Toda Escritura es divinamente inspirada y útil en la obra del Espíritu Santo que nos va conformando a la imagen de Cristo, hasta llegar con todos los santos al estado del varón perfecto. Así también ocurre con el pasaje de Marcos 8:22-26 acerca del ciego de Betsaida.

Allí, al principio, nos parece que Jesús no fue lo suficientemente poderoso para hacer un milagro perfecto, y que necesitó actuar dos veces para que aquel hombre pudiese ver bien. Sin embargo, nunca podremos entender las Escrituras con nuestra mente limitada, sino mediante el Espíritu. Solo cuando comprendemos por el Espíritu, nuestra mente es transformada. Esta es una necesidad claramente enseñada en las Escrituras (Rom.12.2; Ef. 4.23).

Con este milagro, el Señor nos enseña que todos nosotros, al principio, somos espiritualmente ciegos. Nacimos muertos en delitos y pecados, sin posibilidad alguna de ver y comprender las cosas espirituales. Entonces, en este pasaje, logramos entender que necesitamos de dos milagros para ver completamente.

El primer milagro que necesitamos es conocerle crucificado, muerto y resucitado. Jesús dijo esto a Nicodemo, refiriéndose a sí mismo como aquella serpiente levantada por Moisés en el desierto (Juan 3:14). Tenemos que mirar a Jesús crucificado, y creer en él y en su sangre derramada para remisión de nuestros pecados; creer también que con él hemos muerto y resucitado, y que ahora ninguna condenación hay para los que están en Cristo. Esta es la primera revelación de Jesús, la primera visión abierta que tenemos de él.

Sin embargo, ésta no es aún la visión completa, pues es necesario otro milagro: que los ojos de nuestro entendimiento sea abiertos al conocimiento pleno de él; para ver, además, al Cristo exaltado, cabeza del cuerpo que es la iglesia, sentado a la diestra de la Majestad en las alturas, con todo poder en los cielos y en la tierra.

Si nuestra visión solo fuese la inicial, de Cristo solo como nuestro Salvador, sería aún limitada. Necesitamos, pues, estos dos milagros del Señor: verle crucificado, resucitado y habitando en nosotros, pero también exaltado, porque esto nos señala el camino nuevo y vivo que él abrió para nosotros.

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