Una revista para todo cristiano · Nº 58 · Julio - Agosto 2009

Las obras, los caminos y el propósito de Dios.

Muéstrame tu camino (4)

Dana Congdon

Lecturas: Éxodo 33:12-14; Juan 13:33, 36; 14:1-6, 10, 18-23; 15:4-5.

Vemos en estos dos pasajes a Moisés en el Antiguo Testamento y a los discípulos en el Nuevo, que estaban de cierta manera en posiciones muy similares. Es algo que podemos llamar post-visión y pre-sabiduría.

 

Revelación y visión

Cuando Moisés estaba sobre aquel monte orando, ya había sido cautivado por la visión de Jehová en la zarza ardiente. Pero ustedes saben que hay diferencia entre visión y revelación. Damos gracias al Señor por el Espíritu Santo que nos da espíritu de sabiduría y revelación. Por esa revelación, podemos ver al Señor Jesús y su obra preciosa. Nosotros podemos recibir revelación, pero la visión es algo que nos cautiva.

Nosotros podemos asirnos a una revelación, pero la visión es algo que te atrapa. Muchos en el pueblo de Dios tienen revelación de Jesús, pero cuando tienes una visión de Jesús, así como Pablo en el camino a Damasco, desde ese momento en adelante, tu vida está cautivada. Ya no vives más para ti mismo. Fuiste aprisionado por esa magnífica visión. Esta asombrosa visión de Jesús reinterpreta cada parte de tu vida y ministerio.

De hecho, en estos últimos días, le pedimos al Señor que nos dé visión de sí mismo. No sólo revelación. Aunque una visión es revelación, pero es una revelación que causa un impacto en nuestras vidas para siempre.

Te voy a hacer una pregunta: ¿Ya fuiste cautivado por una visión? Cuando eres cautivado por una visión, tú caes sobre tu rostro, así como Moisés en la cumbre de la montaña. Y dices: ‘Señor, veo que eres el único camino; pero necesito sabiduría para tu pueblo’. Y cuando él ora: «Señor, muéstrame tus caminos», él está sobre su rostro, intercediendo por todos los hijos de Israel.

Si por la gracia de Dios tienes una visión que te cautiva, al mismo tiempo te será dada una carga por todos los hijos de Dios, para que también sean cautivados por esa visión. Moisés ahora está orando por sabiduría. «Muéstrame tus caminos». Moisés podía mirar abajo a la montaña, y porque la tierra prometida es muy pequeña, en un día despejado, de lo alto de esa montaña donde él se encontraba podía ver Cades-Barnea, y él sabía que el Señor les había dicho que fueran y entrasen a la tierra prometida. Él conocía el lugar físico a donde deberían ir. ‘Pero, ¿cómo voy a introducir allí a los hijos de Israel? Ellos no ven; no han sido cautivados’.

Conocemos la historia de Moisés pasando por ese desierto. Él tuvo que llevar una cruz enorme. Frecuentemente, el pueblo se rebelaba contra él, y aun su hermano y su hermana murmuraron contra él. La mayor parte del tiempo, cuando miramos a Moisés en ese desierto, lo vemos sobre su rostro, intercediendo por los hijos de Israel.

Cuando recibimos una revelación del Señor Jesús, somos emancipados, porque vemos que nuestra vida es para él. Y al mismo tiempo que vemos esta visión, una carga viene a nuestro corazón: Que el camino que caminamos pueda reunir a todos sus hijos que están en cautiverio a él mismo.

¿Recuerdan cuando Pedro habla de no estar luchando contra carne y sangre, sino usar poder divino para destruir las fortalezas del enemigo? Él hablaba de la necesidad de los corintios de ser cautivados en su mente. ¡Oh, que ocurra que todos nosotros seamos cautivados por esta visión!

Pero ahí llegamos a ese lugar en que nos preguntamos: ‘Señor, ¿cómo podemos proseguir? Muéstrame tus caminos’. Y el camino de la cruz está delante de nosotros. Y cuando transitamos por ese camino de la cruz, las demás personas alrededor ven la gloria resplandeciendo en tu rostro.

Hay personas que tienen hambre. En toda iglesia en esta nación, Dios tiene sus vencedores, que están hambrientos por el Señor. Siempre que ven un rostro que resplandece, ellos corren a besarlo. No te preguntan cuál es tu denominación; ellos ven a Jesús. Y hay hermanos preciosos en cada denominación. Ellos nadan contra la corriente, tienen hambre por saber más del Señor. «Señor, muéstrame tus caminos». Y de alguna forma el Señor nos reúne en una comunión que trasciende todos los límites.

En el Evangelio de Juan, los discípulos también estaban en una posición parecida. Allí vemos que Pedro tuvo la revelación, sus ojos abiertos para ver que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Eso fue visión, y ellos fueron cautivados. Cuando las personas abandonaban a Jesús, él les preguntó si ellos también querían irse. ¿Cómo sabes que fuiste cautivado? Los discípulos dicen: ‘¿Adónde más iremos? Sólo tú tienes las palabras que necesitamos’.

¿Has sido cautivado por Jesús? Si Jesús te dice: ‘Vete’, tú le vas a decir: ‘No. ¿Adónde más puedo ir?’. A veces, el Señor te da una libertad. ‘Bueno, haz lo que quieres’. Yo espero que tú te vuelvas al Señor y digas. ‘Oh, no, Señor; aunque yo esté luchando contra tu voluntad, aunque yo no esté dispuesto, pero estoy dispuesto a que me hagas dispuesto’. Ah, el Señor va a luchar contigo si le dices eso. Él sabe que has sido cautivado.

Entonces, los discípulos se encontraban en esa posición. No tenían otro lugar donde ir. Habían sido cautivados por la visión. Y un día el Señor les dice: ‘Yo me voy, y ustedes no me verán más’. Y los discípulos se encontraron en el final de sí mismos. ¿Qué vamos a hacer ahora? Todo lo que conocían hasta entonces era el Jesús exterior, el Jesús físico. ¿Qué haremos ahora?

 

La habitación de Dios

Jesús les había dicho: «Edificaré mi iglesia», pero él no les dijo cómo sería edificada la iglesia. Es interesante, cuando lees los evangelios, Jesús no les dio ninguna instrucción. Él no les dijo: ‘Ustedes van a alquilar una casa, y unos ómnibus; van a armar una tienda para predicar el evangelio, eligen unos hermanos y los hacen ancianos’. Nunca les dio instrucción alguna. Y ellos se preguntaban: ‘¿Qué vamos a hacer?’.

El líder se va, ¿y qué hacen ellos ahora? ¿Volver a pescar? ¿Adónde más irán? Ah, Jesús les dice que se va, y vemos que ellos están en una crisis semejante a la de Moisés. Ellos conocen al Señor, pero no saben qué hacer. ¿Qué es la iglesia? Y Jesús empieza a decirles. ‘Tengo que irme a la casa de mi Padre’. ¿Qué pensaron los discípulos? Probablemente pensaron en el templo de Jerusalén. Pero él no quería decir eso.

La Biblia nos dice en Hebreos que Jesús es el edificador de la casa de Dios, cuya casa somos nosotros. Esta es la casa que Jesús quiere construir. Es por esto que Jesús murió en la cruz. Pero los discípulos tienen una mentalidad tan terrenal. Exactamente como nosotros. Es como si quisieran decirle: ‘Jesús, danos una lista de lo que quieres que hagamos, antes que te vayas’.

Entonces, en estos versículos en que habla a los discípulos, él les da una lista. Es así como edificas la iglesia. La lista tiene dos cosas, es una lista muy corta. Número uno, el Espíritu Santo. Cuando él venga, les dirá lo que tienen que hacer. Muy simple. Y la segunda cosa, «Permaneced en mí».

Los discípulos no comprendieron lo que él quería decir. ‘¿Cómo podemos permanecer en ti, si te vas?’. Es como si Jesús les dijera: ‘Yo quiero despertarlos para un entendimiento de lo que la iglesia es. Es nacida del Espíritu, y sigue al Espíritu y permanece en mí’.

Si vemos en el idioma original todo este texto –como saben, el original no está dividido en capítulos– hay una progresión de pensamiento en este pasaje que muchos cristianos todavía no ven. En el capítulo 14 versículo 2, Jesús dice: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay». En nuestras versiones en inglés dice: ‘muchas mansiones’. Y algunas personas piensan: ‘Yo tengo mi mansión cuando llegue a los cielos’. Pero, ¿saben realmente lo que quiere decir? Habitaciones. Hay muchas habitaciones.

Y entonces, en el versículo 10, si todavía no entienden lo que es «permanecer en mí», escuchen: ‘Tú me viste, tú viste al Padre, porque el Padre permanece en mí y yo permanezco en el Padre, y las obras que ustedes ven, vienen del Padre que permanece en mí. Yo los estoy dejando, pero no los estoy dejando. Estoy volviendo a ustedes. Y si ustedes me aman, yo vendré a ustedes, el Padre vendrá a ustedes, y el Espíritu vendrá a ustedes. El Padre estará en ustedes, y ustedes en mí, y yo en ustedes’. Y los discípulos dicen: ‘¿Qué? Es imposible entenderlo’.

Noten lo que dice el versículo 23: «El que me ama, mi palabra guardará, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él». El pensamiento prosigue en el capítulo 15: «Permaneced en mí, y yo en vosotros». Esto es lo que frecuentemente no comprendemos. Entendemos la preciosidad de la vida habitando en Cristo, pero la comprendemos de una forma personal. Pero, saben, él está hablando en realidad de la vida corporativa.

Siempre que él usa el pronombre ‘vosotros’, o ‘ustedes’. En inglés puede ser singular o plural. «Yo voy a permanecer en vosotros, y vosotros permanecéis en mí».

Hermanos y hermanas, esta es la casa, el lugar de habitación. Mientras tú estés aquí en la tierra, la tierra no es tu hogar; pero tienes una habitación. Cuando te reúnes con tus hermanos y hermanas, estás permaneciendo en Cristo. Y cuando él dice: «Yo soy la vid y vosotros los pámpanos», está hablando de esta unidad de permanecer.

Probablemente han oído de Hudson Taylor, el misionero en China. Él sirvió en la Misión al Interior de la China, y sirvió en forma muy dura alrededor del altar de bronce. Él se sentía muy cansado y debilitado, hasta que un día el Señor le mostró: «Yo soy la vid y vosotros los pámpanos», y le abrió el entendimiento. Cuando Jesús dice: «Yo soy la vid», él no se refiere sólo al tronco de la vid. Él dice: «Yo soy el tronco, las ramas, las hojas y el fruto. Y tú eres parte de eso. Y tú tienes que ser un pámpano, que simplemente permite que mi vida fluya a través de ti».

Entonces, hermanos y hermanas, nosotros comprendemos. El Señor nos dice: «Permaneced en mí y yo permaneceré en vosotros», y ¿qué es lo que descubrimos? Es imposible para mí permanecer en Jesús. Yo fácilmente me salgo. Yo vengo a él para permanecer en él, pero muy rápidamente me voy. Hasta que un día comprendo algo: Yo no puedo permanecer en él hasta que comprenda que él permanece en mí. La única manera en la cual yo puedo permanecer en él es por su vida que permanece en mí. ¿Ya descubriste eso?

Y esta palabra nos lleva a la cruz. ¿Por qué? Porque tú no puedes negarte a ti mismo. Todos somos egoístas, y eso nunca va a cambiar. Pero el Cristo crucificado en ti puede hacerte negar a ti mismo. Él te capacita por su gracia para que te niegues a ti mismo. Ah, pero no te gloríes, pues no fuiste tú quien se negó a sí mismo. Fue la gracia de Dios en ti que te capacitó para negarte a ti mismo.

 

La lección del permanecer

Nosotros sabemos que no podemos vivir la vida cristiana. Cristo es nuestra vida. Y es así que aprendemos esta lección del permanecer.

Los discípulos vieron algo en el día de Pentecostés. Ellos no entendían todo ese misterio de permanecer, pero en el día de Pentecostés lo vieron. ¿Cómo lo vieron? Pedro se levantó. Y Rubén se levantó, y Rodrigo se levantó. Y todos se levantaron, y Pedro empezó a hablar. Y todos lo miraron y estaban atónitos. Y decían: ‘¿No es ése Pedro?’. ¡Es el Señor quien está hablando a través de Pedro! Y todos dijeron: ‘¡Es el Señor, es el Señor!’. Tres mil personas dijeron: ‘¡Es el Señor, es el Señor!’.

¡Qué día fue aquél! Y descubrieron otro secreto. Sabemos por el relato en Hechos 2 lo que siguió al día de Pentecostés. Veamos el pasaje en Hechos capítulo 2. Sé que es un versículo muy conocido. Vers. 42: «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan  y en las oraciones».

En el día de Pentecostés, ellos vieron lo que el Señor quiso decir cuando dijo: «Edificaré mi iglesia». Un discípulo habla, el Espíritu Santo convence y las personas vienen a Jesús. Tres mil ciento veinte personas permaneciendo en Cristo, y Cristo en ellas; que se pertenecían los unos a los otros.

¿Puede Cristo edificar su iglesia? Sí, él puede hacerlo. Entonces empezaron a reunirse todos los días. A veces los cristianos se cansan de reuniones. ‘¡Oh, otra reunión. Oh, Dios, dame gracia!’. Especialmente en las reuniones en que tenemos que hacer algo, como orar. ¿Ya notaste que en el día de la reunión empiezas a sentir un poco de malestar y dolor de cabeza, y dices: ‘Tal vez tengo que quedarme en casa’? Pero escuchen, es porque nos olvidamos lo que es la iglesia.

Escuchen, esos discípulos en el principio no tenían ningún edificio; no pensaban en un edificio. Todo lo que sabían era esto: ‘Tenemos que reunirnos’. ¿Por qué? Porque siempre que estamos juntos, Jesús se manifiesta. Y ahora estoy intrigado por saber quién será el próximo que va a hablar, y quién va a ser el que va a sanar. Y nos quedamos maravillados de ver cómo el Señor usa a este hermano o a aquella hermana. Esto es un milagro.

Nosotros conocíamos a la mujer de Pedro antes de Pentecostés. Ella siempre hablaba y hablaba y hablaba. Pero escuchen ahora su testimonio de la grandeza de Jesús. Escuchamos a Jesús. Y el mayor milagro es descubrir que el Cristo que habita en nosotros habla a través de nosotros, y estamos muy entusiasmados.

En las tardes, nadie dormía la siesta; todos corrían para escuchar a Pedro. Y Pedro enseñaba la doctrina de los apóstoles. ¿Cuál es la enseñanza del apóstol? ¿Crees que la doctrina de los apóstoles era: Bueno, te voy a decir las catorce cosas que tienen que ocurrir antes que el anticristo venga en los fines de los tiempos? No, no era eso. Pedro se levantaba, cinco mil personas lo escuchaban. Y él les diría: ‘Ahora les voy a contar lo que pasó cuando íbamos con Jesús caminando por los campos’.

¿Cuál era la doctrina de los apóstoles? ‘Esto es lo que Jesús dijo e hizo’. Eso es lo que él hablaba. Siempre que él les contaba una historia de Jesús, más personas eran salvas. Y las personas decían: ‘¡Vimos a Jesús; él está vivo!’. Y Jesús crecía, y ahora eran tres mil doscientas personas. Cinco mil.

Y cuando tenían comunión, el tema no era: ‘¿Y cómo fue tu viaje a pescar, hermano?’. Era: ‘¿Sabes lo que el Señor hizo hoy en mi vida?’. Y la comunión era: ‘Yo iba manejando por un camino en el campo y mi neumático se desinfló, y un ángel vino y me ayudó a cambiarlo’. Y la hermana decía: ‘Ah y ese mismo ángel vino a mi casa, también, porque mi horno no prendía’. ¡Había tantos testimonios, todos con respecto a Jesús! Y no podían aguantar hasta estar juntos de nuevo.

Entonces, se descubre a Jesús en ti. Lo descubrimos en plenitud unos en otros. ¡Oh, cuán precioso es el cuerpo de Cristo! Perdónanos, Señor, por pensar tan poco de nuestros hermanos y hermanas. Cada uno tiene mucho que contribuir. Y siempre, cada día, en esos días de los Hechos, ellos sentían al Señor cuando alguien se levantaba para compartir.

Ellos recordaban cómo el Señor enseñaba. Era diferente de los rabinos. Los rabinos hablaban, hablaban y hablaban. Pero cuando Jesús hablaba algo, eso quedaba grabado en tu corazón en forma indeleble. Aquellos que escucharon a Jesús hablar, nunca lo olvidaron. Eso es vida.

Una vez pregunté a una hermana china, ya de edad. Ella iba a esas reuniones en la década del 30, con Watchman Nee. Le pregunté: ‘Hermana, ¿qué es lo que recuerdas de aquellas reuniones?’. Y ella me dijo: ‘Bueno, nuestras reuniones eran los martes por la noche, y nosotros terminábamos nuestro trabajo y teníamos que caminar a veces por tres horas para llegar al lugar de reunión. Llegábamos allí, y estábamos muy cansados. Pero cuando nuestro hermano empezaba a enseñar, siempre sentíamos el refrigerio del Señor’.

Esto casi me condena como predicador, cuando veo a las personas dormirse cuando yo hablo. Necesito más de Jesús para compartir algo que quede escrito en tu corazón. El Señor no ministra simplemente a la mente, sino a los corazones. Los judíos memorizaban los Diez Mandamientos y todas las leyes; pero eso no les cambiaba el corazón. Nosotros venimos a Jesús, y el Espíritu empieza a escribir algo en nuestros corazones. Y descubrimos que por la vida de Dios que está en nosotros, podemos obedecer al Señor.

¡Qué vida maravillosa tenían juntos en Jerusalén! Había esas reuniones en las casas. ¿Por qué? Porque Jesús se mostraría allí. No interesaba si Pedro estaba ahí o no. Los santos abrían sus casas; ellos querían hacerlo, porque Jesús se manifestaría. Esa es la vida de permanencia de Cristo. Pero ellos descubrieron también en su vida corporativa que el Señor tenía que podarlos, porque sólo cuando se poda, el cuerpo de Cristo puede permanecer en vida.

 

La presencia del Señor en la iglesia

Ustedes saben que la presencia del Señor es tan preciosa. Pero a veces comprendemos mal qué es la presencia del Señor.

Hay muchas asambleas cristianas que realmente adoran al Señor, y hay una gran bendición del Señor cuando entramos en la adoración. Pero yo puedo hacer una diferencia. A veces, en ese tiempo de adoración, decimos: ‘¡Gracias, Señor, por tu presencia!’. Pero todo lo que hay, de hecho, es su bendición, porque Dios bendice a sus hijos. Pero, ¿dónde está su presencia con sus hijos? Porque donde está de hecho su presencia, tiene que estar su trono entre sus hijos. Y eso quiere decir que en la práctica él tiene que ser Señor sobre la asamblea. Cuando él está entronizado, su presencia está allí. Esa es la posesión más importante para la iglesia.

Recuerden que en el libro de Hechos el Señor tuvo que podar algunas cosas que entraron, que no eran de él. ¿Recuerdan a nuestro amigo Bernabé? Él vio al Señor. Entonces él tomó su propiedad, la vendió y dio el dinero a los apóstoles para que pudieran alimentar a todas esas personas. Y por esa época, muchos de aquellos que visitaron Jerusalén en el día de Pentecostés todavía estaban viviendo en Jerusalén después de seis meses. Y porque tú tenías una casa en Jerusalén, ¡felicitaciones!, tú tienes seis personas viviendo en tu casa, otros seis más, además de los seis de tu familia. Algunos dormían en la cocina. A nosotros nos gusta eso por dos días... ¡pero por dos años! ¡Ay! Especialmente la persona que duerme en la cocina. Tú, para hacer tu café, tienes que saltar por encima de ella. Pero todos querían dar.

Pero entonces vinieron Ananías y Safira, y dieron un dinero, pero tenían ambición. Y el Señor los cortó. Porque necesitamos vida. Necesitamos que todo lo que se haga sea proveniente de la vida del Señor. Aun cuando se da, tiene que ser por la vida del Señor.

A veces veo personas que depositan dinero en la caja de ofrendas; pero es casi como si lo hicieran con la caña de pescar. ¡No, no, no! Si tú das, está dado. No hay una cuerda para que puedas recoger. Pero Ananías y Safira tuvieron que ser podados, porque esa vida que permanece es algo precioso.

En cierto momento, las viudas de origen griego no estaban recibiendo su porción en la distribución. Esa fue una crisis, pero la crisis fue enfrentada con el corazón compasivo de los hermanos. Y Dios levantó a aquellos hermanos para garantizar que todos recibieran su porción. Tú dirías: ‘Eso no es muy importante’. Pero es muy importante. Porque aquellos judíos de origen griego se sentían como ciudadanos de segunda clase. Pero el Señor dijo: ‘Háganlos ciudadanos de primera clase. Eso es muy importante’.

Y tú sabes cómo continúa el libro de los Hechos. Hay un crecimiento de ese permanecer que se desborda a otras ciudades. Es una vida que desborda de Jerusalén a Judea, a Samaria y hasta los confines de la tierra. Pero hay una cruz involucrada. ¿Será que los judíos van a aceptar a los gentiles? ¿Será que los de Jerusalén van a aceptar a los samaritanos? En cada progreso que hubo, fue necesaria la muerte de nuestros prejuicios. Y siempre que un nuevo grupo era abrazado por el amor de Jesús, la iglesia crecía.

¿Te imaginas lo que habrá costado a los hermanos recibir a Pablo, el que los había perseguido? Pero Pablo nos dice que los hermanos lo recibieron de tal manera que le dieron la diestra en señal de compañerismo. Esa vida que permanece es una vida de gracia, es una vida llena de misericordia.

Hoy tenemos que orar: ‘Oh, Señor, muéstranos tu camino en la asamblea’. El Señor está reuniendo millones de personas en su reino. Muchas personas ya fueron salvas y traídas a su reino. Pero todavía no tienen un hogar. Ellos no saben lo que es ese lugar de habitación. Ellos viven y se regocijan en el reino, pero el Señor quiere esa morada que es una novia.

Muchos cristianos están buscando su hogar. Muchos cristianos se van a grandes asambleas, pero se sienten que no están dentro, y desean intensamente un hogar. Cuando ellos están en el hogar y el Señor está en el hogar, esa es la vida preciosa de permanencia.

 

Viviendo la vida corporativa

A medida que vivimos la vida corporativa, el Señor siempre tiene que tratarnos por la cruz, porque la vida de la iglesia es una vida muy espiritual. No hay un edificio; la casa somos nosotros. Podemos reunirnos en una casa, podemos reunirnos en un gran edificio, pero eso no es la iglesia.

Tenemos que entender la naturaleza espiritual del Espíritu Santo en nuestra permanencia en Cristo. El cuerpo de Cristo no puede funcionar sino por el primer amor. ¿Verdad? Tú puedes hacer algo mecánicamente, pero sin el primer amor, no hay cuerpo. Pero, como es verdad con todas las cosas del Señor, el primer amor no es solamente el primer amor para él, sino también el primer amor por los hermanos y hermanas.

Entonces quiero hacer una declaración. Si tú realmente ves, si realmente comprendes esa morada, esto es lo que sé que harás: Tú no puedes aguantar para estar junto a tus hermanos y hermanas. ¿Tienes ese deseo intenso? A veces, las circunstancias te impedirán estar con ellos; pero tiene que haber un deseo en tu corazón.

¿Amas realmente estar con tus hermanos y hermanas? ¿Tú ves al Señor Jesús cuando te reúnes? ¿Quieres conocer más al Señor? Reúnete. No tiene que ser necesariamente la reunión de la iglesia. Una vez visité una asamblea, y fui al estudio bíblico que tenían un viernes por la noche. Treinta y cinco personas se reunían en una casa, y más de veinte de ellos eran jóvenes. ¡Era una reunión muy viva! Cantaban. Un hermano les enseñaba y ellos hacían muchas preguntas. Y ellos contribuían durante la enseñanza preguntando, o con alguna verdad.

Siempre me encanta ir a ese estudio bíblico los viernes. Pero entonces, después se reúnen los domingos. ¡Ayayay! Una reunión terrible, muy pesada. Todo ocurre como por tradición. Se siente como si dijeran: ‘¡Uf, tenemos que venir a esto!’. Todos están mirando el reloj. ‘Oh, todavía tenemos que escuchar otras oraciones’. Y el hermano ministra la palabra, y está seco.

Bueno, es una asamblea, y se reúnen en las casas también. Pero no sé por qué, cuando se reúnen los domingos, es diferente. No es la vida de Cristo permaneciendo. Tienen que permitir que el Espíritu Santo sople los domingos en la mañana, porque falta vida. El Señor quiere podarnos cuando no estamos vivos. Si no le permitimos al Señor que nos pode, siempre la tendencia será hacer las cosas de manera exterior.

Esta es la realidad espiritual de la vida de la iglesia. Ellos permanecieron en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones. Pero cuando perdemos de vista esas cosas, empezamos a desarrollar una mentalidad de reunirnos.

Algunas personas creen que la vida de iglesia es simplemente reuniones. En Estados Unidos hay un dicho terrible, que representa esa mentalidad de reuniones: ‘Voy a la iglesia’. ¡Pero ellos son la iglesia! ¿Cómo vas a ser la iglesia si estás ‘yendo a la iglesia’? Ellos deberían preparar su corazón para ser la iglesia. Pero tienen la mentalidad de reuniones. Y se preguntan: ‘Oh, ¿quién va a hablar este domingo? ¿El hermano fulano? ¡Oh, alabado sea Dios! ¿El hermano tal? ¡Oh, no voy!’.

Cierta vez, yo estaba en una asamblea, y las personas se reunían para oír la predicación, pero no se interesaban por ir al partimiento del pan. Cada vez iban menos personas al partimiento del pan. Todos iban sólo a la predicación. ¿Saben lo que hicimos? Paramos la predicación. Porque el tiempo que tenemos alrededor de la mesa del Señor es el tiempo más importante que tenemos. Si no tenemos cuidado, la predicación ocupará más y más espacio y la mesa del Señor se hace más y más corta.

Una vez hablé en una iglesia en el Extremo Oriente, y mi corazón estaba quebrantado. Era una iglesia que había sido iniciada por uno de los colaboradores de Watchman Nee. Nos reunimos al partimiento del pan el domingo en la mañana unas cien personas. Después de partir el pan, hubo un pequeño receso, y en la ministración de la palabra había unas quinientas personas. En aquella asamblea el sentido de la cena del Señor se había perdido. Pero esto nunca puede ocurrir en la vida de permanencia en el Señor.

Si la cruz no opera en nuestra vida, las reuniones tienen la tendencia a ser exteriores. Tenemos una gran riqueza cuando tenemos comunión en el cuerpo de Cristo; pero si no somos cuidadosos, unas pocas personas son las únicas que comparten. Tal vez a ti te guste escucharme ahora, porque sólo me has oído unas pocas veces. Pero, imagínate si estoy hablando todos los domingos, todos los domingos, vas a decir: ‘¡No, él de nuevo!’. Entonces, en esta vida nuestra, en que permanecemos en el Señor, tiene que haber varios hermanos que comparten. Esto quiere decir que otros hermanos deben ser levantados.

Nosotros sabemos que el Señor levanta obreros para el ministerio especial de ayudar a perfeccionar la iglesia; pero no podemos ser dependientes de ellos. Nuestro hermano Christian Chen es un hombre muy manso, y muy sabio. En una ocasión, en la asamblea donde nos reunimos con el hermano Christian, hubo un problema. Había muchas personas que estaban viniendo a las reuniones, y algunas de ellas les decían a los líderes: ‘No, no, no. Nosotros queremos que sólo compartan el hermano Christian y el hermano Dana. No nos gusta cuando se levantan otros hermanos. El hermano Lucio, ¿un ingeniero? No, no, no. El hermano Christian es alimento sólido’.

Los hermanos empezaron a discutir el asunto. ¿Qué debemos hacer? Y el hermano Christian sólo escuchaba. Y finalmente él dijo: ‘¿Por qué estamos aquí? Porque queremos que el Señor levante hermanos y hermanas. Este es nuestro propósito. Nosotros no queremos a atraer a los visitantes; queremos permanecer en la casa de Dios. Entonces, no se preocupen por lo que dirán las visitas. Si están viniendo simplemente por causa del ministerio de la palabra, tal vez tendrán que encontrarse otro lugar. Pero nosotros venimos en primer lugar para adorar al Señor, y confiamos en que el Señor hablará a través de cualquier hermano que se levante’.

Sin la cruz, nosotros abandonamos estos principios tan sencillos, y sin la cruz también descubrimos que hay conflictos en la asamblea. Es inevitable. Tú viste a mi esposa. Nosotros somos como el día y la noche. Dos personalidades diferentes. Y el Señor nos ha puesto juntos. Y en los cielos, él debe estar riéndose cuando nosotros estamos peleándonos. Y, finalmente, nosotros morimos, y entonces nos amamos uno al otro, a pesar de nuestras imperfecciones. Después de cuarenta y tres años casados, finalmente estoy descubriendo que soy más imperfecto que mi esposa, y estoy feliz de que ella me ame.

Pero el matrimonio es como un microcosmos de la vida del cuerpo. El cuerpo de Cristo es tan diverso. Hay personas como yo, que tienen esta sonrisa eléctrica, que están todo el tiempo sonriendo. Hay personas que nunca se ríen. A algunos hermanos en mi asamblea, que son chinos, nunca les he visto los dientes. ¡Pero Dios nos ama a todos!

En todas las asambleas hay personas que son muy espontáneas, y otras que son muy metódicas y organizadas. Recuerdo una asamblea en Suiza, que estaba a cargo de dos ancianos. Uno era alemán, y el otro, italiano. El alemán siempre llegaba bien temprano, y el hermano italiano entraba a la reunión diez minutos atrasado: ‘¡Escusi, escusi, escusi!’ (¡Perdón, perdón, perdón!). Tenían conflictos. Pero el Señor tenía ahí una combinación perfecta.

A nosotros nos gusta un grupo homogéneo, en que todos sean como nosotros. Pero el Señor nos trae personas que son puntuales, o como los brasileños, que viven en un tiempo celestial. Algunas personas tienen una fe intrépida, pero otras son muy cuidadosas, que siempre se están frenando. Pero esta es una combinación perfecta.

Algunas personas tienen un corazón enormemente compasivo, y aman a todos. Pero hay aquellos que son disciplinadores. ¡Cuidado! Pero los necesitamos a ambos. El cuerpo de Cristo es tan amplio. A veces el Señor viene a nosotros y nos da un abrazo; pero a veces él nos reprende. Necesitamos la plenitud de su asamblea.

Nunca desprecies a aquellos que son diferentes a ti. A veces, nosotros pensamos que hay un conflicto espiritual entre dos personas, y todo lo que hay es diferente temperamento. ¿Cuál es el remedio para esto? Tenemos que tomar la cruz. ¿Cómo Pablo empleó esa frase: Tomar la cruz? «Haya, pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús».

¿Recuerdan cómo él dijo eso a los filipenses? «Tengan este sentir que hubo en Cristo Jesús». ¿Y recuerdan lo que dijo en el capítulo 4 a los filipenses? «Ruego a Evodia y Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor». Tal vez una de esas hermanas era alemana y la otra era italiana. Trabajaban juntas en el evangelio. Síntique siempre olvidaba traer los folletos evangelísticos. Tenían conflictos. Y Pablo les dice: ‘Recuerden que trabajaron juntas en el Señor conmigo’. Es decir: ‘Yo no voy a hacer ninguna distinción. Amo a mi querida hermana Evodia y amo a mi querida hermana Síntique. Trabajaron juntas conmigo. Tengan el mismo sentir entre ustedes’.

¡Cómo tenemos que ver esas cosas en la vida del cuerpo! El Señor está preparando una novia ahora, y esta novia es muy amplia. Y en Apocalipsis vemos que la novia es grande como una ciudad. Cuando tú te casas, nunca vas a llamar a tu novia una ciudad. No es un buen cumplido. ¡Tú no quieres llamar grande a tu novia! Pero la novia del Señor Jesucristo es una ciudad grande.

Fíjense en esa figura que tenemos en el libro de Apocalipsis. El fundamento es oro puro, y la ciudad está edificada con piedras preciosas: tú y yo. Tú eres un hermoso lapislázuli, o tal vez un diamante. Tenemos una variedad tan grande; toda esa variedad se encuentra en esa ciudad. En esa ciudad no hay nada de aburrido. No hay nada de aburrido en la novia de Dios, y no hay nada de aburrido en la casa de Dios hoy.

¡Oh, hermanos, oren por la iglesia de Jesucristo! Hay tantas personas que pertenecen al Señor y no conocen esa vida. Es una vida de permanencia íntima por el Espíritu Santo. Si tú entraste en esa vida bendita, tú no puedes tener toda esa bendición sólo para ti; tienes que darla.

La Biblia nos dice que el Espíritu Santo derrama el amor de Dios a través de nosotros. ¿Eres tú ese tipo de persona? De tan bendecido que eres, ¿lo das? Si eso es realidad contigo, tú viste la realidad del cuerpo de Cristo.

Bueno, me gustó muchísimo estar con ustedes, y de sentirme en casa, en esta morada, de ver a Cristo en ustedes. Hay mucha diversidad. Voy a llevar mi reporte a los hermanos chinos en casa, y ellos se van a regocijar. Juntos, somos uno, siendo atraídos al trono del Cordero.

Que el Señor nos mantenga en su camino, el camino de la cruz, el camino a la gloria. ¡Bendito sea su nombre!

Último mensaje de una serie de cuatro que el autor impartió
en la 3ª Conferencia Internacional «Aguas Vivas», en Santiago de Chile (Sept. 2005).

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