En un momento de mi vida me encontré atrapado, sintiendo que mis oraciones no pasaban del techo. Oyendo el testimonio de otros hermanos invadidos por la tristeza y depresión, vimos una salida poderosa, descubriendo que, en el Antiguo Testamento, la alabanza era utilizada por Israel para destruir a sus enemigos. Esto nos empezó a alumbrar el camino.

Israel arrasó con sus adversarios, utilizando un arma muy poco usual, algo que a los ojos humanos parecía algo despreciable. Pero Dios les estaba dando clara señal de que es por medio de la alabanza como se logra la victoria sobre el mal.

Hoy nuestros enemigos son espirituales: tristeza, depresión, desánimo, amargura. Hay un pasaje en la Escritura donde Saúl era atormentado por un espíritu malo. Entonces David tocaba el arpa, y Saúl tenía alivio y aquel espíritu se apartaba de él (1 S. 16:23). Vemos otro ejemplo cuando el pueblo de Israel enfrenta los muros de Jericó: ellos simplemente tocaron instrumentos de música y los muros cayeron (Jos. 6: 1-27).

¡Qué tremendo es el poder que proviene de frutos de labios que confiesan Su nombre! Israel comprueba una vez más esto, cuando comienzan a entonar cánticos de alabanza y sus enemigos se matan entre sí. Venía contra Israel un gran ejército; pero Dios les dice que no teman, que no tienen necesidad de pelear (2 Cr. 20:17). Ante tal respuesta, es de imaginar la alegría del pueblo (2 Cr. 20.18-19). Parece contradictorio ganar sin pelear, pero aquí está la diferencia: La batalla se ganó espiritualmente por medio de la alabanza.

En el tabernáculo y en el templo, los sacerdotes ingresaban por el atrio, alabando a Dios, expresando la alegría que sentían al dejar sus transgresiones delante del Señor (Sal. 100:4). Nuestros cultos normalmente empiezan con alabanza. He ahí su importancia: ella despeja la bruma, limpia el ambiente, quita el peso que nos asedia y nos preparara para entrar con gozo al Lugar Santísimo, a la presencia misma del Señor (Sal. 95:1-2).

En Apocalipsis 14:1-5, el Cordero está en pie sobre el monte de Sion, y con él los ciento cuarenta y cuatro mil. Recordemos que los sionistas se caracterizaban por la expresión de su alabanza, y nosotros somos la Sion celestial, somos testigos de este poder liberador.

Cuando la iglesia se reúne y alaba en espíritu y en verdad, se manifiesta la presencia del Señor. Cuando damos diariamente gracias por lo que somos, por lo que tenemos, por lo que nos entrega nuestro Rey; cuando damos la gloria debida a su nombre, alabando a Dios por sus maravillas y grandeza, nuestro Señor nos libra de nuestros opresores. Esto no es una receta, sino la vida de Cristo expresada en nosotros.

158