, expuesta a toda suciedad; el agua del pozo está a cierta profundidad bajo la tierra, expuesta a ciertas contaminaciones; el agua de la fuente, en cambio, es un agua viva, siempre corriente, que procede de lo profundo de la tierra, incontaminada y pura.

Ellas pueden relacionarse con las tres partes del ser humano: espíritu, alma y cuerpo, y específicamente en cuanto a la satisfacción de cada una de ellas. Cuando el hombre busca saciar su sed interior con sentimientos y emociones, está bebiendo el agua del pozo; cuando se entrega a los placeres sensuales, corporales, está bebiendo del agua de la charca. Solo cuando bebe del agua de la fuente, es decir, el agua de Dios, su ser entero es saciado de verdad.

La mujer samaritana bebía agua del pozo (Juan cap. 4). Ella había buscado la satisfacción para su alma en los afectos de los maridos que había tenido; sin embargo, no la había encontrado. Ella debía ir al pozo y beber una y otra vez. Los sentimientos y emociones del alma pueden saciar el alma por momentos, pero no siempre. Por eso el Señor le dijo: “Cualquiera que bebiere de esta agua volverá a tener sed” (v. 13).

El Señor le ofreció, en cambio, el agua viva: “Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (v. 14), refiriéndose al Espíritu Santo que el Señor envió a la tierra luego de su ascensión a los cielos (Jn. 7:39). Cuando alguien ha bebido de esta agua, su sed espiritual, la sed más profunda y esencial, es saciada para siempre.

La sed del alma no puede saciarse con el agua del pozo o de la charca. Hoy en día, los hombres están bebiendo del agua de la charca. Los placeres sensuales ocupan el corazón de muchos. Pero esta agua nunca es limpia, pues quien bebió antes la ensució con sus pies; de manera que quien bebe de ella no se sacia. Esta clase de agua le saldrá al encuentro; se la ofrecerán en todas partes. Sin embargo, si usted la bebe, su sed no será saciada.

Solo el agua viva que Jesús ofreció a la mujer samaritana es la que sacia. Y no solo le saciará, sino que le limpiará de toda suciedad y de tantos años de beber agua contaminada.

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