«Vosotros sois la sal de la tierra; mas si la sal se vuelve necia, ¿con qué será salada? Para nada tiene fuerza ya, sino (que es) arrojada fuera para ser pisoteada por los hombres».

– Mat. 5:13 (Trad. literal).

Cuando Pablo cita la ley en el pasaje que dice: «No pondrás bozal al buey que trilla», razona de este modo: «¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió» (1 Corintios 9:9-10).

Creo que este pasaje de Mateo es muy semejante a aquél. El Señor utiliza símiles diversos, tomados de la vida diaria, para aclarar hechos espirituales escondidos. Aquí, el Señor utiliza la sal que se usa cada día en todas las mesas del mundo.

Al observar el sentido que las palabras tienen en el original griego, vemos que están referidas, no a la sal, sino a las personas a quienes la sal está representando, es decir a los creyentes. Por eso, aunque no es propio decir de la sal que se vuelve necia, es perfectamente aplicable a los creyentes. Del mismo modo la expresión «para nada tiene fuerza», aunque puede aplicarse relativamente a la sal, tiene mayor aplicación a los creyentes. Si unimos ambas expresiones, tan significativas, tenemos que los creyentes, cuando se vuelven necios, para nada tienen fuerza.

La necedad de los creyentes consiste en perder su sabor. Y perder el sabor es asimilarse al mundo, hacerse vanos, perder aquello que los hace diferentes. La sal sirve para sazonar, pero sobre todo para preservar. Los creyentes necios no pueden detener la corrupción que hay en el mundo. No tienen la fuerza para resistir las oleadas de inmundicia que éste les lanza; entonces ya no sirven como sal, se han desnaturalizado.

La señal más clara de que un creyente se ha vuelto necio es la falta de poder; es el debilitamiento, no del alma (lo cual sería bueno), sino el debilitamiento del espíritu (lo cual es tremendamente malo).