La sumisión de una mujer de Dios va complementada con otras preciosas virtudes.

En nuestro número anterior comenzamos a ver el carácter de una mujer de Dios. Decíamos allí que éste está determinado por la sumisión, que le confiere su inigualable belleza. Sin embargo, ¿es la sumisión una señal de anulación o achatamiento de su personalidad? ¿Convierte a la mujer de Dios en un robot que sólo sabe obedecer órdenes, sin tener iniciativa propia?

Muchos detractores acusan a la palabra de Dios de obsoleta y extemporánea, justamente por entender mal este principio. La mujer de Dios tiene amplias posibilidades de acción y de realización, sin perder su sello distintivo que es la sumisión a la autoridad que Dios puso sobre ella. La sumisión es el rasgo central, pero ella va adornado de otras muchas y preciosas virtudes.

Iremos a la Biblia para ver cómo esas virtudes se encarnaron en algunas de las ejemplares mujeres de Dios.

Rut

Rut era una mujer muy resuelta. Ella no aceptó seguir las insinuaciones de su suegra de quedarse en Moab, sino que la siguió a Israel, persuadida de que allí gozaría del favor de Dios. Luego, su trabajo en los campos de Booz como espigadora dan cuenta de un diligencia ejemplar. Su recato y sabiduría atrajeron rápidamente el respeto de las gentes y la admiración de Booz. No era Rut una mujer tímida, antes bien, dio muestras de osadía y resolución cuando debió acudir a dormir a la era, para –conforme a la tradición judía– exigir el cumplimiento de una ley que la favorecía. El Señor premia la fe, la constancia, la determinación de esta joven viuda, y le provee un marido, con quien llegaría a integrar la genealogía del Señor Jesucristo.

La mujer sunamita (2 Reyes 4:8-37)

Esta mujer reconoció en el hombre que solía pasar por su casa a un profeta de Dios. Entonces, pide a su marido que preparen un pequeño aposento para recibir al profeta cada vez que pase por allí. Desde entonces, Eliseo tenía donde hospedarse dignamente. Más adelante, Dios le concede el hijo que ella deseaba. Ella obtuvo así de su marido una decisión que trajo bendición a toda su casa.

Rebeca (Génesis cap. 24)

Cuando el criado de Abraham llegó a Harán en busca de esposa para Isaac, se encontró con una muchacha hermosa y diligente. No sólo dio de beber al cansado forastero, sino que también dio de beber a sus camellos. Esta fue la señal que el criado había pedido a Dios para reconocer a la mujer que Él había escogido. Luego, más adelante, cuando es interrogada acerca de si quería partir de inmediato, o quedarse diez días más con su familia, ella decide emprender en seguida el viaje. ¿Hay en Rebeca sumisión, exclusivamente? No, hay también en ella diligencia y resolución.

Ana (1 Samuel caps. 1 y 2)

Ana, la segunda esposa de Elcana, tenía suficientes razones para sentirse desdichada. Ella era estéril, y aunque su marido la amaba más que a Penina, la otra mujer, sin embargo, debía sufrir la humillación de no tener hijos.

¿Qué hace Ana, la humillada y sufriente? ¿Busca venganza de su rival o se rebela contra su marido y contra Dios? No; ella se postra delante de Dios y le pide un hijo. Apenas hizo la oración, ella tuvo testimonio de haber recibido lo que había pedido, porque ya «no estuvo más triste».

Luego de un tiempo, ella tuvo que entregar a su hijo para el servicio de Dios, tal como lo había prometido. Lo hizo con gran dolor, pero con esperanza. Dios le premió dándole cinco hijos más. ¿No es Ana una mujer admirable? Su actitud sumisa, su fe y su abnegación dieron frutos para la gloria de Dios.

La madre de Sansón (Jueces cap. 13)

La madre de Sansón era una mujer de fe. Ella recibió de parte de un ángel el aviso de que tendría un hijo. Ella se lo contó a su marido, quien pidió al Señor que renovara la visión, para que él pudiese también oírlo. Cuando se aparece nuevamente el ángel, ella acude de nuevo donde su marido y, juntos, escuchan del ángel las instrucciones que habían de seguir con el niño.

Luego de ofrecer el sacrificio, el ángel desaparece y Manoa teme que la muerte los alcance porque habían visto al ángel de Dios. Entonces su mujer, con una claridad que no tuvo su marido, le dice: «Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda, ni nos hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto».

En un momento de duda y temor, la mujer de Manoa recibió la fe para creer que Dios cumpliría con ellos lo que había dicho.

Abigail (1 Samuel cap. 25)

Abigail era la esposa de Nabal, un hombre necio en extremo. Nabal suscitó la ira de David y estuvo a punto de recibir un duro golpe en su hacienda, a causa de su falta de sabiduría. Sin embargo, su sabia esposa, al enterarse del juicio que venía, se apresuró a entregar ofrendas y regalos para David. ¡Qué oportuna fue su acción! Porque a poco andar se encuentra con David y logra aplacar su ira. Entonces David le dice: «Bendito sea Jehová Dios de Israel, que te envió para que hoy me encontrases. Y bendito sea tu razonamiento, y bendita tú, que me has estorbado hoy de ir a derramar sangre, y a vengarme por mi propia mano».

Abigail obra con presteza, aunque sin consultarlo con Nabal. Era un asunto urgente, de vida o muerte. Al actuar así, procedía con audacia, pero con sabiduría, porque hizo lo único que podía salvar a su marido y a toda su casa.

María (Lucas caps. 1 y 2)

La madre del Señor Jesús fue una mujer admirable. Tanto por su fe, como por su piedad, ella fue elegida entre millones de mujeres para concebir y criar al bendito Hijo de Dios. ¿Qué diremos de su fe y su valor para oír al ángel y aceptar la voluntad de Dios? Su fe supera en mucho la respuesta de Zacarías ante un aviso semejante (Lucas 1:19-20). Su viaje en estado de gravidez a Belén, su huida a Egipto como una proscrita, su posterior retorno a Nazaret. ¿No son señales de una mujer valerosa, dispuesta a arrostrar los peligros por su Señor?

Ciertamente, una mujer de Dios es mucho más que un carácter sumiso. Teniendo aquello como su sello distintivo, como su más profunda forma de ser, tiene, además, diligencia, prudencia, resolución, sabiduría y valor. En todas estas preciosas virtudes las santas mujeres de hoy muestran la maravillosa gracia de Dios, expresada en la faz de Jesucristo.