Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías … y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo».

– Mateo 17:3, 5-8.

En el monte de la transfiguración, donde por un período de tiempo la gloria del Hijo del Hombre pudo ser contemplada por tres de sus discípulos, no solo estuvieron Pedro, Jacobo y Juan, sino que también les aparecieron Moisés y Elías.

¡Qué gran visión tuvieron aquellos discípulos aquel día! Con su Maestro, vieron a Moisés, que representaba la ley de Dios, y a Elías, que representa a los profetas. En cierta ocasión el Señor dijo: «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (Mat. 22:40); y ahora, el representante de la ley y el de los profetas estaban a su lado, hablando con Él.

Ante tal visión, los discípulos tuvieron gran temor, y Pedro, sin saber lo que decía, propuso hacer tres enramadas: una para el Señor, una para Moisés y otra para Elías. Mientras Pedro pronunciaba estas palabras, una nube los cubrió y la voz del Padre, que no reconoce a nadie sino a su bendito Hijo, proclamó: «Este es mi Hijo amado, a él oíd». Pasada la visión y la voz, vieron solamente a Jesús.

Así, de hecho, encontramos aquí dos visiones: la del Señor glorificado juntamente con Moisés y Elías, y la del Señor solo. ¡La primera es llena de gloria! ¿Y la segunda? Que el Espíritu Santo nos abra los ojos para ver la gloria y belleza de la segunda visión: Jesús solo.

La primera impresión en las mentes de los apóstoles, al mirar alrededor, fue de silencio, pues aquella voz no se oía más; fue de soledad, pues Moisés y Elías se habían retirado. Ahora lo inusual había pasado, la impresión en sus mentes era de que todo alrededor era normal. La respuesta a esa primera impresión la encontraron en la presencia de «Jesús solo», pues aunque la voz desde la nube no se escuchaba más, las palabras del Señor fueron oídas. Si Moisés y Elías pasaron, Él permaneció como el perpetuo Compañero.

Si lo inusual había terminado, empezaron a percibir que ahora estaban en la presencia de Alguien que podía cambiar lo normal en inusual; Alguien que podría bajar con ellos hasta el valle y acompañarlos en la vida del hogar y en el servicio de los años venideros, hasta el final. Él podía tocar las cosas comunes de la vida y hacerlas brillar con esplendor, así como Su cuerpo de humillación brilló con gloria sobre el monte de la transfiguración. Esa fue la primera cosa que aquellos hombres aprendieron al levantarse de su temor. La visión había pasado. Moisés y Elías se fueron. La voz enmudeció. «Jesús solo» quedaba». (G. Campbell Morgan).

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