La cruz de Cristo, motivo de tropiezo para el mundo, es el mayor testimonio del amor y de la gracia que justifican al pecador por medio de la fe.
Y yo, hermanos, si aún predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz».
Gálatas 5:11.
La epístola de Pablo a los Gálatas, capítulo 5 versículo 11, es un texto un poco extraño, donde el apóstol está hablando, y dice: «Y yo, hermanos, si aún predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz».
La versión NTV dice: «Amados hermanos, si yo todavía predicara que ustedes deben circuncidarse –como algunos dicen que hago–, ¿por qué, entonces, aún se me persigue?».
O sea, algunos acusaban a Pablo de que predicaba la circuncisión. «Si fuera cierto», dice Pablo, «¿por qué, entonces, aún se me persigue? Si ya no predicara que la salvación es por medio de la cruz de Cristo, nadie se ofendería».
En este versículo de Gálatas 5:11, hay algunas cosas que de inmediato llaman la atención. «Y yo, hermanos, si aún predico la circuncisión…».
¿Qué significa predicar la circuncisión? ¿Y por qué si el apóstol predicara la circuncisión, ya no habría motivo para perseguirlo? ¿Y por qué predicar la circuncisión significaría, como dice al final del verso 11, quitar el tropiezo de la cruz? Son cosas que saltan a la vista y surgen como preguntas.
La versión Reina Valera traduce tropiezo, en cambio la NTV dice ofensa. O sea, que la cruz puede hacer tropezar o puede ofender. Y la palabra griega, que en la RV se traduce como tropiezo, y en la NTV se traduce como ofensa, es skándalon, que nosotros usamos en español con el término escándalo.
Si juntamos los tres términos, diríamos que la cruz puede resultar ofensiva y escandalosa. Y me anticipo a decir que, para la naturaleza humana caída, la cruz, a pesar de toda su belleza, puede resultar un tropiezo, una ofensa y un escándalo. Y tendremos que ver por qué razón puede ocurrir esto.
Las iglesias en Galacia
Para tal efecto, miremos el contexto de la carta a los Gálatas, que probablemente haya escrito Pablo años después de que estuvo predicando en la región de Galacia.
Después que él estuvo allí plantando iglesias, se han sumado otros personajes, conocidos como judaizantes, que llegaron a pervertir el evangelio de Cristo anunciado por Pablo; y eso lo motivó a escribir esta carta para que los hermanos volviesen a la senda correcta.
El saludo de Gálatas 1, dice: «Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos), y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia». Esta no es una carta a una asamblea local, sino una circular a varias iglesias. Y, cuando Lucas escribe el libro de los Hechos, relata lo que ocurrió en algunas de estas iglesias.
A partir de Hechos capítulo 13, Lucas nos relata el primer viaje apostólico del apóstol Pablo por aquella región, un viaje de alrededor de dos años en que él recorrió aquellos lugares, predicó el evangelio y plantó a lo menos cuatro iglesias: Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe. Ahora, más interesante es que en una de ellas, Lucas registró lo que predicó el apóstol Pablo – en Antioquía de Pisidia.
El verdadero evangelio
En Hechos 13, desde el versículo 16, está registrada la predicación de Pablo en esta localidad. Esto nos permite conocer cuál era aquello que él llama el verdadero evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Al conocer cuál era este evangelio puro, podemos darnos cuenta qué significa tergiversar o pervertir el evangelio por parte de falsos predicadores a quienes él acusa.
Antes de leer el final en los versos 37 al 41, resumo lo que dice Pablo en todo el sermón. Él comienza hablando de la historia de Israel, y se remonta hasta los tiempos en que Israel estuvo esclavo en Egipto, pero Dios los sacó de allí con mano poderosa, los llevó por el desierto y les entregó en herencia el territorio de siete naciones de Canaán.
Luego dice que les dio jueces por alrededor de 450 años, para que gobernaran al pueblo. Entonces Israel pidió rey, y Dios les dio a Saúl, el primer rey. Y, después de éste, Dios levantó a David por rey. Y cuando Pablo llega a la mención de David, enlaza de inmediato con el Señor Jesucristo: «De la descendencia de este, y conforme a la promesa, Dios levantó a Jesús por Salvador a Israel» (Hech. 3:23).
Entonces comienza a relatar un poco la historia de Cristo; cómo Juan el Bautista preparó el camino al Señor, y cómo los gobernantes y los principales de Israel no lo reconocieron como su Mesías y lo crucificaron, y fue sepultado.
Pero, al tercer día, Dios lo levantó de entre los muertos, y no solo lo resucitó, sino que este poderoso Salvador no vio corrupción. ¡Bendito sea el Señor!
Versículo 37: «Mas, aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción». Y el versículo 38 concluye: «Sabed, pues, esto, varones hermanos…». Y aquí está el asunto al cual Pablo quería llegar: «…que por medio de él se os anuncia perdón de pecados». Y el verso 39 es el clímax: «…y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree». ¡Aleluya, qué tremenda noticia!
Los destinatarios de esta buena noticia
Nosotros no podemos valorar realmente el impacto del evangelio que predicaba Pablo, sin considerar el contexto. Él estaba predicando en Antioquía de Pisidia, ¡y no en cualquier lugar, sino en la sinagoga!
¿Quiénes son los que están oyendo? Allí hay unos pocos gentiles, convertidos al judaísmo, pero en su mayoría la gran asamblea es judía. ¿Y qué significa eso? Los judíos eran un pueblo que por 1500 años había estado bajo la enseñanza de la ley de Moisés. De generación en generación, se les había enseñado que, para alcanzar la salvación y la justicia divina, había que guardar los mandamientos de Dios.
La ley contenía alrededor de 613 mandamientos, y la orden que se enseñaba de padres a hijos, de abuelos a nietos, era que, guardando los mandamientos, obedeciendo la ley de Dios, entonces, únicamente de esa manera, se podía alcanzar la vida, la salvación y la aprobación del Señor.
Todos ellos entendían que la salvación era por obras, que la salvación se alcanzaba, guardando los mandamientos, obedeciendo la ley.
Pablo dice que la ley no es de fe, porque la ley dice: «Haciendo estas cosas, vivirás por ellas».
Ahora, imaginemos esa audiencia donde todas las personas creen así, fueron enseñados de esa manera, y viene Pablo y les dice: «¡He aquí, Dios ha levantado un Salvador! ¡He aquí, por medio de él, ustedes pueden ahora mismo recibir el perdón de sus pecados! ¡Si tan solo pueden creer en él, eso es suficiente! ¡Sepan que ahora, por el solo hecho de creer en él, ustedes pueden alcanzar la justicia de Dios!».
Si esas personas estaban dispuestas a creer al evangelio de Pablo, a lo menos, tenían que preguntarse: «¿Qué pasa aquí? ¿Cómo es que por 1.500 años nos han enseñado de una manera, y ahora viene este hombre con esta locura y nos dice que es suficiente con creer?».
Un mensaje extraordinario
Luego, termina con una advertencia a toda esa asamblea: «Mirad, pues, que no venga sobre vosotros lo que está dicho en los profetas». Y cita al profeta Habacuc. «Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced; porque yo hago una obra en vuestros días, obra que no creeréis, si alguien os la contare».
Así de extraordinaria y de maravillosa es la obra de la cruz. Así de maravilloso es el evangelio de la cruz; es tan extraordinario que, aunque alguien te cuente sobre esto, será difícil de creerlo.
¿Qué era lo asombroso para esa asamblea de judíos? Que ya no había que esforzarse, que ya no había que seguir intentando obedecer lo que nunca pudieron hacer de manera perfecta; que bastaba ahora sólo con creer en Jesucristo.
Nosotros también hemos creído, y, por creer en él, hemos recibido el perdón de nuestros pecados y la justicia de Cristo. ¡Bendito sea el Señor!
¿En qué consiste la justificación?
Así lo explica el propio Pablo en Romanos 4:5: «Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia».
En la versión NVI, queda un poco más claro. Dice: «Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al impío, se le toma en cuenta la fe como justicia». Eso es ser justificado delante de Dios.
¿Qué hay que hacer para ser justificado delante de Dios? Creer. ¿Y qué pasa cuando crees? Equivale a haber hecho toda la justicia que Dios demanda de ti.
Hay un intercambio aquí, una equivalencia. Lo que tenemos que hacer nosotros es creer. Y, por el hecho de creer, esa fe nos es contabilizada como haber hecho toda la justicia que Dios nos demanda. ¡Qué maravilloso!
¿Qué haces tú? Solo creer. Y, delante de Dios, apareces como habiendo guardado todos los mandamientos, con una justicia tan perfecta como la de Cristo. Pero tú no hiciste ninguna obra de justicia, ningún acto de justicia; solo has creído en Jesucristo, y Cristo ha sido hecho tu justicia.
Por el solo hecho de creer en él, has sido justificado ante Dios. Tu fe se te ha contado como justicia. ¡Gloria a Dios! Somos perfectamente justos delante de Dios, y todo lo que hemos hecho es creer.
Creer
Nuestra naturaleza humana nos dice: «¿Y dónde está la participación humana aquí?». La participación humana está muy clara. ¿Cuál es la parte que tenemos que hacer nosotros? Creer. Por ello dice: «En él es justificado todo aquel que cree». Y qué importante que diga «todo». No deja a nadie afuera.
Nuestra participación es creer. ¿Has creído en el Hijo de Dios? ¿Has creído en la obra de la cruz? ¿Has creído en el Señor Jesucristo? Entonces ¡estás justificado delante de Dios, con una justicia perfecta! Cristo es tu justicia delante del Padre.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree…». Otra vez tenemos aquí la frase. No es solo un versículo; está por todo el Nuevo Testamento. «para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna».
«No me avergüenzo del evangelio». ¿Por qué? «Porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree». Creer es suficiente.
Los judíos, siempre enseñados por la ley, vinieron a Cristo. «Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?». ¡Qué terrible lo que vivían ellos! Se esforzaban, eran sinceros. «Señor, tú podrías darnos la clave. ¿Cómo podemos dar en el blanco?».
Y la respuesta de Cristo fue: «Esta es la obra de Dios». ¿Cuál? «Que creáis en el que él ha enviado» (Juan 6:29). ¡Aleluya! «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa» (Hech. 16:31). Por gracia somos salvos por medio de la fe; por gracia somos salvos, y esa salvación se recibe por medio de la fe.
Este es el evangelio que predicaba Pablo: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios» (Rom. 5:1). ¡Gloria a Dios! ¡No se necesita más! Es bueno recordar el evangelio puro, el evangelio verdadero, donde el Señor lo ha hecho todo y a nosotros nos resta algo –porque hay participación nuestra–, pero la participación es creer, y nada más que creer, para ser justificados delante de él.
Uno que fue justificado por la fe
Pensaba, al preparar esta palabra, dónde encontrar el mejor ejemplo de un salvado que fue justificado por solo creer. ¿Cuál podría ser? El ladrón, el segundo malhechor en la cruz, aquel que al comienzo también blasfemaba contra Cristo, pero algo le pasó mientras estaba crucificado. En las primeras tres horas de crucifixión, el pueblo insultaba a Jesús, blasfemaba y se burlaba. Pero no solo el pueblo, sino también los gobernantes, los soldados y los principales sacerdotes. Por lo tanto, ambos ladrones también empezaron a maldecir y a reírse de aquel que estaba en medio de ellos, el Hijo de Dios, nuestro bendito Señor Jesucristo.
Este malhechor oyó la primera declaración que hizo Jesús. De repente, él escucha a Jesús decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Luc. 23:34). ¿Creen ustedes que esas palabras dichas por Jesús tuvieron un efecto en este malhechor? Por supuesto que sí.
Él mismo estaba maldiciendo, hablando contra Jesús. Y tiene que haber empezado a decir: «¿Quién es éste que reacciona así? ¡La naturaleza humana no reacciona así!». Y en lugar de escuchar de Jesús quejas o burlas, o de responder airado, dice: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». El ladrón tiene que haber meditado en eso: «¿Quién es éste que está crucificado a mi lado?». Y éste era nada menos que el Hijo de Dios. Y la luz comenzó a entrar en él. ¡Bendito sea el Señor!
Quizás vio el título del madero donde se colocaba el nombre y la causa de la muerte: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (Juan 19:19). ¡Qué tremendo! A Jesús lo crucificaron por lo que él era; efectivamente, él era el rey de los judíos. A medida que fue entrando la luz, este malhechor entendió: «Este hombre es distinto; no responde la maldición con maldición». ¡Y entonces vino la luz del Espíritu Santo, y entendió que Jesús era rey!
¿Cómo sabemos que se le reveló que Jesús es el Rey de reyes y el Señor de señores? Porque le dijo a Jesús: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Luc. 23:42). Y Jesús no le dijo: «Espera hasta que yo resucite, o hasta que venga en mi segunda venida». No. Él le dijo: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Luc. 23:43).
Quienes estudiamos la Biblia nos preguntamos: ¿A dónde fue Jesús apenas murió? No lo sabemos exactamente; pero una cosa sí sabemos: que él fue con el malhechor. A dónde haya ido, no fue solo; lo llevó con él. «Hoy estarás conmigo en el paraíso». ¡Aquel hombre fue salvo! ¿Y por qué es tan impresionante este ejemplo? Porque él no alcanzó ni a bautizarse en agua, no alcanzó a deshacerse de ningún hábito pecaminoso. Él no vivió nada de eso, no alcanzó a guardar ningún mandamiento. ¡Y está perfectamente salvado!
Creo que él quedó tan perfectamente salvado como el apóstol Pablo. Por supuesto, en otras cosas se diferencian bastante: Pablo pudo vivir la vida cristiana y alcanzar muchas cosas que el ladrón no; pero, en cuanto a la salvación, el ladrón quedó perfectamente salvado, como tú y como yo. Es el ejemplo más extraordinario. ¿Cómo fue salvado? Solo creyó.
La revelación va al corazón
Ahora, nosotros diríamos: «Pero ¿dónde se dice que recibió a Cristo como su Salvador personal?». Jesús supo lo que había en el corazón del malhechor, cuando éste le dijo: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Jesús pensó: «A éste se le reveló quién soy yo, y eso es suficiente». Así que le dijo: «Ven, hoy estarás conmigo en el paraíso». ¡Bendito sea el Señor! ¡Qué glorioso es el evangelio de Jesús!
Pervertir el evangelio
Regresemos a Antioquía de Pisidia. ¿Cómo reaccionaron los judíos al mensaje de Pablo? La lógica humana nos dice que debieron haber dicho: «¡Esto sí que es extraordinario!». Debieron haber creído y haber convertido esa sinagoga en una fiesta. ¿Fue esa la reacción? No, no les gustó. Rechazaron el mensaje.
Y no solo lo rechazaron. En Hechos 15 vemos que los judaizantes llegaron a Galacia a pervertir el evangelio de Cristo. Pablo nos aclara qué significa esto en Hechos 15:1. Como aquellos que creyeron fueron especialmente los gentiles, los judaizantes fueron a ellos y les dijeron: «Es bueno que hayan creído, pero esa no es toda la verdad. Si no se circuncidan, no pueden ser salvos».
¿Qué están diciendo? «Cristo no es suficiente. Es Cristo, y algo más». Y esto está en la naturaleza humana. Es una tendencia de la naturaleza humana querer añadir algo, porque no puede ser tan fácil. Así que la tendencia es agregarle algo. «Sí, es Cristo, pero más la circuncisión; o si no, no pueden ser salvos».
Solo Cristo es suficiente
Durante toda la historia de la iglesia ha habido que luchar, porque, para muchos, Cristo no es suficiente, la cruz no es suficiente – hay que agregar algo. Hoy día, por ejemplo, hay algo que parece tan espiritual: «Para ser hijo de Dios, debes creer en Cristo, pero además debes tener la doctrina correcta». Es Cristo más la doctrina. En ningún lugar aparece eso, en todos los textos citados solo dice: «Creer en Jesucristo».
Querer añadir algo a la obra de Cristo, a la cruz de Cristo, es pervertir el evangelio. ¿Podemos digerir esto? La herejía es, precisamente, querer añadir algo a la suficiencia de la cruz. ¡La cruz es todo suficiente para salvarnos! Y Pablo, viendo que le agregaban algo al evangelio, escribió a los gálatas, enojado.
En Gálatas 5 vemos cómo responde a éstos que llegaron a los gálatas para decirles que creer en Jesucristo no era suficiente: «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud». Que el Señor nos guarde, para que no pongamos yugo sobre los redimidos, de ningún tipo. Algunos les ponen yugo sobre la vestimenta, otros les ponen el yugo de la doctrina: «Si no crees esto, no eres hijo de Dios».
«He aquí, yo Pablo os digo que, si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo» (Gál. 5:2). ¿Notan lo fuerte? O sea, si ustedes aceptan agregar algo a la suficiencia de la cruz de Cristo, de nada les servirá Cristo.
Pablo, en esto, es radical. O te salva Cristo totalmente, o no te salva. ¿Es suficiente Cristo para ti? ¿Es su obra suficiente para tu salvación? «Así que, si quieren, circuncídense», dice Pablo, «pero sepan que de nada les aprovechará Cristo».
Verso 3-4: «Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído». ¿Cómo podría alguien caer de la gracia? Cuando quiere agregarle algo a la suficiencia de la cruz. Y esta tendencia es propia del hombre caído, porque él siempre quiere un poco de gloria.
Por eso tropezaron y se escandalizaron con la cruz de Cristo, porque la cruz es todo suficiente, y no se necesita agregarle nada. No metas tus manos sucias en la obra santa que Dios ha hecho. ¡No se necesita! Pero queremos aplausos, reconocimientos, queremos decir: «Cristo me salvó, pero yo… yo tenía un corazón sincero». ¡Mentira!
Y vamos a terminar con una mala noticia para la carne: Aquí, toda la gloria es para Jesucristo. ¡Gloria a Dios! Los méritos son de él, la obra de él, los aplausos y los reconocimientos son para él.
Mantengamos el evangelio puro de Cristo. Luchemos contra esta tendencia, que en esa época era la circuncisión; pero hoy día pueden ser tantas otras cosas. A través de la historia, siempre se quiere agregar algo.
Nosotros proclamamos hoy que la cruz es suficiente, que la obra de Cristo es suficiente para salvar completa y perfectamente al más vil pecador. ¡Gloria a Dios!
Síntesis de un mensaje oral impartido en el Retiro de iglesias en Rucacura (Chile), en enero de 2025.