El espectáculo de la cruz fue dramático y terrible; mas, para la fe, es la visión más feliz que podamos contemplar.
Vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo».
Juan 16:20-22.
El pensamiento predominante en relación a la muerte del Redentor, debe ser de alabanza y gratitud. Que nuestro Señor haya muerto en la cruz es una fuente natural de tristeza, y muy bien pueden quienes lo traspasaron (y todos nosotros nos contamos entre ellos), mirarle, llorar por su pecado y afligirse por Él.
Antes de saber que hemos sido perdonados, nuestra aflicción tiene que ser opresiva, pues mientras el pecado no sea quitado, somos culpables de la sangre del Salvador.
Mientras nuestras almas solo estén conscientes de nuestra parte de culpabilidad, debemos quedar espantados ante el espectáculo del madero; pero el caso cambia cuando discernimos por fe el fruto glorioso de los sufrimientos de nuestro Señor, y sabemos que, en la cruz, él nos salvó y triunfó en su obra.
El sentimiento de dolor al ver al Salvador crucificado debe ser cultivado en cierta medida, pues contrista según Dios y promueve en nosotros un horror al pecado, y una firme resolución de alejarnos de toda comunión con las tinieblas.
Es notable que los apóstoles, en sus escritos, no hablan de la muerte de nuestro Señor con algún tipo de pesar. Los Evangelios mencionan su angustia en la hora de la crucifixión, pero después de la resurrección, y especialmente después de Pentecostés, no oímos de tal tristeza.
Si me limitara a los dichos y a los escritos de los apóstoles, difícilmente hallaría un pasaje en el que me pudiera basar, para predicar un sermón sobre la tristeza por la muerte de Jesús.
Por el contrario, hay muchas expresiones que tratan la crucifixión en un espíritu de gozo.
Pablo declara: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). Él tenía, sin duda, una idea tan vívida de las agonías del Señor, que nadie de nosotros podría lograr, y sin embargo, la muerte de Cristo era para él motivo de regocijo, e incluso una razón para gloriarse.
Noten cómo habla Colosenses: «Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Col. 2:14-15).
Y al leer las Epístolas de Juan, donde abunda el sentimiento y la ternura, no hay llanto ni lamento, sino que él habla de la sangre que purifica, que es el propio centro del gran sacrificio, de manera feliz, muy lejos del dolor y del derramamiento de lágrimas.
Juan dice: «Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). Esta alusión a la sangre de la expiación sugiere más bien gozo y paz, que tristeza y agonía.
También Pedro habla de «la sangre preciosa de Cristo», pero no con palabras de tristeza, y no describe al Señor, cargando nuestros pecados sobre el madero, con un lenguaje de lamento. Él dice de quienes sufrieron por el Evangelio: «Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo» (1 Ped. 4:13). Él encontraba una base para regocijarse en los padecimientos de Cristo mismo.
Yo no creo que «la agonía de tres horas», la iglesia a oscuras, el altar de luto y todos los ritos fúnebres reciban el menor estímulo del espíritu de los apóstoles. El lenguaje de nuestro texto permite y a la vez prohíbe la tristeza; da permiso de llorar, pero solo por un tiempo, y luego prohíbe todo llanto posterior mediante la promesa de convertir la tristeza en gozo.
«Vosotros lloraréis y lamentaréis» (Juan 16:20), esto es, mientras agonizaba y estaba muerto y enterrado, sus discípulos estarían sumamente angustiados.
«Pero, aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Juan 16:20); su dolor llegaría a un término cuando le vieran resucitado de los muertos; y así fue, pues leemos: «Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor» (Juan 20:20).
Para su incredulidad, el espectáculo de la cruz era solo tristeza; pero ahora, para la fe, es la visión más feliz que pueda contemplar. Como una mujer a la que le nace un hijo, olvidamos el dolor por el gozo del glorioso nacimiento que la iglesia y el mundo pueden ahora contemplar con el máximo deleite, al mirar a Jesús, «el primogénito de entre los muertos».
- La muerte de Jesús, un tema de tristeza
Durante los tres días que nuestro Salvador estuvo sepultado, había más motivo de tristeza del que puede haber ahora que él ha resucitado.
Primero que nada, para los discípulos, la muerte de Jesús fue la pérdida de su presencia personal. Era un gran deleite tener siempre al Señor en medio de ellos como su Maestro, y fue un gran dolor pensar que ya no oirían más su voz ni verían su rostro. Ellos eran felices de tenerle siempre a su disposición, en comunión de amor, guiándolos con su ejemplo perfecto, animándolos con su presencia, satisfaciendo todas sus necesidades y protegiéndolos de todo mal.
Sus corazones fueron angustiados ante el anuncio de su partida. Ellos sentían que serían como ovejas sin pastor: niños huérfanos separados de su mejor amigo y ayudador. No sorprende que se lamentaran cuando la esperanza de sus almas les fue quitada.
Ellos estaban tristes no solo por su propia pérdida personal en su partida, sino porque él mismo les era muy querido. No podían soportar que se fuera aquel en quien centraban todo su afecto. Su tristeza mostraba que sus corazones eran leales a él. Nada podía compensarles la ausencia de Jesús.
Aquellos que han perdido a sus seres más queridos, sabrán qué tipo de tristeza llenaba el corazón de ellos cuando él les anunció que iba a partir, y que no le verían por un tiempo.
Este lamento era natural; y es natural que nosotros también sintamos pesar porque no tenemos su presencia corporal, aunque entendemos la conveniencia de su ausencia, y esperamos su venida.
Incrementaba la tristeza de los discípulos, el hecho que el mundo se alegraría cuando el Señor hubiese partido. Sus enemigos lo llevarían al banquillo de los acusados, se alegrarían viéndole cargar la cruz, estarían alrededor y se burlarían. Ello restregaba sal en las heridas de los abatidos discípulos, e inyectaba una doble dosis de hiel y ajenjo en la copa que ya era tan amarga.
Había otro elemento que los entristecía, y era que su muerte fue por un tiempo la frustración de sus esperanzas. Inicialmente habían esperado anhelantes un reino temporal, el mismo que todos los judíos esperaban.
Aun cuando Jesús había iluminado sus perspectivas, de tal forma que no buscaban ya tanto una soberanía temporal real, sin embargo, ese pensamiento que «él era el que había de redimir a Israel» (Luc. 24:21) aún permanecía en ellos.
Si alguno de ellos hubiese sido tan entendido como para creer en un reino espiritual, le habría parecido que todas sus esperanzas se derrumbaban.
¿Cómo podría ser establecido un reino si el propio Rey fue asesinado? ¿Cómo podrían albergar esperanzas? Sin duda, en su incredulidad, su esperanza parecía extinguida y su fe trastocada. Sabían tan poco del significado del presente, y adivinaban tan poco de lo que traería el futuro, que la tristeza llenaba sus corazones.
Junto a esto, estaba el recuerdo que ellos guardaban de su amado Señor en sus agonías. ¿Quién puede reprimir su tristeza cuando Jesús es insultado por criados, ultrajado por seres miserables, abandonado por sus amigos y blasfemado por sus enemigos? Ver al Cordero de Dios maltratado quebrantó sus corazones.
Nunca hubo dolor como el dolor de Jesús, ni angustia que se asemejara a su angustia. Sus terribles dolores deben haber traspasado el corazón de todos los hombres de mentes rectas que contemplaron su abatimiento; y especialmente sus amados deben haberse sentido prestos a morir cuando lo vieron morir de esta manera. Con el simple recuerdo de lo que soportó nuestro Señor, tiene que haber tristeza; y es natural que la haya, porque Cristo ha muerto.
Uno de los puntos más agudos acerca de nuestra tristeza por la muerte de Jesús, es que nosotros fuimos la causa de ella. Nosotros crucificamos virtualmente al Señor, porque, siendo pecadores, él debía ser convertido necesariamente en un sacrificio. Si ningún hombre se hubiese descarriado, entonces nuestros descarríos no habrían sido recogidos y amontonados en la cabeza del Pastor.
La lanza que traspasó su corazón fue forjada con nuestras ofensas: la venganza era exigida por los pecados que nosotros cometimos y la justicia exigió sus derechos de Sus manos. ¿Qué discípulo no se entristecería al ver que él mismo ha matado a su Señor?
Juntando todo esto, hay abundantes razones del por qué los discípulos estaban afligidos, y por qué debían expresar su aflicción con llantos y lamentos. Ellos se lamentaban como los que participan en un funeral: «Vosotros lloraréis y lamentaréis», un dolor digno del Sepultado por quien guardan luto. Hubo una doble vía de salida para una doble tristeza: los ojos lloraron y las voces lamentaron.
La muerte de Cristo fue un verdadero funeral para sus seguidores y causó un aplastante dolor, como si cada uno de ellos hubiese perdido a todos los de su casa. ¿Quién se sorprende de que haya sido así?
«Tristeza ha llenado vuestro corazón», dice Cristo (Juan 16:6). No tenían espacio para pensar en otra cosa excepto en Su muerte. Su corazón estaba a punto de estallar porque él les había sido quitado, y ese dolor podía ser comparado con los dolores más agudos que la naturaleza es capaz de soportar: los dolores de parto de una mujer, dolores que parece que deben acarrear muerte con ellos, y comparados con los cuales la muerte misma podría ser un descanso.
La agudeza de su angustia en la hora de su tribulación era todo lo que podían soportar, algo más los habría destruido. Todo esto sintieron, y no es ninguna sorpresa si sentimos en cierta medida como ellos sintieron, cuando evocamos lo que soportó el Salvador por nosotros.
- La tristeza convertida en gozo
Vemos que la muerte del Señor obró dolor: pero hay moderación aun en el luto más justificable, y no debemos entregarnos a un excesivo dolor a los pies de la cruz, para que no degenere en insensatez. «Vuestra tristeza se convertirá en gozo»; no intercambiada por gozo, sino transmutada, de tal forma que el dolor se convierte en gozo; la causa del dolor se vuelve la fuente de regocijo.
Lo que era un punto muy agudo de este dolor, de inmediato es convertido en gozo. Que Jesucristo murió por nuestros pecados, es causa de un dolor agudo: lamentamos que nuestros crímenes se convirtieran en los clavos y nuestra incredulidad en la lanza: y, sin embargo, este es el mayor gozo de todos.
Si cada uno de nosotros puede decir: «Él me amó, y se entregó por mí», somos realmente felices. Si ustedes saben, por fe personal, que Jesús tomó su pecado y sufrió por causa de él en el madero, de tal forma que ahora su deuda está pagada y su transgresión ha sido borrada para siempre por Su sangre preciosa, no necesitan más palabras para indicarles que esto, que constituía el centro de su dolor, es también la esencia de su gozo.
¿Qué nos importaría si él hubiese salvado a todo el resto de la humanidad, pero no nos hubiese redimido a nosotros para Dios con su sangre? Tal vez nos alegraríamos por simple humanidad que otros fueran beneficiados, pero cuán profundo sería nuestro pesar por ser nosotros mismos excluidos de la gracia.
Bendito sea el nombre del Salvador, porque no somos una excepción: en la misma medida en que nos reconvengamos arrepentidos por la muerte de Jesús, en esa misma medida podemos gozarnos con fe en el hecho de que Su sacrificio ha quitado para siempre nuestros pecados, y por tanto siendo justificados por fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Debido a que Dios ha condenado el pecado en la carne de Jesucristo, no nos condenará más a nosotros; de ahora en adelante somos libres, para que la justicia de la ley sea cumplida en nosotros que no andamos conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Lamentamos nuestro pecado de corazón, pero no lamentamos que Cristo lo haya quitado ni lamentamos la muerte por medio de la cual, él lo quitó; más bien nuestro corazón se regocija en sus agonías expiatorias, y se gloría cada vez que se menciona esa muerte por la cual nos ha reconciliado con Dios.
Es muy triste que hayamos cometido el pecado que cargó sobre nuestro Señor, pero es un gozo pensar que él ha puesto sobre sí nuestro pecado personal y lo quitó de inmediato.
El siguiente punto de gozo es que Jesucristo ha sufrido ahora todo lo que era requerido que sufriera. Que haya sufrido fue causa de dolor, pero que ahora ha sufrido todo, es igualmente causa de gozo.
Cuando un campeón regresa de las guerras mostrando las cicatrices del conflicto por el cual ganó sus honores, ¿acaso alguien se lamenta por sus campañas? Por tanto, no nos entristezcamos hoy porque las manos de Jesús hayan sido traspasadas; no lamentemos que sus pies hayan sido clavados al madero. El rostro más desfigurado que el de los hijos de los hombres, es ahora más amable por desfigurado. El poderoso amor que le permitió soportar Su dolorosa pasión ha impreso en él encantos completamente inconcebibles en su dulzura.
No lamentemos, entonces, pues la agonía ya terminó. Ahora no hay cruz para él, excepto en el sentido que la cruz le honra y le glorifica; ya no queda para él una lanza cruel ni una corona de espinas, excepto que de ellas él obtiene un rédito de honor y títulos siempre renovados, que le exaltan cada vez más y más alto en el amor de sus santos.
Gloria sea dada a Dios, pues Cristo no dejó de sufrir ni uno solo de todos sus dolores sustitutivos; él ha pagado hasta el último centavo de nuestro terrible precio de rescate. Los dolores expiatorios han sido todos soportados, la copa de ira fue bebida hasta quedar seca, y debido a esto, nosotros, conjuntamente con todas las huestes de arriba, nos regocijaremos por siempre.
Nos alegramos no sólo porque ya ha pasado la hora de dar a luz, sino también porque nuestro Señor ha sobrevivido Sus dolores. Él murió una muerte real, y ahora vive una vida real. Él permaneció en la tumba, y no fue una ficción que el aliento le abandonó: tampoco es una ficción que nuestro Redentor vive.
El Señor ciertamente ha resucitado. Él ha sobrevivido la lucha mortal y la agonía. No está lesionado en ninguna facultad, ya sea humana o divina. No ha perdido nada de su gloria, sino que más bien su nombre está rodeado ahora de un lustre más resplandeciente que nunca. No ha perdido ningún dominio, y tiene derechos y títulos superiores en un nuevo imperio. Por sus pérdidas resultó ganador y por el abatimiento ha sido exaltado.
Él es absolutamente victorioso en todo sentido. Nunca hasta ahora ha habido una victoria ganada que no haya sido en algunos sentidos tanto una pérdida como una ganancia, pero el triunfo de nuestro Señor es gloria sin mezcla. Es una ganancia tanto para él mismo como para nosotros que participamos de ella.
¿Acaso no nos regocijaremos entonces? Cómo, ¿vas a sentarte a llorar junto a una madre que se alegra al mostrar a su hijo recién nacido? Y así, hoy, ¿cantaremos himnos de dolor cuando el Señor ha resucitado, y no sólo está vivo e invencible, sino que es mucho más glorificado y exaltado que antes de su muerte? Él se ha ido a la gloria porque toda su obra está acabada. ¿No debería convertirse en gozo tu tristeza en el más enfático sentido?
Y tenemos que agregar esto, que el grandioso fin que su muerte pretendía alcanzar está todo cumplido. ¿Cuál era ese fin? Puedo dividirlo en tres partes. Era quitar el pecado por el sacrificio de sí mismo, y eso está cumplido. Él ha puesto fin a la transgresión, él ha terminado con el pecado; él ha tomado toda la carga del pecado de sus elegidos y la ha arrojado al pozo del abismo. Él ha alejado de nosotros nuestro pecado, y ha resucitado para demostrar que todos aquellos por quienes murió, son justificados en él.
Un segundo propósito fue la salvación de sus elegidos, y esa salvación ha sido obtenida. Cuando él murió y resucitó, la salvación de todos los que estaban en él, fue colocada más allá de todo riesgo. Él nos ha redimido para Dios por su sangre.
Nadie de los que fueron redimidos por él será esclavizado ni será dejado en el pecado o arrojado en el infierno. Él ha ido a la gloria llevando sus nombres en su corazón, e intercede allí por ellos, y por eso puede salvarlos perpetuamente. «Padre», dice, «aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado» (Juan 17:24), y esa súplica hace posible que estén con él y sean semejantes a él cuando llegue el fin.
Sin embargo, el grandioso objetivo de su muerte fue la gloria de Dios, y realmente Dios es glorificado en la muerte de su Hijo, más allá de todo lo que se conocía antes o después; pues aquí el propio corazón de Dios es abierto de par en par para la inspección de los ojos de los creyentes: su justicia y su amor, su rígida severidad que no pasará por alto al pecado sin expiación, y su ilimitado amor que da lo mejor de sí, el Amado, para que muriera en lugar nuestro.
Sí, oh Cristo de Dios, «Consumado es» (Juan 19:30). Has hecho todo lo que querías hacer, todo el designio completo ha sido cumplido, ni un solo propósito ha fallado, ni siquiera una parte de algún propósito ha dejado de cumplirse, y por tanto, ¿no deberíamos regocijarnos?
El niño ha nacido. ¿No nos alegraremos? El trabajo de parto habría sido un tema de gran dolor si la madre hubiera muerto, o el niño hubiese perecido en el nacimiento: pero ahora que todo terminó, y todo está bien, ¿por qué deberíamos recordar la angustia por más tiempo? Jesús vive, y su gran salvación alegra a los hijos de los hombres.
Toquen el clarín, pues la batalla ha sido peleada y la victoria ha sido obtenida para siempre. ¡Su propia diestra y su brazo santo le han dado la victoria! Aunque el campeón murió en el conflicto, sin embargo, en su muerte el mató a la muerte y destruyó a quien tenía el poder de la muerte.
Nuestro glorioso Campeón se ha levantado de su caída, pues era imposible que fuese retenido por los lazos de la muerte. Él ha matado a sus enemigos, él mismo, se ha levantado del sepulcro. ¡Gocémonos como lo hizo Israel junto al mar Rojo, cuando Faraón fue vencido!
Aún no habremos completado la obra de convertir la tristeza en gozo mientras no veamos que ahora, las mayores bendiciones posibles se acumulan sobre nosotros, porque él fue hecho maldición por nosotros. Por su muerte, viene el perdón, la reconciliación, la aceptación: Su sangre habla mejor que la de Abel, e invoca todas las bendiciones del cielo sobre nuestras cabezas.
Pero Jesús no está muerto. Él resucitó, y esa resurrección trae justificación, y la seguridad de su perpetua intercesión en el cielo. Nos trae su presencia representativa en la gloria, y la preparación de todas las cosas para que estén listas para nosotros: nos trae una participación en toda potestad que le es dada en el cielo y en la tierra, en cuya fuerza nos ordena que vayamos y enseñemos a todas las naciones, bautizándolas en Su nombre santo.
Amados, Pentecostés viene a nosotros porque Jesús partió de nosotros; los dones del Espíritu Santo: dones que iluminan, consuelan, reviven. El poder para proclamar la palabra, y el poder que acompaña esa palabra, todo eso nos ha llegado porque ya no está más con nosotros, pues ha pasado a través de las regiones de los muertos para recibir su corona.
Y ahora, tenemos de nuevo este gran gozo: que debido a que él murió, hay un reino inconmovible establecido en el mundo, un reino cuyo poder subyace en la debilidad, cuya gloria radica en el sufrimiento, y sin embargo no puede ser aplastado: un reino de amor, un reino de abnegación, un reino de amabilidad, verdad, pureza, santidad y felicidad.
Jesús encabeza un reino en el que Dios ama a los hombres y los hombres aman a Dios: habiendo mostrado ser el Príncipe del amor que se inmola, él es justamente exaltado al trono en medio de las aclamaciones de sus santos. Su reino, informe como parece a los ojos carnales, hará pedazos, sin embargo, a todos los reinos de este mundo en el tiempo señalado, y abarcará toda la tierra.
El reino incólume del Pastor sufriente, inaugurado por su muerte, establecido por Su resurrección, extendido por la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, y afirmado por el pacto eterno, se aproxima aceleradamente.
Cada hora alada lo acerca más a su manifestación perfecta. Sí, el reino viene: el reino cuyo fundamento fue puesto en la sangre de su Rey en el Calvario.
Felices aquellos que están colaborando en su establecimiento, pues cuando el Señor sea revelado ellos también serán manifestados con él en el día de la victoria, de la misma manera que estuvieron lado a lado en la batalla. Entonces, en verdad, nuestra tristeza se convertirá en gozo.
Allí debemos concluir el tema, haciendo únicamente la observación de este hecho, que ese gozo es realmente gozo del corazón. «Se gozará vuestro corazón» (Juan 16:22), dijo nuestro Salvador.
Este no es un júbilo superficial, sino una dicha profunda arraigada en el corazón. Es también un gozo permanente. «Nadie os quitará vuestro gozo». Ni el tiempo ni la eternidad pueden robarnos ese gozo.
- El principio general involucrado en este caso particular
El principio general es este, que en conexión con Cristo deben esperar tener tristeza. «Vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará» (Juan 16:20). Pero independientemente de cualquier tristeza que sientan en conexión con Jesús, hay esta consolación: los dolores son todos dolores de parto, son los preliminares necesarios de un gozo siempre creciente y abundante.
Hermanos, como ustedes han llegado a conocer a Cristo, han sentido un dolor más agudo por causa del pecado. Dejen que permanezca, pues está obrando santidad en ustedes. Si han sentido una sensibilidad más viva a causa de los pecados de los que los rodean, no deseen ser privados de ella: será el medio para que los amen más, para que oren más por ellos, y para que busquen más su bien, y estarán mejor calificados para prestarles un servicio real y conducirlos a su Señor.
Tal vez han tenido que soportar un poco de persecución, duras palabras, y un trato frío. No se impacienten, pues todo esto es necesario para llevarlos a tener comunión con los sufrimientos de Cristo, para que puedan conocerlo más y puedan asemejarse más a él.
A veces ven la causa de Cristo como si estuviese muerta, y se entristecen por ello. El enemigo triunfa, la falsa doctrina progresa, Jesús parece ser crucificado de nuevo, o permanece olvidado. Está bien que sientan así, pero en ese mismo sentir debe existir la certeza que la verdad de Cristo no puede ser enterrada por largo tiempo, sino que espera para levantarse otra vez con poder.
Siempre que la verdad parece ser repelida, no hace sino retroceder para dar un salto mayor hacia adelante. Como cuando la marea se retira lejos, esperamos que regrese en la plenitud de su fuerza, lo mismo sucede con la iglesia. Si la marea se retrae poco, sabemos que no se levantará mucho, pero cuando vemos el arroyo extinguiéndose con prontitud, dejando el lecho del río casi seco, esperamos verlo rodar con violencia cuando suba la marea hasta desbordar sus riberas.
Siempre esperen el triunfo del cristianismo cuando otros les digan que está derrotado. Las victorias superlativas de la verdad siguen a sus peores derrotas. Tengan fe en Dios. Dice su Señor: «Creéis en Dios, creed también en mí» (Juan 14:1). Crean en Cristo, confíen en él, descansen en él, trabajen para él, sufran por él, pues él vencerá. Pronto los paganos se convertirán en su herencia, y los confines de la tierra serán su posesión. Su tristeza se convertirá en gozo en todos estos casos.
Siempre que su tristeza sea el resultado de pertenecer a Cristo, deben congratularse por ello, pues, así como la primavera engendra al verano, así la tristeza vinculada con Cristo nos produce gozo en el Señor. Lleven ese pensamiento con ustedes y siempre estén alegres.
Con una observación termino. No voy a reflexionar sobre ella, sino que la dejaré para que se quede en la memoria de quienes tengan que ver con ella. La presento a las mentes de todos aquellos que no son creyentes en Cristo. Noten que el Señor dice: «Vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero, aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Juan 16:20).
La alegría del mundo se convertirá en tristeza. Así será. No hay ningún placer que goce el impío cuando se entrega al pecado, que no se cuaje en dolor y se convierta en tristeza para siempre. Ay de los que ríen ahora, pues llorarán y se lamentarán. Ay de los que ahora se regocijan en el pecado, pues crujirán sus dientes, y llorarán y gemirán por causa de ese mismo Cristo que ahora rechazan.
Bienaventurados los que lloran ahora, porque ellos recibirán consolación, pero ay de los que están hartos hoy, pues tendrán hambre. Que el Señor les libre de tal condenación llevándolos ahora a someterse a Jesús, y a creer en su nombre.
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