Valorar la cruz es más que mirar al Calvario; es permitir que su poder gobierne nuestro corazón.

¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?».

Heb. 9:14.

Este versículo tiene una idea principal que desarrollar, pero, además, contiene información adicional. Lo sabemos, porque toda frase entre comas es información complementaria al enunciado principal. Y, en este caso particular, vamos a atender más bien a esta frase intercalada.

En realidad, al leer las cartas de Pablo principalmente, no hay información secundaria. Todo es relevante, como una pequeña perla que el Señor deja allí, y es bueno atenderla. Entonces, lo que está entre comas dice: «el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios».

Calvino comenta que Pablo quiso señalar aquí cómo ha de estimarse la muerte de Cristo. No solo en el aspecto objetivo de la cruz, donde Cristo murió en el Gólgota, y los sufrimientos que él padeció como hombre; sino también en el aspecto espiritual. Él señala esto: «La muerte de Cristo debe estimarse también desde esta dimensión, no solo como una obra humana, sino también como una obra espiritual. El Espíritu también tuvo participación en la muerte de Cristo».

Por eso, hoy día gozamos de una redención que no es solo para una dispensación, sino que es eterna, porque el Señor se ofreció a Dios mediante el Espíritu eterno. ¡Gloria a Dios por esto!

Valorar

Cuando hablamos de asignar valor a algo, debemos considerar que este concepto significa reconocer mérito e importancia a algo o a alguien. Por ejemplo, valoramos a una persona porque reconocemos en ella méritos o importancia en nuestra vida.

Ahora, volvamos hacia la cruz. ¿Usted encuentra algún mérito en la cruz de Cristo? Si es realmente así, eso debería proyectarse y hacerse visible en nuestra vida diaria. Por lo tanto, guardemos esta definición en el corazón. Darle valor a alguien, o a algo, es reconocer su mérito y su importancia.

La mirada de los evangelistas

Antes de hacer nuestra propia reflexión acerca del valor de la cruz, veamos cuál es el valor que los apóstoles le asignaron a la cruz de Cristo, y cómo ella impactó en sus corazones.

Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas le dedican un tercio, o más aún, al evento de la cruz. Aquí podemos ver, entonces, empíricamente, cuánto impactó la cruz en el relato de los evangelios. El espacio dedicado a hablar sobre la cruz, lo previo a ella, la cruz en sí misma, y lo posterior a ella, es significativo dentro del relato. No fue una cosa al pasar. Esto habla de la importancia que tuvo la cruz para ellos.

El evangelio de Juan se puede dividir en dos partes. Por un lado, nos habla sobre las señales que Cristo hizo en la tierra; se puede llamar ‘el evangelio de las señales’. Y la otra mitad nos habla de la pasión de Cristo. Notemos, pues, la relevancia que tuvo, para los apóstoles, la muerte en la cruz.

La valoración de Pablo

«Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). El apóstol Pablo no halló nada en lo cual gloriarse, sino solo en la cruz. Nada causaba mayor atracción en su vida que la cruz de Cristo. Y luego añade: «…por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo».

Pablo define el Evangelio como «el mensaje de la cruz», y define su ministerio como la predicación de Cristo crucificado.  «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado» (1 Cor. 2:2).

¿Qué otro mensaje podríamos dar al mundo, sino hablar de Cristo y de su cruz? No vamos a hablar de moral, de buenas costumbres, de reglas o consejos para una buena vida. Nuestro mensaje, la respuesta de Dios para el mundo es una sola – Cristo, y este crucificado.

Pero, además, Pablo define su vida en base a la cruz. «…por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (Gál. 6:14). Si amamos la cruz, esa es la forma de relacionarnos con el mundo. No hay otra manera. Por lo tanto, ¿vamos a seguir la corriente de este mundo en cuanto, por ejemplo, a cómo criar a nuestros hijos?

¿Cuál es el proyecto de vida que el mundo hoy día ofrece a los jóvenes que egresan de enseñanza media o superior? Si quieres ser feliz, este es el modelo que el mundo ofrece: una carrera rentable, para que tengas una bonita casa, una familia feliz. El sistema del mundo nos lleva hacia ese tipo de modelo de vida, de tal forma que los jóvenes hoy se sienten frustrados porque no llegan a cumplir con ese estándar.

Entre tanto afán que tenemos como padres, tantas tareas con las que el mundo nos envuelve, es mejor que el hijo esté allí, en el sofá, con el teléfono en la mano, tranquilo, mientras yo hago lo mío. ¿Y qué pasa con nuestra responsabilidad, como padres, de enseñarles la cruz de Cristo a nuestros hijos? Si la cruz de Cristo no opera en nosotros como padres, no esperemos que ella opere en nuestros hijos.

¿Qué lugar ocupa la cruz en nuestra familia, como padres, en la relación con nuestros hijos? Pablo es muy claro: «El mundo me es crucificado». Yo renuncio al mundo, no quiero nada del mundo secular, religioso, social, político o económico. Solo sigo al Señor. Esto no significa irse a vivir un lugar apartado. No es eso, sino que la cruz y su operación en mi vida es la forma en la cual me relaciono con ese mundo.

La valoración de Pedro

Veamos la valoración de otro apóstol, en 1 Pedro 2:24. «…quien llevó el mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia, y por cuya herida fuisteis sanados». Pedro dice que, sin la cruz, no hubiese existido la sangre preciosa con la cual fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir.

Note la idea final del versículo 24: sin la cruz tampoco hubiésemos sido sanados. Es interesante lo que Pedro dice aquí, porque, claro, hablamos de la obra de la cruz y sus provisiones – la justificación, la redención, la santificación y la glorificación. Son beneficios o frutos; la obra de la cruz incluye todo eso. Pero Pedro añade algo más: «por cuya herida», es decir, por la herida de la cruz, «fuisteis sanados».

Hermanos, la cruz trajo sanidad para nuestra alma; un alma herida encuentra sanidad en la cruz de Cristo. Cuántas personas, no solo en el mundo, sino también entre nosotros, viven con el alma quebrantada; cuántos enfermos del alma existen hoy. Y, para todos ellos, la cruz es la respuesta.

En la cruz encuentras sanidad para tu alma. No solo justificación, redención, glorificación y santificación – también sanidad. Si solo te acercas a la cruz de Cristo, tu alma será sanada de lo que te atormenta. No es un pecado sentir depresión o males emocionales. La cruz trae sanidad. Valoremos, amemos la cruz.

La Cruz como altar

Pedro habla de la centralidad que la cruz ha de tener en la vida de todo cristiano. Y aquí, desde el ideal de Dios, no de nuestra realidad, nos dice que la cruz debe ser central en la vida cristiana.

Para poder ilustrar esto, veamos Ezequiel capítulo 43, en donde se habla del altar, en la visión del templo que Dios le da al profeta.

En los versículos 13 al 27 se habla sobre el altar que, a diferencia del altar en el tabernáculo antiguo, ocupa un lugar distinto al que tenía allí. En el tabernáculo, el altar estaba a la derecha de la puerta; sin embargo, ahora está en el centro del templo, de forma que todas las líneas diagonales que podríamos trazar en un plano, pasarían necesariamente por él.

Tipológicamente, el altar habla de la cruz. Por lo tanto, el lugar que ella debe tener es el lugar central. El altar lo gobernaba todo. El hermano Austin-Sparks dice: «Si la cruz realmente estuviera en su lugar, en su real dimensión, todo eso daría por añadido esto: el pueblo estaría bien si la cruz estuviese en su lugar».

La iglesia, y los ministerios, todo estaría bien si la cruz estuviese en su lugar. Ese es el orden de la casa. Y no hablo de la casa solo como la casa de Dios, la iglesia. Hermano, piense en su propia casa. El orden de la familia sería correcto si la cruz estuviera en su lugar. Si la cruz está en el centro, en su plena medida, todo lo demás hallará su lugar correcto en una relación de vida.

El hermano A.W. Tozer dice, con respecto a la cruz: «La única cruz de toda la historia que se convirtió en un altar, fue la cruz en la que murió Jesucristo. Era una cruz romana, le clavaron en ella, y Dios, en su majestad y misterio, la convirtió en altar». ¡Qué precioso! Esa cruz cruel, horrenda, el peor instrumento de tortura que jamás ha existido, se transformó en un altar.

El lugar de la Cruz

Vuelvo a preguntar, entonces: ¿Qué lugar ocupa la cruz de Cristo en nuestras vidas? Si está en la periferia, a un costado de nuestras vidas, entonces, tal vez esa sea la razón por la cual las cosas no marchan bien. Si la cruz de Cristo no tiene relevancia en nuestras vidas, y nos acordamos de ella cada siete días, cuando participamos de la mesa del Señor, entonces no estamos amando la cruz de Cristo.

Alguien dijo esta frase, que quedó grabada en mi corazón. «A veces entendemos la cruz de Cristo como la puerta de entrada, y después nos olvidamos; porque la cruz nos sirve solo para entrar, para ser salvos, y después, nada más». ¡Eso es un error! La cruz de Cristo no solo es la puerta de entrada para ser salvos; ella nos acompaña en toda nuestra vida.

«Tome su cruz cada día» (Luc. 9:23). Me temo que muchos de nuestros fracasos tienen causa en que nos hemos olvidado de la cruz, en que ella cruz tiene el lugar que debería ocupar realmente en nuestras vidas. Porque, si así fuera, entonces la cruz hubiese sido nuestra salvación en ese momento.

La Cruz nos invita a la santidad

El hermano John Stott dice, con respecto a la cruz: «La cruz de Cristo, base de nuestra salvación gratuita, es el más poderoso incentivo para llevar una vida de santidad». Si la cruz de Cristo no nos mueve, no nos impulsa, no nos conduce, no nos interpela, entonces nuestra visión de la cruz no es una visión correcta.

La cruz de Cristo debe incentivarnos a llevar una vida de santidad. Si amamos esa cruz, si en realidad valoramos los sufrimientos de Cristo, entonces ella nos llevará a vivir una vida de santidad.

Lo contrario sería vivir en un círculo vicioso, donde –para decirlo con claridad– el pecado se trivializa bajo el argumento de que la cruz siempre está allí y que Dios siempre perdona. Esta es una comprensión errada del carácter de Dios, que lo reduce a una indulgencia sin santidad, como si el pecado no tuviera consecuencias y la gracia fuera una licencia para pecar una y otra vez.

La sangre vertida en la cruz no es sinónimo de que podamos ir y pecar, y volver y pecar, y volver a la cruz. Eso no es entender lo que Cristo hizo allí por nosotros. La cruz debe conducirnos a una vida de santidad, de negación, de purificación, no en nuestras fuerzas, sino confiando en el Espíritu Santo, en esa preciosa obra de la cruz de Cristo, que hoy día opera en nosotros.

El oferente y la ofrenda

Volvemos de nuevo al versículo leído en Hebreos, donde dice que Él se ofreció a sí mismo. El sacrificio es de alguien que ofrenda algo a Dios sobre un altar. En la antigüedad, el sacerdote era quien debía sacrificar a Dios un animal para la expiación de los pecados. Y él se purificaba primero a sí mismo, para luego degollar el cordero y rociar esa sangre sobre el pueblo.

Pero al llegar, en la historia, a este último Cordero, Juan el Bautista lo anuncia, diciendo: «He aquí el Cordero de Dios», un Cordero sin mancha, el Cordero perfecto, que fue preparado desde antes de la fundación del mundo. No cualquier cordero, ese Cordero, se presentaba ante el mundo.

«He aquí el Cordero de Dios». Hermanos, ¿quién era digno de ofrecer ese Cordero? ¿Quién era digno de tomar Su vida en sus manos? Por primera vez, la ofrenda era superior al oferente; por primera vez en la historia, el Cordero era mayor que aquel que lo podía ofrecer. De tal forma que no había nadie digno de tomar la vida de este Cordero en sus manos.

Pero piense un poquito más allá. ¿Se imagina si nadie hubiese podido ofrecer ese Cordero a Dios? No estaríamos hoy día aquí. Nuestro lugar eternamente sería el infierno, y con toda justicia. Eso me recuerda el relato de Juan en Apocalipsis, cuando él mira alrededor, y observa que no hay nadie digno de abrir el libro y los sellos. ¿Qué hace Juan? Él llora.

Si nadie era digno de poder tomar la vida de aquel Cordero para ofrecerlo a Dios y así perdonar los pecados, ¡qué tragedia para la humanidad! Pero, ¡gloria al Señor Jesucristo!, que él mismo dijo: «Padre, heme aquí, yo mismo me ofrezco». Porque el mismo Cordero se ofreció a sí mismo a Dios, por amor a ti, por amor a mí, para borrar nuestras rebeliones y reconciliarnos para siempre con Dios.

El mismo Cordero fue la ofrenda, y también el oferente. Jesús fue el Cordero de Dios y también el Sacerdote de Dios. Cuando vemos la cruz del Calvario, cuando vemos esa ofrenda preciosa, ¡cómo no amar esa cruz, si ella nos trajo salvación y vida eterna! ¡Gloria al Señor!

Lo que revela la Cruz

¿Qué nos muestra la cruz de Cristo y por qué debemos valorarla después de todo lo que hemos hablado? Veamos tres puntos de aquello que nos muestra la cruz, y por lo cual debemos darle valor.

Lo primero que nos muestra la cruz de Cristo es la gravedad de nuestros pecados. Si al mirarla no logramos ver lo horrendo de nuestros pecados, no estamos viendo bien Su cruz, no la estamos valorando bien, porque ella nos revela, de mejor manera, la gravedad de nuestros pecados. No había forma de perdonar con justicia nuestras injusticias, sino a través de la cruz de Cristo.

Si el Señor nos da la gracia espiritual para poder ver la cruz en su real dimensión, lo que debería provocar en nosotros es vergüenza por nuestros pecados. Si la cruz nos hace sentir vergüenza por los pecados cometidos, es la misma cruz la que nos da salvación, la misma que nos enfrenta a nuestras vergüenzas.

El Señor no murió en vano; su sangre no fue derramada en vano por nuestros pecados. Deberíamos avergonzarnos y confesar nuestros pecados. Él murió, no para que llevemos una vida pecaminosa, sino para que vivamos ahora, una vida nueva, agradando el corazón de Aquel que murió por nosotros.

El amor de Dios

¿Qué más nos muestra la cruz? El amor de Dios, ¡cómo no! Creo que no hay otra forma más gráfica en que Dios haya mostrado Su amor para con nosotros, que la cruz.

Cuando los cristianos del primer siglo fueron dispersados, buscaron símbolos para identificarse, y usaron la figura de un pez, por ejemplo. Y el símbolo que prevaleció fue el de la cruz, el peor método de tortura que jamás existió.

Sin embargo, la cruz representa que somos cristianos, porque allí Dios mostró su amor por nosotros. Él decidió salvarnos desde la eternidad, pese a nuestros pecados. Él sabía que íbamos a ser infieles. Dios lo sabe todo: pero aún sabiendo esto, él decidió salvarnos. ¡Gloria a nuestro Dios!

La cruz, el método de Dios

Lo tercero que nos muestra la cruz es el método de Dios. La única forma en que el hombre puede reconciliarse con Dios, es por medio de la cruz. Algunos dicen: «Yo no necesito la cruz, no necesito creer en Jesús, no necesito ir a una iglesia, porque Dios es perdonador», como si Dios estuviera obligado a perdonar. Eso no es así. No hay reconciliación posible con Dios, sino a través de la cruz de Cristo.

Y el método de Dios no es solo para reconciliarnos con él, sino también para reconciliarnos entre nosotros. La palabra que Pablo usa para reconciliación no es solo que dos vuelvan a estar de acuerdo en algún asunto. No. Ella tiene una connotación que habla de dos que vuelven a caminar juntos.

Hermanos, cuántas crisis matrimoniales hemos sufrido, y cuántas crisis que no son evidentes, que se están gestando ahora. Amados, sin la cruz operando en la vida del esposo y de la esposa, de los padres y de los hijos, de los hermanos de la iglesia, no hay reconciliación posible.

Sin la cruz, no hay reconciliación. Podemos llegar a una paz aparente, pero en algún momento todo puede volver a quebrarse, porque no valoramos la cruz, porque ella no tuvo el lugar que debería tener en nuestra casa, porque no acudimos a ella a tiempo. Matrimonios, como familia, acudamos a la cruz. En la cruz hay sanidad, hay reconciliación. Amemos la cruz.

Efesios 2:16, para reafirmar esta idea, dice: «Y mediante la cruz reconciliar con Dios». Pablo pone la cruz en el centro de todas las cosas. Nada ha sido escrito al azar. «Y mediante la cruz». No hay otra manera. Si la cruz está en el centro, entonces hay reconciliación.

Una adecuada valoración de la Cruz

Para concluir, una correcta valoración de la cruz resulta de una comprensión equilibrada de la gravedad del pecado y de la majestad de Dios. Si reducimos estos aspectos, le estamos quitando valor a la cruz.

Por ejemplo, si llamamos al pecado un desliz, o cualquier otro nombre que no sea «pecado», estamos reduciendo el valor de la cruz. «Hermano, esto fue un desliz». «No, hermano, esto fue producto de que yo soy así». Bueno, ¿y qué hace la obra de la cruz, entonces? Más que cambiarnos, ¿no es dar muerte al pecador? Si llamamos al pecado un desliz, entonces nuestra visión acerca de la cruz se distorsiona.

El pecado es una rebelión contra Dios. Si tenemos la visión de un Dios indulgente, en lugar de un Dios que se indigna con el pecado, entonces la cruz se vuelve algo liviano, y pierde valor. No puede ocurrir que la iglesia le reste valor a la cruz de su Amado. El mundo la desprecia; pero la iglesia debe valorar y amar profundamente la cruz de su Salvador, vivir por ella, amarla hasta el fin.

Amemos la Cruz de Cristo

Hay un himno que dice: «Aunque el mundo desprecie la cruz de Jesús». Y hace esta idea de comparación por contraste. Ellos desprecian la cruz de Jesús. Y agrega: «…para mí tiene suma atracción», por sobre lo que el mundo nos ofrece.

¿La cruz tiene suma atracción para nuestra vida? ¿Estamos dispuestos a tomar la cruz y seguir al Señor donde él quiera que nos envíe? ¿Estamos dispuestos a amar esa cruz que él nos ofrece?

Un poema de Isaac Watts dice: «Al contemplar la magna cruz, donde murió el Príncipe de gloria, doy por perdidas mis más caras posesiones, y aborrezco mi orgullo. Si pudiese ofrecerle el mundo entero, sería para él un tributo demasiado pequeño. Un amor tan sublime, tan divino, demanda mi vida, demanda mi alma, mi todo». Que la cruz de Cristo logre esto en nuestros corazones. Que, al contemplar la cruz, estas palabras sean también nuestras palabras. Amén.

Síntesis de un mensaje oral impartido en el Retiro de iglesias en Rucacura (Chile), en enero de 2025.