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Una revista para todo cristiano · Nº 49 · Enero - Febrero 2008
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Algunos principios de la guerra espiritual, basados en el libro de los Jueces.

Batalla espiritual

Billy Pinheiro

Cuando hablamos de batalla espiritual, inmediatamente surgen en la mente de la cristiandad ideas como ‘mapeamiento espiritual’, ‘atar al valiente’, ‘quiebra de maldiciones’ y otras tantas. Aunque estas expresiones puedan contener algún sentido práctico y real del mundo espiritual, hemos presenciado mucho desequilibrio y muchos engaños de las tinieblas en medio del pueblo de Dios en cuanto al asunto de la batalla espiritual. Y, lamentablemente, nuestro enemigo ha obtenido provecho de esta situación, manteniendo en derrota a muchos hijos de Dios.

De modo general, cuando se habla de batalla espiritual en medio del pueblo de Dios, se piensa sólo en uno de los aspectos de la batalla, o mejor dicho, en uno de nuestros enemigos, el diablo. Pero bien sabemos que son tres nuestros enemigos: el mundo, la carne y el diablo. Y todos ellos deben ser igualmente subyugados en nuestra vida por la obra del Señor Jesús en la cruz del Calvario. ¡Ella es la base de nuestra victoria!

Nuestra posición, como lo señalan las Escrituras, es de victoria, puesto que Dios «nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:6). ¡Oh, mis amados, todo está en él! Todo lo que tenemos del Padre nos fue dado en Cristo Jesús. ¡Aleluya!

Nuestro deseo es compartir con ustedes una serie de reflexiones sobre nuestra batalla espiritual, a la luz del libro de Jueces, específicamente a través de los hechos ocurridos con Débora y Barac (capítulos 4 y 5). Al meditar en esa porción de la Palabra de Dios del Antiguo Testamento, creemos que aquello que quedó registrado en Romanos 15:4 será una realidad para nosotros: «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza».

Quiero enfatizar la expresión: «Tengamos esperanza». Y esto es lo que deseo para usted a medida que vayamos meditando en esta porción de las Escrituras. Que la esperanza viva sea renovada en su corazón. Esperanza de un andar victorioso en esta batalla espiritual. Victoria sobre el mundo, la carne y el diablo.

Cuando leo el libro de Jueces, mi corazón se llena de esperanza en cuanto a mí mismo delante del Señor, porque es un libro que nos muestra que a pesar de la debilidad del pueblo de Dios y de los varios cautiverios, también nos muestra el camino maravilloso de la liberación. Es un libro que nos presenta grandes fracasos del pueblo de Dios, mas también la grande misericordia del Señor.

Muchas veces nos vemos como el pueblo de Israel, totalmente cautivo por algún enemigo, sin fuerzas en nosotros mismos para libertarnos; mas, clamamos al Señor, y de él viene el socorro. Hay muchos enemigos en nuestra vida y de hecho hay una batalla que debe ser librada. Pablo dice: «He peleado la buena batalla» (2ª Tim. 4:7). Pero recuerde: «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Rom. 8:37).

Vemos en el libro de Jueces, repetidamente, en relación al pueblo del Señor, la siguiente secuencia de hechos: caída espiritual, disciplina de Dios, cautiverio bajo el yugo opresor, arrepentimiento del pueblo, clamor al Señor, liberación enviada por Dios. ¿No será ésta algunas veces la experiencia de muchos de nosotros? ¿Cuántas veces algunos de nosotros caemos y nos arrepentimos, para luego fracasar de nuevo? ¿O, quién sabe, después de vencer algún enemigo espiritual en nuestra vida, más tarde percibimos ese mismo enemigo venir sobre nosotros con más fuerza todavía?

Pero, ¡anímese en el Señor!, aquel que comenzó en nosotros la buena obra es poderoso para perfeccionarla. No sabemos cuánto tiempo va a tomar, pero el Señor la va a perfeccionar. No sabemos cuántos fracasos tendremos que experimentar, pero un día, finalmente, esa obra será perfeccionada y seremos aquellos que agradaremos el corazón del Padre, porque él verá en nosotros la imagen de su Hijo. ¡Eso es algo muy maravilloso!

El resurgimiento de enemigos vencidos en el pasado

«Después de la muerte de Aod, los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová. Y Jehová los vendió en mano de Jabín rey de Canaán, el cual reinó en Azor; y el capitán de su ejército se llamaba Sísara, el cual habitaba en Harosetgoim. Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, porque aquél tenía novecientos carros herrados y había oprimido con crueldad a los hijos de Israel por veinte años» (4:1-3).

Esta porción de las Escrituras describe uno de los cautiverios más terribles experimentados por el pueblo de Dios en el tiempo de los jueces. La causa, lo mismo que en los demás, fue: «...volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová». O, como nos dice un pasaje paralelo de 1 Samuel 12:9: «Olvidaron a Jehová su Dios». Volvieron las espaldas a aquel que un día los había libertado de la tierra de esclavitud y les había dado la tierra de la promesa. El deseo del Señor era que siempre su pueblo experimentase la victoria y la plenitud de su bendición en esta tierra. Sin embargo, para que eso fuese una realidad, deberían haber hecho del Altísimo su habitación (Sal. 91:9).

¡Qué contradicción! Estaban siendo esclavizados nuevamente, y dentro de la tierra de la promesa.

¿No es lo mismo que sucede muchas veces con el pueblo de Dios hoy? Dios «nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Su Hijo vino para darnos vida, y vida en abundancia (Juan 10:10). Él es nuestra buena tierra, nuestra herencia. Somos más que vencedores por medio de él. Sin embargo, muchas veces, aun después de ser libertados, nos encontramos debajo de algún yugo, viviendo una vida derrotada, estéril, sin experimentar la realidad de las riquezas que Dios nos dio en Cristo Jesús.

¿Quién era ese opresor del pueblo de Dios? ¿Cuál era su ciudad? ¿Quién era su capitán y dónde habitaba? Mucha luz nos es dada cuando consideramos la respuesta a cada una de esas preguntas. Muchas figuras y ejemplos nos fueron dejados por el Espíritu Santo y registrados en las Escrituras (ver 1ª Cor. 10:11).

En este pasaje del libro de Jueces aparece el tercer opresor del pueblo de Dios, el rey Jabín. Nos sorprende la aparición de este rey en este momento de la historia de Israel. Ya habían pasado más de cien años desde que Israel, bajo el liderazgo de Josué, había experimentado una total victoria sobre él, y sobre todos los moradores de la ciudad de Hazor (Jos. 11:10-11). A más de eso, la ciudad había sido totalmente quemada. ¡Plena victoria sobre el enemigo!

¿Quién podía imaginar que ese mismo enemigo resurgiría? Parecía imposible. Sin embargo, ese mismo rey reaparece. Aunque no fuese la misma persona –Jabín era un título, igual que Faraón– surge la misma figura. E incluso aparece con su poder incrementado. Cuando Josué venció a Jabín quemó sus carros, que probablemente eran de madera. Pero ahora Jabín viene con muchos carros, y no de madera, sino de hierro (Jos. 11:9 y Jue. 4:3). Aquel enemigo que una vez había sido derrotado y totalmente subyugado, surge nuevamente y pasa a oprimir duramente a aquellos que en el pasado le habían vencido.

El pueblo que una vez entonó el cántico de victoria sobre él, ahora derrama sus lágrimas a causa de la dura opresión bajo el yugo de aquel que había sido desbaratado. Humillante, mas era la realidad del pueblo de Dios. Todo esto constituye una advertencia solemne para nosotros. El resurgimiento de ese rey nos recuerda una verdad importante en nuestra vida cristiana y que nunca deberíamos olvidar: ¡Vencer a algún enemigo espiritual en el pasado no garantiza que él nunca más vuelva a perturbarnos!

Nunca piense, por ejemplo, que por haber vencido un pecado o alguna debilidad en su vida, que aquel pecado o esa debilidad nunca más lo perturbará. Sería un engaño pensar así. Lamentablemente, durante mi caminar en la vida cristiana, he observado a muchos de nosotros, hijos de Dios, después de haber experimentado plena victoria en nuestras vidas, volvemos a ser esclavos de aquellos mismos pecados. Algunos, cuando creyeron en el Señor experimentaron una gran liberación de pecados esclavizantes, y vivieron en victoria por muchos años, mas se dejaron debilitar en el Señor y volvieron a quedar bajo aquel mismo yugo que una vez había sido quebrado.

Necesitamos recordar que en nuestra carne no mora el bien (Romanos 7:18). Si no permanecemos en Cristo, siendo fortalecidos por su poder en nuestro hombre interior, daremos ocasión a la carne y todas sus obras podrán manifestarse otra vez en nuestras vidas (Gál. 5:19-21). ¡Que el Señor nos ayude y nos guarde!

Ese Jabín resurge en Hazor, una ciudad en el territorio de Neftalí (Jos. 19:36), y allí establece su cuartel general. El nombre Neftalí significa ‘vencer’, ‘victoria en la pelea’ o ‘prevalecer en la lucha’ (Gén. 30:9). Y exactamente en esa tribu que ‘vence en la batalla’ resurge el enemigo. No bastaba tener el nombre de vencedor. Era necesario tener la realidad de vencedor. De la misma forma con nosotros: No basta decir que somos más que vencedores: es necesario tener esa realidad en nuestras vidas. Pablo oró a favor de los hermanos en Éfeso para que Dios los fortaleciese con poder en el hombre interior por su Espíritu.

¡Necesitamos de ese fortalecimiento interior, necesitamos permanecer en Cristo! De lo contrario, cuando nuestros enemigos surjan, aunque ya hayan sido vencidos en el pasado, acabarán por ganar ventaja sobre nosotros. La carne nunca envejece, nunca se debilita. El mundo siempre buscará seducirnos. Y el diablo nunca se cansa, sino que siempre anda alrededor buscando a quien devorar (1ª Pedro 5:8).

Jabín significa ‘sabiduría o entendimiento’ y Hazor significa ‘fortaleza’. Ambos representan la sabiduría de este mundo, que es terrenal, puramente humana, diabólica (Santiago 3:15, NVI), y que puede tornarse en una fortaleza para aprisionar al pueblo de Dios. Mas, gracias al Señor, «las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas...» (1ª Cor. 10:4).

Cuando Jabín fue destruido por Josué era rey de Hazor (Jos. 11:1). Sin embargo, en su resurgimiento su reino es ampliado y él es rey de Canaán. ¿Y qué decir del significado del nombre Canaán? ¡Tierra baja, o comercio! Eso apunta a las cosas terrenales, en oposición a las cosas celestiales. Nos habla de los intereses terrenos, de la búsqueda de los propios intereses, de la preocupación por las cosas de la tierra (Col. 3:1-2).

Todo este cuadro nos muestra el peligro de caer en el juego de nuestra carne. Y en verdad, es el lado más bajo de nuestra carne. ¡Cuán tirana es nuestra carne! ¡Cuán poderosa es! ¡Pasaron más de cien años, pero ved que ella surge con más fuerza todavía! ¡Con poder incrementado, con sus «novecientos carros herrados»!

Oh, amados, ¿quién podrá por su propia fuerza escapar de ese cautiverio? ¡Imposible! Así como era imposible para Israel vencer a Sísara, y sus carros de hierro, también es imposible para el cristiano, en sí mismo, escapar de ese cautiverio. Solamente una intervención celestial puede librarnos de tan grande opresor.

La única cosa que podemos hacer por nosotros mismos es caer en ese cautiverio. ¡Cuán fácil es volver a ser dominado por toda clase de cosas terrenas, carnales! Basta que nos apartemos del Señor y no hacer de él nuestra habitación. Será necesario sólo no tener una santa vigilancia y constancia en permanecer en Cristo, en confiar en la obra de su cruz. Este Jabín y todo su reino nos advierten en cuanto al peligro de caer en el cautiverio producido por el lado más bajo de nuestra carne. Y sabemos que la base de operación de nuestro enemigo es nuestra carne. Y una vez bajo su cautiverio, el enemigo podrá venir y obtener todo tipo de ventaja sobre nosotros. ¡Oh Señor, ayúdanos; clamamos a ti!

El hecho de que la fortaleza de Jabín haya sido levantada en el territorio de la tribu que tenía el nombre que recordaba ‘luchador’, ‘vencedor’, nos advierte que cualquier cristiano está sujeto a esta situación. Cualquiera puede ser derrotado si no hay vigilancia. Como nos recuerda la Palabra: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1ª Cor. 10:12). No hay fuerte, no hay valiente fuera de Cristo. ¡Aunque alguien sea considerado un hombre espiritual, maduro, crecido en el Señor, también estará sujeto al fracaso si no vigila y se mantiene escondido en Cristo! Tenemos varios ejemplos negativos de eso en medio del pueblo de Dios.

Pero aunque hayamos caído en el cautiverio de Jabín, de las cosas terrenas, de la sabiduría de este mundo, de la búsqueda de nuestros propios intereses, de los intereses de la carne, hay esperanza de liberación. Así como el pueblo de Israel experimentó la liberación de ese tan terrible opresor, así también todo hijo de Dios que haya caído en cautiverio tiene en el Señor la liberación. Y en el ejemplo de Débora y Barac tenemos la indicación de cómo el Señor provee la liberación.

¡La convocación para la batalla contra ese opresor será hecha! Y aquellos que atiendan a esa convocación experimentarán la victoria, porque quien la obtiene es el Señor de la gloria, el Todopoderoso, y es él mismo quien va al frente de su pueblo. ¡Gloria a Dios! Él también nos convoca a la batalla. ¡No habrá opresor que resista a su brazo de poder!

El primer paso en el camino de la victoria

Para no caer en el cautiverio, en la opresión de nuestros enemigos espirituales, hay una condición: hacer del Altísimo nuestra habitación, nuestro refugio (Sal. 91:9). Y hacer del Señor nuestra habitación implica, entre otras cosas, mantener aquella santa vigilancia, fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza; vestirnos de toda la armadura de Dios, para poder estar firmes contra las asechanzas del diablo (Ef. 6:10-11). Aunque nuestra posición sea de descanso en Cristo, en su obra en la cruz, eso no significa pasividad, sino al contrario, significa apropiarnos por la fe de toda la provisión que nos fue dada en Cristo Jesús nuestro Señor.

Preste atención a las proposiciones de Pablo: «Fortaleceos ... vestíos». Ellas se refieren a acciones definidas, concretas, reales, que yo y usted tenemos que realizar. Y claro, sólo conseguimos movernos en esa dirección movidos por la gracia de Dios, con la ayuda del Espíritu Santo.

¡El resultado de ese posicionamiento, de ese movernos en la dirección que ordena la Palabra de Dios, será «permanecer firmes contra las asechanzas del diablo»! Tomar «toda la armadura de Dios» tiene un objetivo bien definido, que es «resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes» (Ef. 6:13).

¡Oh, cuán necesario es, en el día de la batalla, estar revestidos con la armadura de Dios! ¡Fortalecidos en el Señor, y en el poder de su fuerza! Sólo así podemos permanecer firmes, inconmovibles, contra todas las asechanzas y ataques de las tinieblas. De lo contrario, caemos y somos presas fáciles.

Pablo afirma en 2ª Corintios 2:11 que no ignoramos las maquinaciones de Satanás. Él usará todas las circunstancias, personas, el mundo y nuestra carne con el objetivo de derrotarnos.

No olvidemos: Hay un día malo en nuestra experiencia, en nuestro caminar. Hay un día en que parece haber una conspiración declarada contra nosotros, y tenemos la nítida impresión de que hay poderes de las tinieblas maquinando toda suerte de ardides contra nosotros. Usted que ya tiene un tiempo con el Señor puede confirmar nuestras palabras. Cuántas veces comenzamos el día y parece que todo está tremendamente equivocado, nada parece estar bien, sea en la casa, en el trabajo, todo está tumultuoso, sus palabras son totalmente distorsionadas, las personas se levantan contra usted ... una infinidad de cosas surgen como de la nada.

Mas hay también aquellos días en que las celadas son puestas delante, sólo que ahora en ‘tonos coloridos, brillantes’, atrayentes, incitando su carne con el fin de llevarlo a andar en todas sus concupiscencias. ¡Cuán terribles son tales tentaciones! Hay todo tipo de maquinaciones del enemigo para llevarnos a andar en la carne. Él conoce nuestras debilidades, y como conocedor de ellas, sus ministros –los espíritus del mal– vienen con todas sus insinuaciones para que cedamos en nuestras debilidades.

Mas bendito sea Dios, «porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Y la recomendación y la promesa de la palabra de Dios es: «Acerquémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16).

¿Hay un tiempo más oportuno que éste, cuando somos así atacados en la batalla, para ser socorridos y recibir misericordia y gracia? ¡Oh, mis amados, puedo afirmar de todo corazón cuánto necesitamos del socorro, de la misericordia y de la gracia de nuestro amado Sumo Sacerdote!

Mas el hecho que está delante de nosotros ahora es: ¿Qué hacer si hemos caído, si estamos en ese tan humillante cautiverio? ¿Cómo volver a aquella posición de victoria, cómo sacudirnos del yugo que nos pone nuestro enemigo? ¿Qué hacer después de haberse apartado de la presencia del Señor, cual Israel, y verse oprimido por un ‘rey Jabín’?

El camino de regreso, el camino de la liberación, comienza aquí: «Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová» (Jueces 4:3). La liberación vino a partir del momento en que los hijos de Israel clamaron al Señor. Por causa de ese clamor Dios envió el socorro. A partir de ese clamor varias cosas sucedieron hasta que la completa victoria sobre el enemigo vino y el pueblo pudo experimentar tiempo de paz nuevamente. Hasta entonces el pueblo sólo experimentaba opresión, humillación, burla, y escarnio del enemigo y el miedo esparcido por medio de su ejército con sus novecientos carros de hierro.

Aquí tenemos un ejemplo del cielo moviéndose en dirección a la tierra a partir del clamor del pueblo del Señor. Parece que ha sido siempre así. El Señor espera hasta que llegue el clamor hasta él –el pedido de socorro– y entonces interviene. Fue así como Israel experimentó la liberación del cautiverio en Egipto. «Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios ...» (Éx. 3:7-8).

En este ejemplo no hay duda. El Señor movió su brazo solamente después de que su pueblo hubo clamado. Y si usted examina las Escrituras, verá que hay muchos otros ejemplos confirmando que el obrar de Dios en medio de su pueblo siempre es así: primero el clamor y después la intervención de Dios.

Mas ese clamor del pueblo de Dios es la consecuencia, o si podemos decirlo así, es la manifestación de algunos hechos que deben suceder.

Primero, ese clamor fue fruto del arrepentimiento y la confesión de sus pecados. Vea cómo está descrito el mismo evento de Jueces en el libro 1 Samuel: «Y ellos clamaron a Jehová, y dijeron: Hemos pecado, porque hemos dejado a Jehová...» (12:10). El clamor fue fruto del arrepentimiento. Reconocieron sus malos caminos y que habían pecado contra el Señor y que por eso estaban sujetos a cautiverio.

El arrepentimiento genuino viene de una tristeza según Dios (2ª Cor. 7:10). Nos entristecemos por haber ofendido al Señor, por haber seguido algún camino malo y deseamos verdaderamente volvernos al Señor.

Segundo, ese clamor fue un humillarse delante de Dios. En 1ª Pedro 5:6 se nos dice: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo». La desesperación del pueblo lo llevó a humillarse delante de Dios. Las Escrituras nos recuerdan que «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stgo. 4:6). Mientras estemos confiados en la fuerza de nuestro brazo carnal sólo experimentaremos la derrota. ¡Mas si nos humillamos delante del Señor recibiremos gracia!

Tercero, ese clamor fue el reconocimiento de que sólo el Señor podría librarlos. Ellos llegaron al fin de sí mismos. Reconocieron que en ellos mismos no había ninguna posibilidad de vencer al enemigo.

En este proceso de liberación, mientras pongamos la esperanza en nosotros mismos, no reconoceremos que sólo en el Señor tenemos la victoria. Recordemos las benditas palabras del Señor Jesús a sus discípulos: «Separados de mí nada podéis hacer» (Jn. 15:5).

¡Este es el primer paso para la liberación, para experimentar la victoria sobre el enemigo: «Clamar al Señor»!

Tomado con permiso de http://esquinadecomunhao.blogspot.com.
Traducido del portugués.

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