Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros».

– 1 Pedro 5:6-7.

Normalmente estos versículos se aplican a los cristianos que están padeciendo por causa de la disciplina de Dios. Se entiende que han pecado delante de Dios, y por eso ha venido la mano disciplinaria. Entonces se ve la necesidad de humillarse bajo la poderosa mano de Dios todo el tiempo necesario, hasta el día de la exaltación.

Sin embargo, para entender el verdadero sentido de estas palabras hemos de mirar el contexto – toda la primera epístola de Pedro. Al hacerlo, vemos que aquí no se trata de esa aflicción, sino del sufrimiento que padecen los cristianos por causa de su fe.

«Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo», dice el apóstol en uno de los versículos más característicos de esta epístola. Son los padecimientos de Cristo los que les es dado padecer a los cristianos. Es un padecimiento honroso, no vergonzoso.

Ahora bien, en esta situación, los que sufren tienen dos opciones: rebelarse ante las circunstancias y ante los hombres, o humillarse. En el primer caso, bien pueden ellos tomar las armas de la carne, echar mano a sus recursos, a sus defensas, y evitar el dolor. Pero ¿qué dice el Espíritu aquí? Que es preciso humillarse bajo la poderosa mano de Dios, y esperar hasta que Dios, en su amor, decida terminar nuestra prueba.

Esto no quiere decir que no haya sufrimientos por causa de la disciplina de Dios, en que la mano de Dios ciertamente se pone pesada. Hebreos 12, por ejemplo, trata ampliamente de eso. Pero aquí no se trata de eso.

Cuando la mano de Dios viene en la disciplina, ella nos azota. Es la mano del Padre que castiga a todo aquel que recibe por hijo. Pero cuando sufrimos por causa del Señor, como en este caso, la poderosa mano de Dios nos cobija y nos consuela. Ella es poderosa porque nos mantiene sujetos al sufrimiento, y no podemos escapar de él, pero lo es también porque poderosamente nos consuela y nos alienta. Ella nos cura y restaña las heridas.

Así que, la mano poderosa de Dios no solo nos aflige o disciplina, sino que también nos cobija cuando padecemos sufrimientos. En este caso, la fuerte mano de Dios es escudo y defensa para socorrernos. Si, por acaso, tomamos la justicia en nuestra mano, o buscamos algún ilícito alivio a nuestras penas, él no nos defenderá; su mano no se moverá en nuestra dirección.

Humillémonos bajo la poderosa mano de Dios, para que él pueda cobijarnos.

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