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Un
análisis de la comunión espiritual, en contraposición
con la unidad meramente anímica. El Cristo vivo Will H. Houghton «Yo
soy ... el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por
los siglos de los siglos» (Apoc. 1:17-18). Grandes divisiones de la Iglesia Cristiana están ocupadas con un Cristo muerto. Alguien que visite las catedrales del Viejo Mundo y contemple las múltiples cruces y crucifijos no puede dejar de reconocer este hecho. Después de repetidas visitas a algunas de estas catedrales, culminadas por una visión de Oberammer-gau (Alemania), las figuras sobre las cruces inspiraron el registro de las siguientes líneas:
¿Es posible que Él haya sido realmente resucitado de entre los muertos? ¿Es Él realmente el que fue anunciado por los profetas? Sí, verdaderamente él es la Persona cuyo nacimiento, vida y muerte fueron presentados casi con detalles, siglos antes de ocurrir. «Y: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán» (Hebreos 1:10-12). Sus orígenes terrenos fueron despreciables. Nacido de una mujer desconocida en una aldea común, en una provincia ignorada de una tierra despreciada, allá fueron puestas sobre él todas las limitaciones de la pobreza y falta de oportunidades. Él vivió como un joven entre muchos, aunque vino a ser un hombre extraordinario. Como otros hombres él fue sobrecargado, solitario y hambriento. Sin embargo, más que cualquier otro hombre él fue despreciado y abandonado; fue falsamente acusado, preso, azotado, crucificado. Incluso éste es Aquel que recibió en el lenguaje profético el nombre de «Admirable». ¡Sí, él es realmente admirable! Él está aquí admirable en su nacimiento admirable en su vida admirable en sus palabras admirable en sus hechos. Él experimentó una muerte admirable y llegó a una crisis admirable en su triunfante resurrección. Él está aquí Vencedor del pecado, de la muerte y del sepulcro. Toda la serie de acontecimientos en torno a la resurrección provoca conmoción. La sala de la corte abarrotada y el juicio cobarde. La triste procesión y la multitud curiosa. La cruz plantada y el Salvador sufriente. La tumba sellada y la guardia romana. Y, finalmente, el momento del triunfo con la piedra rodada y el sepulcro despojado de su presa. El cuerpo que estaba muerto y enterrado de nuevo está palpitando vida. Todo en el escenario aumenta sus pulsaciones, como el de quien observa desde la galería de los años. Aunque debemos recordar que eso no fue preparado así. No había galería en aquella ocasión, ni espectadores. La literatura, la música y el arte han dado forma y color a aquel escenario. El poeta y el pintor se unieron para darnos un gran espectáculo teatral, y si no tenemos cuidado estaremos más preocupados con un acontecimiento que con una Persona. ¿No es triste que Dios nos haya dado su mejor su Hijo unigénito y la Iglesia manifieste más interés en el acontecimiento de su venida que en la Persona que está allí? Dios dio a su Hijo a través del pesebre y la Iglesia está ocupada con la Navidad. Dios dio a su Hijo de vuelta en resurrección triunfal y la Iglesia tiene apenas una Pascua. Dios ha prometido que su Hijo va a regresar a la tierra y muchos están simplemente buscando otro acontecimiento. ¿Usted está esperando que Cristo vuelva o está esperando la vuelta de Cristo? Tomado
de «Living Christ» (Á Maturidade). *** |