Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve».

– Mal. 3:18.

En este texto de las Escrituras, no es el profeta quien habla, sino Dios mismo. El versículo anterior nos muestra claramente esto: «Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve» (Mal. 3:17).

Este juicio no proviene de un hombre, que puede pervertirlo, sino de Dios mismo, que escudriña la mente y prueba los corazones (Jer. 17:10). Nadie puede erguirse delante de Dios como siendo un justo, porque Dios ya buscó entre los hombres y dio testimonio de que no halló ninguno: «Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Rom. 3:10-12).

En el texto inicial, Dios da testimonio de que sería visible la diferencia entre el justo y el impío, entre el que sirve a Dios, y el que no le sirve. Esto nos muestra que, esta justicia, no proviene del hombre, sino de Dios mismo, imputada a nosotros. Las Escrituras nos dicen que esta justicia viene por la fe en Jesucristo (Rom. 4:3-6).

Dios no tiene el propósito de hacer un remiendo en el hombre, sino tornarlo justo, santo y libre, en Cristo (1 Cor. 1:30). La obra de justicia para el hombre comenzó cuando Jesús fue clavado en la cruz. Aquella muerte fue la muerte del pecador, del necio, del injusto y del esclavo. Cuando Dios dio vida a Jesús, nos dio una nueva vida juntamente con él. Ahora, el Espíritu de Dios nos regenera, y nos traslada de la potestad de las tinieblas al reino del Hijo de su amor (Col. 1:13). En Cristo, nos presentamos delante de Dios sabios, justos, santos y redimidos; no por algo que el hombre pueda hacer, sino por Cristo que es nuestra justicia (Jer. 33:15-16).

Cuando Dios mira al hombre justificado, no ve la pecaminosidad de Adán, sino la santidad de Cristo. Ahí está la gran diferencia de que habla el texto de Malaquías. Dios no mira si eres miembro de una iglesia, o si sirves al Señor con algún cargo, sino si eres justo o impío. Si eres justo, entonces le sirves a él; de lo contrario, no le sirves. No importa el juicio que tengamos de nosotros mismos, sino la evaluación que Dios hace de nosotros.

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