«No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza … Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo».

– Juan 5:45; 1:17.

La conducta de los escribas y fariseos estuvo permanentemente condicionada por las enseñanzas de Moisés. Estas enseñanzas estaban basadas en la ley, una ley espiritual, sin tacha, la cual, sin embargo, apelaba a los esfuerzos del hombre no regenerado.

La ley, siendo espiritual, al ser aplicada al hombre natural genera impotencia, y la impotencia genera, entre otras cosas, hipocresía e ira. Y también genera acusación.

El Señor dijo a los fariseos que Moisés les acusaba. La mujer adúltera fue acusada delante del Señor de acuerdo a la ley de Moisés: «En la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?»(Juan 8:5). Y esta acusación traía consigo otra acusación: «Mas esto decían tentándole, para poder acusarle» (Juan 8:6).

La ley trae una espiral de acusaciones. La conciencia es atenazada por el mandamiento no cumplido, por la ordenanza no obedecida. Pero esa conciencia no descansa sino cargando la conciencia de otro, y aún juzgando y condenando al otro.

Condenar a la mujer traería la posibilidad cierta de condenar al Señor. Sin embargo, en este pasaje de la mujer adúltera, el Señor nos muestra el poder supereminente de la gracia.

La gracia obra en la conciencia, para hacernos ver a todos como necesitados del perdón de Dios; nos muestra nuestra condición pecaminosa, pero, a la vez nos muestra la misericordia de Dios, que nos perdona. No hubo una primera piedra contra ella. Los fariseos esperaban la aplicación de la ley, pero el Señor les mostró cómo opera la gracia.