«…sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios».

– 2 Corintios 8:5.

Cada día podemos notar la obra del Espíritu convirtiéndonos de nuestra infidelidad, ignorancia e incredulidad, al camino del Señor. «Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda» (Is. 30:21).

Oímos muchas veces que debemos servir. Servir a los hermanos, servir al prójimo, pero el Señor nos enseña algo importante en esta tarea. Primeramente nos damos a nosotros mismos, servimos al Señor, después a los hermanos y al prójimo por la voluntad de Dios. Aquél que previamente no se ha dado al Señor servirá por interés, lo hará para su propia gloria.

La iglesia, para con el Señor, tiene la misma posición. Parece que es común entre nosotros. Tenemos la impresión de que el Señor es quien nos sirve. Nos sentamos y esperamos que él nos sirva en nuestros deseos, en nuestras necesidades y ambiciones. Cuando nos reunimos, tenemos la misma posición: esperamos de lo alto una palabra, una cura, una bendición. El Señor no nos enseña así. Él desea primero ser servido por su iglesia, después nos sentaremos a comer: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Ap. 3:20). Primero, él viene a cenar con nosotros, y después nosotros con él.

Cuando nos reunimos, estamos en torno a la mesa del Señor; pero, antes de participar de ella, es necesario primeramente servirle a él. Él es nuestro pan, pero nosotros también –su iglesia– somos pan para el Señor. Nos alimentamos de él, pero él también se alimenta de nosotros: «Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan» (1 Cor. 10:17).

En Hechos 13:1-2, el Señor nos enseña por su Palabra, que la iglesia en Antioquía comprendió esto claramente. Primero servían al Señor: «Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».

En Juan 12:1-2, también vemos claramente este orden. En la iglesia están los que sirven al Señor, los que se sientan a la mesa con él, y los que quiebran su vaso para derramar ante él su perfume. Primero al Señor, después a nosotros, por la voluntad de Dios. Atendamos diligentemente a esta orden, pues ésta es la enseñanza del Espíritu para que Cristo sea glorificado.