De todos los roles que una mujer de Dios está llamada a desempeñar, el de ‘sierva’ es uno de los principales.

La cultura predominante hoy en occidente ha revertido la histórica postergación de la mujer en el círculo familiar y social. A ello se han sumado las ideologías feministas, que han intentado reivindicar para la mujer los mismos derechos del hombre.

La mujer ejecutiva, audaz, liberal, parece ser el prototipo de la mujer del siglo XXI. Muchas mujeres cristianas -sinceras cristianas-, gracias a su educación y sus talentos, también se inscriben en este nuevo orden. Ellas son inteligentes. Ellas aman al Señor, pero también aman su profesión, y sienten que ambas cosas no son incompatibles.

Sin embargo, sean profesionales exitosas o no, la mujer de Dios tiene un llamamiento que va más allá de las ideologías de moda o de un nuevo orden social. Ellas pueden, sin duda, tener que cumplir un determinado papel en sus importantes trabajos, en sus altos cargos como profesionales; sin embargo, para Dios, en sus hogares, y en medio de la iglesia, ellas son llamadas a ser siervas.

Mujeres de Dios en el Antiguo Testamento

Cuando observamos las mujeres del Antiguo Testamento, qué nobleza de espíritu, qué humildad trasuntan su conducta y sus palabras.

Aquella Ana que llora las humillaciones de su rival, que se postra delante de Dios pidiéndole que no se olvide de su sierva y que le dé un hijo; la misma que responde a Elí con suaves palabra diciendo que no tome a su sierva por una mujer impía, es la típica mujer de Dios del Antiguo Testamento.

También lo es aquella Abigail, esposa de Nabal (el insensato), que acude al encuentro de David para detener la justa ira del guerrero, al que disuade con prudentes palabras. Seis veces se refiere a sí misma como «tu sierva», y trece veces a David como «señor mío» o «mi señor». No era la suya, como pudiera pensarse, la actitud rastrera de quien quiere obtener algún beneficio personal, sino la reverencia de la mujer de Dios que sabe con quién está hablando: «Pues Jehová de cierto hará casa estable a mi señor, por cuanto mi señor pelea las batallas de Jehová, y mal no se ha hallado en ti en tus días.» (1S. 25:28).

Más adelante, luego que el Señor quitó la vida a Nabal, ella recibe al mensajero de David con estas sabias palabras: «He aquí tu sierva, que será una sierva para lavar los pies de los siervos de mi señor.» (1 Sam.25:41). Abigail había servido por años a Nabal, su anterior y necio marido. Ahora, ella se apresta para servir a los siervos de su nuevo amo: David. Abigail habrá de ser reina (la prudencia convertida en reina), pero ella será, ante todo, una sierva.

Nabal es el antiguo amo que las mujeres de Dios tuvieron en el mundo. Nabal representa a Satanás, el insensato. Ahora, ellas se postran ante su David, que es el Señor Jesucristo, y le dicen: «He aquí tu sierva, que será una sierva para lavar los pies de los siervos de mi señor.»  Servir a los siervos del Señor es servirle a Él. (Hebreos 6:10).

Otra sierva de Dios del Antiguo Testamento es aquella sunamita, la hospedadora del profeta Eliseo. Ella tiene ojos ungidos para ver qué clase de hombre es el que pasaba por las afueras de su casa. Ello lo invita a comer y después le prepara un cuarto para hospedarlo. Ella se siente honrada de tenerlo en casa: él es un varón de Dios. Cuando el profeta, buscando bendecirla, le anuncia a su anfitriona estéril que el año que viene, por ese mismo tiempo, abrazará un hijo, ella contesta: «No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva.» (2 Reyes 4:16).

La noticia es demasiado hermosa, y teme que sea sólo una ilusión. Sus ojos se han cansado de esperar por el hijo soñado. Pero lo recibe. Y cuando ya ha crecido y es un niño que puede acompañar a su padre a las labores del campo, enferma y muere.

Entonces, ella acude donde Eliseo, y se postra a sus pies. Por largos momentos no hubo palabras; sólo sollozos. El profeta espera. Finalmente, ella le dice: «¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo que no te burlases de mí?» (4:28). Entonces, la mujer sunamita recibe a su hijo en resurrección. Ella es una mujer de Dios, es la sierva de un siervo de Dios.

«Hijo de tu sierva»

Hay una asombrosa frase en el Salmo 86:16: «Mírame, y ten misericordia de mí; da tu poder a tu siervo, y guarda al hijo de tu sierva». El que habla es David, el dulce cantor de Israel, el príncipe de Dios. El ora a Dios pidiendo su misericordia. Entonces, sorpresivamente, incluye en su oración esta frase: «y guarda al hijo de tu sierva.»

Todos sabemos que el padre de David es Isaí, de la tribu de Judá. Sabemos el nombre de sus hermanos: Eliab, Abinadab, Simea, Natanael, Radai, Ozem, y de sus hermanas: Sarvia y Abigail (1 Crón.2:13-15). Pero nada sabemos de su madre. Ni siquiera su nombre.

Sin embargo, aquí en este salmo, cuando David apega su corazón a Dios en busca de socorro, menciona a su madre, y se refiere a ella como «tu sierva». Él mismo se identifica a sí mismo como «el hijo de tu sierva». En ese momento de angustia, no se acuerda de su noble progenitor, Isaí, ni de su abuelo Obed, ni de su más noble bisabuelo, Booz. Se acuerda de su madre, sierva de Dios. Aunque el nombre de ella es desconocido para nosotros, y su figura no tiene mayor relieve en las Escrituras, no era así para Dios. Él conoce a los que son suyos, y la vida de esta mujer debió de ser tan ejemplar, como para que David se atreviere a nombrarla delante de Dios en ese momento de aflicción.

Hija, esposa y madre de siervos

Muchas de las mujeres de Dios son hijas, esposas y madres; pero, ¿han reparado en que son sobre todo siervas de Dios? Muchas se esmeran para cumplir muy bien esos importantes roles familiares, y aún también otros en el ámbito social. Para ello se preparan y se capacitan. Pero ¿qué de su rol como siervas? ¿Le están dedicando siquiera algunos minutos a la semana? Tal vez muchas de nuestras lectoras sean hijas de siervas, hermanas de siervas, esposas de siervos, pero no sean siervas ellas mismas.

Capacitación

La profecía de Joel respecto del derramamiento del Espíritu Santo dice: «Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.» (Joel 2:28-29).

Esta profecía comenzó a cumplirse el día de Pentecostés, en Jerusalén, en el nacimiento de la Iglesia. En su magnífico discurso, el apóstol Pedro citas estas palabras de Joel y dice. «Esto es lo dicho por el profeta Joel». Y luego cita ‘in extenso’ Joel 2:28-32.

Es interesante notar que tanto en la profecía de Joel, como en la cita que hace Pedro están presentes no sólo «vuestros hijos», sino también «vuestras hijas», las cuales han de profetizar; no sólo aparecen «mis siervos», sino también «mis siervas» como receptoras del Espíritu Santo.

Dios no hace diferencia a la hora de derramar sus dones. Ni diferencia de raza ni de sexo. Aquí tenemos, pues, la capacitación de las siervas de Dios.

Aunque su papel es de menor responsabilidad que el de los varones, no es menos útil. Las siervas de Dios, llenas del Espíritu Santo, pueden y deben prestar un importante servicio en medio del pueblo de Dios. Ellas también han sido capacitadas por el Espíritu de Dios para servir.

¿Qué servicios presta una sierva?

En 1ª Timoteo 5:10 tenemos una lista de acciones de servicio que Dios espera de una sierva: «Que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad; si ha lavado los pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos; si ha practicado toda buena obra.»

Pablo hizo esta lista pensando en los requisitos que debían reunir las mujeres viudas a las que la iglesia debería sostener. Esta lista es, por lo tanto, una lista de méritos. ¿Cuáles son esas acciones meritorias que han de reunir no sólo las mujeres que aspiran a recibir un beneficio en esta vida, sino un premio más allá?

Las buenas obras

Dos veces se mencionan las buenas obras. La primera vez se refiere al testimonio, y la segunda a la práctica. Las práctica de las buenas obras generará inevitablemente un testimonio en tal sentido. Así como las malas obras no pueden quedar encubiertas, tampoco las buenas obras. Una sierva de Dios será conocida por sus buenas obras.

La crianza de hijos

Referente a las viudas, un requisito importante era que hubiera criado hijos. Para una mujer casada es un asunto importante, y para Dios también. Un poco antes, el apóstol había dicho: «Pero (la mujer) se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia» (1 Timoteo 2:15), lo cual da cuenta de su importancia. Pero, ¿qué de las mujeres solteras, sin hijos?

Ellas, como siervas útiles, aunque no sean madres biológicas, deberían engendrar hijos espirituales, y criarlos. Una creyente soltera puede, con mayor libertad, servir a Dios, y llevar fruto para Dios. «La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en espíritu …» (1ª Cor. 7:34).

La práctica de la hospitalidad

«Si ha practicado la hospitalidad …» La hospitalidad es una gracia conferida especialmente a las hermanas, porque ellas son las ‘dueñas de casa’. Ellas adornan su hogar con su gentileza, con su delicada atención al huésped cansado. En los tiempos bíblicos, era costumbre que la primera muestra de hospitalidad fuese el lavamiento de los pies. Para un caminante cansado y empolvado por los caminos, era una verdadera delicia ser atendido de esta manera. Hoy, que no tenemos esta necesidad, tenemos otras, tal vez mucho más grandes: La necesidad de afecto, y de un rincón acogedor donde descansar por una noche.

Las casas de hoy son estrechas; las familias se adaptan muy bien a sus casas (o las casas a las familias), y no suele haber un ambiente para huéspedes. Sin embargo, aunque esto incomode, y haya que hacer dormir a algún hijo en el suelo sobre una alfombra o sobre una colchoneta, es necesario volver a la práctica de la hospitalidad, «porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (Heb. 13:1).

El lavamiento de pies

«Si ha lavado los pies de los santos …» Sabemos que el lavamiento de los pies tiene también un significado espiritual. Es el frescor que se nos comunica a nuestro espíritu cuando somos tocados por algún siervo o sierva que ha estado en la presencia de Dios. Es el frescor del cielo, no a nuestros pies, sino a nuestro ser entero, como un hálito de vida que nos revitaliza, en el apretón de manos, en el abrazo, en la mirada, y aun en el saludo por la calle. El lavamiento de los pies se produce también por la vitalidad espiritual que viene de la oración que las siervas hacen a favor de los siervos, para que ellos reciban fuerzas y aliento en el fragor de la batalla. ¿Cómo no será importante que las siervas de Dios cumplan su ministerio?

El socorro de los afligidos

En nuestra sociedad consumista y materialista, van quedando a la vera del camino los desahuciados por el sistema de libre mercado. Muchos de ellos no pudieron competir, dadas las despiadadas reglas del juego. Fracasaron ellos, y sus hijos están sufriendo las consecuencias. Algunos de ellos están también en el seno de la iglesia. Muchos hijos de Dios sufren de depresiones y de falta de afecto. Muchas de estas afecciones se podrían sanar con sólo poner un poco de bálsamo sobre el alma afligida.

La mujer tiene una sensibilidad natural mayor que la del varón. En las manos de Dios, esa sensibilidad puede rendir hermosos frutos a favor de los santos, en la atención de los heridos por esta vida, de los enfermos, en la de los que sufren, en la atención de los niños desvalidos. ¡Es incontable la gama de acciones que una sierva puede emprender para socorrer a los afligidos!

Sirviendo con los bienes

Hay otro importante servicio que una sierva de Dios puede prestar. En Lucas capítulo 8 se menciona a varias mujeres: María Magdalena, Juana, y Susana; y se agrega: «y otras muchas que le servían de sus bienes.» (v.3). En la comitiva del Señor iban los doce apóstoles, y un grupo importante de otros seguidores. Con ellos iban también numerosas mujeres que le servían; unas, tal vez, en la preparación de los alimentos; otras, con sus bienes, para atender a sus necesidades.

No fue un privilegio menor el concedido a estas mujeres al poder servir así al Señor. Aunque era dueño de todo, Él no tenía dónde recostar su cabeza. En su pobreza, Él se dejó atender por mujeres, siervas de Dios. Esos bienes puestos a Su servicio tuvieron, sin duda, el mayor rédito. Fue la mejor inversión que esas mujeres hicieron en sus vidas.

Hoy en día, las mujeres de Dios que trabajan tienen a su disposición tanto o más dinero que el necesario para sustentar una familia. Muchas de ellas no participan de la carga de sostener su casa porque sus maridos tienen lo suficiente para hacerlo.

¿Qué inversiones realizan ellas? Tal vez, una buena parte del dinero se derroche en nimiedades, o se malgaste en vanidades: en ese vestido que se usó una sola vez, o en esos zapatos que yacen casi olvidados en el desván, y que pocas veces se usaron. Pequeños o grandes caprichos que se alimentaron con la última moda, mientras la obra de Dios está detenida, o se hace a duras penas. ¡Cuánta mala inversión suele hacerse en las cosas de la tierra! ¡Cuán poca inversión se hace, en cambio, en el Banco del cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen!

¡El peligro de las cristianas en este aspecto es mayor que el de los varones! ¡Amadas siervas de Dios: atended a estas palabras de advertencia!

Criando siervos

Las mujeres del mundo crían hijos e hijas; las siervas de Dios crían siervos y siervas de Dios. Criar hijos lo hace todo el mundo; criar siervos lo pueden hacer sólo las siervas de Dios.

Las mujeres del mundo crían profesionales de la más variada índole, y con las mayores pretensiones pecuniarias posibles; las siervas de Dios crían hijos e hijas para que sirvan a Dios.

Así, mañana podrá haber nuevos Davides que digan a Dios: «Tu siervo, hijo de tu sierva.» Y esa sierva será usted, amada hermana, sierva de Dios. Su nombre contará delante de Dios, porque su herencia de fe habrá sido traspasada a su hijo y a su hija.

Pablo podía decir a Timoteo: «Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras» (2 Tim.3:15). ¿Quién hizo posible que Pablo pudiera decir esas palabras? Una sierva, conocida por Dios, llamada Eunice, y conocida por nosotros como la madre de Timoteo.