Después de salir de Egipto y cruzar el Mar Rojo, el pueblo entró en el desierto y tuvo sed. En el principio de nuestra vida cristiana, solo en el desierto Dios consigue hablar al corazón (Oseas 2:14).

La primera vez Dios les dio agua de una fuente amarga que se tornó dulce, pero la segunda vez el agua brotó de una roca. Y esta roca era Cristo (1 Cor. 10:4). Por donde iba el pueblo, también iba Cristo. La roca fue herida para que pudiésemos beber de la fuente de la vida.

Pero en esos días hubo un tercer episodio relacionado con la falta de agua que también trae una enseñanza muy preciosa para nosotros (Núm. 20:2-13). La primera vez, Dios dijo a Moisés que hiriese la roca con la vara, pero esta vez, que tomara la vara y hablase a la roca. La roca ya había sido herida, y debía ser herida solo una vez. Ahora Dios quiere sanar y no herir, ahora él quiere curar y santificar a su pueblo por su Palabra (Sal. 107:20).

Pero Moisés desobedeció. Él hirió la roca dos veces. ¿Cuántas veces no hemos tomado nosotros esta misma actitud? En vez de usar la palabra de Dios para sanar, la usamos para herir a los hermanos. Dos veces. Herimos al Señor y herimos a la iglesia, que es su cuerpo (Hech. 9:5).

Aun cuando el pueblo esté en rebeldía, como estaba la nación de Israel en Meriba, no podemos airarnos y herir a la iglesia con Su Palabra. En toda situación, el siervo del Señor debe siempre corregir con mansedumbre, porque la Roca siempre estará a disposición de todos, para dar agua y proveer gracia a todo hombre sediento.

Esta Roca nos acompaña y nos acompañará hasta el fin, dando aguas purificadoras y santificadoras. Que cada uno de nosotros mire a la bendición de la Roca y no al pecado del pueblo. Que podamos ayudar al pueblo a esperar, a confiar, y a tomar el agua de ella siempre que sea necesario.

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