Una revista para todo cristiano · Nº 55 · Enero - Febrero 2009

Reflexiones acerca de la visión espiritual.

Viendo la gloria de Cristo como el Hijo del Hombre

T. Austin-Sparks

Lecturas: Hebreos 1:1-2; Hebreos 2:5-18, 3:1; 2ª Cor. 4:3-5.

En nuestra anterior meditación estuvimos considerando la gloria y significado de Cristo como el Hijo de Dios, habiéndosele conferido las prerrogativas de Dios. Primeramente el poder de la vida, en segundo lugar el poder de la luz y por último el poder del señorío.

En esta meditación vamos a dedicarnos a otro aspecto de la gloria de Cristo, es decir, la gloria y peculiar significado de Cristo como el Hijo del Hombre. También aquí necesitamos visión espiritual. Si los hombres pudieran ver realmente, desde el punto de vista de Dios, con el propio conocimiento y entendimiento de Dios, al Señor Jesucristo como el Hijo del Hombre, todos los problemas de este mundo se resolverían. Porque en verdad, hay un sentido en que todos los problemas se resuelven cuando vemos. Y la solución de Dios es su Hijo. Que esta sea nuestra actitud: el ver a Jesús en el interior con los ojos del corazón iluminados, dándonos Dios espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de Él.

Permitidme expresar aquí una convicción personal. Creo que la carga de nuestros corazones debería ser ante todo que los ojos del pueblo de Dios sean abiertos. Si eso fuera así, ¡qué actitudes tan distintas se tomarían! ¡Cuán grandes posibilidades habría para Dios! ¡Cuántas cosas deshonrosas para el Señor desaparecerían! ¡Si sólo pudieran ver! ¡Oremos intensamente para que los ojos del pueblo de Dios sean abiertos! Y después, para que los ojos de los hombres sean abiertos en general; oremos que haya un ministerio que abra los ojos, como el de Pablo: «A quienes ahora te envío para que abras sus ojos, a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz» (Hechos 26: 17-18). Oremos continuamente sobre estas líneas. Esa es la manera.

 

El arquetipo – una nueva humanidad

Creo que existen dos o tres aspectos en particular de Cristo como el Hijo del Hombre. En primer lugar, éste es el título humano de Cristo, y nos trae en principio el concepto de Él como hombre, o como humanidad. Lo que es necesario que veamos en cuanto al Señor Jesús, es el significado divino de su humanidad. Como el Hijo del Hombre, no es tan sólo que él haya venido a nuestro lado tomando carne y sangre, haciéndose de este modo un hombre para simplemente estar aquí como un hombre entre hombres. No, esto no es todo. Más aun, esta concepción es peligrosa y sólo nos permite adelantar hasta un cierto punto. Es cierto que él es hombre, cierto que ha participado de carne y sangre, pero hay una diferencia, una diferencia inmensa, infinita. Humanidad, pero no exactamente nuestra humanidad. El significado de Cristo como el Hijo del Hombre, es que él es el arquetipo de una nueva humanidad.

En el universo de Dios en este momento hay dos humanidades mientras que antes sólo había una. La humanidad adámica era la única; pero ahora hay otra, una humanidad distinta, de carne y hueso pero sin la naturaleza pecaminosa de la otra humanidad. Sin nada de lo que ha apartado y separado a esa humanidad de Dios. Sin nada de lo que puso a esa humanidad bajo el juicio de Dios. Una humanidad a la que Dios en Su infinita perfección y santidad, puede mirar con complacencia y completa satisfacción. «Mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). Es un Hombre, pero tal hombre cual no es común entre los hombres, sino por completo distinto. Lo significativo de Cristo como el Hijo del Hombre es que en él Dios ha comenzado una nueva humanidad de acuerdo con su propia mente y pensamientos perfectos. En su Hijo está el arquetipo de esta nueva humanidad a la cual Dios va a conformar una raza, «conforme a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29).

Cada vez que tú y yo, como pueblo de Dios nos reunimos alrededor de la mesa del Señor y tomamos el pan, estamos dando testimonio del hecho tremendo de que ahora somos todos de una pieza con él, como un nuevo tipo de humanidad; puesto que ese pan es Cristo entregado por nosotros para ser nuestra vida. Pero para que esa vida responda a las expectativas de un Dios perfectamente Santo, ha de estar libre de toda cosa corrupta, de todo lo que esté sujeto a corrupción; no debe de tener en sí elemento alguno de corrupción. Y así es Cristo. Su humanidad es incorrupta e incorruptible, y eso es lo que se nos da, de modo que en este acto de recibirlo, y de la misma forma que la comida llega a formar parte de nosotros mismos, él llega a ser la misma base de esta nueva vida interior, esta nueva creación que está dentro al recibirlo. Él es su misma vida, apoyo, sostenimiento y energía. Él llega a ser para nosotros la base de otra nueva vida y de un ser completamente distintos.

La gran realidad acerca del verdadero cristiano es que él o ella están siendo progresivamente transformados en otro, está llegando a ser alguien distinto. No es simple y solamente una cuestión de tener fe objetiva en Cristo como algo externo. Es más que esto. Es vivir interiormente por Cristo. De modo que Dios ha entrado en la esfera de la humanidad en la persona de su Hijo como el representante de un orden completamente nuevo, un nuevo orden de humanidad, y en virtud de una unión vital con Cristo está emergiendo una nueva raza, un nuevo orden. Una nueva clase de humanidad está creciendo de manera secreta en un proceso que mira a «aquel día» del que habla el apóstol, en que tendrá lugar la manifestación de los hijos de Dios. Entonces la maldición se disipará, y la creación misma será librada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Lo importante ahora es la tremenda significación de la encarnación, de la Palabra haciéndose carne y morando entre nosotros. La tremenda significación de Cristo como el Hijo del Hombre en tanto que establece entre los hombres un nuevo tipo de ser, una nueva clase y forma de humanidad. No hay ninguna esperanza para la creación, excepto en este nuevo tipo, este nuevo orden. Si los hombres vieran esto, ¿no se resolverían todos los problemas de este tiempo? ¿De qué hablan? ¿Cuál es la gran frase más común en los labios del hombre de hoy? ¿No es un nuevo orden, un nuevo orden mundial? Están ciegos, hablan en la oscuridad, van a tientas, buscando algo, pero no ven. El único nuevo orden es el orden del Hijo del Hombre. La única esperanza para este mundo es que tenga lugar esta nueva creación en Cristo Jesús.

 

La verdad prefigurada en la historia de Israel

Podríamos hablar ampliamente sobre la humanidad del Señor Jesús. La Escritura contiene probablemente mucho más de lo que piensas. Pero nota, por favor, que Dios ha puesto esto profundamente en el mismo fundamento de la historia. Toma a Israel como el gran objeto de instrucción de Dios para las edades pasadas –y su historia pasada sigue siendo todavía el gran libro de ilustraciones de los principios de Dios–, y encontrarás que la misma vida nacional del Israel pasado estaba fundada sobre cosas que muestran la perfecta humanidad del Señor Jesús. Ve al libro de Levítico, y toma aquellas fiestas. Te darás cuenta del lugar que la humanidad (la harina fina) tiene en aquellos símbolos y tipos. Vemos que Dios ha dicho allí a través de ilustraciones que la vida del pueblo que va a satisfacerlo, se basa en una naturaleza, una humanidad, no la antigua y quebrantada humanidad de Adán, sino otra. En el mismo fundamento de la vida de tal pueblo, se establece esta realidad. Hay una humanidad que es perfecta e incorruptible. Y de estas fiestas ha de erradicarse cualquier sugerencia o sospecha de levadura, que simboliza la corrupción, el fermento de la vieja naturaleza. No tiene ningún lugar en la base de la vida de Israel en su relación con Dios.

Hay mucho que decir sobre todo esto, pero no vamos a hacer aquí una exploración exhaustiva del tema. Sólo quiero señalar el hecho de que la humanidad del Señor Jesús como el Hijo del Hombre, introduce una nueva clase, un nuevo tipo, un nuevo orden en el universo de Dios, que sí satisface a Dios. En esto yace el tremendo y maravilloso significado de nuestra unión con Cristo por la fe, llevándonos precisamente a lo que él es como aceptado por Dios. La consecuencia práctica de esto ha de ser que tú y yo abandonemos más y más el terreno del viejo Adán, de lo natural, nuestro terreno, y que permanezcamos en Cristo. Esto simplemente significa asirnos por fe a lo que él es, y dejar ir lo que somos, en ello Dios encuentra Su complacencia. Si nos mantenemos en nuestro propio terreno, en lo que somos por naturaleza, y lo tomamos en consideración e intentamos hacer de ello algo bueno, o incluso si pasamos el tiempo deplorando lo miserable que es la vida natural, perderemos toda la gloria de Dios. La gloria de Dios se encuentra en otra humanidad. Habita en Cristo, ocúpate con Cristo, que tu fe se aferre con firmeza a Cristo, permanece en Cristo; la gloria se encuentra ahí. Es la gloria de Cristo como el Hijo del Hombre. ¿Cuáles son las horas más benditas y gloriosas de la experiencia cristiana? ¿No son las horas en que estamos contemplando absortos lo que es Cristo, y tomándolo?

 

El pariente-redentor

También, la gloria de Cristo como el Hijo del Hombre se ve en él como pariente-redentor. Primero como arquetipo de una nueva humanidad; después, en segundo lugar, como pariente-redentor. Seguro que en este punto tus pensamientos se han dirigido a este pequeño clásico, el libro de Rut. No es necesario entrar en la historia de Rut en detalle, pero de esta historia brotan grandes verdades y principios de la actividad redentora del Señor.

El resumen de la historia es éste. La herencia se ha perdido. Llega el día en que la herencia se convierte en un asunto de seria preocupación para quienes la han perdido. En ellos hay solemnidad y tristeza. Se han dado cuenta de que han perdido el control y los derechos sobre la herencia, y por ello están profundamente apesadumbrados. De acuerdo con la ley sólo hay una manera de «re-comprar» la herencia perdida, y es a través de un pariente. Ha de ser un pariente varón, ha de ser de la familia, ha de tener el derecho de redimir, ha de tener también la capacidad de redimir, y además ha de tener el deseo de hacerlo. Quienes perdieron la herencia y están ahora tan preocupados por su recuperación, están buscando este pariente-redentor que tenga el derecho, la capacidad, los recursos, y que desee redimir la herencia perdida. Ya sabéis cómo Rut entra en contacto con Booz, creyendo que él es el pariente-redentor y viendo que sí tiene el deseo y los recursos no le faltan, pero descubre que Booz no tiene el derecho, porque hay otro pariente que está por delante de él legalmente. Por tanto ha de apelarse a quien tiene el derecho. Cuando se hace esto resulta que aquél, aunque tiene el derecho no tiene ni capacidad ni recursos, y por ello le pasa sus derechos a Booz. De modo que al final Booz es quien reúne por completo los requisitos para el asunto. Ahora tiene el derecho, los recursos, la capacidad, y además tiene la voluntad de hacerlo.

Pero entonces aparece algo más en la historia. De acuerdo con la ley, el pariente-redentor ha de tomar como esposa a aquella para quien redime la herencia y el camino había de estar libre para ello. El otro pariente no podía hacerlo porque el camino no estaba libre para ello, pero Booz sí tiene el camino libre.  Estos son los elementos de la historia. No voy a tomar cada pequeño detalle sino sólo los puntos principales del bosquejo. Vemos cómo Dios ha puesto una ilustración maravillosa y exquisita de la gloria de Cristo como pariente-redentor. La herencia se ha perdido. «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que le visites? Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies» (Hebreos 2:6-8). Pero ¿dónde está este hombre? Esta herencia se ha arruinado y todo cuanto Dios quería para el hombre se ha perdido. A través del pecado de Adán, el hombre ahora ha perdido su herencia. En Adán el hombre ha dejado de ser heredero de todo; la herencia se ha perdido. La tragedia de esta humanidad en Adán es la siguiente: una vez fue heredera, hecha para heredar, pero ahora está en bancarrota, sin esperanza, lo ha perdido todo. Esta es la tragedia de esta humanidad. Es ahí donde estamos por naturaleza. Lo tenemos escrito en nuestro ser. Nuestra misma naturaleza da testimonio del hecho de que falta algo, algo que debería de estar y no está. Estamos buscándolo a tientas. Está en nuestra misma esencia buscarlo, anhelarlo. Toda ambición del hombre, toda búsqueda, toda pasión nace del clamor interior de la naturaleza, de que hay algo que el hombre debería tener pero no puede conseguir. Acumula todo cuanto este mundo puede ofrecerle, y muere diciendo: «¡No, no lo he conseguido, no he encontrado lo que persigo!». Es un heredero que ha perdido la herencia.

 

El derecho de redimir

Y en un mundo así, en una raza así, Dios, en su Hijo, viene desde afuera, en cuanto a Su humanidad, como pariente-redentor. En primer lugar, Él tiene el derecho de redimir. ¿Por qué? Porque es el primogénito de toda creación. Él tiene el primer lugar. No es un pariente de segundo orden. «Él es antes de todas las cosas» (Colosenses 1:17). Es el primogénito. Tiene el derecho por su lugar, el lugar que ocupa, el primer lugar.  Piensa de nuevo en todo lo que concierne al Señor Jesús como Aquel que viene primero, como el que está en el primer lugar, como el primogénito, y verás que la redención del hombre constituye su derecho, puesto que en la Biblia es esencialmente el primogénito el que lleva consigo los derechos. Aquí está Jesús, el Hijo del Hombre, el primero, porque Dios le ha señalado y le ha puesto en tal posición. Él tiene el derecho de redimir.

 

El poder de redimir

Él tiene también el poder de redimir; es decir, él tiene los recursos para redimir. Consideremos lo que se requiere. ¿Qué se requiere en esencia? La herencia no ha de redimirse tan sólo en favor nuestro, sino también para Dios.  Nosotros, por nuestra parte, somos herencia de Dios, somos posesión de Dios por derecho, y no sólo hemos nosotros perdido nuestra herencia, sino que también Dios ha perdido su herencia en nosotros, y aquello que a nosotros pudiera satisfacernos, no podrá nunca satisfacer a Dios. Si Dios ha de recuperar en nosotros la herencia que perdió él mismo por el pecado y rebeldía del hombre, su redención ha de ser de acuerdo con Dios, algo que satisfaga a Dios.  Dios no puede estar satisfecho con cualquier cosa. Ha de ser algo que responda por completo a la propia naturaleza de Dios. De modo que digamos de inmediato que «fuimos redimidos de nuestra vana manera de vivir no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1a Pedro 1:18-19).

¿Qué es lo que satisface a Dios? Es algo incorruptible. Aquello que devuelva a Dios Su satisfacción ha de ser necesariamente algo incorruptible, incontaminado, sin mancha ni culpa. Estas son palabras que, como ya sabemos, siempre se relacionan con Cristo como tipo: un cordero sin mancha ni contaminación. Este es el recurso de la redención, el poder para la redención.  Redimir significa recuperar la herencia perdida, y él ha redimido por su sangre, porque esa sangre representa Su vida, que es una vida incorruptible, una vida sin pecado, una vida que satisface completamente a un Dios sumamente justo y santo. Este es el precio de la redención. ¿Puede él pagarlo? El ver la humanidad del Señor Jesús en su incorruptibilidad, es ver Su tremendo poder para redimir. Deja a un lado al Señor Jesús y estarás poniendo a un lado todo el poder para la redención, todo derecho a la redención; sin él no hay esperanza de redención. Nunca podemos ser redimidos para Dios con cosas corruptibles como oro o plata. Ser redimido para Dios significa que hay una vida desarrollándose que es de acuerdo con la misma naturaleza de Dios. ¿Tienes tú eso? ¿Lo tengo yo? Si pudiéramos encontrar eso en nosotros mismos, entonces podríamos ser nuestra propia redención, nuestros propios redentores; y ¿quién puede decir esto?

¡Ay, es ahí donde está la ceguera! Hablamos en nuestra anterior meditación de la terrible ceguera que se ve en la evolución. Sin embargo, aquí está la horrorosa ceguera de este terrible evangelio, que no es un evangelio en absoluto, pero que se predica como tal, es decir, el humanismo: que el hombre tiene en sí mismo el poder de llegar a ser como Dios. Las raíces y semillas de la perfección están en lo profundo del propio ser del hombre, y se encuentran con sólo cavar lo suficientemente hondo para encontrarlas. No hay ninguna necesidad en absoluto de intervención de fuera. No es necesario que Dios intervenga, que Cristo venga a este mundo. El hombre tiene en sí la capacidad de levantarse, de mejorarse a sí mismo. En el fondeo de su propio ser, el hombre es una criatura maravillosa. ¡Qué ceguera! Dirás: «Esto es sorprendente a la luz de lo que está ocurriendo en el presente y las condiciones presentes del mundo; sorprendente que alguien pueda creer esto, no digamos ya el predicarlo!  ¡Sorprendente que por un lado hablen de increíbles atrocidades, peores que las de las edades bárbaras, y por otro digan que está en el poder del hombre el ser como Dios!». ¡Ceguera! A pesar de todo cuanto podamos decir acerca del valor de los hombres, del gran valor de nuestros hombres en el ejército, por ejemplo, y toda su disposición para sufrir penalidades, y mucho más –y no queremos quitar su valor a estas cosas–, la cuestión real es la siguiente: ¿Son los hombres de hoy más nobles moralmente?

Hace un rato estuve hablando con un hombre que tiene una posición de gran responsabilidad entre los soldados de la Marina, y me dijo: «He pasado toda mi vida en servicio a la Marina, y pensaba que sabía lo que eran situaciones malas, pero tal y como veo las cosas hoy en los ejércitos ¡estoy casi conmocionado!». El horrible estado de la vida moral en los ejércitos le aterra.

Quien dice esto es un hombre endurecido, con la experiencia de toda una vida entre marineros. ¿Están los hombres elevándose moralmente? ¿Quién puede decir: «¡Sí!» a la luz de lo que estamos viendo hoy?  Y sin embargo se está predicando este evangelio del humanismo: que el hombre se levanta con presteza y la Utopía está en nuestro horizonte; ¡porque el hombre tiene en sí mismo la capacidad de elevarse! Esto es ceguera, terrible ceguera. Sin embargo, ver al Hijo de Dios, al Hijo del Hombre, es ver la esperanza, la dirección donde está la redención. Porque la redención está en la dirección de otra clase de humanidad, y en un poder para redimir, y porque hay algo ahí que satisface a Dios, y cualquier cosa que no satisfaga completamente a Dios, no podrá ser jamás un poder redentor. ¿Tiene el Señor Jesús el poder?  Todos aquí clamamos a una voz: «Sí, Él tiene el poder, Él tiene los recursos para hacer esto».

 

La libertad de redimir

Sin embargo, se suscita otra cuestión. ¿Está Él libre para poder redimir? Una cosa se da por sentado en todo este asunto del pariente redentor, y es que sólo puede tener una esposa. Si ya está casado está descalificado, porque no puede casarse con la persona para quien redime la herencia. Este era el problema que tenía el otro pariente en el caso de Rut. No estaba libre; estaba casado y tenía una familia. Pero Booz estaba soltero, estaba libre, podía tomar a Rut por esposa. El camino estaba libre por completo.

Ahora entramos en el reino de lo espiritualmente sublime. Cristo amó a la Iglesia y se dio a sí mismo por ella, para redimirla de toda iniquidad (Efesios 5:25; Tito 2:14). «Maridos amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la iglesia, y se dio a sí mismo por ella». El redimido va a ser unido al Señor, y el Señor Jesús –lo digo con toda reverencia– sólo va a tener una esposa. Sólo van a haber unas Bodas del Cordero. La iglesia es su única novia. Sus redimidos son los únicos que van a ser llevados a una relación así con él, y el camino está libre. No tiene ningún otro compromiso, permanece perfectamente libre para redimir, y para aceptar las consecuencias de redimir, o sea casarse con aquella para quién redime la herencia.

¿No nos sitúa la redención en una posición muy sagrada en relación con el Señor Jesús? Esta es la verdadera significación del título que se le atribuye como nuestro pariente-redentor, que vamos a ser unidos a Él. No redimidos como un mueble, no redimidos como una cosa, sino redimidos para ser unidos a él para siempre en el más santo de todos los vínculos. Casados con el Señor.  Esta es la significación del Hijo del Hombre. Sí, él es libre; puede hacerlo.

 

El deseo de redimir

Sólo queda una cuestión. ¿Está él dispuesto? Tiene el derecho, tiene los recursos, tiene la libertad.  ¿Querrá hacerlo? ¡Ay! ¡De qué modo deben Rut y Noemí haber esperado, con el aliento contenido y corazones palpitantes hasta que esta última pregunta encontraba su planteamiento y respuesta! ¿Querrá él? ¿Está él dispuesto? ¿Qué decimos a esto? Él lo ha hecho, y esto responde la pregunta. Todo cuanto resta, si no estamos en el disfrute de todo esto, es que lo aceptemos, lo creamos. ¡Él está dispuesto!

Quiera el Señor arrebatar nuestros corazones y ampliar nuestra visión de Jesús, el Hijo del Hombre.

Nota: Este artículo es el capítulo 7, y último, del libro «Visión espiritual» del autor. Los seis capítulos anteriores han sido publicados por Aguas Vivas de la siguiente manera: cap. 1, en la Nº 33, cap. 2 en la Nº 34,  cap. 3 en la Nº 52, cap. 4 en la Nº 18, cap. 5 en la Nº 53, y cap. 6 en la N° 54.

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