Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel. Y dijo David a Joab y a los príncipes del pueblo: Id, haced censo de Israel desde Beerseba hasta Dan, e informadme sobre el número de ellos para que yo lo sepa”.

– 1 Crónicas 21:1-2.

Satanás incita constantemente al creyente a pecar; descuidar esa realidad es sumamente peligroso. Él toca nuestros puntos débiles o vulnerables (muchas veces sabe cuáles son).

Al examinar detenidamente la historia de nuestro andar en la fe descubriremos que los casos en los cuales hemos fracasado están relacionados de alguna manera con ese aspecto. Pero no hemos de culpar únicamente al diablo; hemos de ser honestos y reconocer que nuestros pecados y errores son resultado principalmente de nuestras decisiones; hemos de responsabilizarnos personalmente por ello.

Reconocer eso no resulta fácil para el alma humana, o mejor dicho, para el alma orgullosa, para la conciencia endurecida, pero es el primer paso para poder ser restaurados. Reconozcamos que nuestros fracasos son el resultado de nuestra propia responsabilidad, de nuestros desaciertos. Eso hizo el rey David cuando Dios castigó en el pueblo la decisión equivocada y pecaminosa del rey, matando a miles y miles de personas.

David habló a Dios reconociéndose como el único responsable del pecado que levantó la ira del Señor: “¿No soy yo el que hizo contar al pueblo? Yo mismo soy el que pequé, y ciertamente he hecho mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? Jehová Dios mío, sea ahora tu mano contra mí, y contra la casa de mi padre, y no venga la peste sobre tu pueblo” (1 Crónicas 21:17).

El rey David no se justificó ante Dios argumentando que Satanás le había incitado. Sabía que más allá de los ataques del maligno estaba su corazón y su capacidad para decidir si aceptar la propuesta diabólica o rechazarla.

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