Una revista para todo el Cuerpo de Cristo · Nº 64 · Octubre - Noviembre - Diciembre 2011

LA GLORIA DEL EVANGELIO

Los efectos de la justificación

La paz con Dios, como efecto de la justificación,
hace posible dar un paso más en la carrera cristiana: alcanzar la paz de Dios.

«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Rom. 5:1-2).

Paz con Dios

La paz con Dios es el primer resultado de la justificación, pues estábamos enemistados con Dios; la justificación nos reconcilió con Dios y fruto de eso es la paz con Dios. Esto es anterior a todas las bendiciones de Dios para nosotros; sin ello, nada de lo otro podría ser nuestro.

Pablo, en la epístola a los Romanos, se propone exponer la certeza total de nuestra completa salvación por medio de Jesucristo. Para esto, nos recordará que no estamos tratando de tener paz con Dios, porque por medio de Jesucristo ya la tenemos. Pablo usa con énfasis la palabra tenemos, puesto que en el siguiente texto nos dice que «también tenemos entrada por la fe a esta gracia».

El hombre de todos los tiempos ha estado desesperadamente en busca de la paz, sin saber exactamente qué tipo de paz es la que necesita. No es la paz mental, ni la paz como mera ausencia de problemas; tampoco es la paz del desarme, ni la paz de los acuerdos o pactos de las naciones. ¡No! Se trata de la paz con Dios, lo cual es un hecho enteramente objetivo, que nos viene por la gestión redentora de nuestro Señor Jesucristo en la cruz del Calvario. Allí se llevó a efecto una acción judicial, acorde con los requerimientos de la justicia divina, donde el pecado debía ser castigado. Toda la condenación cayó sobre Jesús, el Cristo, quien murió representando a la humanidad de todos los tiempos, a la raza de Adán, a fin de sufrir por ellos el castigo del pecado, transfiriéndoles la justificación al aceptar para sí el castigo de ellos.

El pecado nos separaba de Dios y nos hacía enemigos, pero Cristo, al sustituirnos en la cruz, hizo posible que Dios nos otorgara la justificación, y por ese hecho, glorioso, fuimos reconciliados con Dios todos los que hemos acudido por la fe, para apropiarnos de esta gracia. Este hecho, la justificación, es lo que permite que tengamos paz con Dios.

Esta paz no se encuentra en ningún otro lugar más que en la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo en la cruz, puesto que Dios quedó absolutamente satisfecho en la demanda de su justicia, en cuanto al castigo del pecado. Así queda demostrado el otro aspecto de la virtud de la naturaleza divina: el amor. Justicia y amor son los extremos del carácter de Dios y ambos aspectos fueron expresados en la obra de la cruz. Es a través de su amor que nos otorga la justificación, que tiene como primer efecto práctico en nuestras vidas la paz con Dios; a partir de ella vienen todas las demás bendiciones del cielo, y sin la cual no tendríamos ninguna.

Esto debería hacernos pensar que lo que el apóstol Pablo quiere en la epístola a los Romanos es hacernos ver cuán firme, completa y sólida es nuestra salvación. La  santificación no es un tema aparte, desconectado, sino la continuación de un mismo tema: Los efectos de la justificación. En realidad, el gran tema de la epístola a los Romanos y en general el de toda la Biblia, es cómo hizo Dios para reunirnos a él; puesto que la caída nos había separado abismalmente de él. Pero la unión con Dios pasaba por la justificación; de ahí la importancia de ver la centralidad de la obra de Cristo en la cruz, cuyo primer efecto, para nosotros, fue darnos la  paz con Dios.

Primero la justicia y luego, la paz. A partir de este punto, se desata la bendición de Dios abarcando todas sus riquezas, lo que hace glorioso el evangelio de nuestra salvación.

El ser salvos por Su muerte y por Su vida, el ser trasladados de Adán a Cristo; nuestra unión en la muerte y resurrección conjunta con Cristo; el que Dios nos haya cambiado de régimen –de la ley a la gracia–; el vivir una vida triunfante por la ley del Espíritu de vida en Cristo; y la multiforme gracia de Dios en los diversos servicios en el cuerpo de Cristo; todos estos temas, que abarcan el resto de la epístola a los Romanos, son una realidad a partir de la justificación.

Por eso el gran tema de Romanos tiene que ver con «los efectos de la justificación» y éste sería el tema que Pablo, de manera tan sistemática, nos presenta en esta epístola, con el objetivo de asegurar a los creyentes en la contundente firmeza de la salvación que Dios nos ha dado en Cristo.

Por lo antes dicho, el creyente no debería aceptar ninguna acusación en su mente, venga de donde venga, pues si Dios declaró la paz para todo aquel que cree ¿quién podrá acusar o condenar a los que Dios justificó?

El que ha sido justificado, comienza su vida cristiana con fe y continúa por la fe, permaneciendo en el don gratuito con que Dios le ha favorecido: el perdón de los pecados mediante la fe en la obra justificadora. Pecados vendrán, pero ni uno de ellos podrá apartar al cristiano del amor de Dios, pues el que cree sabe lo que tiene: «entrada por la fe a esta gracia» (Rom. 5:2).

Si bien es cierto que el pecado nos separa de Dios, es muy cierto que la justificación nos restaura a la comunión con Dios. Cualquiera que no sepa lo que Dios nos ha dado en Cristo, podría tomar esto livianamente como licencia para seguir pecando. No obstante, los que conocen de verdad la gracia de Dios, saben que el creyente no solo ha encontrado la dicha de la paz con Dios, sino también la dicha de la paz de Dios. Una vez que el cristiano ha experimentado esta dicha, no permitirá que nada lo aparte de este disfrute; si peca, no encontrará deleite en eso, por muy placentero que se muestre el pecado; finalmente, se volverá al único y perfecto placer: el de la paz con Dios y la paz de Dios.

 

Paz con Dios y paz de Dios

La paz con Dios es una cosa y la paz de Dios es otra. La paz con Dios implica que había una enemistad que fue resuelta con la reconciliación efectuada por Cristo en la cruz. La paz de Dios es algo completamente orgánico, y por lo tanto subjetivo. Mientras la paz con Dios es algo objetivo y, por lo tanto, algo que ocurrió en primera instancia fuera de nosotros en la cruz; la paz de Dios nos viene por la gracia infusa; es lo que Dios, por su Espíritu, puso dentro de nosotros cuando creímos. La paz con Dios es la gracia desde el punto de vista de lo legal; en cuanto a nuestra relación con Dios. Antes de gozar de la paz de Dios había que atender la causa por la cual estábamos desligados de Dios; allí parte todo en cuanto a la obra de recuperación de lo que se había perdido. Fuimos creados para ser uno con Dios, para contemplarle cara a cara, para participar de su naturaleza divina, para ser semejantes a él llevando su imagen, su gloria, su vida, su reino. Pero la caída afectó esa posición desvinculándonos de Dios al punto de lanzarnos a una destitución caótica, tornándonos enemigos de Dios, extraviados, al punto de no poder hacer nada por nosotros mismos para remediar tal fatalidad.

Vinimos a ser calificados como «hijos de ira» (Ef. 2:3). Fuimos entregados a «una mente reprobada… atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades, murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia» (Rom. 1:28-31), y a esta lista habría que añadir muchas descalificaciones más para referirnos al estado caído del hombre que estaba enemistado con Dios. Era este hombre el que necesitaba desesperadamente tener paz con Dios. Era ésta la gravedad de la distancia abismal que había entre Dios y el hombre, distancia que no se podía zanjar de otro modo que no fuese por medio del precio pagado por Cristo en la cruz.

Todo eso fue causado por un desacato, un solo acto de desobediencia, por el primer hombre Adán. Para un Dios perfectísimo, como el que se nos ha revelado en el macro y microcosmos de un modo natural, y de una manera especial en Jesucristo por las Sagradas Escrituras; ese simple detalle de un acto en contra de la voluntad de Dios trajo consigo la ruina de toda la humanidad. Y es que en Dios no hay errores, ni uno solo; en él no hay tinieblas ni puede haberlas, ni las habrán jamás. Fue por la conducta intachable del Segundo Hombre, que se consiguió regresar para ser amigos de Dios. Fue «por medio de nuestro Señor Jesucristo», como dice Pablo, que tenemos paz para con Dios. Esto era imprescindible antes de gozar de la paz de Dios.

Pablo se refiere a la paz de Dios como algo que «sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4:7), y es que Dios es la fuente de toda paz. Una cosa es tener paz con Dios por la obra que él hizo en Cristo, y otra cosa es tener la paz de Dios que es él mismo, la paz que es inherente a su persona y que nos fue infundida cuando creímos. Jesús prometió a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy», y «estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz» (Jn. 14:27; 16:33). Ofreció «descanso para nuestras almas» (Mat. 11:29); es el «príncipe de paz» prometido en Is. 9:6. Lloró lamentando que Jerusalén despreciara su paz: «Oh, si también tú conocieses… lo que es para tu paz» (Luc. 19:42). Pablo dice que Cristo «vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca» (Ef. 2:17). «No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos» (Is. 57:21).

El pecado hace al hombre huir de Dios, pero aquel que se aferra de la gracia que Dios ha dado en Cristo, estando en paz con Dios, se deleita en la paz de Dios y permanece en ella, sabiendo que Dios recibe con agrado a la «…gente justa guardadora de verdades. Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera…» (Is. 26:2-4). Pudiera ser que a un cristiano inmaduro le importara nada más que el perdón de Dios; si tan solo consigue estar en paz con Dios y su conciencia, eso le sería suficiente. Pero el cristiano maduro irá más allá, buscando no solo la paz con Dios y consigo mismo, sino la paz de Dios, pues esta realidad espiritual es lo que nos permite tener contacto con Dios mismo y no tan solo con una de sus obras. La cual, siendo la primera y la más importante, por ser esta obra  la que nos abre la puerta a todas las demás bendiciones, no obstante, una cosa es disfrutar las bendiciones de Dios y otra mucho más rica es disfrutarlo a él mismo, porque él es la fuente de toda bendición. Dios guardará en completa paz…  quiere decir que hay una paz que, siendo verdadera, no es completa; ésta es la paz con Dios. La paz completa consiste en que, teniendo la paz con Dios, disfrutemos la paz de Dios, para lo cual es necesario permanecer en él con nuestro pensamiento.

La fe es la herramienta que se apropia de la paz con Dios; en tanto que para gozar de la paz de Dios, se requiere de nuestra confianza y obediencia. Según Filipenses 4:9, «esto haced, y el Dios de paz estará con vosotros». Es confianza en lo que Dios ha dicho y ha hecho en Cristo; es obediencia a la fe respaldada por la gracia de Dios. Fe y obediencia son dos categorías de palabras que van juntas en el acercarse y en el caminar con Dios. La fe nos acerca a Dios y la obediencia nos hace caminar con él; pero el común denominador es la gracia de Dios.

Todas las barreras que impedían el acceso a Dios fueron removidas con la obra de Cristo; toda enemistad quedó resuelta; los velos fueron quitados y se produjo el acceso a la gracia de Dios «en la cual estamos firmes». Esto implica una afirmación contundente en relación a la seguridad de la completa salvación que tenemos en Cristo, y todo esto hace que Dios se nos revele más glorioso, por la gloria de la salvación con que nos ha favorecido.

Roberto Sáez