El Señor Jesús, conocedor de todo y de todos, no se asombraba con facilidad. Sin embargo, hay dos cosas que le maravillaron mientras estuvo en la tierra: la fe y la incredulidad de los hombres. La fe de los que no debían tenerla, y la incredulidad de quienes debieron creer.

Cierta vez, se acercó a Jesús un soldado romano de cierto rango –un centurión– y le trajo una preocupación que tenía: su criado estaba postrado en cama, gravemente enfermo. El Señor lo tranquilizó en seguida, diciéndole: «Yo iré y le sanaré». Entonces el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará». Y luego agregó una explicación, que fue lo que más sorprendió a Jesús: «Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace». Jesús entonces dijo a los que le seguían: «De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe» (Mat. 8:5-10).

En el plano espiritual, el centurión atribuyó a Jesús la máxima autoridad, porque bastaría una orden suya para que la enfermedad retrocediese. Cuando se está en la cima del mando, una orden es irrevocable, y todos deben obedecer. Jesús es el Señor. Por eso, aunque la casa de este soldado podía abrirse para recibir a un gran hombre (tal vez al mismo emperador), él no se sentía digno de recibir en ella al Señor de toda la tierra. ¡Bienaventurados los que creen! (Heb. 11:6).

Veamos ahora el otro motivo de asombro que tuvo el Señor. En su soberanía insondable, Dios escogió a la ciudad de Nazaret para que Jesús pasara allí su infancia y juventud. Nazaret fue, en este sentido, una ciudad privilegiada. Sin embargo, la actitud que tuvo para con él fue desdichada. Teniéndolo a él allí, le menospreciaron, y aun más, quisieron matarle.

Ellos se escandalizaron del hombre que habían visto crecer en sus calles, jugando con los demás niños. Ellos decían: «¿De dónde tiene éste estas cosas?¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él» (Mar. 6:2-3). Reconocían que era un hombre extraordinario, porque su sabiduría y sus hechos portentosos eran irrefutables; sin embargo, tropezaban en que era demasiado familiar para ellos, ya que conocían su origen y su familia. Y por causa de la incredulidad de ellos, Jesús no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos. ¡Jesús estaba asombrado de la incredulidad de ellos! (Mar. 6:6).

La fe y la incredulidad: dos actitudes extremas; dos formas de vida opuestas; dos suertes con distinto destino. Las dos causaron el asombro de Jesús; pero una para bien, y otra para mal. ¿En cuál de los extremos se ubica usted? No hay, como usted ve, posiciones intermedias.