Porque al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría, ciencia y gozo”.

– Ecl. 2.26.

En estos días, oímos a muchos anunciando un evangelio triunfalista, donde el grado de espiritualidad está relacionado con el éxito, con la salud, la prosperidad, etc., pero todo externo y visible. Muchos cristianos prosperan, viviendo con comodidad y sosiego; pero ante el Señor su vida espiritual es tibia y miserable, carente de sabiduría, de conocimiento de Dios y hasta de alegría verdadera.

El error, el engaño, es asociar la prosperidad, la salud y el bienestar con la espiritualidad. Dios nos da riquezas para que disfrutemos de ellas, pero dice que no pongamos allí nuestra esperanza, porque ellas son inciertas (1ª Tim. 6.17). Hoy tú puedes tenerlas, y gozar de ellas, pero muchos cristianos en otras épocas fueron ricos y luego fueron expoliados (Heb. 10.34). ¡Cuán inciertas e inseguras son las riquezas!

Durante la Segunda Guerra Mundial, los judíos transformaron casi todas sus riquezas en obras de arte, joyas y oro, porque su dinero pasó de un día para otro a ser expropiado por los nazis y a no tener ningún valor. El enemigo ya hizo esto una vez con los judíos, y lo hará otra vez con los cristianos. Sin embargo, muchas de las cosas que hemos pasado vienen de la propia mano de Dios para disciplinarnos y enseñarnos. Las pruebas son parte de esto (Stgo. 1.2-4).

Hay una diferencia entre el justo y el impío, como nos enseña el texto de Eclesiastés citado arriba. La fatiga por el trabajo, la ansiedad por juntar y amontonar riquezas es para el hombre impío y no para los santos, porque a los santos es el Señor quien provee. Todo esfuerzo, empeño e inteligencia desplegados en esta fatiga son inútiles para el justo (Sal. 127.2). Dios es quien da las riquezas como también el poder disfrutar de ellas. Todo viene de Dios. Es un don, una dádiva de él (Ecl. 5.19).

Necesitamos comprender que la sabiduría, la ciencia y el gozo divino son una Persona y no cosas. Todo lo que nosotros adquirimos en Él es eterno, son riquezas que no pueden ser robadas o minadas y mucho menos corroídas por la herrumbre (Mat. 6.19); son riquezas insondables en Cristo (Ef. 3.8).

Si tú eres bueno, no por tu propia bondad, sino porque el Señor te hizo justo por su obra en la cruz, él te da sabiduría, ciencia y gozo. Y las riquezas que has recibido de forma temporal son para que las disfrutes y las apliques a buenas obras; para que cuando aquellas te falten, seas recibido en las moradas eternas por los amigos granjeados por ellas, por aquellos en quienes fueron invertidas (Luc. 16.9).

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