Una revista para todo cristiano · Nº 54 · Noviembre - Diciembre 2008

Las batallas de Dios contra la carne son de generación en generación.

Amalec

Eliseo Apablaza

Hace unos días atrás, compartimos de Éxodo capítulo 17, de Refidim, esa jornada que vivió Israel en el desierto, una jornada marcada por la prueba, por la incredulidad y la batalla.

En esa oportunidad, nosotros hablamos de que cuando nosotros estamos enfrentados como cristianos a algunos problemas, a algunas necesidades, cuando estamos viviendo un tiempo de desierto, y nos parece que no hay agua para beber, y nos parece que el Señor Jesús está lejos, que el socorro de Dios no llega, precisamente allí, cuando recién experimentamos el socorro del agua que sale de la roca, que nos sacia, allí cuando estamos empezando a experimentar la suficiencia del Señor Jesucristo, ocurre que Amalec se levanta y nos ataca.

La lección de Éxodo 17: La carne no ha sido destruida – Está allí

Y Amalec, dijimos, es la carne. Porque todo lo que está escrito en el Antiguo Testamento es figura y sombra de las cosas verdaderas, de las cosas que nosotros experimentamos hoy, en los días del Nuevo Testamento. De tal manera que este enemigo del pueblo de Dios, llamado Amalec, tiene un gran significado – significa nuestra carne, significa nuestro viejo hombre, este enemigo que nosotros tenemos adentro, este enemigo que forma alianza con otros enemigos que están afuera, con el mundo y con Satanás.

Amalec está adentro. En el pasaje de Éxodo capítulo 17, aprendemos una gran lección, que es ésta: Amalec nunca va a ser destruido, mientras nosotros estemos en este escenario terrenal. Amalec no fue destruido por Josué, sino fue debilitado solamente. Pues allí donde la versión Reina-Valera traduce «deshizo», el hebreo dice textualmente «debilitó» (v. 13).

Y aun más, en ese mismo pasaje, dice la Escritura que Jehová tendrá guerra contra Amalec de generación en generación, por causa de que Amalec se levantó contra el trono de Dios. Así pues, nuestra carne sigue estando vigente. Es un enemigo que está en pie.

Lo que nosotros tenemos que aspirar en este tiempo es, no a que el Señor destruya a Amalec – sino que, conforme a esa misma Palabra, el Señor lo debilite hasta la enfermedad, hasta la impotencia, para que no nos lleve a la derrota, para que no nos suma en la vergüenza.

Porque este Amalec tiene muchísimos secuaces; hay muchísimos capitanes en su ejército, como esa lista que vemos en Gálatas capítulo 5: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, etc.; o como la lista que el Señor enumera en Marcos capítulo 7, cuando dice que estas cosas salen del corazón del hombre.

Este debilitamiento de Amalec ocurre por operación de la palabra del Señor – que es la espada que Josué utilizó para vencerlo (Éx. 17:13). Es la palabra del Señor, el Logos, esta palabra por medio de la cual Dios creó los cielos y la tierra; y no sólo creó los cielos y la tierra, sino que también los sustenta. Esta Palabra es poderosa como una espada de dos filos, dice Hebreos capítulo 4. Mientras recibimos la Palabra del Señor, ella va realizando en nosotros este trabajo de debilitamiento de la carne. Así que la lección que aquel pasaje de Éxodo nos entrega es ésta: ‘¡Cuidado, cristianos, el enemigo está allí!’.

A veces parece que el enemigo ha desaparecido y está muerto, mas no es así. Simplemente está en un período de latencia. Está como esas fieras salvajes que, cuando van a atacar, están más silenciosas que nunca. Se agazapan detrás de un montículo, o detrás de un árbol caído… Hay un silencio sepulcral antes de su ataque. Así es Amalec. Cuanto más silencioso está, es más peligroso. En cualquier momento puede venir un ataque devastador.

Gracias al Señor por su Palabra, porque no nos deja a nosotros en la ignorancia, no nos deja confiándonos ingenuamente de que ya por causa de que nosotros hemos sido salvados y que tenemos el Espíritu Santo adentro, por causa de que tenemos algunos años de caminar con el Señor, por causa de haber recibido una revelación de Cristo y la iglesia, etc., por causa de tantas cosas que podríamos enumerar, ya tenemos la carne derrotada y vencida. ¡No! Entonces, necesitamos de la Palabra, necesitamos de esta espada, que es el arma que Dios utiliza para el debilitamiento de Amalec en nosotros.

La lección de 1 Samuel 15: El peligro de perdonar lo mejor de Amalec

Una segunda lección o enseñanza respecto a Amalec nos ha sido recordada hace poco por nuestro hermano Andrew Webb. En 1 Samuel 15, el Señor le dice a Saúl: «Mira, anda, destruye a Amalec, por causa de que Amalec salió a atacar al pueblo cuando iba por el desierto. Así que ahora ha llegado el día de la venganza, Saúl, y tú vas a hacerlo. Destruye todo; no dejes nada con vida». Esa fue la orden para Saúl.

Y Dios le había advertido a través de Samuel: «Mira, pon atención a las palabras de Jehová». Es como que le estaba subrayando. ‘Pon atención a la orden que te estoy dando, Saúl, porque me temo que tu corazón se va a ablandar a la hora de ejercer el juicio; me temo que tu corazón no va a estar afinado al mío a la hora de hacerlo’. Y así fue.

La Palabra dice que Saúl destruyó todo, excepto a Agag, el rey, y a lo más hermoso del ganado y las ovejas. ¿Por qué? Porque tuvo temor al pueblo, el cual hablaba de reservar aquello para ofrecerlo a Dios en sacrificio.

A Saúl le faltó carácter; era un hombre blando, un hombre natural; no tenía carácter para hacer la voluntad de Dios. Y cuando llega al encuentro de Samuel, éste le dice: «¿Y ese balido de vacas y de ovejas…?». Entonces, ahí, él le da esa explicación tan necia.

Entonces Samuel le dice esas palabras que tienen vigencia hasta el día de hoy: «¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey» (1 Sam. 15:22-23).

¿Cuál fue el pecado de Saúl? El pecado de Saúl fue éste: Dejar con vida lo mejor de Amalec. En términos del Nuevo Testamento, ¿cuál es el pecado? Dejar con vida lo mejor que nos puede ofrecer la carne. ‘Ah, pero si esto se ve tan bueno; esto lo voy a perdonar, no lo voy a destruir, no lo voy a llevar a la cruz. Esto le puede servir a Dios’. Hay tantas cosas buenas en nosotros que dejamos con vida. Lo ‘bueno’ nuestro es más difícil de ver y de juzgar que lo malo nuestro. Lo ‘bueno’ nuestro nos puede servir de mayor tropiezo aún que lo malo, porque se disimula, se camufla, y exige seguir existiendo, exige no ser tocado. ‘Si esto es bueno, ¿por qué no lo dejamos? ¿Acaso no le servirá a Dios?’.

Esas son nuestras capacidades intelectuales, la fuerza de nuestra voluntad, nuestros ‘buenos’ planes, nuestros ‘buenos’ proyectos. ‘Oh, yo quiero servir al Señor, en esto, en esto y en esto. Quiero hacer esto para Dios’. Se basa en lo bueno nuestro, en la buena intención que tenemos, en nuestras capacidades. Es como si nosotros le dijéramos a Dios qué es lo que él tiene que usar de nosotros. ‘Aquí están los mejores carneros, Señor; aquí están las mejores ovejas, Señor; aquí están las mejores vacas, para ti, Señor’. Sin embargo, lo que el Señor quería de Saúl no era la sobrevivencia de aquellas cosas, sino el exterminio total.

Sí, el Señor puede parecernos cruel a veces. Un afecto tuyo desmesurado por tu hija, el Señor va a pedir que lo extermines. ‘Señor, ¡pero es mi hija! ¡No seas cruel, Señor!’. ‘Si eso es crueldad, sea; pero extermínalo’. O un amor desmesurado por tu trabajo, por tu carrera; por lo que sea. Todo aquello que tú consideras bueno, hermoso, saludable, aquello en que te glorías – eso es lo mejor de Amalec.

El Señor dice: «¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová?». Oh, por eso es tan difícil la obediencia; la obediencia tiene más valor que las ofrendas. La obediencia tiene mucho más valor que ir al extremo del mundo a predicar. Obedecer la voluntad del Señor es más difícil que ir al otro extremo del mundo a predicar el evangelio. Una cosa santa y buena como es predicar el evangelio puede ser un disfraz de Amalec. ¡Con cuántas cosas en nosotros puede suceder así! Usted hace cosas para Dios, pero con una doble intención, con otra motivación. Eso es la carne, eso es Amalec.

La lección de 1 Samuel 30: Amalec ataca las familias

Pero ahora, para completar un poco más esta serie de mensajes sobre Amalec, quisiéramos agregar algo más, con la ayuda del Señor.

Está tomado de 1 de Samuel capítulo 30. Cuando leemos el capítulo 15 de este libro, donde se relata la muerte de Agag a manos de Samuel, nosotros podríamos pensar que todos los amalecitas fueron destruidos. Sin embargo, aquí, en el capítulo 30, aparecen los amalecitas de nuevo, cumpliéndose así la palabra que Dios dio a través de Moisés en Éxodo: «Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación».

«Cuando David y sus hombres vinieron a Siclag al tercer día, los de Amalec habían invadido el Neguev y a Siclag, y habían asolado a Siclag y le habían prendido fuego». Ocurre que, en la ciudad de Siclag, estaba la familia de David, sus mujeres, sus hijos, y las familias de todo su ejército, que eran seiscientos varones de guerra.

Acordémonos que, en estos días, David todavía no era el rey en ejercicio de Israel. Había sido ungido, sí, pero aún estaba Saúl en el trono. David era un rey fugitivo. En la ausencia de ellos de la ciudad de Siclag, los amalecitas vinieron y llevaron cautivas sus familias. De modo que, cuando David y sus hombres llegaron, encontraron la ciudad en llamas, y ni huellas de sus mujeres ni de sus hijos. Entonces ellos alzaron la voz y lloraron «hasta que les faltaron fuerzas para llorar» (v. 4).

Esto es lo que hace Amalec. ¿Cómo interpretamos eso a la luz del Nuevo Testamento? Fíjense aquí: Amalec ataca la ciudad, y se lleva cautivas a las familias.

La carne está haciendo hoy en día este mismo trabajo; está separando a los padres de los hijos, a los maridos de las esposas, llevando a unos en cautiverio y sumiendo a los otros en la desesperación, en el llanto.

La carne, cuando se manifiesta y ataca, puede dejar secuelas tan graves en la familia, que, además de dividirla, sume a los padres –a los maridos a veces– en este llanto hasta la desesperación. Más y más veces somos testigos de la destrucción de los hogares, la separación de los padres con respecto a sus hijos, y de matrimonios divididos.

Es fácil echarle la culpa a Satanás, y echarle la culpa al mundo. Sin embargo, aquí se nos sugiere claramente que la principal causal es Amalec – es la carne.

Cuando al Señor le preguntaron si le era permitido al hombre repudiar a su mujer, él dijo: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre». «¿Y cómo Moisés nos mandó dar carta de repudio a nuestras mujeres?», le dijeron los judíos. Y el Señor les dijo: «Por la dureza de vuestro corazón, Moisés os permitió –no os mandó– repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así».

«La dureza de vuestro corazón». Ahí está la clave de muchas rupturas matrimoniales – la dureza de corazón. ¡Cuánta dureza en la carne! ¡Cuán fuerte llega a ser la carne! La carne se viste de una armadura impenetrable. Entonces, no hay capacidad de perdonar, de adaptarse al otro, de recibir al otro, de ceder ante el otro, de valorar al otro. Hay sólo juicio, descalificación, menosprecio y violencia.

Y luego le echamos la culpa al otro. ‘¿Qué ha pasado, Adán?’. ‘¡Ay, Señor! La mujer que me diste por compañera, ella es la culpable’. Sin embargo, es la dureza del corazón. ¡Oh, si fuésemos más quebrantados, más tiernos; si tuviéramos la mansedumbre y ternura de Cristo! Sería muy diferente.

Entonces, la carne produce estos descalabros. Y actúa también en relación a los padres con los hijos. Esos mismos padres, que pueden ser tan intransigentes entre sí, ¡a veces son tan benévolos con sus hijos! Hasta el punto de que a veces parece que los hijos son los que mandan en la casa.

Cuando los padres intentan ser firmes y corregir, los hijos se llenan de rebeldía. ‘Oh, este papá es el más malo del mundo, es el más duro del mundo; él no me ama’. Hijos rebeldes… hogares divididos. Cada uno se afirma en su posición. Los hijos exigen derechos.

Hoy en el mundo, apenas los hijos tienen cierta independencia económica, se van de la casa. Arriendan un departamento entre varios jóvenes, como huyendo del orden familiar. Otros, todavía están en casa de los padres, pero sólo de cuerpo presente, porque su corazón ya no está ahí. Como aquel niñito a quien el papá le mandaba sentarse, pero él estaba ensoberbecido, y no quería obedecer. Finalmente se sienta, pero le dice al papá: ‘Me siento, pero todavía, por dentro, estoy de pie’. Así se levanta la carne y divide las familias.

Ahora, cuando David tomó conciencia de lo que había pasado, le consultó al Señor: «¿Perseguiré a estos merodeadores? ¿Los podré alcanzar?». Y él le dice: «Síguelos, porque los vas a alcanzar, y vas a libertar a los cautivos». Así que David reunió a su pequeño ejército, y partieron detrás de sus cautivos.

Cuando llegan al campamento de los amalecitas, «…y he aquí que estaban desparramados sobre toda aquella tierra, comiendo y bebiendo y haciendo fiesta, por todo aquel gran botín que habían tomado de la tierra de los filisteos y de la tierra de Judá».

Amalec estaba haciendo fiesta. Mientras nosotros lloramos nuestros problemas matrimoniales, la separación de nuestros hogares, la partida de nuestros hijos, Amalec hace fiesta. Así es; ese es nuestro enemigo.

«Y los hirió David desde aquella mañana hasta la tarde del día siguiente; y no escapó de ellos ninguno, sino cuatrocientos jóvenes que montaron sobre los camellos y huyeron» (30:17). ¿Qué les parece? Dice: «…y no escapó de ellos ninguno», y luego dice: «…sino cuatrocientos jóvenes», o sea, Amalec no fue destruido, otra vez; fue vencido, pero no destruido. Cuatrocientos jóvenes escaparon. ¿Qué significa jóvenes en la Biblia? Los jóvenes son los que tienen vigor. Entonces, lo más vigoroso de Amalec, quedó en pie. Ellos tienen vigor para huir y escapar. Cuando la espada viene, ellos huyen. Por eso, Amalec sigue presente.

Con todo, gracias al Señor, hubo alegría. Tomaron todo el botín, y sus mujeres y sus hijos. «Y no les faltó cosa alguna, chica ni grande, así de hijos como de hijas, del robo, y de todas las cosas que les habían tomado; todo lo recuperó David» (30:19).

Hermanos, ¡qué maravillosa esperanza tenemos! ¿Ven ustedes el significado espiritual de esto? David aquí es nuestro Señor Jesucristo. David recupera todo lo que había sido perdido. Sí, en Cristo tenemos esperanza de recuperar todo aquello que la carne ha desbaratado. Todo el daño que ha hecho, en Cristo lo recuperaremos.

Sí, ésa es nuestra confianza, ésa es nuestra esperanza. El Señor nos devolverá todo. Y las lágrimas que lloramos, el dolor que sufrimos, habrán servido para formar algo en nuestro carácter. Ni siquiera las lágrimas se perderán; los dolores no serán gratuitos; ellos también dejarán un saldo favorable. ¡Gracias, Señor Jesús, por tus victorias!

Amados hermanos, ¿qué nos enseña, entonces, este episodio de Siclag, de Amalec atacando esta ciudad, y quemándola? La ciudad puede ser nuestra casa, o puede ser también la iglesia. Amalec viene y la ataca, y causa destrucción. Ese es Amalec, esa es la carne.

Hermanos, veamos cuántas cosas suceden en nuestros hogares que son producto de nuestros errores o pecados. Cuando nuestros hijos pecan, los padres no podemos ‘lavarnos las manos’. Alguna responsabilidad tenemos; puede ser pequeña o grande, pero tenemos alguna responsabilidad.

Cuánto de nuestro carácter, de nuestra naturaleza adámica, está todavía gobernando las relaciones en la casa. Cuánta dureza de corazón, cuánta incapacidad de perdonar. Que el Señor nos socorra, porque la carne se levanta y es tan fuerte, que puede destruir un hogar, destruir una familia; quitar la paz, la comunión.

Me viene a la memoria ese pasaje en los primeros capítulos de 1 Samuel, cuando el Señor le habla a Elí, y le dice: «Por cuanto honraste a tus hijos más que a mí, y no los estorbaste, yo haré que tú quedes sin hijos».

Ofni y Finees, los hijos de Elí, eran hombres livianos. Sin embargo, el Señor le habló a Elí: «Tú tienes responsabilidad. Es cierto que tú les dijiste a tus hijos que no estaba bien lo que estaban haciendo, pero no fuiste más allá para estorbarlos».

Que el Señor nos ayude para estar atentos y estar advertidos de estas formas sutiles y astutas con las que Amalec se levanta y se presenta, no sea que seamos avergonzados, o destruidos.

Síntesis de un mensaje impartido en Temuco, en septiembre de 2008.

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