¿Cómo es el amor de Dios por el hombre? Según C.S. Lewis, describirlo es imposible; solo a través de algunas analogías podemos extraer alguna noción de este amor.

La más elemental de todas es la del amor de un artista por su obra, como en la visión de Jeremías del alfarero y la greda. Somos una obra de arte divina, pero una obra con la cual Dios no estará satisfecho hasta que logre un cierto carácter. Dios se toma muchas molestias con el hombre, porque éste es su obra maestra. Si se tratara de un simple boceto, no haría una inversión tan grande.

Otra metáfora es el amor de un hombre por su propiedad animal, según el símil de las Escrituras que muestra a Dios como el pastor y a los hombres como sus ovejas. El hombre invierte tiempo en la domesticación del animal para hacerlo más querido que en su estado salvaje. El animal sufre al ser domesticado, pero una vez que el proceso ha terminado, el fin es infinitamente mejor que el principio. Finalmente, el amo se complace en el animal domesticado, pues lo ha hecho merecedor de su amor.

Una analogía más noble es la del amor del padre por su hijo. Esta analogía, representada perfectamente en el Padre y su Hijo Jesucristo, significa esencialmente amor autoritario, por un lado, y amor obediente, por el otro. El Padre utiliza su autoridad para hacer del Hijo la clase de ser humano que él quiere que sea.

Por último, llegamos a una analogía llena de riesgos, pero que es la más útil: el amor de un hombre por una mujer. En las Escrituras, se trata de Israel, a quien su Amante encontró abandonada a la orilla del camino; y es también la iglesia, a quien el Señor ama tanto, que no tolera en ella ni mancha ni arruga. Esta analogía subraya que el amor, por su propia naturaleza, exige el perfeccionamiento del ser amado; que la mera benevolencia que soporta cualquier cosa, excepto su sufrimiento, es el polo opuesto al amor. Cuando nos enamoramos de una mujer, ¿deja de importarnos que sea limpia o sucia, pura o corrupta? ¿No ocurre, más bien, que es en ese momento que empieza a importarnos?

Cuando el cristianismo afirma que Dios ama al hombre, quiere decir que Dios realmente lo ama: no que tiene un cierto interés «despreocupado» por su bienestar, sino que en verdad somos el objeto de su amor. El Amor que creó los mundos es persistente como el amor del artista por su obra, y exigente como el amor de un hombre por su animal predilecto; previsor y venerable como el amor de un padre por su hijo; celoso, inexorable, demandante, como el amor entre hombre y mujer.

Supera a la razón poder explicar por qué criaturas como nosotros podríamos tener un valor tan prodigioso a los ojos de nuestro Creador. Es, indudablemente, un peso de gloria que excede nuestros méritos. Ver esto, nos ayudará a entender el problema del dolor en los cristianos.