Del pecado a la esperanza: el camino que abre la cruz.
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es».
1 Juan 3:1-10.
Amados hermanos, a la luz de lo que hemos leído en 1 Juan 3:1-10, el apóstol Juan escribe esta carta para establecer una defensa ante las herejías que se habían levantado en ese tiempo, con respecto a la santidad, con respecto a la purificación que es propia de la vida de los santos.
Aquella idea gnosticista establecía que la materia es pecado, por lo tanto, el cuerpo también es pecado. Y comenzaron a dar libertad al cuerpo, para hacer prácticas del pecado, para sus deseos, para sus concupiscencias.
Juan va a realizar una defensa de la verdad a través de un recurso lingüístico llamado retórica de amplificación, donde él va a levantar verdades, una y otra vez de distintos ángulos de vista, levantando las verdades de Dios por sobre las falsedades que se levantaban en aquel tiempo.
Por lo tanto, en estos versículos, el apóstol va a establecer esto: una defensa a la santificación, como resultado de la primera aparición de Cristo, en miras de una segunda aparición del Señor Jesús.
Su primera aparición está asociada a la obra de la cruz, con miras a una segunda aparición, asociada a la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Y tanto la primera como la segunda aparición son las bases de la esperanza de nuestra santificación.
Nuestra condición ante Dios
Comencemos considerando ahora los versículos 4 y 5: «Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él». ¡Aleluya!
La naturaleza del pecado es el quebrantamiento de la ley; es estar en oposición a Dios y de su voluntad. Los herejes que se habían levantado en ese tiempo, justificaban su pecado, relativizando sus acciones pecaminosas.
¿Será posible que esos pensamientos e ideas filosóficas puedan haber llegado a nosotros, permeando el corazón de las iglesias? ¿Será que nosotros nos comenzamos a acostumbrar a vivir de una manera liviana no entendiendo nosotros lo que significa la gravedad del pecado?
Hay himnos escritos por hermanos, en donde el pecado causa, en quienes los escriben, estas declaraciones: «Asombrado ante la presencia de Cristo mi Salvador, me pregunto cómo pudo salvarme a mí, pecador», no cuestionando el poder, sino a quien está salvando. «En el monte Calvario se vio una cruz, emblema de afrenta y dolor; y yo quiero esa cruz, por salvar al más vil pecador». No es cualquier pecador – es un vil pecador.
Y, a causa de esto, pensaba en mi corazón: ¿Por qué Cristo no murió de otra manera? ¿Por qué Cristo no murió traspasado por una lanza? ¿Por qué Cristo no murió con una espada? ¿Por qué no fue colocado en un altar y sacrificado y degollado? ¿Por qué no fue así?
Tan horrenda era nuestra condición, tan terrible, que necesitábamos ser castigados, en Cristo, con la peor de las muertes. Tan oscuros eran nuestros pecados, que necesitábamos ser castigados, en Cristo, con la muerte de la cruz.
Y no digo que nosotros morimos: él murió, pero una muerte horrenda, para el vil pecador, la más vergonzosa, técnicamente la más dolorosa, y aplicada por el imperio más fuerte y más terrible, el imperio romano. ¿Por qué, amados hermanos? Porque la justicia de Dios tenía que ser satisfecha.
La aparición del Cordero de Dios
Dios estaba airado. Su mano se había levantado sobre nuestras vidas, y nosotros teníamos que ser castigados. Pero, gracias a Dios, porque apareció el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan lo anunció, no como un maestro; no como un líder religioso. Juan lo anunció como un Cordero, porque tenía que morir.
Cristo apareció para morir. Cristo nació para entregar su vida en la cruz del Calvario. El verdadero Cordero, el verdadero Sustituto, tenía que morir por nosotros en la cruz. Y, para que él quitara nuestros pecados, él tenía que ser desarraigado de esta tierra, y fue quitado de la manera más violenta.
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Cor. 5:21). Dios lo trató como pecador. Él puso sobre sí nuestros pecados, nuestras afrentas, Cristo los llevó en el madero de la cruz, porque Él se hizo nuestro Sustituto.
Cuando estaba colgado en el madero, el Justo muriendo por los injustos para llevarnos a Dios, podemos ver allí destellos de gracia para los pecadores. Porque, así como a él se le puso sobre su cabeza un título con un nombre: «Jesús nazareno», y la causa de su muerte, «Rey de los judíos», nosotros también teníamos un acta sobre nuestras cabezas.
En Colosenses 2:14, leemos: «…anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz». Por lo tanto, cuando Cristo estaba muriendo por nuestros pecados, Dios tomó el acta de los decretos que nos era contraria, la quitó de en medio, y la clavó en la cruz. Esa acta fue quitada, y ahora tú y yo tenemos comunión con Dios.
Maravillosa victoria
En Colosenses 2:14 y 15 hay otro destello de la gracia, de la bendición de la cruz, para nuestras vidas. «Y despojando a los principados y a las potestades los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz».
He aquí una paradoja: el Cristo victorioso fue despojado de sus ropas, siendo avergonzado públicamente ante los ojos de todos quienes se encontraban allí, pero, al mismo tiempo, él despojó a los principados y a las potestades, cual un general despoja a sus enemigos de sus armas, triunfando sobre ellos en la cruz.
¡Aleluya al Libertador, Jesús ha triunfado! Su muerte vino a destruir al que tenía el imperio de la muerte, ¡y nos ha libertado! «El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de su amado Hijo».
Por un lado, vemos cómo Dios trata por medio de su Hijo con nuestros pecados, en plural, y por otro, cómo Dios trata con nuestro enemigo, el diablo, por medio de la obra de la cruz, y nos hace libres para su gloria.
De esclavos del pecado a hijos libres
Pero el asunto que Juan está tocando aquí es mucho más profundo. Cuando nosotros leemos el versículo 4 y el versículo 8, la primera parte dice: «Todo aquel que comete pecado infringe también la ley». Y el 8: «El que practica el pecado, es del diablo». Estas palabras: «Todo aquel», y «el que», hacen referencia a una persona que comete pecado y que practica el pecado. Es decir, estamos hablando de hechos pecaminosos, de alguien que está sujeto al pecado.
El Señor Jesucristo dijo en Juan 8:34: «De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado». Por lo tanto, el que comete pecado es un esclavo de un tirano llamado pecado. El esclavo es el que practica el pecado, y el que practica el pecado es un esclavo de un tirano.
Por lo tanto, este esclavo es el que infringe la ley. Por lo tanto, Dios no solamente tenía que tratar con nuestros pecados, no solamente con las obras del diablo – Dios tenía que tratar con el esclavo, con el pecador, con el que practica el pecado.
Leamos 1 Juan 3:9: «Todo el que es nacido de Dios, no practica el pecado». Por lo tanto, uno que no practica el pecado no solo ha sido perdonado, sino que es alguien que ha nacido de Dios, que ha nacido de nuevo, es una nueva criatura.
Es por eso que Romanos 6:6 dice: «…sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado».
Esta obra es tan real como la limpieza de tus pecados. Es tan real como la obra que hizo para libertarte de las garras de Satanás. Tú no tienes que hacer nada más con respecto a este asunto, porque «fuimos crucificados juntamente con él».
La sangre de Cristo nos limpia del pecado cometido, y la cruz de Cristo va más allá, tratando con la raíz misma del pecado: nuestra naturaleza caída, para conducirnos a una vida transformada en Él.
El pecado está allí, el tirano está allí, pero su esclavo ha muerto con Cristo en la cruz.
Esa es una verdad absoluta, «para que el cuerpo del pecado», es decir, esa naturaleza pecaminosa, con sus deseos y con todas sus pasiones, «sea destruido», de manera que tú y yo ya no sirvamos más al pecado, sino que ahora seamos siervos de la justicia.
Ahora ya no somos más esclavos del pecado, somos siervos de la justicia, somos siervos de Dios.
Una puerta de esperanza
Debemos tener esta consideración: la cruz se levanta como una puerta. Por un lado de esa puerta se encontraba nuestra posición en Adán, la vieja creación, pero al otro lado de esa puerta se encuentra Cristo y una nueva creación. El apóstol Pablo va a decir esto, que, así como Cristo murió al pecado, él también vive, y si vive, vive para Dios. «Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom. 6:11).
Porque el pecado no fue destruido; el pecado está presente. El apóstol Juan afirma claramente: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8).
Así que saquemos bien las cuentas: el pecado está presente, quien no está es el pecador, él quedó clavado en esta puerta, en esta cruz y de aquí para adelante nos consideramos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Entonces, la obra que Dios hizo en la cruz del Calvario no solo quitó nuestros pecados, sino también quitó al que practica el pecado, y nos hizo libres del pecado.
Una analogía
Entendemos que el pecado es una infracción a la ley, y mientras estemos bajo el yugo de la ley, vamos a pecar. Pero, gracias a Dios, nosotros ya no estamos bajo el yugo de la ley. Antes que nosotros conociéramos al Señor, estábamos unidos a la ley. Y, cada vez que la ley se nos presentaba delante, el pecado era como un reactivo químico que tomaba ocasión por el mandamiento y nos hacía pecar. Había una ley que unía nuestra carne con la ley.
En este sentido, en la analogía del matrimonio que hace Pablo, es muy importante que reconozcamos quién es la ley y quién es la esposa. La ley es el esposo y nuestro viejo hombre la esposa. Pero la ley era muy particular. Según Romanos 7:12, se describe como santa, y su mandamiento santo justo y bueno. ¡Imagínese ese marido!
Y no sólo eso. El versículo 14 dice que, además, el marido era espiritual, pero la mujer era carnal, vendida al pecado. Ella solo podía pecar, cada vez que la ley le pedía algo, la ley no le podía ayudar. El problema no estaba en la ley; el problema estaba en ella.
Para que seamos de Otro
Romanos 7:4 dice: «Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo». Cuando Cristo murió, los que estaban unidos a él por la fe murieron juntamente con él. Fuimos bautizados en Cristo Jesús, por lo tanto, fuimos sepultados en su muerte (Rom. 6:3). Cuando Cristo murió, tú también moriste, y cuando morimos no solamente morimos al pecado, morimos también a la ley.
Y dice después: «…para que seáis de otro». ¡Gloria a Dios! ¡Somos de otro, hermanos! Y sigue después Pablo con una delicadeza: «…del que resucitó de los muertos». ¡Somos de otro marido! Ahora, este marido nos ayuda; ahora este marido está contigo, este marido está por ti.
El plano de la gracia
La ley y el mandamiento eran justos, pero ella no. Pero ahora, en el plano de la gracia, nosotros somos justos, porque nuestro marido es justo.
Todo fruto que podamos dar es digno de nuestro marido, todo carácter maravilloso que se pueda manifestar en tu familia es producto de este marido.
Fuimos unidos a este marido por el poder del Espíritu Santo, para vencer el poder de la ley del pecado y de la muerte, a través de una ley maravillosa: la ley del espíritu de vida. Y esa ley nos hace vencer, esa ley nos hace agradar a Dios.
Ahora ya no estamos bajo el viejo régimen de la letra, sino que estamos bajo un nuevo régimen, el régimen del Espíritu. ¡Bendito sea el Señor! Esta es la realidad a la cual todos los creyentes hemos llegado: la realidad objetiva de la obra de la cruz, con un propósito: que, por el poder del Espíritu Santo, seamos conformados a la imagen de aquel que murió en la cruz. Y Dios nos abre un camino glorioso ahora para recorrer y para experimentar las victorias, por medio de este nuevo marido.
Segunda aparición
En la primera aparición, hablamos de la obra de la cruz respecto a estos asuntos que son fundamentales en la vida del creyente; son los pilares de la vida de todo creyente.
La segunda aparición nos habla de su segunda venida. Y aquí, amados hermanos, quiero resaltar la obra del Espíritu. En cada uno de estos versículos, vamos a darnos cuenta cómo él nos acompaña durante toda la vida: en la regeneración, en la glorificación y en el proceso de la santificación.
«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre» (1 Juan 3:1). Ese amor nos motiva a seguir a Cristo, ese amor nos motiva a esperar su venida, ese amor nos lleva a santificarnos para él. «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre». Es un regalo dado en su Espíritu, para nosotros, tal como lo dice Pablo en Romanos.
«para que seáis llamados…» Dentro de ti hay una voz que dice que tú eres un hijo de Dios. Esa es una verdad. Ese es el Espíritu Santo que vino a nuestro corazón. «Habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Ef. 1:13).
Los que no éramos dignos de sentarnos a la mesa para comer del pan del Señor, los que teníamos vestiduras ajadas, él nos puso una vestidura de salvación, él puso anillo en nuestra mano y nos hizo entrar en su palacio para ir junto al Rey.
Somos hijos de Dios, y esa verdad traspasa nuestro corazón, porque aquellos que antes practicábamos el pecado y éramos hijos del diablo, ahora somos hijos de Dios.
1 Juan 3:2 dice: «Amados, ahora somos hijos de Dios». Pero después introduce un conector y dice: «…y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser», es decir, aún no ha aparecido en nosotros lo que hemos de ser.
Ese conector «y» vincula nuestra gloria presente con nuestra gloria futura, vincula la regeneración con la glorificación. Una aparición está llamando a otra aparición: «lo que somos» llama a «lo que hemos de ser».
«…pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es». En ese día cuando él rompa los cielos, y si nosotros estuviéremos vivos en un abrir y cerrar de ojos, seremos transformados y tendremos cuerpos glorificados.
En aquel día no se necesitará de fe, porque le veremos tal como él es, y seremos transformados. Y nuestra esperanza será consumada, y tendremos cuerpos glorificados para estar para siempre con nuestro Salvador.
Hebreos 9:28 dice: «Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».
En su primera aparición, él vino con relación al pecado; en su segunda aparición, él vendrá sin relación con el pecado. En su primera aparición, él aparece en la obra de la cruz; en su segunda aparición, él vendrá en las nubes con gloria.
En la primera aparición, él viene salvando a los pecadores, y en la segunda aparición, salvará a todos los que le esperan, a sus hijos.
Llamado a la purificación
Y es por eso que, ahora, el apóstol Juan dirá: «Y todo aquel…». No queda nadie fuera. «Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1 Juan 3:3).
La esperanza de su segunda venida y la esperanza de lo que somos y seremos, es el motor de nuestra purificación. Esa transformación futura, que ocurrirá, llama a una transformación presente. Lo que viviremos en la gloria, llama a la gloria presente de nuestra transformación.
«Todo el que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo». Nosotros nos purificamos porque somos hijos de Dios y porque vamos a la gloria. Entonces la acción de purificarnos se convierte en una prueba verídica de lo que somos y seremos; una prueba de que somos hijos de Dios, y de que vamos al encuentro con nuestro Amado.
El hermano Martin Lloyd-Jones decía que la santificación no es un bono; es un regalo de Dios que viene por ser hijo de Dios y porque vas a la gloria. Por lo tanto, es propio de los creyentes irse santificando, de gloria en gloria, por el poder del Espíritu Santo. Eso iba dentro de todo el paquete de la gracia.
El método de Dios
Anteriormente habíamos dicho que, el que hace justicia es justo, así como él es justo. Y esto nos habla de nuestra unión con Cristo, el nuevo marido, por el poder del Espíritu Santo.
De la misma manera, nuestra purificación es en unión a Jesucristo por la fe, cual pámpanos unidos a la vid. El Señor nos dice: «Sin mí, nada podéis hacer». «Sin mí, no hay regeneración; sin mí, no hay glorificación; sin mí, no hay purificación».
Así como el labrador está buscando a los pámpanos unidos a la vid, Dios está buscando a aquellos que unió al Señor Jesucristo para trabajar en ellos, usando sus tijeras para podarnos, para transformarnos.
Por lo tanto, toda nuestra purificación está asociada a una persona, al Señor Jesucristo. «haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él, por Jesucristo». Dios no hace nada fuera de su Hijo. Como el labrador va a podar el pámpano, tiene que encontrarse con la vid, así Dios trabaja con nosotros en su Hijo Jesucristo.
Pablo, estando en la cárcel, expresa este deseo: «Ser hallado en él» (Flp. 3:9). ¿Y sabes para qué? Dice lo siguiente: «…a fin de conocerle». Cuando tú estás en él, tú puedes conocerle. «Ser hallado en él», para gustar el poder de su resurrección; ser hallado en él, para participar de sus padecimientos; ser hallado en él, llegando a ser semejante en su muerte. Pero eso no es posible si no estamos unidos a la vid.
La santificación es donde la cruz se hace práctica. El Padre usa sus tijeras como podador, corta las ramas que sobran. Pero eso significa disponer tu alma, tu ego, a la cruz de Cristo, esa cruz a la que él nos ha invitado a tomar. Pues, así como el Señor nos ganó a través de su cruz, la única manera en que ganemos su carácter es a través de la cruz que él tiene para nosotros, la cual pone a nuestra disposición. No hay forma de ganar a Cristo sin la cruz.
Implicancias prácticas
Yo necesito de la cruz, y la necesito con urgencia, para relacionarme con mi familia. Necesito la cruz para relacionarme con mi esposa. Necesito la cruz para relacionarme con mis hijos. La necesito en el centro de mi familia, donde todas nuestras relaciones pasen por la cruz.
Un padre herido por la cruz trae vida a toda su casa. La única manera de llevar la cruz al corazón del hijo es que la cruz pase por nosotros como padres, para llevar a Cristo al corazón de ellos. Muchos de ellos están esperando que nosotros les pidamos perdón.
Si la cruz estuviera al centro de la iglesia, no habría divisiones. Una cruz operando en la vida de los pastores, para poder relacionarnos. La única manera de permanecer mansos y humildes, sirviendo juntos, es por medio de la cruz. Si hay alguien que sabe tratar y cuidar, es el Señor Jesús, porque él es el Pastor y Obispo de nuestras almas.
Ustedes recuerdan la historia de Pedro. Pedro lo negó, pero luego lloró amargamente. Frente a esto, Jesús no podía ascender a los cielos sin antes hablar con Pedro. El corazón del Señor solamente quería restaurar el corazón de Pedro. El Señor no podía ascender a los cielos, no podía ir al trono de la gracia, mientras no solucionara ese problema, en la intimidad, con Pedro. Le dedicó un tiempo a Pedro. Y estuvo con él, y lo restauró y confió en él: «Apacienta mis corderos … pastorea mis ovejas» (Juan 21:15-16).
Este es el corazón que como pastores debemos tener con los hermanos que han caído o sienten vergüenza por el pecado. Busquemos restaurar sus corazones, tal como Jesús lo hizo con Pedro. Ayudémosle a tomar la cruz con amor.
Dios nos dio su Espíritu y confiemos en él para ser purificados. Él fue enviado para que seamos puros como Cristo es puro. Esta es nuestra esperanza. Hermanos, después de lo que hemos considerado, ¡cómo nos vamos a olvidar de la cruz de Cristo! ¡Cómo nos vamos a olvidar de la obra de la cruz! Amén.
Síntesis de un mensaje oral impartido en el retiro nacional de iglesias, en Rucacura (Chile), en enero de 2025.