Desde hace unas décadas, han estado surgiendo en el mundo, con mucha fuerza, los llamados escritores de «autoayuda». Su proliferación ha sido tal, que sus libros ocupan lugares destacados en las librerías y bibliotecas del mundo. ¿La razón de su éxito? Una sociedad sobresaturada de tecnología, rica y cómoda, pero psicológicamente desequilibrada, carente de horizontes en el plano afectivo y espiritual.

El éxito de estos autores debe atribuirse a la insaciable necesidad de trascendencia del hombre postmoderno, la misma que se esconde tras un velo de superficialidad y suficiencia.

Ahora bien, ¿cuál es el marco ideológico que da sentido a toda esta literatura ‘edificante’? Lo que más llama la atención es la apropiación de los postulados de la fe cristiana, enlazados con otros elementos de origen extraño. Esto, junto con validar esta línea de enseñanza, vuelve difusos los límites entre lo verdadero y aquello que no lo es.

El mensaje transmitido es un seudo ‘evangelio’ que invita al hombre a perfeccionarse a sí mismo, desconociendo su abismante impotencia para hacerlo. Un hombre que parte de esa falacia fundamental –la bondad natural del hombre– no necesita de un Cristo crucificado, derramando su sangre en expiación por sus pecados. La creencia en la bondad intrínseca del hombre desdeña toda la obra redentora de Cristo en la cruz, juzgándola innecesaria.

Este mensaje pretende también zafar al hombre de las restricciones que el evangelio y su moral han establecido en la sociedad, para una vida sin moral, o bien, con una moral a la medida del hombre, en que todo es permitido, y en que nadie le pide cuentas de sus actos.

Es un mensaje de «autoestima», de valoración de sí mismo, que está en absoluta contraposición con el verdadero carácter del evangelio, toda vez que el mismo Señor Jesús enseñó a sus discípulos que debían morir a esta vida para ganar la venidera. La esencia del mensaje del evangelio es la cruz («Cristo crucificado»), en la cual es crucificado todo aquel que sigue a Jesús.

Esta literatura es inspirada por la ‘Nueva Era’, una ideología de fines del siglo XX, pero cuyas raíces son muy antiguas, y sus pretensiones, universalistas y totalitarias. Su meta es destruir el testimonio de Dios. Ella se apoya en diversos pensamientos, especialmente de corte orientalista, y aun en las modernas teologías liberales y racionalistas. Su fin es tratar de desvirtuar el propósito de Dios, que es la salvación de todos los hombres por medio de la única persona que Dios ha puesto como mediadora, es decir, Cristo Jesús.

Que el Señor libre de esta perniciosa plaga posmoderna a todos los que le buscan y aman su Santo Nombre.