Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios”.

(Job 19:26).

En la partida de Alfonso Coñoemán, siervo del Señor (1991).

¡Oh, qué profundo es el dolor que abraza!
Es duro y terco, y curva mi esqueleto;
me pesa la plomada misteriosa,
mas quiero entrar en Cristo, mi Santuario,
al íntimo reposo de sus brazos,
al lecho de su corazón abierto
y estarme en la quietud de su regazo.

¡El vaso de amargura está bebido,
mi causa está juzgada en Jesucristo,
y la siniestra garra está vencida!

Ha puesto ante mis ojos Mesa eterna,
cenáculo de intimidad solemne,
en donde no me cansaré de verlo,
de estar con él por largo, largo tiempo,
un tiempo que no puede compararse
con este breve lapso de dolores,
de enfermedad, de luto y de cenizas.

El vaso de amargura está bebido,
Jesús me ha consolado al arrullarme.
¡No es muerte, entonces, el morir en Cristo!
¡Precioso amado, dulce amparo mío,
fragante nardo, abrigo de mi noche!
Distíngueme entre lirios y azucenas;
te aclamaré con mi postrer suspiro.
¡Me alumbra, de Jesús, la dulce aurora!