En Colosenses, hay tres frases muy significativas, que señalan un ascenso en la experiencia con Cristo. Ellas son: «Cristo en vosotros» (1:27); «Cristo, vuestra vida» (3:4), y «Cristo es el todo» (3:11).

«Cristo en vosotros» es la feliz experiencia de quien ha nacido de nuevo, y comprueba que ha sido constituido por Dios como templo del Espíritu Santo (1 Cor. 6:19). Cristo no es solo una realidad fuera de mí, sino adentro. No solo vive a la diestra de Dios para interceder como Sumo Sacerdote y Abogado, sino que mora en mí, por medio del Espíritu Santo. La presencia de Cristo dentro de nosotros revoluciona nuestra vida; pues, llevarlo a él, hacerlo partícipe de toda nuestra cotidianidad, es algo que supera toda expectativa.

Pero el segundo punto es aún más glorioso: «Cristo, nuestra vida». Cristo no solo vive en mí, como independiente de mí, sino que se transforma poco a poco en mi vida misma. No solo es Alguien que está en mí para ayudarme. Él mismo es la suma de todos mis recursos, es mi fortaleza, mi alimento, mi andar y mi reposo; aun mi respirar. Mi vida deja de ser mía; dejo de ser yo con mi vida, para venir a la realidad de que Cristo es mi vida. Nada queda fuera de él, ni mis planes o proyectos, ni mi familia, ni mis luchas o fracasos; en todo está él. Mi vida es él mismo.

Por último: «Cristo es el todo». No solo Cristo es mi vida. Él está aun más allá de mi vida presente. Él está presente en mi historia pasada (aun antes de conocerle), en mi vida futura, donde solo puedo conjeturar. Y no solo en mi vida, sino en las de todos los santos. Presente en la historia, como centro y articulador del propósito de Dios, Cristo es el todo más allá de mí mismo, de este tiempo presente y de todos los tiempos. Comprenderlo cambia el eje de nuestra vida. Corrige las deformaciones de una visión particular y sesgada, egocéntrica y exclusivista, para adentrarnos en el pensamiento de Dios.

Salir de nosotros para entrar en la mente de Dios; salir de nuestra obra particular para entrar en las demás obras de Dios; salir de los caminos estrechos de nuestro corazón para entrar en el amplio y generoso corazón de Dios. Todo esto, y más, es ver a Cristo como el todo.

Este es un camino progresivo, porque no le es dado al hombre, sujeto al tiempo y al espacio, comprender los caminos de Dios de la noche a la mañana. Solo después de caminar por un tiempo; solo después de dar paso tras paso con Cristo, en el fracaso y el triunfo, es que se va haciendo la luz en nuestra mente entenebrecida.

Tres frases, solo tres pequeñas frases, pero que nos abren una tremenda perspectiva de lo que Cristo es. Y están en Colosenses, esta epístola de la plenitud, de las cosas perfectas, donde el horizonte se abre para poder ver algunos fulgores del Cristo revelado.

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