Contemplar al Crucificado es volver al centro del Evangelio: la cruz donde el amor de Dios se entrega por completo y la vida vence a la muerte.

Porque el amor de Cristo nos constriñe pensando esto, que, si uno murió por todos, luego todos murieron. Y por todos murió para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos».

2 Corintios 5:14-15.

Revelación y conducta

Vamos a destacar aquí dos frases. La primera es: «el amor de Cristo nos constriñe». Y la segunda, «para que los que viven ya no vivan para sí». Y en torno a estos dos grandes asuntos, consideraremos la palabra del Señor en este mensaje.

Dios se revela a sus santos de una manera tan equilibrada. A lo largo de las epístolas del Nuevo Testamento, podemos ver una concordancia entre visión y vocación, entre revelación y conducta. Siempre el Espíritu Santo conduce a la iglesia en esta dinámica simultánea de contemplación y de acción.

Y al leer estos versículos, se repite esta dinámica espiritual. Cuando Pablo dice: «El amor de Cristo nos constriñe», podríamos pensar en aquella idea de revelación espiritual, específica, del amor de Cristo.

Con revelación espiritual, no me refiero apenas a un conocimiento que embarga nuestra mente, y que podría comprender también nuestras emociones, sino a un impacto de luz que siempre es milagroso, operado en el poder del Espíritu Santo, para abrirnos la puerta al reino de Dios, y así poder ver algo del rostro de Cristo.

Hay un destello particular de la gloria de Dios que es único por toda la eternidad, asociado a la cruz de Cristo: la sublime expresión de la gloria del amor de Dios. Por otra parte, tenemos la idea de vocación, o de conducta, en aquella frase de 2 Corintios 5:15: «…para que los que viven, ya no vivan para sí».

O sea, que, de alguna manera, aquello que fue revelación en el verso 14 tiene un impacto en nuestras acciones cotidianas. Y ese impacto es salir de nosotros mismos, para no vivir más para nosotros, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.

Ahora, consideremos que, en la medida que hemos visto la gloria de la cruz, esto va también produciendo en nosotros una reacción, y que toda revelación espiritual tiene por propósito final conducirnos a la adoración. De manera que nosotros nos correspondemos a Dios, en respuesta a lo que Dios se da a conocer de sí mismo. Esta es la relevancia de estas palabras.

Muerte y resurrección

Cuando el Espíritu Santo nos habla de la cruz, no se refiere solo a la muerte del Señor Jesús, sino también a su resurrección. Son dos caras inseparables de una misma realidad. La cruz siempre conduce a un camino de vivificación que pasa por la experiencia de muerte; este es el contenido del Evangelio.

Así, cuando Pablo contempla el amor de Cristo, contempla esa obra completa: Cristo murió y resucitó por nosotros –muerte y resurrección sustitutivas– y, al mismo tiempo, nosotros morimos y resucitamos con Él – muerte y resurrección inclusivas.

Aquí se resume la obra de la cruz: Cristo murió y resucitó por nosotros, y Dios nos puso en Cristo para que participáramos de su muerte y de su vida. Los regenerados ya no pertenecen al dominio de la antigua naturaleza ni están ligados a Adán; el viejo hombre fue crucificado, y así como Dios levantó a Cristo, también nos dio novedad de vida.

Por eso, «si alguno está en Cristo, nueva criatura es» (2 Cor. 5:17). Al venir a la cruz y recibir al Señor, comienza para nosotros un nuevo orden, una esfera de vida continua que vence a la muerte y que se expresa en un camino de renuncia y negación del yo.

Amor que constriñe

Este amor de Cristo que constriñe merece una pausa especial. Es una palabra poco habitual en nuestro lenguaje, pero expresa algo profundo.

John Phillips, al parafrasear este versículo, escribe: «El amor de Cristo nos atrae a él, y él es la fuente misma de nuestras acciones». Esa doble realidad –atraer e impulsar– expresa el poder de este amor que constriñe: nos acerca por una parte y, por otra, se vuelve la fuente desde la cual actuamos.

«…porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Rom. 5:5). Este amor llega por revelación y se experimenta de manera individual, no como un sentimiento genérico hacia la humanidad.

Cristo, en la cruz, tenía su pensamiento fijo en cada uno, con la historia particular de cada persona. Cargó nuestros pecados uno por uno, amó a cada uno desde antes de la fundación del mundo y pagó el precio por cada vida de manera concreta. Él se acuerda de nosotros, nos tiene presentes, intercede a la diestra del Padre y pronunciará nuestros nombres cuando regrese, incluso si descansamos en la sepultura.

Gracias a Dios por un amor tan personal, tan particular y tan fiel. Este amor nos atrae a Cristo porque la cruz es atractiva. Jesús dijo: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (Juan 12:32), y el evangelista aclara que hablaba de la muerte que iba a padecer. Cristo levantado es Cristo crucificado, y el Cristo crucificado es totalmente atractivo para los que son suyos.

Aunque Isaías dijera que el Siervo de Dios no tenía atractivo para que le deseemos, la cruz donde el Señor aparece desfigurado se vuelve deseable, fuente suprema del amor de Dios.

Por eso, cuando el corazón está frío, distante, tibio, confundido, ansioso, turbado o bajo opresión, la cruz tiene poder para enternecer, sanar y recordar que Dios no se ha olvidado de nosotros. Allí fuimos incluidos en su gloria eterna mediante ese acto bendito y glorioso de amor sacrificial.

Dios estaba en Cristo: la cruz como obra exclusiva de Dios

Antes de entrar a la esfera de la conducta, es necesario detenerse en la belleza de la cruz y en la revelación del amor divino. Pablo describe este misterio con palabras que exigen pausa y reverencia: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados» (2 Cor. 5:19).

Esta declaración no debe leerse con ligereza. Contiene una solemnidad que sobrecoge el corazón y nos invita a considerar la magnitud del amor que allí se manifiesta.

El amor del Calvario es un asunto exclusivo de Dios. Campbell Morgan medita que, sin pecado, la ley y el amor nunca entrarían en discordia, la verdad y la gracia caminarían siempre juntas, y la justicia y la misericordia cantarían un himno común.

Todos los atributos divinos existen en perfecta concordancia en Dios mismo. Sin embargo, en un desborde de amor, Dios creó el universo y al hombre a su imagen, con la intención de proyectar en él las virtudes del Hijo y compartir sus glorias.

Pero el pecado se introdujo por medio de un hombre, y con él, la muerte. Así se generó un conflicto de proporciones universales, porque los atributos eternos –ley, amor, verdad, gracia, justicia y misericordia– quedaron en tensión a causa del pecado humano.

Si la ley es quebrantada, ¿dónde queda el deber del amor? Si la verdad es cuestionada, ¿cómo puede operar la gracia? Si aparece el crimen, ¿cómo se encuentran la justicia y la misericordia? Este es el gran problema que nuestro pecado puso en pugna, un conflicto que alcanza las regiones eternas del ser divino.

En este contexto, la frase «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» adquiere todo su peso: la cruz no es, en primer lugar, un problema entre Dios y el hombre, sino un problema de Dios con Dios.

La cruz pertenece al ámbito exclusivo de Dios, a su gloria eterna. El hombre entra allí por gracia, pero no es el protagonista de la solución; es quien provocó el conflicto y, sin embargo, es incluido de una manera misericordiosa en la reconciliación.

Para mantener su justicia, su verdad y su carácter, Dios debe tomar sobre sí todo el peso de la resolución.

Pablo dice en Romanos 3:26 que Dios es «el justo y el que justifica». Para ser justificador del hombre sin dejar de ser justo, Dios mismo debe asumir lo que corresponde al hombre. La respuesta se encuentra en el Calvario y en esta expresión: «Dios estaba en Cristo».

Al contemplar la cruz, vemos al Hijo de Dios hecho hombre ensangrentado, y junto a él, al Padre participando en ese sacrificio, no porque él mismo sufra la crucifixión, sino porque la ofrece continuamente. El Padre no perdonó a su Hijo para poder perdonarnos a nosotros. El Hijo se entrega libremente. El Espíritu Santo participa, pues Cristo se ofrece «mediante el Espíritu eterno» (Heb. 9:14).

La cruz es, entonces, la obra de la Trinidad completa: el Padre ofreciendo, el Hijo entregándose y el Espíritu consagrando el sacrificio. Por eso Pablo declara: «Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo». La cruz es la obra de Dios mismo, ofreciéndose a sí mismo, para librarnos de sí mismo y reconciliarnos consigo mismo. Allí, Dios es autor y es altar, allí recibe el impacto de la condenación que correspondía al hombre y allí mismo se convierte en el puente que une nuevamente al hombre con Dios.

La obra de Cristo nos conduce finalmente a la gloria que el Hijo compartía con el Padre desde antes de la fundación del mundo.

Pero consideremos aún más quién está en esa cruz. El Hijo de Dios hecho hombre es nuestra propiciación, el que recibe sobre sí la descarga de la ira divina.

La ira de Dios es su respuesta santa al pecado, y el pecado había entrado en el mundo por nuestra causa. Nosotros conducimos al Hijo a la cruz para que él fuera nuestro Reconciliador.

Un himno pregunta: «¿Cómo es posible que obtengamos beneficio en la sangre que nuestras propias manos derramaron?». La respuesta no está en nosotros; está únicamente en Dios. Él se santificó, se justificó y se glorificó a sí mismo por medio de la cruz. La cruz es su testimonio eterno al universo: Dios entra en nuestra historia, toma un cuerpo humano, asume la ira, es herido, es desplazado, y lleva cicatrices eternas para reconciliar consigo al mundo.

Estas consideraciones nos llevan a profundizar todavía más en el misterio: la cruz no solo manifiesta el amor de Dios para el pecador; también revela el principio eterno de la vida divina.

Cristo es el Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo. Aunque el pecado aún no existiera, la vida de la cruz –la entrega, la donación, la obediencia amorosa del Hijo al Padre– era ya el principio eterno en el que la Trinidad se relacionaba.

El Hijo amaba al Padre ofreciéndose; el Padre amaba al Hijo dándole todas las cosas y haciéndolo heredero; el Espíritu procedía del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, en comunión eterna. Allí, en ese círculo trinitario, tenemos la raíz de la Cruz.

Por eso, cuando leemos: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Cor. 5:21), somos llevados a una reverencia profunda. Cristo es santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores. Y, sin embargo, Dios lo hizo pecado por nosotros.

No se trata de una representación simbólica. Dios vistió a su Hijo de nuestra culpa; su santidad quedó vestida con nuestro pecado, nuestra rebelión, nuestras inconstancias, nuestras opresiones, nuestras maldiciones, nuestra blasfemia, nuestros pensamientos más oscuros. Cristo cargó todo eso sobre sí, lo bloqueó, lo interceptó y sufrió la ira divina en nuestro lugar.

El profeta dice: «Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí» (Jon. 2:3). Y en el Gólgota oímos: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mat. 27:46). Cristo sufre el desamparo que corresponde al pecador. Él carga nuestro infierno, nuestra maldición, nuestra distancia eterna. Él, que no conoció pecado, es hecho pecado por nosotros.

Por eso Dios no toma en cuenta los pecados del creyente, no porque los ignore, sino porque los coloca en la cuenta del Hijo. Y así, la justicia de Cristo se pone en la cuenta del creyente. Somos hechos justicia de Dios en Él. Dios, manifestado en carne, derramó sangre santa para nuestra justicia. Dios, manifestado en carne, murió nuestra muerte y cargó nuestras deudas, para hacernos suyos.

La admiración celestial

Consideremos por un momento aquello que incluso los ángeles anhelan contemplar. Dios sabe que la rebelión comenzó entre una casta angelical, encabezada por Satanás, el mentiroso. Pero hay ángeles que no han conocido culpa ni vergüenza, y sin embargo permanecen en adoración perpetua ante el Dios infinito (Isaías 6:3).

Miremos esa escena con reverencia: el trono de Dios rodeado de criaturas celestiales que proclaman su santo nombre. Pero aquí, en la tierra, sucede algo distinto. La iglesia se reúne, canta himnos, alza sus manos; y, por decir así, aquella adoración celestial se inclina a oír un susurro que asciende como incienso al trono de Dios. Es un sonido desconocido para los ángeles, porque hay una criatura –el hombre– que puede decir: «Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre» (Apoc. 1:5).

Los ángeles no tienen sangre. Dios no asumió naturaleza angelical, sino nuestra carne humana, y sangró para nuestra justificación.

Los ángeles caídos permanecen bajo condenación eterna, pero Dios tuvo misericordia del ser humano. Un Hombre se ha sentado a la diestra del Padre como nuestro precursor, y una sangre eterna aboga por nuestra reconciliación.

«Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo». Por eso podemos presentarnos confiados ante el trono de luz, no en nuestros méritos, sino en la preciosa sangre del Cordero.

La cruz: revelación eterna y camino de vida

Después de contemplar algo de esta gloria, comprendemos que la cruz no es solo instrumento de justificación. Dios ha vivido eternamente en un camino de donación mutua, y ese camino se manifiesta históricamente en el madero.

«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Gén. 1:26) nos revela que fuimos diseñados para esa vida de entrega; el pecado distorsionó esa imagen, pero no la destruyó. El amor de Cristo no solo perdona: nos devuelve al modo de vida que pertenece a Dios. La cruz de Cristo nos conduce a la cruz eterna; Cristo muere para que andemos según el camino de la cruz.

«…y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor. 5:15). O vivimos para nosotros, o vivimos para el Señor. Somos como Pedro, que confiesa: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mat. 16:16), pero se resiste cuando oye hablar de la cruz. El llamado es a mirar las cosas de Dios y dejarnos mover por el amor que nos impulsa a donar la vida.

El ego de los últimos días y el triunfo de la cruz

Pablo advierte que, en los postreros días, «habrá hombres amadores de sí mismos» (2 Tim. 3:2). La cultura contemporánea exalta el yo, instalando al hombre en el centro. Apocalipsis describe el número de la bestia como «número de hombre»: 666, el yo antes, al medio y al final.

Solo los que siguen al Cordero en el camino de la cruz vencerán. La cruz es el único camino de triunfo verdadero; en ella se escucha el «¡Consumado es!». Una vida que nace de la cruz es la verdadera realización personal.

El vivir para sí mismo es perder la mejor parte; la cruz nos enseña a donarnos primero al Señor y luego a los demás, para que Cristo sea el centro.

Consideraciones prácticas a la luz de la cruz

Para los jóvenes y solteros: vivir para el Señor

La palabra nos recuerda que «el soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor» (1 Cor. 7:32).

La cruz nos llama a no vivir para nosotros mismos, sino «para aquel que murió y resucitó» por nosotros. Por eso, aun los deseos legítimos –el estudio, los anhelos románticos, el futuro matrimonio, los sueños de servicio– pueden convertirse en distracciones si amar a Cristo no es la primacía del corazón.

La cruz conquista y ordena incluso el despertar afectivo propio de la juventud. Los sentimientos, los anhelos, la apertura del corazón hacia otro deben ser encauzados por el camino de la renuncia, esperando la palabra del Señor. Decisiones sentimentales tomadas sin la guía del Espíritu pueden herir, confundir o apresurar procesos que necesitan la madurez de la cruz.

Por eso, buscar consejo, esperar el tiempo del Señor, y someter los deseos juveniles al amor de Cristo no es legalismo, sino protección. La cruz enseña a morir, a esperar, a ordenar tiempos y prioridades.

«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mat. 6:33); así, incluso los compromisos académicos, las presiones culturales o el anhelo de éxito encuentran su lugar bajo la soberanía del Señor.

Para los matrimonios: la cruz como medida del amor y la sujeción

La palabra dice: «…y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor. 5:15). Esto vale para los solteros y también para los esposos. Ni el marido vive para la esposa, ni la esposa vive para el marido: ambos viven para el Señor, y desde allí, el uno para el otro.

Cuando esperamos que el cónyuge llene todas nuestras necesidades o cure todas nuestras carencias, quedamos frustrados: solo Cristo es la suficiencia del corazón humano.

En tensiones, discusiones o heridas acumuladas, la cruz es el punto perdido. Volver a la cruz renueva la medida del amor: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia»; y renueva la sujeción voluntaria: «Casadas, estén sujetas a sus maridos como al Señor».

Es la entrega de Cristo –su voluntad rendida, su devoción perfecta al Padre– la que modela el trato mutuo dentro del hogar.

Cuando haya diferencias, no debe ganar el más fuerte, el que tiene mejores argumentos, o el que levanta más la voz. Que gane la cruz: ambos renuncien a sí mismos para discernir la mente del Señor, para que haya gloria de Dios en la casa, dirección del Señor y testimonio santo delante de los hijos.

Para los padres: criar desde la cruz

«Criadlos en disciplina y amonestación del Señor» (Ef. 6:4). La cruz debe gobernar también nuestra relación con los hijos.

Los padres que abrazan la cruz pueden interpretarla para ellos; los que no lo hacen, terminan siendo címbalos que retiñen. La enseñanza del día domingo es un apoyo precioso, pero el modelo principal de la cruz está en casa.

Disciplina no es castigo airado; amonestación no es dureza. Disciplina es instrucción y formación de carácter; amonestación es reprensión con suavidad. La cruz pide a los padres mansedumbre, oración previa, corrección sin ira y restauración con ternura.

La vara bíblica no es un desahogo del enojo, sino un instrumento que, acompañado del evangelio, guía al arrepentimiento y a la madurez.

Como Dios no nos trata con castigo –pues Cristo llevó la ira en nuestro lugar– tampoco nosotros tratamos el pecado de nuestros hijos mediante reacciones impulsivas, sino guiándolos por el mismo camino de la cruz: arrepentimiento, perdón, restauración y comunión.

Así, ellos aprenden desde pequeños que no viven para sí, «sino para aquel que murió y resucitó por ellos».

Conclusión: un camino posible solo por el Espíritu Santo

Transitar por el camino de la cruz es imposible sin la dependencia del Espíritu Santo. Él revela la gloria del Cordero, atrae nuestros corazones y nos capacita para vivir en entrega y donación. «Recibiréis poder… y me seréis testigos» (Hech. 1:8), o mártires.

El Espíritu hace posible esta vida: jóvenes viviendo para Cristo; matrimonios modelados por la cruz; padres guiando con ternura y autoridad espiritual. Que el Señor bendiga esta palabra conforme a su propósito.

Síntesis de un mensaje oral impartido en el Retiro de iglesias en Rucacura (Chile), en enero de 2025.