Cada pasaje de las Sagradas Escrituras tiene su propia grandeza; no obstante, hay capítulos que destacan por sobre los demás por lo que apelan al corazón humano.

Juan capítulo 1

La sublimidad de este capítulo debe ser reconocida por cualquiera persona inteligente que lo haya leído una vez; su profundo significado crecerá a medida que se lea y se medite.

Se divide en tres partes. Los primeros dieciocho versículos forman lo que hemos dado en llamar el prólogo. Es incuestionablemente el exordio, que al mismo tiempo que introduce lo que va a seguir, resume las consecuencias de lo que está apuntado posteriormente. Del versículo 19 al 34, tenemos el ministerio preliminar de Juan el Bautista, el heraldo del Verbo; y del 35 hasta el fin del capítulo, los incidentes de los tres primeros días del ministerio terrenal del Señor Jesucristo.

A fin de tener una idea aproximadamente correcta del valor del prólogo, es necesario que lo sometamos a un análisis cuidadoso, distinguiendo entre aquello que es fundamental, y aquello que es secundario o subordinado. Haciéndolo así descubrimos que podemos unir los versículos 1, 14 y 18 que nos introducen realmente al estudio del libro; ya que resumen –o tal vez sería mejor decir, revelan–, el secreto de todo lo que sigue.

Un paréntesis inicial

Echando una mirada al versículo 14, descubrimos algunas palabras entre paréntesis; así se encuentran en todas las grandes versiones, e incuestionablemente así deben estar colocadas; ya que constituyen un paréntesis que se aparta de la declaración principal.

Los versículos 2 al 13 constituyen otro paréntesis; y todavía tenemos uno más en los versículos 15 al 17. De esta manera, en los dieciocho versículos, tenemos tres paréntesis; es importante que reconozcamos que los paréntesis están en su lugar y que tienen un significado muy amplio; pero, no obstante, constituyen una desviación del tema principal.

Acerca del autor

Estamos procediendo bajo la suposición, sin prueba, de que este libro fue escrito por Juan, el discípulo y apóstol de nuestro Señor. Cuando yo era joven, se afirmaba confiadamente que no podía haber sido escrito por Juan, y que había sido escrito por lo menos doscientos años después de los acontecimientos. Es interesante recordar que los más recientes descubrimientos de críticos competentes, lo colocan en una fecha mucho más temprana. Burney considera que no fue escrito después del año 75 A.D.; y Torrey, en su libro más reciente, todavía le señala una fecha anterior.

La única cosa, sin embargo, en que todos están de acuerdo, es que fue el Evangelio que se escribió último. Podemos entonces suponer que Juan leyó los escritos de sus compañeros de apostolado, Mateo, Marcos y Lucas. Sin embargo, diremos que treinta o cuarenta años después de la crucifixión, Juan, reflexionando en aquellos días que recordaba perfectamente, seleccionó ciertos hechos destacados en la vida y ministerio de nuestro Señor; y su tratado se abre con lo que él consideró el resumen de todos los hechos de Jesús.

Es posible que este prólogo haya sido lo último que escribió; que, habiendo completado su bosquejo, haya terminado anotando estos descubrimientos finales sobre la persona de nuestro Señor; esto no es de ninguna manera seguro, y solo lo exponemos por vía de sugestión.

En el Evangelio escrito por Mateo podemos contemplar a Jesús como Rey; en el que salió de la pluma de Marcos, como el Siervo del Señor; en el Evangelio de Lucas, como el Hombre arquetipo de Dios, en toda la perfección de su personalidad; al llegar al Evangelio de Juan es como si él nos dijera: Veamos quién es realmente este Rey; quién es este Siervo del Señor; quién es este Hombre revelado en gloria terrenal; y a renglón seguido nos proporciona la respuesta en la declaración principal del prólogo, que muy bien puede exponerse omitiendo los paréntesis:

Tres declaraciones claves

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios … y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… lleno de gracia y de verdad … A Dios nadie le vio jamás: el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer».

Hagamos de estas palabras un examen en detalle. En el versículo primero hay tres declaraciones bien claras: «En el principio era el Verbo … El Verbo era con Dios … El Verbo era Dios».

Esta triple declaración pudo haber sido escrita por alguien que nunca hubiera visto u oído a Jesús; hay quienes afirman que el tenor de estas declaraciones es el resultado de la influencia de la filosofía griega sobre Juan. Por ahora no acepto tal punto de vista. Tales afirmaciones están en completo acuerdo con la filosofía hebrea; admito que un filósofo griego pudo haberlas escrito, pero insisto en que están muy de acuerdo con el punto de vista de la filosofía hebrea. La filosofía hebrea nunca principia haciendo una pregunta, sino una afirmación. Ella suponía el hecho de que Dios es; además, la suposición fue el resultado de un proceso de pensamiento, y el pensamiento del filósofo se movió a lo largo de estos límites. Cada fenómeno es la expresión del pensamiento. El pensamiento presupone un Ser que piensa; tal Ser que piensa es llamado Dios.

Esta filosofía respalda las frases del principio. «En el principio era el Verbo», es decir, el Verbo como sabiduría, pensamiento, concepto. «Y el Verbo era con Dios», es decir, el concepto demanda Alguien que lo conciba, y ese Alguien es llamado Dios. «Y el Verbo era Dios», es decir, el pensamiento y el que lo concibe son necesariamente uno en esencia.

Pasando al versículo 14 leemos primero: «Y aquel Verbo fue hecho carne». Ningún filósofo griego pudo imaginar algo semejante; ningún filósofo hebreo, basándose únicamente en su pensamiento filosófico, pudo hacer o pudo tener tal conclusión, por mera deducción. Es ésta la narración de un acontecimiento, de algo que tuvo lugar; de algo que se introdujo inesperadamente en la vida humana y en la historia humana de una nueva realidad.

Hay realmente tres afirmaciones en este versículo, aunque no tan clara y perfectamente definidas como en el primero. Si ponemos el sujeto en las dos últimas, y el sujeto y el predicado en la otra, podemos expresarlas así:

«El Verbo fue hecho carne … El Verbo plantó su tienda entre nosotros … El Verbo fue lleno de gracia y de verdad». Aquí tenemos un resumen del misterio central y de la revelación de la fe cristiana.

Pasando al versículo 18 leemos: «A Dios nadie le vio jamás». Tanto la filosofía griega como la hebrea estarían en perfecto acuerdo con esta afirmación. Luego el versículo continúa: «El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer». Es este el resumen del resultado del acontecimiento a que se ha hecho mención: que aquel Verbo se hizo carne.

La correlación de todas estas afirmaciones es notable. Tomando las del versículo 1 y las del 14, expresémoslas de tal manera que las tres del versículo 14 correspondan a las tres del versículo 1:

«En el principio era el Verbo».
«Y el Verbo fue hecho carne».
«Y el Verbo era con Dios».
«Y el Verbo habitó entre nosotros».
«Y el Verbo era Dios».
«Y el Verbo… era lleno de gracia y de verdad»

Observemos la relación entre la primera parte del versículo 18 y el versículo 1, y la segunda parte del versículo 18 y el versículo 14.

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
«A Dios nadie le vio jamás».
«Aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros … lleno de gracia y de verdad».
«El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer».

Dos creaciones

Si examinamos el paréntesis encontraremos la relación que guarda con la declaración principal. Después de la afirmación filosófica del versículo 1, el escritor se desvía para mostrar la relación que tiene el Verbo con dos creaciones. Refiriéndose a la creación original, dice: «Este era en el principio con Dios», agregando que «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».

La idea es que la creación original y la creación progresiva, han estado bajo la intervención del Verbo. Además de eso Juan dice que en Él estaba la vida, es decir, toda la vida; siendo el elemento distintivo de la vida en el hombre: la luz. Tal es un resumen, muy incompleto, de las declaraciones con respecto a la relación del Verbo con la primera creación.

Luego viene una afirmación que nos pone frente a una nueva creación. Se dice que el Verbo estaba en el mundo, y que el mundo no le conoció. Se alude al ministerio de Juan el Bautista como uno que tuvo por objeto dar testimonio de la Luz que alumbra a todos los hombres. La alusión se encuentra en las palabras: «Aquella luz verdadera … venía a este mundo».

En otras palabras, la Luz que no había sido percibida o extinguida, estaba siendo visible. Aun cuando se manifestó en Su propio mundo, los suyos no le recibieron; no obstante, su llegada fue una llegada victoriosa; aquellos que le recibieron creyendo en Su nombre, nacieron a una vida nueva. De esta manera, el paréntesis se refiere al Verbo tanto en relación con la primera creación, como con la nueva.

El paréntesis breve de la mitad del versículo 14 fue evidentemente una exclamación de parte del escritor refiriéndose a lo que estaba contemplando. La visión fue de gloria, gloria de la misma esencia del Padre, descrita en una frase plena y completa: «lleno de gracia y de verdad».

En el paréntesis final encontramos la reunión y la fusión de dos testigos. El primero es Juan el heraldo; el segundo es Juan el evangelista. En su testimonio están unidos; el heraldo completa el testimonio del pasado; el apóstol expresa el testimonio de una nueva economía.

Resumiendo: en el versículo 1 se hace una declaración sobre los acontecimientos eternos; en el versículo 14 se registra una revelación temporal de los mismos acontecimientos; y en el versículo 18 se hace una declaración sobre el valor de esa revelación temporal de los acontecimientos eternos.

Juan el heraldo

Luego el escritor registró en forma condensada el ministerio del heraldo, consistiendo su valor principal en lo que dicho heraldo dijo de sí mismo en respuesta a las preguntas que le hicieron aquellos que teman alguna posición oficial. Primero afirmó: «Yo no soy el Cristo». Respondiendo a la siguiente pregunta: «¿Eres tú Elías?», dijo: «No soy». Cuando después le preguntaron: «¿Eres tú el profeta?», él contestó: «No».

Estas respuestas les hicieron preguntar: «¿Pues quién eres? … ¿Qué dices de ti mismo?». Por toda respuesta él citó, a estos doctores de la ley que debían estar familiarizados con sus Escrituras sagradas, las palabras: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

Con esta cita, Juan el Bautista anunció de una manera definida el cumplimiento de la profecía de Isaías con respecto al Mesías, reclamando ser la Voz que anunciaba la venida del Verbo.

Un día después identificó formalmente a Jesús como el Mesías, con aquellas palabras: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La relación de esto con la profecía de Isaías es muy significativa. Si estos hombres se hubieran fijado en dicha profecía, hubieran descubierto que la Voz anunciaba el advenimiento del Siervo del Señor, y que el retrato de dicho Siervo con todos sus rasgos se encontraba en el capítulo 52. De esta manera el heraldo manifestó que Aquel que se describe en el prólogo como «el Verbo que fue hecho carne», es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

El resto del capítulo se ocupa de incidentes ocurridos durante los tres días siguientes, y señalados claramente por el escritor. «El siguiente día», es decir, un día después de que el heraldo había identificado públicamente a Jesús como el Mesías, se le ve conversando con dos de sus discípulos cuando Jesús andaba por allí; Juan lo señaló de nuevo diciendo: «He aquí el Cordero de Dios». Inmediatamente sus dos discípulos le dejaron y se fueron tras Jesús.

Los primeros seguidores

En el resto de la narración contemplamos a cinco hombres: Andrés y Juan, Simón, Felipe y Natanael. Estos fueron los primeros seguidores del Mesías. No está dentro del propósito del estudio de este capítulo tratar en detalle esta historia maravillosa; echando una rápida ojeada sobre ella, nos damos cuenta de las diferencias que había entre estos hombres.

Andrés, alma fuerte, y resuelto a investigar, mostrando interés por su hermano; Juan, el poeta, el soñador, el escritor de esta narración; Simón, un hombre sencillo, con todas las cosas esenciales de la naturaleza humana en su personalidad, pero sin el principio capaz de soldar los elementos dispersos para hacer algo fuerte y resistente; Felipe, el hombre reposado y discreto, como acontecimientos subsecuentes lo comprueban, capaz de pensar en grandes cosas pero sin poder expresarlas fácilmente, y Natanael, un hombre caracterizado perfectamente por Jesús, como uno en quien no hay engaño.

La historia del capítulo sigue adelante con sublime sencillez. El Verbo hecho carne, habitando en forma humana, va por el sendero del servicio terrenal sin ruido de trompetas, tomando las cosas como vienen; entrando en contacto con la naturaleza humana, y principiando la enorme tarea de producir con ella una nueva creación.

Primeras palabras

Si le seguimos durante estos tres días, le escuchamos palabras como éstas: «¿Qué buscáis?». «Venid y ved». «Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas». «Sígueme». «He aquí un verdadero israelita en el cual no hay engaño». «Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi». «¿Porque te dije, te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que éstas verás … De cierto, de cierto os digo de aquí adelante veréis el cielo abierto y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre».

Siete frases anotadas, dichas a Andrés y a Juan, a Simón, a Felipe y a Natanael. Estudien muy cuidadosamente estas primeras palabras salidas de los labios del Verbo hecho carne en la iniciación de su ministerio público. En el breve examen que estamos haciendo del capítulo, no podemos hacer más que respirar su atmósfera y recoger una leve impresión de su gloria.

Volvámonos, en conclusión, a la declaración central del prólogo: «El Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros … lleno de gracia y de verdad». En esas palabras tenemos, en algunos sentidos, una declaración completa de la fe cristiana. La enseñanza de Jesús fue, por supuesto, de suprema importancia; Sus hechos fueron también de profunda significación; la Cruz de Cristo juntamente con la resurrección es algo céntrico y final en la fe cristiana.

Sin embargo, el asunto de más importancia, es saber: ¿Quién es el que enseñó, y obró, y murió, y resucitó? ¿Quién expuso la enseñanza? ¿Quién obró las maravillas? ¿Quién fue al Calvario? Es solamente cuando reconocemos que él fue aquel «Verbo hecho carne», cuando sentimos todo el peso de su enseñanza; o nos damos cuenta del valor de sus hechos; o podemos interpretar su Cruz y su resurrección.

Este fue ciertamente: «Dios visto y oído en forma manifiesta, y el Amado del cielo».  Tal es el hecho más profundo de la fe cristiana.

Una visión poética

Cuando los hombres comienzan a tratar de dar razón del cristianismo en términos científicos y de especulación filosófica, deben estar totalmente desconcertados.

No es posible que lo Infinito pueda ser aprehendido por el pensamiento finito; algunas veces los poetas proceden mejor que los filósofos, aunque podamos hacerles el cargo de que usan mucho la imaginación. Y pensando en esto, me atrevo a concluir citando a George Herbert (1593-1633), que escribiera aquellos versos de tanta belleza imaginativa, pero para mí, llenos de sugerencia iluminadora:

¿No has escuchado nunca que mi Señor murió?
Entonces, una historia muy rara te diré:
Un día, mientras paseaba el poderoso Dios
envuelto entre ropajes de gloria y de esplendor,
al mundo de los hombres decidió descender.

Al ir rumbo a la tierra despojándose fue
de los regios ropajes que en el cielo vistió.
Les dejó a las estrellas su diadema de luz;
le dio su lanza al fuego; su arco a la nube dio,
y su manto azulado al cielo le dejó.

Cuando ellos preguntaron: «¿Qué dejas para ti?».
Mientras se iba alejando, dulcemente sonrió.
«Nada dejo», les dijo; «en el mundo del hombre
tengo vestidos nuevos con que me vestiré».

«Y aquel Verbo fue hecho carne».

Tomado de: Grandes Capítulos de la Biblia, Tomo 2.