Sin duda, Dios tiene un propósito eterno. Para conocerlo, debemos ir más atrás de la caída del hombre, tenemos que abandonar la mirada limitada con que juzgamos las cosas de Dios, y sumergirnos en la mente de Dios, hasta donde nos es revelado por el Espíritu en su Palabra.

La eternidad pasada. Para entender el propósito de Dios, tenemos que quitar toda referencia al tiempo y al espacio, e ir a la eternidad pasada, cuando nada existía, excepto Dios. En la Deidad, el Padre amaba al Hijo y vivía para él. Y el Hijo amaba y vivía para el Padre, haciendo las delicias de su corazón (Prov. 8:30).

Entonces el Padre tuvo un propósito eterno – Que su Hijo fuese el heredero de todo. Y el Hijo deseó el cumplimiento de ese propósito eterno, para gloria de su Padre. Dios concibió un plan, según el cual todo estaría centrado en Cristo, para que “en todo tenga la preeminencia”, y para que llegase a ser “el todo en todos” (Col. 1:18; 3:11).

Un paréntesis en el tiempo. Luego vemos al Padre trabajando para hacer al Hijo preeminente en todo, creando todas las cosas por medio de él y para él (Col. 1:16-17). Adán fue creado conforme a la imagen del Hijo, teniendo su imagen y semejanza, su vida y su gloria.

Desde la eternidad pasada hasta la resurrección, el Señor fue el Hijo unigénito, pero luego de la resurrección, llegó a ser el primogénito entre muchos hermanos. Antes de su muerte, solo había un Cristo personal, pero después de su muerte y resurrección impartió a muchos Su vida, formando así un Cristo corporativo. Así surgió la iglesia. ¡Qué alta dignidad tiene ella!

La caída del hombre dejó en evidencia algunos maravillosos rasgos de Dios que hasta entonces no se conocían. En la creación, él manifestó su poder y majestad; pero, en la redención, mostró su gracia y su misericordia. El Hijo vino a reconciliar todas las cosas con el Padre. Luego de su ascensión, Dios le sentó a su diestra, y le dio un nombre que es sobre todo nombre (Fil. 2:9-11), y sometió todas las cosas bajo sus pies (Ef. 1:20-22). Entretanto, la creación, aun en esclavitud, espera la manifestación de los hijos de Dios (Rom. 8:19-23). Cuando aparezca el Señor, seremos como él es (1ª Jn. 3:2), teniendo la herencia y la gloria de Dios.

La eternidad futura. Al extender la mirada más allá, podemos aseverar que llegará el tiempo en que todo se resuma en una palabra: Cristo. Todo lo que existe girará en torno de él, hasta que, finalmente, todo esté bajo él y en sujeción a él. Y luego, cuando todo sea del Hijo, entonces el Hijo lo entregará todo al Padre (1ª Cor. 15:28). Apocalipsis 21 y 22 describen la situación en la eternidad. Allí está Dios, el Cordero y la nueva Jerusalén. Dios y el Cordero son el centro de todo. Así que, la meta y el gran propósito de Dios, de eternidad a eternidad, es darle al Hijo la preeminencia en todas las cosas, porque el propósito de Dios es hacer, a su Hijo, Señor de todo.

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