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Una revista para todo cristiano · Nº 47 · Septiembre - Octubre 2007
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Los recursos que hay en Cristo para las batallas espirituales.

La batalla es del Señor

Oliver Peng (USA)

Deuteronomio capítulo 20 se refiere a nuestra batalla contra nuestro enemigo. El versículo 1 nos dice que nuestro enemigo será siempre más poderoso, con caballos, carros y pueblo claramente más numeroso que nosotros. Pero aún así no debemos temerle, porque «el Señor va con nosotros, para pelear por nosotros contra nuestros enemigos, para salvarnos» (v. 4).

Palabras consoladoras

Luego nos da cuatro escenarios donde las bajas (muertes) podrían ocurrir: 1) quien acaba de construir una casa nueva, 2) quien acaba de plantar un viñedo, 3) quien acaba de comprometerse en matrimonio, y 4) quienes están asustados.

El resultado posible de los cuatro panoramas es igual: «...no sea que él muera en la batalla». La solución para los cuatro casos también es la misma: «Vaya, y vuélvase a su casa» (vv. 5-7). Esto nos presenta una paradoja muy interesante: por un lado, está la promesa del Señor de ir con nosotros, para pelear por nosotros y salvarnos; y por otro, la perspectiva de las bajas en el fragor de la batalla es muy real.

Cuando la Biblia nos presenta una paradoja, hay generalmente algo muy interesante que espera para ser revelado.

La promesa del Señor de ir delante, pelear y salvarnos, representa Su gracia. La batalla no es nuestra; es del Señor. Hacemos frente a un enemigo experimentado, astuto y formidable, que tiene caballos, carros y pueblo más numeroso que nosotros. Este antiguo enemigo, astuto y despiadado se ha burlado y causado estragos a la humanidad por siglos. Pero en el último campo de batalla, en el Calvario, nuestro Señor Jesús fue delante de nosotros para dar la batalla y salvarnos. El enemigo fue derrotado de una vez para siempre y nosotros fuimos salvos por Su gracia.

El Señor ahora está haciendo un trabajo más profundo y más fino por Su misma gracia para producir el carácter de Su Hijo interiormente en nosotros, de modo que, mediante Su gracia, también nosotros podamos ahora hacer frente a un enemigo derrotado y obtener diariamente nuestras victorias. No es por nuestro propio esfuerzo, fuerza o capacidad, sino por la presencia poderosa del Espíritu Santo en nosotros y a través de Su trabajo subjetivo de llevar a la muerte las obras de la carne (Rom. 8:13 b).

Así conseguimos obtener estas victorias diarias.

En otras palabras, si no cedemos al Señor ningún terreno para que haga su trabajo más profundo y más fino en nosotros, y si somos insensibles a sus tratos, es decir si «damos coces contra el aguijón», allí no habrá ningún elemento de Cristo que sea agregado en nosotros, y nos enfrentaremos a la perspectiva de ciertas bajas en nuestras batallas espirituales.

He contado a menudo un encuentro que tuve poco después de haber nacido de nuevo, en Perú en 1968. Mis padres nos llevaron a visitar a algunos amigos en Casa Grande, y allí conocimos a Bert Elliot (hermano de Jim Elliot) y su esposa, Colleen, misioneros a las salvajes y primitivas selvas peruanas. Allí en la sala de estar de la familia de nuestros amigos, yo vi sus rostros. Nunca había visto algo similar ni podría explicarlo, pero me sentí como viendo una luz radiante emitirse del rostro de esa pareja. En este mismo día, 39 años más tarde, aquella imagen sigue vívida en mí. ¿Qué fue aquello que vi? – me pregunto a menudo.

Con el paso de los años, después de haber sufrido muchas bajas en mis batallas espirituales con el enemigo, comencé lentamente a entender. Era seguramente el Cristo que había sido profundamente labrado y constituido en su ser con muchos tratos, sufrimientos y rompimiento del vaso de alabastro, el que llegó a impactar y tocar las vidas de mucha gente. Totalmente desconocido para mí, cristiano renacido entonces… lo que vi en sus rostros ¡era Cristo!

Esto nos lleva a los cuatro casos de la gente que fue enviada a casa desde el campo de batalla: 1) El que construyó una casa nueva, 2) el que plantó un viñedo, 3) el que se enamoró, y 4) el que era pusilánime de corazón.

Una característica común parece operar en los cuatro aspirantes a soldados que fueron enviados a casa – carecieron de madurez y estabilidad en el Señor.

Para estos cuatro tipos de hombres, el Espíritu Santo destacó cuatro áreas importantes que les hicieron inútiles en las manos del Señor: casa, viñedo, esposa y miedos.

Casa

Antes de que podamos entrar en batalla contra el formidable enemigo, necesitamos experimentar a Cristo como nuestra «casa». Tenemos que conocer la disposición, el plan, las habitaciones, el equipamiento y la hermosura de Cristo, si es que vamos a ir a la batalla. Antes que nada, necesitamos una visión de él y de Su propósito eterno (plan y disposición).

Necesitamos morar confortablemente en Cristo «que es estar arraigados y cimentados en El» y permitirle a El «hacer morada (casa) en nuestros corazones» (las habitaciones).

Necesitamos poseer una buena medida de las riquezas y del carácter de Cristo, de modo que poder exhibir adecuadamente las riquezas de Cristo (el equipamiento). Finalmente, necesitamos ser ensanchados, mediante sus tratos, en Cristo, y producir abundancia de hierbas y de especias de la fragancia de su resurrección en nuestro carácter (hermosura de Cristo). Cuando todos estos elementos se conjugan en nuestra experiencia, estamos experimentándolo a Él como nuestra «casa» o habitación».

Viñedo

Luego necesitamos experimentar a Cristo como nuestro «viñedo o viña». Tiene que haber una evidencia de que la gracia llena de tal manera nuestras vidas que nos permite ocuparnos y trabajar con Cristo, a fin de que el fruto pueda producirse. Paulo dijo a los corintios, «yo soy el más pequeño de los apóstoles… antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Corintios 15:9-10).

Una apropiada experiencia de la gracia nos capacitará siempre con la carga y la capacidad de co-trabajar con el Señor; y el ministerio que resulta es nuestro «viñedo». Muchos santos preciosos desean celosamente servir al Señor y ser útiles en sus manos, pero su error común es centrarse en lo que él puede o desea hacer para el Señor en vez de permitir que la gracia haga un cultivo más profundo en los suelos de su corazón.

La mayoría de nosotros tenemos corazones llenos de piedras que necesitan ser quitadas o removidas. A diario nuestro corazón es distraído por el tráfico del mundo que tiende a endurecer los suelos de nuestro corazón haciéndolo duro y denso.

Necesitamos que el Señor remueva las piedras y quebrante y remueva los suelos, de modo que las vides puedan tomar raíz en nuestros corazones.

A menudo nuestro corazón es resecado por la dureza que nos rodea; diariamente el polvo del mundo, la rutina de nuestras labores y trabajos son tales que no tenemos ninguna humedad que deje producir vida. Estamos en la gran necesidad de que la gracia humedezca y riegue la tierra seca de nuestro corazón.

Una vez que el Espíritu Santo haya cultivado y la gracia haya irrigado el suelo para una tierna recepción de Cristo y de su palabra, las vides en nosotros tomarán raíz, florecerán y llevarán fruto. Cuando hemos experimentado a Cristo como nuestro «viñedo» no hay necesidad de buscar los ministerios o de preguntar cómo podemos servirlo. Nuestra viña será nuestro ministerio.

En el capítulo final del Cantar de los Cantares, la sulamita declara: «Salomón tuvo una viña en Baal-hamon, la cual entregó a guardas, cada uno de los cuales debía traer mil monedas de plata por su fruto. Mi viña, que es mía, está delante de mí; las mil serán tuyas, oh Salomón, y doscientas para los que guardan su fruto» (Cantares 8:11-12).

Aquí vemos a la sulamita que ha sido profundamente tratada y que ha producido una viña llena de Cristo, la cual ha venido a ser su ministerio. No sólo satisface a Dios, a quien se le ofrecen las «mil piezas de plata,» sino que además, tiene un excedente de las riquezas de Cristo para compartir con otros – las «doscientas piezas».

Muchos preciosos hermanos están muy preocupados preguntándose cuál será su ‘ministerio’, pero ellos han olvidado el asunto más importante – no han dejando a Cristo cultivarlos e irrigarlos como a una viña. Es peligroso involucrarse en un ministerio sin ser tratado como una «viña».

María, quien rompió el vaso de alabastro, no buscó un ministerio. La fragancia que emanó de su vaso quebrado era su ministerio. ¡Y qué poderoso ministerio fue! Después de dos mil años, esa fragancia persiste en la casa hasta hoy. ¿Puedes percibir su aroma?

Dorcas no buscó un ministerio. Ella hizo las túnicas y los vestidos para las viudas. Oh, pero qué gran ministerio tenía ella. ¡Cuando ella murió, los ancianos tuvieron que enviar para que Pedro la levantase de vuelta! ¡Eso demuestra cuánto extrañaban su ‘ministerio’! Mira alrededor. ¿Ves gente oculta, poco conocida y sin fama, sin ‘glamour’ como ella, en las iglesias de hoy?

Note que la sulamita en el Cantar de los Cantares dice: «Mi viña, que es mía, está delante de mí». Lo que la separó de todas las demás es que ella tenía ‘su propia viña’; el resto de ellos eran simplemente «encargados» (guardas) del viñedo. También, su viña estaba «delante» de ella. Es decir, en cualquier ambiente donde el Señor nos coloque, tiene el potencial de convertirse en nuestra viña.

La viña de Dorcas era cualquier cosa que estaba ante ella –cosiendo ropas para las viudas necesitadas–, no predicando en algún púlpito – con el debido respeto a los predicadores. En vez de preguntar cuál sea nuestro ministerio, haríamos bien en preguntarnos a nosotros mismos si poseemos una viña. Entonces, miremos alrededor para ver qué es lo que tenemos ante nosotros.

No pienso en hacer alguna cosa en mi vejez, aunque el tiempo es en verdad un elemento crítico; hoy estoy muy contento donde el Señor me ha colocado. Por su gracia, él está cultivando e irrigando su viña en mí. Removiendo las piedras y humedeciendo la tierra –y mis ojos atentos al Labrador– el ministerio que resulte no será nada de lo que deba jactarme. Es todo de él. Todo de él.

Amor

Entonces ¿qué ocurre con el enamorado? La intimidad viene a la mente. ¿Nota la necesidad de desarrollar intimidad con el Señor? La única y más perjudicial enfermedad que marchita la vida y que es como una plaga en la mayoría de los cristianos es la falta de intimidad con el Señor. Muchos cristianos exhiben sus dones, sus obras, su celo, pero tienen muy poca experiencia en el cuarto secreto.

Si puedo decirlo, algunos cristianos no tienen la menor idea sobre experiencias en el cuarto secreto. Tome el ejemplo de cualquier carácter santo en la Biblia; no encontrará ni uno solo que no haya tenido experiencias íntimas con el Señor. Tome cualquier carácter santo en la historia cristiana; no hay ninguno que no haya tenido dulces experiencias íntimas con el Señor.

No es nuestro conocimiento, dones, o celo lo que nos hace soldados: es nuestro conocimiento de primera mano y experiencia íntima que nos permiten (o nos capacitan para) hacer frente al enemigo en el campo de batalla.

El corazón cobarde

Ahora venimos a aquel que está asustado. El miedo proviene de una constitución interna débil. En fin, este último supuesto soldado es el resultado de los tres anteriores, es decir, carencia de experimentar a Cristo como la casa, carencia de experimentar a Cristo como viña, y carencia de experimentar a Cristo en la intimidad.

Finalmente, la solución a los cuatro tipos de soldados descalificados es la misma: «Vuélvase a su casa». Cuando no hemos experimentado a Cristo como nuestra «casa,» nuestra «viña,» o nuestro «amor,» seremos limitados por el miedo e incapaces de luchar contra el enemigo. La única solución es volver a nuestra «casa». Casi no es necesario decirlo, necesitamos entrar individualmente en la realidad espiritual de Cristo en todas estas tres áreas dejándolo tratar profundamente en nosotros y echar mano a la gracia que él provee en cada caso. El trato del Señor es una cuestión muy personal e individual. Pero tiene que haber un ambiente corporativo para balancear y para regular nuestras experiencias individuales.

Noten que el Señor no dijo: «Vuélvase a su nueva casa», «a su viña», o «a su novia». Él dijo: «Vuélvase a su casa».

La riqueza de la Casa de Dios

La casa es un tipo de la iglesia; es el ambiente corporativo que balancea nuestras experiencias individuales. Nadie, ni los ‘gigantes espirituales’, pueden conocer al Señor, ver al Señor, oír al Señor solos, por sí mismos. Sin el cuerpo –la casa– que nos regule y equilibre, nuestra experiencia espiritual estará condenada a la decepción, al engaño y a la inutilidad, no importa cuán dotados seamos.

Es en la «casa» donde aprendemos a sujetarnos los unos a los otros. Es en la «casa» donde se adquiere Su humildad. Es en la «casa» donde se prueba nuestra capacidad para la batalla. Es en la «casa» donde seremos equipados para la guerra contra el enemigo.

Muchos santos se han lanzado al campo de batalla sin estar correctamente preparados. Algunos han partido al campo de batalla pero nunca han vuelto completamente a la Casa.

Con toda honestidad, ninguno de nosotros está calificado para ir al campo de batalla. Y el Señor, en su gracia, nos ha enviado a «casa», no a cualquier casa, para consolidarnos. Que el Señor nos conceda un gran anhelo por Su Casa.

Es en esta Casa donde finalmente aprendemos a poseer, en una medida más completa, con todos los santos, la realidad de la «casa», el «viñedo» y la «novia». ¡Ayúdanos Señor!

Traducido de www.thecloseddoor.com.
Usado con permiso del autor.

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