Una revista para todo el Cuerpo de Cristo · Nº 61 · 2010

LEGADO

Cómo llegar a ser pescadores de hombres

C. H. Spurgeon

"Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres" (Mateo 4:19).

Cuando Cristo nos llama por su gracia, nosotros debemos no sólo recordar lo que somos, sino también pensar en lo que él puede hacer de nosotros. «Venid en pos de mí, y os haré...». Debemos arrepentirnos de lo que hemos sido, pero regocijarnos en lo que podemos ser. No es: «Síganme, debido a lo que ya ustedes son», ni: «Síganme, porque ustedes pueden hacer algo por sí mismos», sino: «Síganme, debido a lo que yo les haré ser».

Cierto, debo decir que todos nosotros tan pronto como nos convertimos, «aún no se ha manifestado lo que hemos de ser». No parecía probable que unos humildes pescadores se convertirían en apóstoles; que hombres tan útiles con la red serían aptos en casa para predicar sermones e instruir a los convertidos. Uno diría: «¿Cómo puede ser esto? No se puede convertir en fundadores de iglesias a los campesinos de Galilea».

Eso es exactamente lo que hizo Cristo; y cuando nos acercamos cabizbajos ante la mirada de Dios por un sentido de nuestra propia indignidad, podemos sentirnos alentados a seguir a Jesús debido a lo que él puede hacer de nosotros. ¿Qué decir de la mujer de espíritu afligido cuando ella elevó su canción? «Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes...» (1 Samuel 2:8). No podemos decir lo que Dios puede hacer de nosotros en la nueva creación, ya que habría sido en absoluto imposible haber previsto lo que él hizo del caos en la vieja creación.

¿Quién podría haber imaginado todas las cosas bellas que salieron de la oscuridad y el caos, a partir de aquella orden: «Sea la luz»? ¿Y quién puede decir cuán hermosa muestra de todo lo que es divinamente justo, aparece en la vida antes a oscuras de un hombre a quien la gracia de Dios ha dicho: «Sea la luz»? Oh, ustedes que al presente no ven en sí mismos nada de lo que es deseable, vienen y siguen a Cristo por causa de lo que él puede hacer de ustedes. ¿No oyen su dulce voz llamándoles y diciendo: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres»?

Luego, noten que nosotros no fuimos hechos todo lo que seremos, ni todo lo que deberíamos ser, cuando fuimos pescados y capturados. Esto es lo que la gracia de Dios hace por nosotros al principio; pero no es todo. Nosotros somos como peces que vivimos en el pecado como nuestro elemento; y el buen Señor viene, y con la red del evangelio nos toma y nos liberta de una vida de amor al pecado.

Pero, cuando él ha hecho esto, aun no ha forjado en nosotros todo lo que él puede hacer, ni todo lo que desearíamos que él haga; ya que es distinto y mayor el milagro de que nosotros, siendo peces, lleguemos a ser pescadores: Los salvados son hechos agentes de salvación; los convertidos, instrumentos de conversión; los receptores del evangelio, transmisores de ese mismo evangelio a otras personas. Creo que puedo decir a cada uno de ustedes: ‘Si tú mismo has sido salvado, la obra estará hecha a medias hasta que  te ocupes en llevar a otros a Cristo’. Hasta aquí, estas formado sólo a la mitad de la imagen de tu Señor. No alcanzarás el pleno desarrollo de la vida de Cristo en ti a menos que hayas comenzado, de alguna manera,  a hablar a otros de la gracia de Dios. Y confío en que no darás descanso a tus pies hasta que hayas sido el medio de llevar a muchos ese bendito Salvador que es tu confianza y tu esperanza. Su palabra es: «Síganme», no sólo para que puedan ser salvos, ni aun para ser santificados; sino: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

Sigan a Cristo con esa intención y ese objetivo; y tengan temor de no estar siguiéndolo perfectamente a menos que en algún grado él los esté utilizando como pescadores de hombres. El hecho es que cada uno de nosotros debe tomar el oficio de cazador de hombres. Si Cristo nos ha atrapado, debemos capturar a otros. Si hemos sido aprisionados por él, debemos ser sus alguaciles para atrapar a los rebeldes. Debemos pedirle que nos dé la gracia para ir a pescar y así lanzar nuestras redes para capturar una gran multitud de peces. ¡Oh, que el Espíritu Santo pueda levantar entre nosotros maestros pescadores, que lleven sus barcas a muchos mares, para recoger grandes cardúmenes de peces!

Mi enseñanza ahora será muy sencilla, pero espero ser eminentemente práctico; porque mi anhelo es que ninguno de los que aman al Señor flaquee en su servicio. ¿Qué dice el Cantar de Salomón con respecto a cierta oveja que sube desde el lavadero? «Todas con crías gemelas, y ninguna entre ellas estéril». ¡Sea así con todo el pueblo cristiano!

De hecho, el día es muy oscuro. Los cielos se cubren con pesadas nubes de tormenta. Los hombres no imaginan que las tempestades puedan pronto sacudir la ciudad y todo el tejido social de esta tierra, hasta una ruptura general de la sociedad. Tan oscura puede llegar a ser la noche que las estrellas parezcan caer como frutos malogrados del árbol. Los tiempos son malos. Hoy, como nunca antes, cada luciérnaga debe mostrar su brillo. Ustedes, aun con la vela más diminuta, deben tomarla de debajo el almud y ponerla en un candelero. Hay necesidad de todos ustedes. Lot era una pobre criatura, un tipo muy miserable de creyente; pero aun así, pudo haber sido una gran bendición para Sodoma.  Pero no intercedió como debería haberlo hecho. Y los pobres cristianos, como me temo que muchos son, empiezan a valorar cada alma verdaderamente convertida en estos días malos y a orar para que cada uno pueda glorificar al Señor.

Ruego que cada hombre justo que se siente molesto con el hablar de los malvados, pueda ser más impertinente en la oración, como nunca antes, y volverse a su Dios para obtener más vida espiritual, para poder ser bendición a las personas que perecen a su alrededor. Por lo tanto, les hablo con este pensamiento primordial. ¡Oh, que el Espíritu de Dios pueda hacer que cada uno de ustedes sienta su responsabilidad personal!

Aquí, para los creyentes en Cristo, para que ellos sean útiles, hay una tarea a realizar. «Venid en pos de mí...». Pero, en segundo lugar, hay algo que realizará su gran Señor y Maestro: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Ustedes no crecerán como pescadores por sí mismos, pero esto es lo que hará Jesús por ustedes si sólo le siguen. Y luego, por último, aquí hay una buena ilustración, usada como solía hacerlo nuestro gran Maestro; porque rara vez hablaba al pueblo sin una parábola. Él nos presenta una ilustración de lo que deberían ser los hombres cristianos: Pescadores de hombres. De ella, podemos obtener algunas sugerencias útiles, y ruego que el Espíritu Santo las bendiga para nosotros.

 

I.  Lo que Hacemos Nosotros

Seguir a Cristo

En primer lugar, entonces, damos por hecho que todo creyente quiere ser útil. Si no es así, me permito preguntarme si puede ser un verdadero creyente en Cristo. Bien, entonces, si quieres ser realmente útil, aquí hay ALGO QUE PUEDES HACER CON ESE FIN: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

¿Cuál es el camino para convertirse en un predicador eficiente? «Joven», dice alguien, «vé a la universidad». «Joven», dice Cristo, «sígueme, y yo te haré un pescador de hombres». ¿Cómo puede una persona ser útil? «Asiste a un curso de entrenamiento», dice uno. Correcto; pero hay una respuesta más segura que ésa: Sigan a Jesús y él los hará pescadores de hombres.

La gran escuela de formación para los obreros cristianos tiene a Cristo por cabeza; y él está a la cabeza, no sólo como un tutor, sino también como un líder. Nosotros no sólo aprendemos de él estudiando, sino siguiéndolo en la acción: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». La dirección es muy clara y simple, y creo que es exclusiva, porque ningún hombre puede convertirse en un pescador por ningún otro proceso. Este proceso puede parecer muy sencillo; pero ciertamente es el más eficiente. El Señor Jesucristo, que sabía todo sobre la pesca de hombres, fue el propio dador de la regla: «Síganme, si desean ser pescadores de hombres. Si quieren ser útiles, permanezcan en mi camino».

Comprendo esto, primero, en este sentido: Ser separados para Cristo. Estos hombres iban a abandonar sus actividades; iban a dejar a sus compañeros; ellos fueron, de hecho, apartados del mundo, para que su único oficio fuese ser, en el nombre de su Maestro, pescadores de hombres. No todos somos llamados a abandonar nuestras ocupaciones cotidianas o a dejar nuestras familias. Eso sería más bien escapar de la pesca que trabajar en ella en el nombre de Dios.

Pero somos llamados más claramente a salir de entre los impíos; a apartarnos y no tocar cosa impura. No podemos ser pescadores de hombres si permanecemos entre los hombres, en el mismo elemento que ellos. Los peces no serán pescadores. El pecador no convertirá al pecador. El hombre impío no convertirá al hombre impío; y, lo que es más sutil, el cristiano mundano no convertirá al mundo. Si eres del mundo, sin duda el mundo amará lo suyo; pero tú no podrás salvar al mundo. Si vives oscuramente y perteneces al reino de las tinieblas, no podrás remover las tinieblas. Si marchas con los ejércitos del inicuo, no podrás derrotarlos.

Creo que una de las razones por las cuales la iglesia de Dios tiene hoy poca influencia sobre el mundo, radica en que el mundo tiene mucha influencia sobre la iglesia. Hoy en día oímos a los No Conformistas alegando que ellos pueden hacer esto y aquello – cosas por las cuales sus antepasados puritanos habrían muerto más bien en la hoguera, antes de haberlas tolerado–. Abogan por vivir como mundanos. Mi triste respuesta a aquellos que anhelan esa libertad, es: «Hazlo si te atreves. No te puede hacer mucho daño, porque ya eres muy malo. Tus antojos muestran cuán podrido está tu corazón. Si tienes hambre después de tal comida de perros, anda y come de la basura. Las diversiones mundanas son alimentos aptos para meros simuladores e hipócritas. Si ustedes fuesen hijos de Dios, detestarían el pensamiento mismo del disfrute malvado del mundo, y su pregunta no sería: «¿Hasta dónde podemos ser como el mundo?», sino que su clamor sería: «¿Cuán lejos podemos apartarnos del mundo? ¿Cuánto más podemos salir de él?». Su tentación, en un tiempo como este, debería estar en convertirse más bien en puritanos ultra severos en su separación del pecado,  que en preguntar: «¿Cómo puedo hacer yo lo mismo que hacen otros hombres y actuar como ellos?». Hermanos, la utilidad de la iglesia en el mundo debiera ser como la sal en medio de la putrefacción; pero si la sal ha perdido su sabor, ¿para qué sirve? Si la sal misma pudiera corromperse, no podría haber sino un aumento y una intensificación de la corrupción general.

El peor día que el mundo vio jamás fue aquel en que los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres. Entonces vino el diluvio; porque la única barrera contra una inundación de venganza en este mundo es la separación entre el santo y el pecador. Tu deber como cristiano es mantenerte firme en tu propio lugar vuelto hacia Dios, aborreciendo aun las prendas manchadas por la carne, resolviendo, como uno de aquellos antiguos, que otros hagan lo suyo propio, mientras en cuanto a ti, tú y tu casa servirán al Señor.

Vengan, hijos de Dios, ustedes deben salir con su Señor fuera del campamento. Jesús les llama hoy diciéndoles: «Venid en pos de mí». ¿Fue Jesús hallado en el teatro? ¿Frecuentaba él los deportes del hipódromo? ¿Piensan ustedes que Jesús fue visto en alguna de las diversiones de la corte herodiana? No. Él era «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores». En un sentido, nadie se mezcló con los pecadores tan completamente como lo hizo él cuando, como un médico, estuvo entre ellos curando sus males; pero en otro sentido, hubo un abismo abierto entre los hombres del mundo y el Salvador, que él nunca intentó cruzar, y que los hombres no podían cruzar para enlodarlo a él. La primera lección que la iglesia tiene que aprender es la siguiente: Sigan a Jesús en el estado de separación, y él les hará pescadores de hombres. A menos que ustedes tomen su cruz y protesten contra un mundo impío, no pueden esperar que el Jesús santo les haga pescadores de hombres.

 

Vivir con Cristo

Un segundo significado muy evidente de nuestro texto es éste: Vivan con Cristo y entonces serán hechos pescadores de hombres. Los discípulos, a quienes Cristo llamó, fueron a vivir con él. Fueron cada día a asociarse con él. Fueron a oírle enseñar públicamente el evangelio eterno, y además recibieron explicaciones selectas en privado de la palabra que él había hablado. Ellos fueron sus servidores cercanos y sus amigos personales. Ellos vieron sus milagros y oyeron sus oraciones; y, mejor aún, iban a estar con él y a convertirse en uno con él en su obra santa. Les fue dado a ellos sentarse a la mesa con él, y aun sus pies fueron lavados por él. Muchos de ellos cumplieron esta palabra: «Dondequiera que vivieres, viviré». Estuvieron con él en sus aflicciones y persecuciones. Fueron testigos de sus agonías secretas; vieron muchas de sus lágrimas; observaron la pasión y la compasión de su alma y así, después de todo esto, captaron su espíritu, y de ese modo aprendieron a ser pescadores de hombres.

A los pies de Jesús debemos aprender que el arte y el misterio de ganar almas. Porque vivir con Cristo es la mejor preparación para ser útil. Es una gran bendición para cualquier hombre asociarse con un ministro cristiano cuyo corazón arde. La mejor formación para un joven es aquella que los pastores valdenses solían dar, cuando cada hombre anciano tenía un hombre joven con él, que caminaba con él cuando subía la ladera de la montaña para predicar y vivía en la casa con él, y este oía sus oraciones y veía su piedad diaria.

Esta era una instrucción fina; pero no es comparable con aquella de los apóstoles que vivieron con Jesús y fueron sus compañeros cotidianos. La formación de los Doce fue inigualable. ¡No es de extrañar que llegaran a ser lo que fueron con semejante tutor celestial saturándoles con su propio espíritu! Hoy en día, la presencia corporal de él no está entre nosotros; pero su poder espiritual es quizás más plenamente conocido para nosotros de lo que fue por los apóstoles en esos dos o tres años de presencia física del Señor.

Hay algunos de nosotros con quienes él es más íntimo y cercano. Sabemos más acerca de él que acerca de nuestro amigo más querido en la tierra. Nunca hemos podido leer totalmente el corazón de nuestro amigo en todos sus vericuetos y sinuosidades, pero conocemos el corazón del Bienamado. Hemos reclinado la cabeza en su pecho y hemos disfrutado de una comunión con él como no podríamos tener con ninguno de nuestros propios familiares. Este es el método más seguro para aprender a hacer lo bueno.

Vivan con Jesús, sigan a Jesús y él los hará pescadores de hombres. Vean cómo él obra y aprenderán a hacerlo ustedes mismos. Un hombre cristiano debe ser un aprendiz enlazado a Jesús para aprender la tarea del Salvador. Nosotros nunca podemos salvar hombres ofreciendo  redención, pues no tenemos ninguna que presentar; pero podemos aprender cómo salvar hombres advirtiéndoles que huyan de la ira venidera y presentándoles el único gran remedio eficaz. Vean cómo Jesús salva, y sabrán cómo se hace. No existe otra forma de aprender esto. Vive en comunión con Cristo y habrá sobre ti el aire y la manera de aquel que ha sido hecho en corazón y mente apto para enseñar y sabio para ganar almas.

 

Obedecer a Cristo

Sin embargo, podemos dar un tercer significado a este: «Venid en pos de mí», y es: «Obedézcanme, y entonces sabrán qué hacer para salvar hombres». No podemos hablar de nuestra comunión con Cristo o de nuestra separación del mundo para él, a menos que hagamos de él nuestro Maestro y Señor en todo. Si algunos maestros públicos no son consecuentes en todos los puntos de sus convicciones, ¿cómo pueden buscar una bendición?

Un hombre cristiano deseoso de ser útil, debería ser muy preciso con relación a cada punto de la obediencia a su Maestro. Sin duda, Dios bendice nuestras iglesias aun cuando sean muy defectuosas, porque su misericordia permanece para siempre. Cuando hay una medida de error en la enseñanza y una medida de error en la práctica, él todavía puede utilizar el ministerio, porque su gracia es admirable. Pero una gran medida de bendición debe ser necesariamente retenida de toda enseñanza que sea deliberada o notoriamente defectuosa. Dios puede poner su sello sobre la verdad que hay en ello, pero él no puede confirmar el error que está allí. De los errores acerca de las ordenanzas cristianas y otras cosas, sobre todo los errores en el corazón y el espíritu, pueden venir males que nosotros nunca buscamos. Tales males pueden estar operando aun ahora sobre la edad presente, y pueden causar daños aún peores sobre las generaciones futuras. Si deseamos ser ampliamente utilizados por Dios como pescadores de hombres, debemos imitar a nuestro Señor Jesús en todo y obedecerle en cada punto.

El fracaso en la obediencia puede conducir al fracaso en el éxito. Cada uno de nosotros, si desea ver a su hijo salvado, a su clase de escuela dominical bendecida, o a su congregación convertida, debe cuidar que, estando al cuidado de los vasos del Señor, él mismo esté limpio. Cualquier cosa que hagamos que contriste al Espíritu de Dios quita de nosotros alguna parte de nuestro poder para el bien.

El Señor es misericordioso y lleno de gracia; sin embargo, es un Dios celoso. A veces es severamente celoso cuando su pueblo vive descuidando su deber conocido o en asociaciones que no son limpias ante Sus ojos. Él marchitará la obra de ellos, debilitará sus fuerzas y les humillará, hasta que digan finalmente: «Mi Señor, quiero tomar tu camino. Quiero hacer lo que tú me invitas a hacer, porque de otra forma tú no me aceptarás».

El Señor dijo a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo», y les prometió señales que les seguirían, y así lo hicieron. Debemos volver a la práctica y a la enseñanza apostólica. Ignorando los mandamientos de los hombres y la vanidad de nuestra propia mente, debemos hacer lo que Cristo nos dice, como Cristo lo dice, y porque Cristo lo dice. Definitiva y claramente, debemos tomar el lugar de siervos; y si no lo hacemos, no podemos esperar que nuestro Señor trabaje con nosotros y por nosotros. Debemos decidirnos a que, tan real como la aguja señala al polo, verdadero sea,  en lo que respecta a nuestra luz, el mandato de nuestro Señor y Maestro: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Esta enseñanza parece decir: «Si vas más allá de mí, o más atrás de mí, podrás arrojar la red; pero la noche estará sobre ti, y en esa oscuridad no hallarás nada. Cuando hagas lo que yo te digo, lanzarás tu red al lado derecho de la barca, y hallarás».

Una vez más, creo que aquí hay una gran lección para aquellos que predican sus propios pensamientos en lugar de exponer los pensamientos de Cristo. Los discípulos siguieron a Cristo para oírlo a él, escuchar lo que tenía que decir, beber de su enseñanza y entonces ir y enseñar lo que él les había enseñado. Su Señor les dice: «Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas».

Si ellos fueren reporteros fidedignos del mensaje de Cristo, él les haría «pescadores de hombres». Pero ustedes conocen el método jactancioso de hoy en día: «Yo no voy a predicar este evangelio tan anticuado, esta oxidada doctrina puritana. Me sentaré en mi estudio hasta que las velas no ardan e inventaré una nueva teoría; entonces, saldré con mi pensamiento totalmente nuevo y alumbraré lejos con él». Muchos no están siguiendo a Cristo, sino a sí mismos y de ellos bien puede decir el Señor: «Ustedes verán cuál palabra permanece, la mía o la de ustedes».

Otros son perversamente prudentes y juzgan que ciertas verdades, que son evidentemente, palabra de Dios, sería mejor mantenerlas guardadas. Usted no debe ser áspero, sólo debe profetizar cosas suaves. Hablar sobre el castigo del pecado, y el castigo eterno, ¿para qué? Son doctrinas anticuadas. Puede que ellas se enseñen en la palabra de Dios, pero no se ajustan a la época actual. Debemos reducirlas. Hermanos en Cristo, yo no tendré parte alguna en esto. ¿Y ustedes? Oh, alma mía, no entres tú en el secreto de ellos! Nuestra edad ilustrada ha descubierto ciertas cosas que no se enseñan en la Biblia. La Evolución puede ser claramente opuesta a la enseñanza de Génesis, pero eso no importa. No vamos a ser creyentes de la Escritura, sino pensadores originales. Tal es la ambición vanagloriosa de nuestro tiempo.

Noten ustedes, el vicio de esta generación aumenta en proporción a la predicación de la teología moderna. En gran medida, atribuyo lo licencioso de esta era al relajamiento de la doctrina predicada por sus maestros. Desde el púlpito enseñan al pueblo que el pecado es una insignificancia. Desde el púlpito estos traidores a Dios y a su Cristo han enseñado a la gente que no hay ningún infierno al cual temer. Un infierno pequeño, mínimo, tal vez, puede haber; pero el justo castigo por el pecado es invalidado. El precioso sacrificio expiatorio de Cristo ha sido ridiculizado y tergiversado por aquellos que se habían comprometido a predicarlo. Han dado a la gente el nombre del evangelio, pero el evangelio en sí mismo se ha evaporado en sus manos. Desde centenares de púlpitos el evangelio se ha ido extinguiendo limpiamente, tal como el pájaro dodo de sus antiguas guaridas; y aún así los predicadores toman la posición y el nombre de ministros de Cristo.

Bueno, ¿y cuál es la consecuencia de ello? Que sus congregaciones crecen más y más débiles; y así debe ser. Jesús dice: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres»; pero si vas por tu propio camino, con tu propia red, no lograrás nada, y el Señor no te promete ayuda de esa manera. Los mandatos del Señor hacen de él nuestro líder y ejemplo. «Ven en pos de , sígueme a , predica mi evangelio. Predica lo que yo predico; enseña lo que yo enseño y permanece en eso». Con la bendita actitud de siervos, cuya ambición es ser imitadores y nunca ser originales, copien a Cristo incluso en jotas y tildes. Háganlo, y él les hará pescadores de hombres; de otro modo, ustedes pescarán en vano.

 

Santificarnos

Cierro esta parte del discurso diciendo que no seremos pescadores de hombres a menos que sigamos a Cristo en otro rasgo; y es, esforzándonos, en todos los puntos, por imitar su santidad. La santidad es el poder más real que puede ser poseído por hombres o mujeres. Nosotros podemos predicar la ortodoxia, pero también debemos vivir la ortodoxia. Dios prohíbe que prediquemos otra cosa; pero todo será vano, a menos que exista una vida que respalde el testimonio.

Un predicador impío aun puede volver la verdad despreciable. En la medida en que alguien retrocede de una vida de celosa santificación, retrocederá desde el lugar de poder. Nuestro poder radica en esta palabra: «Síganme». Ser como Jesús. En todas las cosas, esfuércense en pensar, hablar y actuar como Jesús lo hizo, y él los hará pescadores de hombres. Esto requerirá negarse a sí mismos, tomar su cruz cada día.

Esto puede requerir la voluntad de renunciar a nuestra reputación – estar dispuestos a ser tenidos por necios, idiotas y cosas por el estilo, tal como los hombres suelen llamar a aquellos que permanecen con su Maestro. Debe haber la alegre renuncia a todo aquello que se vea como honra y gloria personal, para que podamos ser totalmente de Cristo y glorificar su nombre. Tenemos que vivir su vida y estar dispuestos a morir su muerte si es necesario.

Oh hermanos y hermanas, si hacemos esto y seguimos a Jesús, poniendo nuestros pies en las huellas de sus pies horadados, él nos hará pescadores de hombres. Si a él le place que nosotros dejemos esta vida sin haber traído muchas almas a la cruz, hablaremos desde nuestras tumbas. De una manera u otra, el Señor hará que una vida santa sea una vida influyente. No es posible que una vida que puede ser descrita como la de un seguidor de Cristo sea una vida infructuosa a los ojos del Altísimo. Si tras el «Sígueme» hay un «Voy», Dios jamás se retractará de su palabra: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

Hasta aquí el primer punto. Hay algo que nosotros debemos hacer: por gracia, fuimos llamados a seguir a Jesús. Espíritu Santo, guíanos a hacerlo.

 

II. Lo que Cristo Hace

Pero en segundo lugar, brevemente, hay ALGO QUE HACE EL SEÑOR. Cuando sus siervos amados le siguen, él dice: «Os haré pescadores de hombres», y nunca olvidemos que es él quien nos hace seguirle; por lo cual, si seguirle a él es el paso para ser pescadores de hombres, aun eso mismo nos lo da él. Me he referido a aprehender su espíritu, a morar en él, a obedecerle a él, a oírle a él y a imitarle a él; pero no podemos apartar ninguna de estas cosas de Su obra total en nosotros. «De mí será hallado tu fruto», es un texto que no debemos olvidar nunca. Por lo tanto, entonces, si le seguimos, es él quien nos hace seguirle; y así él nos hace pescadores de hombres.

Pero, además, si seguimos a Cristo, él nos hará pescadores de hombres por medio de toda nuestra experiencia. Estoy seguro de que el hombre que realmente está consagrado a bendecir a otros será ayudado en esto por todo lo que él siente, especialmente por sus aflicciones. A menudo me siento muy agradecido a Dios por haber sufrido terribles depresiones de espíritu. Conozco las fronteras de la desesperación y el borde horrible de ese abismo de oscuridad en la que casi han resbalado mis pies; pero cientos de veces he podido brindar apoyo útil a hermanos y hermanas que han estado en esa misma condición, apoyo que nunca podría haber dado si no hubiese conocido su profundo abatimiento.

Por lo cual creo que aun la experiencia más oscura y más terrible de un hijo de Dios lo ayudará a ser un pescador de hombres, si él quiere seguir a Cristo. Permanece cerca de tu Señor y él hará de cada paso una bendición para ti. Si Dios en su providencia te hace rico, él te equipará para hablarles a aquellos ricos ignorantes y malvados que tanto abundan en esta ciudad y tan a menudo son la causa de su peor pecado. Y si al Señor le place hacerte muy pobre, podrás bajar y hablar con aquellos pobres impíos e ignorantes que tan a menudo son la causa del pecado en esta ciudad y que con tanta urgencia necesitan el evangelio.

Los vientos de la Providencia te llevarán donde puedas pescar hombres. Las ruedas de la Providencia están llenas de ojos, y todos aquellos ojos mirarán el camino para ayudarnos a ser ganadores de almas. A menudo te sorprenderás al encontrar cómo Dios ha estado en una casa que tú visitas: antes de que tú llegaras allí, su mano ha estado obrando en ellos. Cuando deseas hablar con algún individuo en particular, la Providencia de Dios ha estado tratando a esa persona, preparándola justamente para esa palabra que tú podrás decir, pero que nadie sino tú podrías decir. Oh, sé tú un seguidor de Cristo, y hallarás que, por medio cada experiencia a través de la cual estás pasando, él te hará un pescador de hombres.

Más aún, si le sigues, él te hará pescador de hombres por medio de distintas advertencias en tu propio corazón. Hay muchos consejos del Espíritu de Dios que los cristianos no atienden cuando están en una condición insensible; pero cuando el corazón está en paz con Dios y viviendo en comunión con Dios, tenemos una sensibilidad santa, por lo cual no es necesario que el Señor nos grite, pues oímos su silbo apacible. No, él no necesita ni siquiera susurrar. «Tú me guiarás con tu ojo». ¡Ah, cuántos cristianos tozudos como mulas deben ser refrenados y recibir de vez en cuando un golpe del látigo! Pero el cristiano que sigue a su Señor será guiado con ternura. No digo que el Espíritu de Dios te dirá: «Acércate y júntate a ese carro», o que tú oirás una palabra en tu oído; pero en tu alma, tan claramente como el Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro», tú oirás la voluntad del Señor. Tan pronto como veas a un individuo, el pensamiento cruzará tu mente: «Acércate y háblale a esa persona». Cada oportunidad de ser útil será una llamada para ti. Si estás preparado, la puerta se abrirá ante ti y oirás detrás de ti una voz diciendo: «Este es el camino; andad por él». Si tienes la gracia para correr la carrera legítimamente, nunca estarás mucho tiempo sin un indicio sobre la vía perfecta a seguir. Esa vía correcta te llevará al río o al mar, donde podrás lanzar tu red y ser un pescador de hombres.

Entonces, también, creo que el Señor significa con esto que él daría a sus seguidores el Espíritu Santo. Ellos iban a seguirle, y luego, tras haberle visto ascender al lugar santo del Altísimo, permanecerían en Jerusalén por un poco de tiempo, y el Espíritu descendería sobre ellos revistiéndoles con un misterioso poder. Esta palabra fue hablada a Pedro y a Andrés; y ustedes saben cómo se cumplió con Pedro. ¡Qué multitud de peces trajo a tierra la primera vez que él arrojó la red en el poder del Espíritu Santo! «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

Hermanos, no tenemos conciencia de lo que Dios podría hacer por medio de esta compañía de creyentes reunidos en este lugar. Si ahora nosotros fuésemos llenos con el Espíritu Santo, habría bastante para evangelizar esta ciudad. Hay suficiente aquí para ser el medio de la salvación del mundo. Dios salva no por muchos ni por pocos. Pidamos una bendición; y al buscar, oigamos esta voz directa: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

Ustedes están a la orilla del gran mar de la vida humana, la multitud de las almas de los hombres. Ustedes viven en medio de millones; pero si vienen en pos de Jesús y son fieles a él, veraces con él y hacen lo que él les pide, él los hará pescadores de hombres. No digo: «¿Quién salvará esta ciudad?». El más débil será suficientemente fuerte. El pan de cebada de Gedeón golpeará la tienda y la hará caer. Sansón, con la quijada tomada de la tierra, blanqueada por el sol, herirá a los filisteos. No temas, nadie desmaye. Deja tus responsabilidades más cerca de tu Maestro. Que el horror del pecado imperante te haga mirar Su rostro amado, que hace mucho tiempo lloró sobre Jerusalén y ahora llora sobre este lugar. Aprisiónalo y nunca sueltes tu asidero.

Por los fuertes y poderosos impulsos de la vida divina dentro de ti, vivificados y traídos a la madurez por el Espíritu de Dios, aprende esa lección de la boca del Señor: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Tú no eres apto para ello, pero él te capacitará. Tú no puedes hacerlo por ti mismo, pero él te hará hacerlo. Tú no sabes cómo lanzar las redes y traer los cardúmenes de peces a la orilla, pero él te enseñará. Sólo síguele, y él te hará un pescador de hombres.

Quisiera de alguna manera poder decir esto como con voz de trueno, de modo que toda la iglesia de Dios pudiese oírlo. Desearía poder escribirlo con una línea de estrellas en el cielo: «Jesús dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Si olvidas el precepto, la promesa nunca será tuya. Si sigues alguna otra vía, o imitas a algún otro líder, pescarás en vano. ¡Dios nos conceda creer plenamente que Jesús puede hacer grandes cosas en nosotros y luego hacer grandes cosas a través de nosotros, por el bien de nuestros compañeros!

 

III. Cualidades de un Buen Pescador

El último punto pueden desarrollarlo en su totalidad ustedes mismos en sus meditaciones privadas con mucho provecho. Aquí tenemos una figura completa de instrucción. Les daré sólo dos o tres ideas que pueden utilizar. «Yo os haré pescadores de hombres». «Ustedes han sido pescadores de peces: si ustedes me siguen, yo los haré pescadores de hombres».

Un pescador debe ser una persona muy dependiente y debe ser confiado. Él no puede ver los peces. Aquellos que pescan en el mar deben ir y lanzar la red, por así decirlo, a la ventura. La pesca es un acto de fe. He visto a menudo en el Mediterráneo hombres que van con sus barcas y rodean acres de mar con amplias redes; y sin embargo, cuando han arrastrado la red a la orilla, han tenido tanto resultado como el que yo podría poner en mi mano. Unos insignificantes plateados despreciables han sido toda la captura. Sin embargo, ellos han vuelto a arrojar la gran red varias veces al día, aguardando con expectación lo que suceda.

Nadie es tan dependiente de Dios como el ministro de Dios. ¡Oh, esta pesca es una obra de fe! Yo no puedo decir que un alma será traída a Dios por ella. Yo no puedo juzgar si mi sermón será adecuado para las personas que están aquí, sino que creo que Dios me guiará al lanzar la red. Espero que él obre para salvación, y dependo de él para eso. Amo esta dependencia absoluta, y si se me ofreciese un aumento en el poder de la predicación, de tal forma que yo pudiera salvar pecadores, y que estuviera por entero a mi disposición, yo suplicaría al Señor que no me permita tenerlo, ya que es mucho más delicioso ser por completo dependiente de él en todo momento.

Es bueno ser un necio cuando Cristo es hecho tu sabiduría. Es una cosa bendita ser débil si Cristo se convierte más plenamente en tu fuerza. Vayan a trabajar, ustedes que serán pescadores de hombres y sin embargo, sientan su insuficiencia. Ustedes que no tienen fuerzas, acometan esta obra divina. La fuerza de tu Maestro será vista cuando la tuya propia desaparezca. Un pescador es una persona dependiente, él debe buscar el éxito cada vez que dispone la red; pero aún es una persona confiada y por lo tanto, lanza la red con alegría.

Un pescador que subsiste de su oficio es un hombre diligente y perseverante. Los pescadores están en pie al amanecer. Al clarear el día, ellos están pescando, y continúan la faena hasta el final de la tarde. Entre tanto las manos puedan trabajar, los hombres pescarán. ¡Que el Señor Jesús nos haga ser esforzados, perseverantes, incansables pescadores de hombres! «Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello».

El pescador, en su propio arte, es inteligente y atento. Parece muy fácil, me atrevo a decir, ser un pescador, pero ustedes verían que no es un juego de niños si tuvieran que tomar parte real en ello. Hay un arte en ello, desde reparar en forma eficiente la red, hasta traerla a la orilla. ¡Cuán diligente es el pescador para evitar que los peces salten fuera de la red! Oí un gran ruido una noche en el mar, como si algún tambor enorme fuera golpeado por un gigante; me asomé y vi que los pescadores estaban golpeando el agua para conducir los peces a la red, o para impedir que se escaparan cuando ya habían sido capturados.

Tú y yo a menudo tendremos que estar atentos a los extremos de la red del evangelio, no sea que los pecadores que casi están cazados intenten escaparse. Son peces muy astutos, y utilizan esta astucia en su esfuerzo por evitar la salvación. Nosotros tenemos que estar siempre en nuestro oficio, y ejercitar todo nuestro ingenio y más que nuestro propio ingenio, si vamos a ser exitosos pescadores de hombres.

El pescador es una persona muy laboriosa. No es en absoluto un llamamiento fácil. Él no se sienta en un sillón a pescar. Él tiene que salir en tiempos rudos. Si aquel que considera las nubes no sembrará, estoy seguro de que aquel que considera las nubes nunca pescará.

Si nunca hacemos algún trabajo para Cristo excepto cuando nos sentimos reposados, no haremos mucho. Si sentimos que no oraremos porque no podemos orar, nunca oraremos, y si decimos: «No predicaré hoy día porque no creo que pueda predicar», nunca haremos una predicación que valga la pena. Debemos estar siempre en ello, hasta desgastarnos nosotros mismos, dejando toda nuestra alma en la obra de todos los tiempos, por la causa de Cristo.

El pescador es un hombre osado. Él tienta al mar bullicioso. Un poco de salmuera en su rostro no le hiere; ha sido salpicado miles de veces, aquello no es nada para él. Cuando se convirtió en un pescador de mar profundo, nunca esperó dormir en el regazo de lo fácil. Por lo tanto, el verdadero siervo de Cristo que pesca almas nunca tiene como inconveniente un riesgo pequeño.

Él estará obligado a hacer o a decir a muchos alguna cosa que es muy impopular; y algunas personas cristianas incluso pueden catalogar sus declaraciones como demasiado severas. Él debe hacer y decir aquello que es para el bien de las almas. No es lo suyo entretenerse inquiriendo lo que otros piensan de su doctrina, o de él; sino en nombre del Dios Todopoderoso, él debe sentir que: «Si ruge el mar y su plenitud, aún al mandato de mi Maestro lanzaré la red».

Ahora, en último término, el hombre a quien Cristo hace un pescador de hombres es exitoso. «Pero», dice uno, «yo siempre he oído que los ministros de Cristo tienen que ser fieles, pero que ellos no pueden estar seguros de tener éxito». Sí, he oído ese dicho y de una manera sé que eso es cierto, pero en otro sentido tengo mis dudas acerca de ello. Aquel que es fiel es, en el camino y en el juicio de Dios, más o menos exitoso. Por ejemplo, aquí hay un hermano que dice que es fiel. Por supuesto, tengo que creerle, pero nunca he oído hablar de un pecador que haya sido salvado por él. Sin duda, debo pensar que el lugar más seguro para una persona que no quiere ser salvada sería estar bajo el ministerio de este caballero, porque él no predica nada que probablemente despierte, impresione o convenza a alguien. Este hermano es «fiel» porque él lo dice.

Pues bien, si alguna persona en el mundo te dice: «Yo soy un pescador, pero nunca he cogido nada», tú te preguntarías cómo él podría ser llamado un pescador. Un campesino que nunca sembró y cosechó trigo o cualquier otro cultivo, ¿es realmente un agricultor? Cuando Jesucristo dice: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres», quiere decir que ustedes realmente deberán cazar hombres, que realmente salvarán a algunos; porque aquel que nunca ha obtenido un pescado no es un pescador.

Aquel que nunca salvó a un pecador después de años de trabajo no es un ministro de Cristo. Si el resultado de su trabajo de vida es cero, cometió un error al emprenderlo. Vayan ustedes con el fuego de Dios en su mano y láncenlo entre el rastrojo y el rastrojo arderá. Estén seguros de eso. Vé tú y esparce la buena semilla: no todas caerán en lugares fértiles, pero sí algunas de ellas. Puedes estar seguro de eso.

Sólo brillen, y así algún ojo u otro será alumbrado. Ustedes tendrán éxito. Pero recuerden que esta es la palabra del Señor: «Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres». Permanezcan junto a Jesús y hagan lo que Jesús hizo, en su espíritu, y él les hará pescadores de hombres.

Tal vez hablo a un oyente atento que no se ha convertido totalmente. Amigo, tengo lo mismo que decirte. Tú también puedes seguir a Cristo, y entonces él te puede utilizar, aun a ti. No lo sé, pero él te ha traído a este lugar para que puedas ser salvo, y más tarde él puede hacer que hables por su nombre y su gloria.

Recuerden cómo él llamó a Saulo de Tarso y lo hizo apóstol de los gentiles. Los cazadores furtivos recuperados hacen a los mejores guardabosques; y los pecadores salvados llegan a ser los predicadores más hábiles. ¡Ah, si tú pudieras escapar de tu viejo amo ahora, sin darle un minuto de notificación; porque si le das algún aviso, él te retendrá! Corre a Jesús y dile: «¡Aquí está un pobre esclavo fugitivo! Mi Señor, todavía llevo los grilletes en mis muñecas. ¿Puedes librarme y hacerme propiedad tuya?». Recuerda que está escrito: «El que a mí viene, no le echo fuera». Nunca un esclavo fugitivo vino a Cristo en medio de la noche sin ser acogido por él; y él nunca devolvió a alguien a su viejo amo. Si Jesús te hace libre, serás verdaderamente libre. Escapa hacia Jesús, entonces, en un instante. ¡Su buen Espíritu te ayude, y él tarde o temprano hará de ti un ganador de otros para su alabanza! Dios te bendiga. Amén.

Traducido de How To Become Fishers of Men
http://www.spurgeon.org/sermons/1906.htm