Cómo la vida del Espíritu Santo en nosotros nos permite transitar el camino de la cruz.

Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de Cristo … Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gál. 6:14; 4:19). «Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia»,

Colosenses 1:24.

Al contemplar a Jesús en la cruz, cuando la visión de Cristo nos gobierna, ella cumple un propósito: llevarnos a ser semejantes a él. Entonces, todo lo demás pierde valor. «Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante» (Flp. 3:13).

El camino de la cruz es un camino de día a día, no considerando lo vivido atrás. Es tan complejo que, en nosotros mismos, no somos competentes: nuestra competencia viene del Señor, nuestro ejemplo es él.

«Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto» (Gál. 4:19). El libro de los Hechos nos relata la primera visita de Pablo a las iglesias de la región de Galacia. Allí predicó el Evangelio de una manera tan extraordinaria, que ellos pudieron ver a Cristo. Pero ahora les dice: «¿Quién os fascinó?». ¿Quién os engañó? «¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?» (Gál. 3:3). ¿Cuál es el punto de inflexión que nos lleva a dejar de contemplar a Cristo y volvernos a la energía de la carne, a las obras y a cualquier otro evangelio que no sea Cristo?

Cómo terminar la carrera cristiana

«Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo» (Hech. 20:24). En la carrera cristiana, el asunto no es solo cómo empezamos – lo más importante es cómo terminamos. Pablo nos muestra que el foco, para él, era acabar la carrera. Nosotros luchamos día a día, en nuestro contexto, en la iglesia, en el matrimonio, en la familia; nuestra vida cristiana está llena de altibajos y dificultades. Mas Pablo tenía un objetivo – acabar la carrera. Y también les lleva a los hermanos ese paradigma.

¿Cómo estás terminando tu carrera? Pareciera que, con el paso de los años, la soberbia va ganando lugar en nuestro corazón, y empezamos a pensar que ya lo sabemos todo. Pero ¿de qué nos sirve participar en tantas conferencias o retiros, si la palabra de la cruz no es real en nuestras vidas, o si la iglesia local no ve a Cristo en los ancianos o en los hermanos que deberían llevar el testimonio?

Pablo trae un llamado urgente a las iglesias. «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). Los judaizantes habían intentado engañar a los hermanos. Incluso Pedro había caído en esa sutileza de aparentar algo. Y allí, Pablo, con un celo de Dios, hace una defensa tremenda del Evangelio.

Mirar la cruz de Cristo

La cruz de Cristo es el evangelio verdadero. Pablo decía que él no quería predicar ninguna otra cosa «sino a Jesucristo y a este crucificado» (1 Cor. 2:2).

A veces, pensamos que el evangelio de la cruz es solo la puerta de entrada. Pero Pablo nos mostrará que éste era parte de su vida y era también el camino. Si vemos la cruz solo como una perspectiva para llegar a la vida cristiana normal, nuestra vida continúa de forma anómala, y comenzamos a creer que, a través de las obras, somos mejores que otros hermanos.

Por eso, el Señor nos lleva a mirar la cruz. Solo ella nos centra, nos regula, nos ubica y nos muestra que sin él no somos nada, que en nosotros no hay nada que pueda agradar al Señor, que no estamos aquí porque seamos buenos, sino porque éramos pecadores.

El camino de la Cruz

Pero aun hay mucho más. Pablo decía: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Tim. 4:7). Este era su foco – el camino de la cruz. Las marcas de la cruz en él no eran solo algo retórico: él había sido apedreado, azotado, y aún había sido resistido. Su cuerpo estaba desfigurado, él tenía las marcas de la cruz en sus espaldas.

En lo cotidiano, tomar la cruz no es algo sencillo, porque, si en la iglesia nadie sufre, no hay testimonio del Señor. No hay iglesia sin dolor. Ella surgió del sufrimiento del Señor.

A veces, nos preguntamos por qué falta poder; damos por sentado y citamos Mateo 18:20: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Y nos abrazamos a frases sin realidad, porque falta cruz, porque nadie sufre.

El morir de Jesús

Pablo no vivía para sí, él vivía y sufría por los hermanos. No obstante, su foco no estaba ni en la obra ni en la iglesia, sino en su Señor. «Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados» (2 Cor. 4:7-8).

Y más: «…llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús», el morir de Cristo. ¿Por qué sufría Pablo, y tenía esos dolores de parto? Porque «la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida» (v. 12). La muerte es para que otros tengan esta vida que se dona – la vida de Jesús.

El amor expresado de Jesús fue darse por los demás. Dios quiere formar una familia con muchos hijos semejantes a Jesús, y eso no es algo automático. Por eso, necesitamos los dolores de parto, por eso necesitamos la cruz de Cristo. El dolor es para que Cristo sea formado en nosotros; pero esto no es algo obligatorio, es voluntario. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame» (Mat. 16:24).

El Señor insiste en esto, porque somos tan obstinados, somos tan rápidos para juzgar a otros; pero él no se cansa de nosotros, él conoce nuestra realidad, y es tan paciente que, si al final de la carrera, Cristo no ha sido formado en nosotros, habremos perdido mucho. Por eso, nuestro encargo es que acabemos bien la carrera, sabiendo que el tiempo es breve, y él viene.

Una carga en el corazón

Quisiera notar algunas cosas. Cuando Dios despierta el espíritu de Ciro, para restaurar Jerusalén, él ocupa a tres personajes: Esdras, Nehemías y Zorobabel. Nehemías, cautivo en Babilonia, sufría, porque supo que Jerusalén estaba en ruinas. Entonces, el rey lo autoriza para ir a Jerusalén. Había una carga en su corazón, un sufrimiento comparable al dolor de Pablo por los gálatas.

La carga del Señor por su iglesia. Cuando el Señor vino a este mundo, clamó: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mat. 23:37). Si no hemos alcanzado la estatura del varón perfecto, es porque no hemos querido. El Señor, en la cruz, dijo: «Consumado es». Todo lo que tenía que hacer, él lo hizo en la cruz. Y ahora él espera que estemos dispuestos a recibir su encargo.

Pablo vio al Señor y no fue rebelde a la visión celestial. Y al contemplar a Jesucristo, y a este crucificado, le fue revelado el eterno propósito de Dios: Cristo y la iglesia. Entonces, pese a la persecución y al menosprecio, él se esforzaba más, y decía: «Y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas» (2 Cor. 12:15).

Ese era el corazón del apóstol. Y vemos ese mismo corazón en Nehemías, que dejó su comodidad en el palacio del rey para ir a Jerusalén, para recorrer las ruinas. Porque cuando nos acercamos al Señor, él nos revela la visión, y podemos ver qué es y qué no es la iglesia. Porque tenemos apreciaciones particulares, y por eso, hay tantas divisiones. Tal es el resultado de una vida sin cruz.

En ese punto de decadencia espiritual, cuando los gálatas dejan el verdadero Evangelio, Dios envía a Pablo. Cuando Jerusalén estaba en ruinas, Dios toma la iniciativa, y despierta a sus siervos. Así también, hoy, él quiere despertar a hombres y mujeres para que respondan a su noble llamado. Él nos advierte que vamos a padecer, que no es un camino fácil. Pero, aun así, dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí…». Y una de las razones por las cuales rechazamos su cruz, es porque nuestro corazón no es totalmente para él.

La visión nos lleva a la Cruz

«Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino … Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno» (Dan. 10:5, 8). Vemos cómo la visión de Cristo nos lleva de inmediato a la cruz; no es solo para ella quede en nuestras mentes, sino para que se encarne en nosotros.

«Pero he aquí, uno con semejanza de hijo de hombre tocó mis labios. Entonces abrí mi boca y hablé, y dije al que estaba delante de mí: Señor mío, con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza» (v. 16).

El camino de la cruz no apunta a los dolores a causa de nuestros pecados o malas decisiones, sino al sufrir por los intereses del Señor.

Un día, el Señor nos dirá: «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré» (Mat. 25:21). Siempre, todo lo que hagamos, será poco, comparado con lo que él hizo por nosotros. Pero el Señor nos invita a padecer, para que podamos gustar su vida en nosotros.

«Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás» (Isaías 50:5). Contemple al Señor Jesús aquí. Ciertamente, él fue valiente, no titubeó cuando tenía que ir a la cruz.

Y en el Getsemaní, él clamó: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú (Mat. 26:39)», mostrando el carácter eterno de la cruz.

El Señor, nuestro modelo

«Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos» (Isaías 50:5-6). El Señor, caminando hacia la cruz, es nuestro modelo. El contemplarle debe encender nuestros corazones, porque de otra forma no podremos entender este camino. Allí, los cielos nos son abiertos y una revelación genuina baja al corazón.

«Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado» (v. 7). Pablo comprendió esto. Él fue vituperado y fue golpeado. Pero ¿qué había en su corazón? Él decía: «He trabajado más que todos» (1 Cor. 15:10), refiriéndose a los otros apóstoles.

Y en 2 Corintios 12:15: «Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas». Esas expresiones hablan del camino de la cruz en la vida de Pablo.

¿Por qué te estás gastando tú, hermano? Pablo fue cautivado por esa visión; para él no había nada mejor que ser formado a la imagen de Cristo y que en los demás también fuese lo mismo. Por eso él se esforzaba, y padecía. Sin aquello, no hay expresión del cuerpo de Cristo.

Un corazón dispuesto

«Los ojos del Señor recorren toda la tierra buscando un corazón dispuesto». Recordemos la historia de Jesús con aquel joven rico. A veces, la miramos pensando solo cuán difícil es que los ricos entren en el reino de los cielos. Pero la verdad es que, en el fondo, no nos muestra solo eso, porque tanto los que tienen posesiones como los que no las tienen, enfrentan un gran peligro.

Marcos capítulo 10 y Mateo 19 son pasajes paralelos. Marcos dice: «Al salir él para seguir su camino, vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (10:17).

Aquí, desde los primeros versículos, el Señor empieza a mostrar el corazón del hombre. El capítulo parte hablando sobre el divorcio y dice: «Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así» (Mat. 19:8). Luego leemos el pasaje donde los niños venían al Señor y él dice a los discípulos: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos» (v. 14). En ese contexto, se acerca este joven rico.

«Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones» (Mat. 19:17-22).

¿Qué más me falta?

El joven le dijo: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?».

En este diálogo, captamos el cuidado que tiene el Señor en cautivar aquel corazón. ¿Y por qué ese joven se fue triste? «Porque tenía muchas posesiones». Él llegó a ese entendimiento, porque siempre que tenemos un encuentro real con el Señor, él nos muestra nuestro corazón.

Al abordar este pasaje, siempre resaltamos a Jesús como la mayor de todas las riquezas, y cómo este joven rechazó ese tesoro escondido que estaba delante de él. Pero, desde la perspectiva de Dios, había otro tesoro allí – el corazón de aquel joven. Aquel era un tesoro que el Señor quería conquistar.

A veces, cuando en la asamblea hay hermanos que no son tan espirituales como nosotros creemos serlo, los miramos en menos. Pero el Señor se acercaba, porque, para él, el corazón era un tesoro a conquistar. Él quería cautivar el corazón de este joven en amor, para que él lo siguiera.

¿Por qué el Señor quiere conquistar nuestro corazón? ¿Cuáles son las posesiones que no queremos dejar? Pedro dijo: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido» (Mat. 19:27). Ellos no tenían muchas posesiones, pero Pedro dejó su barca y sus redes. Ese era su todo. Y siguió al Señor.

¿Qué ocupa hoy el centro en tu corazón? El Señor dice: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres» (Mar. 10:21). Podrían pasar muchos años, y si el carácter de Cristo no es formado en nosotros, seguir siendo los niños espirituales del inicio, bebés en Cristo, como Pablo dice en Gálatas 4:19: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto». La invitación es a que Cristo sea formado en nosotros. Para eso, debemos tener comunión con la cruz.

El error del joven rico no fue haberse ido triste. La forma en que reaccionamos toda vez que tenemos una circunstancia difícil, mostrará lo que hay en nuestro corazón. Las dificultades abren las cortinas de nuestro corazón para mostrar los ídolos que en él hay, muestran quién nos está gobernando.

La Cruz, el verdadero evangelio

En Gálatas, vemos la cruz de Cristo en la vida de Pablo. «…el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo» (Gál. 1:4). Versículo 15: «…agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí».

Esto nos revela que, si estamos aquí, es porque a Dios le agradó. No es el resultado de las circunstancias. ¡Cómo cambió Pablo tras su encuentro con Cristo mismo! Él dejó atrás todo lo que vivió antes de conocer a Cristo. Este es el verdadero evangelio – la cruz que nos centra en el Señor.

«…y no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo; solamente oían decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. Y glorificaban a Dios en mí» (Gál. 1:22-24). Esas eran las marcas de Cristo en su vida. Ellos glorificaban a Dios por la vida de Pablo, porque para él, Cristo y la cruz no era solo un mensaje, sino que esto se había encarnado en su vida. ¿Será que en nuestra asamblea los hermanos glorifican a Dios por nosotros?

«Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos» (Gál. 2:11-13).

La religión produce hipocresía, que prediquemos de la cruz, pero no la vivamos, y nos separa de los hermanos. La falta de cruz nos lleva a aparentar. El Señor nos libre de ser tropiezo a los demás.

Si no abrazamos la cruz, cualquiera puede acabar mal la carrera. Este es un llamado solemne a volver el corazón al Señor. Quienes tenemos responsabilidad en nuestras localidades, a causa de una palabra, una actitud o una conducta, podemos dañar a aquellos por los cuales el Señor derramó su sangre preciosa.

Pablo resistió a Pedro en su simulación, «porque era de condenar». ¡Cuántas veces el Señor nos tiene que llamar la atención! ¿Y qué haremos, cuando un hermano nos exhorta? ¿Nos apartaremos tristes? ¿Nos iremos? ¿Cómo reaccionamos ante la cruz? Porque ella actúa a través de dos formas y una de ellas es a través de Su palabra. «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Heb. 3:15).

La Cruz en las circunstancias

El Espíritu Santo resalta lo del corazón. ¡Qué importante es para Dios el corazón!

Pero cuando la palabra no ha tocado el corazón, entonces, el Señor utiliza otro instrumento – las circunstancias. Y necesitamos que un hermano mayor nos diga: «Mira, no hagas eso. Esa conducta no es del Señor. En eso no estás siendo un imitador de Cristo. Eso no te conviene». ¿Cómo reaccionar? Y para esto ¿quién es suficiente? El Señor tenga misericordia de nosotros, que no nos falte fe, que en la prueba no nos apartemos de él.

Sigamos con esta línea en Gálatas, Pablo empieza a sentar algunas verdades. «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál. 2:20).

Aquellos que se habían desligado de la gracia, que habían dejado de contemplar el Evangelio verdadero, donde la cruz de Cristo ocupa el lugar central, Pablo los vuelve a centrar y les dice: «Hermanos, estamos crucificados con Cristo. No solo fuimos incluidos en su muerte, sino también incluidos en su vida».

El Señor tomó la cruz y sufrió la cruz desde su nacimiento, padeciendo como nosotros, sujetándose a la limitación humana. Por eso, Pablo dice: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, ya no vivo yo, más vive Cristo en mí». No solo fuimos incluidos en su muerte, sino también ahora su vida opera en nosotros. Tomar la cruz no es esfuerzo nuestro. Es la obra del Espíritu Santo. «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!» (Gál. 4:6).

No estamos solos

Y luego dirá en el verso 5:6 que, aunque en nuestra carne están estos deseos pecaminosos, también el Espíritu Santo nos anhela celosamente y lucha por nosotros. En el camino de la cruz, no estamos solos. El Señor nos puso en su victoria y derramó su Espíritu para que ahora esa vida en nosotros nos permita transitar el camino de la cruz.

«Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación … De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús» (Gál. 6:14-15, 17).

La visión de Pablo no estaba puesta aquí en la tierra, sino en la eternidad. A menudo perdemos el valor de la cruz, porque dejamos de contemplar al Señor en el trono con las marcas de la cruz, y ponemos la vista en las cosas terrenales.

Algunas aplicaciones prácticas

En la defensa del evangelio y de «Jesucristo, y a este crucificado» que hace Pablo en Gálatas, aborda asuntos que afectan la comunión, uno de los cuales es la libertad cristiana.

«Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros» (Gál. 5:13). Cuántos terminan dividiéndose, y ya no volvemos a caminar juntos, porque levantamos la bandera de la libertad. Pero Pablo nos centra; por un lado, nos saca del legalismo y, por otro, nos saca del libertinaje, y nos encarga servirnos unos a otros en amor; porque en la iglesia no se debe levantar otra bandera, sino la bandera del amor.

«Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros» (v. 14-15). Esto ocurre cuando dejamos de tener comunión con la cruz. Entonces, desarrollamos sutiles formas de ofender; ya no solo actitudes, sino palabras sutiles, y nos lastimamos. La cruz no tiene sentido si esta visión no se encarna o se vuelve práctica.

A veces el Señor nos habla, y decimos «Amén»; podemos llorar si un hermano nos aconseja, y decimos: «Sí»; pero, persistimos en hacer lo que queremos, porque nuestro corazón no ha sido totalmente conquistado por el Señor.

Por eso, él quiere conquistarnos, derribando todo ídolo, para que podamos amarle, seguirle y acabar bien la carrera. Que podamos, voluntariamente, dejarnos examinar por él, y rendirle nuestros corazones. «Una cosa te falta», es su exhortación para nosotros. «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Heb. 3:15).

Que él pueda cautivarnos y atraernos hoy. Que podamos dejarlo todo y seguirle. Que él ocupe todas las circunstancias y podamos mirar nuestra vida desde la perspectiva de Dios. Amén.

Síntesis de un mensaje oral impartido en el Retiro de iglesias en Rucacura (Chile), en enero de 2025.