La sociedad actual es, sin duda, una sociedad enferma. Las señales de su enfermedad están diseminadas en todos los organismos y estratos sociales. El foco principal de ella está en la familia – precisamente el reducto creado por Dios para asegurar el bienestar del ser humano. La familia está en crisis. Los matrimonios están disolviéndose. Los hijos están quedando a la deriva. Ya no tienen modelos que imitar, así que se están lanzando en una búsqueda frenética de sensaciones pasajeras. Han perdido el sentido de la vida y la valoración de sí mismos.

Las calles están llenas de gente solitaria, que camina con la mirada perdida, sin creer en nada ni en nadie. Las bases de su sustento afectivo y espiritual han sido minadas. ¡Ah, cuánta gente solitaria! Están en todas partes, en las calles bulliciosas, en los parques de entretenimiento; sin embargo, van solitarios en busca de algo que han perdido y que no saben qué es.

Hay gente a nuestro lado que no quiere seguir viviendo, esperando reunir un poco de valor para tomar la peor de las determinaciones. Hay gente llena de tristeza y amargura. Ellos no encuentran la solución para sí mismos, ni para los que están a su cuidado. Aparentemente son exitosos; en sus trabajos son eficientes, pero sus vidas, sus matrimonios y sus familias están destruidos.

El hombre se ha alienado de Dios. Piensa que Dios está lejos, que no se preocupa por él, que debe escapar de él como de un enemigo odioso. Y cuanto más se aleja de Dios, más se aleja de sí mismo, y del remedio para su mal. La grandeza de sus logros, la comodidad de la vida, los pequeños y grandes lujos, le han cegado los ojos, y no ve más allá.

Los días se suceden interminables, uno tras otro, del trabajo a la casa, de la casa al trabajo, esperando el fin de semana que traiga placer, pero el placer se transforma en hastío. El alma del hombre es insaciable, y no puede encontrar reposo en aquello que desea.

Hay en el hombre una esfera más profunda que el alma, donde el alma misma puede hallar paz. El alma se vuelca erróneamente hacia fuera; sin embargo, la verdadera fuente de su paz está más adentro. No es en las cosas, o en los placeres sensuales, sino en los pliegues del espíritu, cuando Dios ha venido a habitar en él.

Sí, hay un lugar más íntimo que el hombre no conoce. El hombre común piensa, a lo más, que él es un ser dual con cuerpo y alma. Y que el alma puede ser saciada con aquellas cosas que habitualmente procura. Este es un desconocimiento fatal. Porque más adentro del alma hay un rincón secreto donde el hombre puede hallar paz. Ese lugar está hecho para que Dios habite allí, y para que desde allí dirija la vida del hombre, le conduzca por el camino de la vida y encuentre su razón de ser.

La crisis del hombre actual no se resolverá en las exterioridades; solo puede ser resuelta si va más adentro, allí donde habita Dios cuando le recibimos en Cristo por medio del Espíritu Santo.