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Una revista para todo cristiano · Nº 45 · Mayo - Junio 2007
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¿Qué hacer cuando Dios echa un balde de agua fría a tus sueños?

David y la casa de Dios

Christian Chen

Lecturas: 2 Samuel 7:1; Salmos 132:1-5; 13.

Difícilmente hallaremos en el Antiguo Testamento un personaje que haya agradado el corazón de Dios de una manera tan profunda como David.

Los sufrimientos de David

David no era perfecto; él era como tú o como yo. Sin embargo, la Biblia dice que él fue un hombre según el corazón de Dios. El Salmo 132 nos recuerda que David tuvo aflicciones: «Acuérdate, oh Jehová, de David, y de toda su aflicción» (v. 1).

Cuando David tenía quince años de edad, fue ungido rey secretamente por Samuel. Y por haber sido ungido rey en secreto, él sufrió mucho a manos del rey Saúl. David corrió para salvar su vida, de un desierto a otro, de una cueva a otra, por cerca de catorce años.

¿Puedes imaginar cuántas de sus noches fueron noches de insomnio? Él no tenía un lugar de descanso. El desierto nos habla de carencia de reposo. Y sólo unos pocos –cuatrocientas o seiscientas personas– le siguieron. Esas fueron las aflicciones de David.

Huyendo de Absalón

David tuvo que huir para salvar su vida de la persecución de Saúl; pero nunca pensó que un día tendría que huir también a causa de su hijo Absalón.

Entre todos los hijos de David, probablemente era Absalón quien tocaba lo más íntimo del corazón de David. Cuando Absalón se rebeló contra su padre y buscaba matarlo, David tuvo que huir del trono. La Biblia habla de cómo David cruzó el valle de Cedrón, cómo subió al monte de los Olivos, atravesó la cumbre del monte, y cruzó el río Jordán. Y, en el camino, muchos le despreciaron y algunos le maldecían; sin embargo, David sufrió el vituperio, y cuando uno de sus asistentes quiso matar al que le maldecía, él dijo: «Déjenlo en paz». Esas eran las aflicciones de David.

Y más aún, cuando los sacerdotes que llevaban el arca vinieron a él porque querían seguirle, él les dijo: «Por favor, regresen, no me sigan; sigan la voluntad de Dios. Si yo soy agradable a Dios, entonces volveré. Yo siempre puedo volver hacia el arca; pero el arca nunca me debe seguir; el arca es siempre el centro de todo».

Cuando estuvo bajo algún tipo de disciplina, David tuvo un corazón muy puro. Recordamos las dos veces en que él peregrinó en el desierto, las dos veces en que él huyó por su vida. Estas fueron las aflicciones de David.

Otra clase de aflicción de David

Pero en el Salmo 132:1, se refiere a una aflicción específica de David, a un sufrimiento casi desconocido para nosotros.

Al ver el contexto, encontramos a David ya en el trono, y no sólo eso, Dios ya le había concedido el reposo. Había vencido a sus enemigos, y hallado su descanso. Esta es la mejor época en toda su vida. Él no sólo estaba en Jerusalén y había tomado la fortaleza de Sion, sino que se había sentado en el trono de David. Pero ahora se nos habla acerca de las aflicciones de David, cuando sus sueños habían sido maravillosamente cumplidos.

Hermano, ¿conoces tú este tipo de sufrimiento? Cuando Dios te bendice, y te concede una hermosa familia, maravillosos hijos, una casa preciosa, un trabajo exitoso, y estás siendo muy usado por el Señor, las puertas se abren por todas partes. Has llegado a la cumbre de tu vida cristiana. Es como si estuvieras sentado en el trono, aquello que siempre has soñado. Cuando su sueño estaba realizado, David padeció por muchas y largas noches. Estas muchas noches de insomnio nos hablan de las aflicciones de David.

«Aconteció que cuando ya el rey habitaba en su casa, después que Jehová le había dado reposo de todos sus enemigos en derredor, dijo el rey al profeta Natán: Mira ahora, yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas» (2 Sam. 7:1).

Al comparar este pasaje con el pasaje en el Salmo 132, podemos imaginar que, después de muchas noches sin dormir, David vino al profeta Natán y le dijo: «He aquí, yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas. Si Dios no tiene reposo, yo tampoco lo tendré». Aquí entendemos cómo el corazón de David era uno con el corazón de Dios.

Entonces Natán le dijo: «...haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo». David no había dicho lo que estaba en su mente; sólo había expresado que no tendría descanso hasta que Dios tuviera su reposo. Sin embargo, a causa de su amor por su Dios, íntimamente David tenía algo en su corazón, y Natán lo sabía muy bien. Natán representa al Espíritu Santo.

Si amas al Señor, si de hecho sufres y no por ti mismo –por ti mismo no hay razón para que sufras, pues ya estás sentado en el trono, disfrutando del reposo–, ¿por qué tendrías que torturarte a ti mismo? Aquí hay alguien que nunca va a disfrutar de su descanso hasta que su Dios también obtenga su descanso. Hay algo en la mente de David: él desea edificar la casa de Dios. Natán lo sabe muy bien y le dice: «Haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo».

La Casa es la iglesia de Dios

La casa de Dios, traducida al lenguaje del Nuevo Testamento, es la iglesia de Dios. Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Sobre esta roca edificaré mi iglesia». Pedro dijo: «Nos acercamos a él como piedras vivas, siendo edificados juntos como una casa espiritual». Y Pablo dijo: «Vosotros sois la casa de Dios, vosotros sois el templo de Dios».

Entonces, si leemos Efesios, allí tenemos un llamamiento. Pablo habla acerca de la esperanza de ese llamamiento. ¿Qué es un llamamiento? Cuando fuimos salvados, un día, respondimos a su llamamiento. Y, después que fuimos salvados, oímos otro llamado del Señor: «Ven y sígueme, y yo te haré pescador de hombres».

Ahora cada uno puede decir: ‘Yo he sido llamado por el Señor’. Pero si leemos Efesios, cuando Pablo habla acerca de la esperanza de su llamamiento, y si leemos también Colosenses, tal llamamiento es único. Al leer esas dos cartas, vemos que somos llamados a ser un Cuerpo, tenemos un llamamiento para ser edificados como la iglesia de Cristo.

Antes del regreso del Señor, esa casa tiene que estar construida, pues él va a presentarse a sí mismo una iglesia gloriosa. Ahora entendemos que tenemos no sólo un llamamiento individual, sino que compartimos el mismo llamamiento. Y este llamamiento es para que seamos un Cuerpo.

Un sueño de juventud de David

De alguna forma, ese deseo de Dios estaba impreso en el corazón de David. Nosotros no sabemos cuándo tuvo David aquella visión; si cuando él era joven, o cuando era un pastor, no lo sabemos. Porque en aquella época, como pastor, él decía: «Jehová es mi pastor, nada me faltará» (Salmo 23:1). Sin embargo, el último versículo de este Salmo, dice: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días» – o «para siempre».

Dios puso ese deseo en David, aun cuando éste era muy joven. Pero, cuando David llegó a la cumbre él debería estar satisfecho, pero ¿por qué no podía dormir? Porque el arca de Dios aún estaba en una tienda.

Hermanos, conocer el corazón de Dios es una cosa; satisfacer el corazón de Dios es otra cosa. Por medio de los libros, por medio de las revistas, conoces la voluntad de Dios, sabes que nuestro Señor quiere edificar su iglesia, sabes que antes de su regreso él se va a presentar a sí mismo una iglesia gloriosa. Tienes todo el conocimiento, pero, ¿dónde estás tú? ¿Estás en la casa de cedro, disfrutando de tu reposo? Hermanos, ¿dónde está el arca de Dios hoy?

Si nosotros deseamos ser edificados juntos como la iglesia de Dios, ¿tenemos el corazón de David? Ese es el comienzo de toda verdadera edificación. De otra manera, todo lo que sabes no es más que un sueño. Somos soñadores, y somos hermosos soñadores. Todo está en el futuro, todo es una teoría. Pero si tú moras en el palacio de cedro, eso es muy real; si estás manejando un auto magnífico y miras a tus hijos maravillosos; eso es muy real. Pero, ¿qué sucede con la casa de Dios? ¿Es todavía un sueño, o sabes que Dios está cumpliendo lo que él desea hacer?

¿Cómo podemos nosotros ser edificados juntos? El primer paso es la experiencia de las aflicciones de David. Si nosotros no conocemos nada acerca de ese sufrimiento, somos meros soñadores. Podrás esperar por más de diez años, y nada ocurrirá. Puedes estar muy ocupado, puede haber muchas puertas abiertas para ti y para mí; pero ¿dónde está el arca de Dios? ¿Obtuvo ya lo que él desea?

Aunque estés ocupado trabajando para el Señor, eso no significa que Dios ya haya encontrado su lugar de reposo. Aquí aprendemos una lección de la historia de David. Finalmente, la voluntad de Dios fue cumplida, y el templo de Dios fue edificado. Pero antes, David pasó por una serie de sufrimientos. La operación de la cruz caló profundamente en su vida.

Tú no eres el hombre

«Aconteció aquella noche, que vino palabra de Jehová a Natán, diciendo: Ve, y dí a mi siervo David: Así ha dicho Jehová: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more?» (2 Sam. 7:4).

Aquel día Natán dijo a David: «Anda, y haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo». ‘Ese es tu sueño, intenta realizar tu sueño’. ¿Por qué? ‘Porque el Señor está contigo’. Pero, menos de veinticuatro horas después, hubo una sorpresa para David. Dios se había agradado del corazón de David, pero al seguir leyendo vemos que aquella noche fue la noche más difícil para David. Después de tantas noches sin dormir, hubo para él una noche de mayor aflicción. Dios le dijo: «No serás tú el que la edifique».

En la vida de David, Dios usó dos veces a Natán para hablar con él. Cuando David cometió el pecado de adulterio y de homicidio, durante casi un año él rehusó confesar su pecado. ¿Qué le dijo Natán? «Tú eres ese hombre».

Y luego tenemos esta ocasión. David tenía mucho celo por la casa de Dios. Y aunque el profeta le había dicho: «Anda y haz lo que quieres; tu sueño se cumplirá»; sin embargo, repentinamente, Natán vino con malas noticias: «Tú no eres el hombre».

David tenía millares de planes; él tenía una pasión por Dios; él tenía mucho celo por el Señor; pero nunca esperó que Dios le lanzaría agua fría a sus planes. «Tú no eres el hombre, porque hay mucha sangre en tus manos». Esas son las aflicciones de David. Cuando tienes un corazón para el Señor y no es tu hermano el que te dice: «Tú no eres el hombre»; no es tu esposa quien te dice: «Tú no eres el hombre». ¡Es Dios mismo quien te lo dice!

No somos nosotros los calificados para edificar la iglesia de Dios. ¡Cuántas veces hemos herido a nuestros hermanos y hermanas! A los ojos de Dios, ¡cuánta sangre hay en nuestras manos!

Así que, sólo porque tú conoces alguna teología, porque conoces algunas verdades bíblicas, tú dices: ‘Ahora, yo voy a edificar la iglesia’. Pero cuando intentas edificar la iglesia, a causa de tu temperamento, a causa de tu naturaleza, inconscientemente, tú hieres a tus hermanos, ¿y luego piensas que Dios te va a usar para edificar su iglesia? Si deseas edificar un muro de cinco metros, tienes que trabajar duro. Pero, si hieres a tus hermanos y hermanas, si has derramado tanta sangre, de hecho, consigues destruir tres metros.

Entonces, si deseamos ser edificados juntos, tarde o temprano el Señor tendrá que decirnos: «Tú no eres el hombre».

Alguien preguntó a la señorita Barber, quien ayudó mucho a Watchman Nee: «¿Cuál es el secreto para trabajar para el Señor?». Su respuesta fue: «El secreto para trabajar para el Señor es no trabajar para el Señor». Esas son las aflicciones de David. Si has consagrado todo al Señor, él te dirá: «Tú no eres el hombre, tú no estás calificado». ¿Lo has oído?

Este es el comienzo de la edificación de la casa, y eso es lo que estaba ocurriendo con David. Pero piensa esto: si Dios te dice: «Tú no eres el hombre», ¿cuál será tu reacción? ‘Bien, entonces, voy a amar al mundo. Si no es conmigo, no tengo nada que ver con eso. Desde ahora, no voy más a las reuniones, o me sentaré atrás. Aún voy a sonreír a los hermanos y hermanas, los voy a abrazar; pero permaneceré muy pasivo, porque Dios me ha dicho: Tú no eres el hombre’.

A menudo, Dios no dice esto directamente, sino que lo dice por medio de un hermano o una hermana. Y cuando oyes eso, dices: ‘No contribuiré más, no voy a usar mis talentos; nada va a salir de mí’. Pero, ¿eso es lo que pasó con David? No, hermanos. Cuando Dios nos dice ‘No’, es una prueba para saber dónde estamos.

Algunas veces tenemos una pretensión, como si fuésemos muy espirituales, hasta que un día esta parte de la obra de la cruz sobreviene. Es la parte más difícil de aceptar, cuando tienes toda la energía, y te lanzan un balde de agua fría. Y eso viene de Dios mismo.

La edificación de la propia casa

¿Por qué Dios dijo: ‘No eres tú el hombre’? Para entender esto, tendrás que leer toda la Biblia. Tienes un corazón, pero no tienes la calificación. Tarde o temprano, descubrirás que no eres capaz. Eso es parte de la obra de la cruz. Tienes que ser ejercitado en la paciencia y escuchar lo que Dios tiene que decirte. «Asimismo, Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo» (2 S. 7:11-14).

¿Por qué no eres tú el hombre? Antes que tú desees establecer casa para Dios, tienes que permitir que Dios mismo establezca tu propia casa. En tu corazón, tú piensas en la casa de Dios; en el corazón de Dios, él piensa en tu casa.

Es preciso que tu casa sea establecida, para que entonces la casa de Dios sea establecida. Antes que trabajes para Dios, tienes que permitir que Dios trabaje en ti. Contigo no es posible, no estás calificado. Pero, ¿cuándo estarás calificado? Sólo cuando tu casa esté establecida. Entonces, Dios va a establecer la casa de David. David tiene muchos hijos, uno de sus hijos será escogido, y este es Salomón.

Aquella noche, Dios prometió a David que iba a edificar su casa, y que uno de sus hijos se sentaría en el trono de David, y aquel hijo edificaría la casa de Dios. Eso es muy interesante. Sólo cuando la casa de David fue establecida, entonces Salomón edificó la casa de Dios. Es así como Dios edifica su propia casa.

Nosotros somos exactamente como David – ninguno de nosotros está calificado. Entonces, ¿qué haremos? Permite que Dios trabaje en ti, que Dios trabaje en tu casa. Salomón es parte de la edificación de Dios. Cuando Dios hizo su obra, entonces, por medio de Salomón, fue edificada la casa. Dios no va a usar a David directamente; pero eso no significa que él lo haya rechazado. Por un lado, Dios no te usa; pero, por otro lado, él aún te va a usar; pero te va a usar de una manera indirecta, sólo cuando tu casa esté establecida.

Luego, el camino para la casa de Dios es que Dios tiene que trabajar en nosotros y en nuestras casas. Por esa razón, la vida de familia está íntimamente relacionada con la vida de iglesia. Sin una vida de familia normal, nunca tendremos una vida de iglesia normal. Si no sabes cómo gobernar tu casa, ¿cómo podrás gobernar la iglesia? Esto es muy importante. Por tal razón, David tuvo que permitir que Dios hiciera su obra de una manera muy profunda.

Y sabemos cómo David aprendió la lección, a pesar de que él falló terriblemente. Él estuvo bajo la mano disciplinadora de Dios, pero, por la gracia del Señor, nació Salomón. Cuando Salomón se convirtió en el escogido de Dios, David recordó que él mismo no era capaz de edificar la casa de Dios; él era sólo un pecador preservado por gracia.

El nacimiento de Salomón nos hace recordar la historia del fracaso de David. David era un vaso en las manos de Dios; sin embargo, aquel vaso estaba completamente roto. Por la misericordia del Señor, él hizo un nuevo vaso. Los caminos de Dios son siempre más elevados que nuestros caminos, y finalmente, Salomón estuvo en el trono.

El lugar de la edificación

En 1 Crónicas 21 descubrimos que David pecó una vez más, cuando hizo el censo del pueblo. Él había sido restaurado, y esto, de hecho, puede ser muy peligroso. Después de regresar a Jerusalén, la tentación es ésta: Ahora sabes que Dios está contigo, sabes que él se agrada de tu vida, y entonces la carne, gradualmente, se levanta otra vez, y quieres saber cuál es el poder que hay en tus manos. Así, David pecó contra Dios una vez más.

Dos grandes pecados de David quedaron registrados en la Biblia: uno, cuando el cometió adulterio; otro, cuando hizo el censo del pueblo. Él sabía que había pecado contra Dios. Cuando el ángel casi los mató a todos, entonces él oró.

Dios envió al profeta y pidió que David fuera a la era en el monte Moriah, el lugar donde se separa la paja del grano. Las personas se alimentan con el grano, no con la paja. Cristo es el grano; nuestra carne es como la paja. Cuando estás alimentando a las personas con Cristo, inconscientemente, las estás alimentando también de ti mismo. Por esa razón, David estaba muy orgulloso, y quería censar al pueblo, para saber cómo era su desempeño, para conocer sus logros.

David pecó contra Dios, y por esto tuvo que pasar por la era. La obra de la cruz tuvo que cortar profundamente la vida de David. Entonces pudo ser útil en las manos de Dios. Cuando él pasó por la era y ofreció el holocausto, para su sorpresa, el fuego del cielo se derramó sobre el altar y consumió el sacrificio. Eso significaba que Dios estaba satisfecho, Dios estaba en paz.

Cuando David vio lo sucedido, dijo: ‘Este es el templo de Dios’. ¿Qué significa esto? Antes que el pueblo de Israel entrara en la tierra, Dios dijo a Moisés: «Si entras en la tierra, no sigas las costumbres de los pueblos de la tierra; ellos buscan los lugares altos y hacen sus ofrendas, pero tú no debes hacer eso». Dios escogería un lugar y todo el pueblo de Israel tenía que ir a ese lugar a ofrecer sus sacrificios. En otras palabras, si quieres edificar la casa de Dios, él mismo ya tiene escogido el lugar. Allí es donde debes ir.

Sin embargo, cuatrocientos o quinientos años después que el pueblo entró en la tierra, nadie sabía cuál era el lugar. Nadie lo sabía, ni Salomón, ni David. Todo lo que sabían es que un día habría un lugar escogido por Dios. Pero, gracias a Dios, después de su dolorosa experiencia, sus ojos fueron abiertos. En aquella era, donde la paja y el grano eran separados, estaba el lugar para la casa de Dios. Al mismo tiempo, ese era el lugar exacto donde Abraham ofreció a Isaac.

Por primera vez en la historia, David vio el lugar. Pero Dios tuvo que edificar primeramente a David. Si no hubiese estado establecida la casa de David, David no sabría dónde estaba la base de la casa de Dios. Es una lección que David aprendió en su vejez.

«Y dijo David: Aquí estará la casa de Jehová Dios, y aquí el altar del holocausto para Israel» (1 Crónicas 22:1). Los ojos de David fueron abiertos. En aquel sitio debería ser edificada la casa de Dios. En el lenguaje del Nuevo Testamento, ¿cuál es la base de la vida de la iglesia? Hay dos elementos importantes: uno, alguien como Abraham, que ofreció a su hijo Isaac; y dos, ¿somos nosotros como David, que pasó por la era?

Preparando los materiales

«Después mandó David que se reuniese a los extranjeros que había en la tierra de Israel, y señaló de entre ellos canteros que labrasen piedras para edificar la casa de Dios» (1 Cr. 22:2). Cuando David supo dónde debería echar las bases, él estuvo muy activo. Que Dios le haya dicho: «Tú no eres el hombre que va a edificar», no significa que él no estuviese calificado para preparar los materiales de la construcción.

El que edifica está en primer plano, y el que prepara los materiales está detrás. Salomón recibió toda la gloria, porque de allí en adelante el templo fue conocido como el templo de Salomón, y David estaba atrás de la escena. No importa lo que él haya hecho, las personas no verían su gloria. Dios le dice: ‘No eres tú el que va a edificar’, pero no por eso él se negó a hacer algo. Hablando estrictamente, si nosotros conocemos la historia de esa edificación, el noventa por ciento es el esfuerzo de David, y sólo el diez por ciento pertenece a Salomón. Sin embargo, Salomón recibió toda la gloria.

Hermano, ¿estás dispuesto a proseguir? Si Dios te dice: ‘Tú no eres el hombre que va a edificar’, él no ha dicho que no eres el hombre que puede preparar los materiales. ¿Estás dispuesto a hacer eso? Gracias a Dios, al seguir leyendo el capítulo 22, vemos cómo David hizo aquel maravilloso trabajo.

«Y dijo David: Salomón mi hijo es muchacho y de tierna edad, y la casa que se ha de edificar a Jehová ha de ser magnífica por excelencia, para renombre y honra en todas las tierras; ahora, pues, yo le prepararé lo necesario. Y David antes de su muerte hizo preparativos en gran abundancia ... He aquí, yo con grandes esfuerzos he preparado para la casa de Jehová cien mil talentos de oro, y un millón de talentos de plata, y bronce y hierro sin medida, porque es mucho. Asimismo he preparado madera y piedra, a lo cual tú añadirás (1 Cr. 22:5, 14).

Organizando la Casa

Aquí vemos cuán positiva era la actitud de David. Al seguir leyendo este pasaje, tu corazón va a ser tocado. Aquel a quien Dios dijo ‘No’ – como si hubiese sido rechazado por Dios – todavía prosigue, aunque ya es anciano, no lo abandona todo en manos de su hijo. El no desperdició su tiempo; él hizo mucho esfuerzo en preparar todo para el templo.

Y no sólo eso, cuando avanzamos al capítulo 23, ya está el templo, pero ¿dónde están los levitas y los sacerdotes? David reunió a todos los levitas y sacerdotes, y los distribuyó en veinticuatro grupos. Él era un buen organizador y, en aquella época, Salomón era aún muy joven e inexperto.

En el capítulo 25, David organizó a los músicos y cantores. Él sabía que no podía trabajar en la edificación de la casa; sin embargo, cuando la casa estuviera edificada, tendría que haber sacerdotes, levitas y cantores. Antes de su muerte, David lo organizó todo. Recuerden, en su carne, había una marca que decía: ‘Tú no eres el hombre’. Pero él siguió, y en el capítulo 26, y 27, y especialmente en el 28, él reunió a todos en Jerusalén.

Y delante de todos, David dijo a Salomón: «Sé fuerte y haz la obra». Salomón era el hombre. Ahora sabemos dónde edificar el templo, pero en esa época, David le mostró a Salomón en Jerusalén, el plano de la casa de Dios: «Todas estas cosas, dijo David, me fueron trazadas por la mano de Jehová...» (v. 19).

Piensen esto: el diseño fue trazado por la mano del Señor. Para edificar la casa, se necesita un plano, un dibujo para ver cómo es la casa. Dios le dijo ‘No’ a David; sin embargo, a él le mostró el plano. Y David dijo: ‘Eso fue trazado por la mano de Dios’. La casa de Dios debe ser edificada según el plano. Cuando Salomón edificó el templo, él debía seguir aquel plano. Si David desistiera y dijera: ‘Yo no tengo nada que ver con eso’, ¿quién hubiera sabido cuál era el lugar para edificar la casa?

Esto ocurrió al final de la vida de David. Él no sólo preparó el material, sino también el lugar donde se iban a poner los fundamentos, preparó los planos, organizó a los sacerdotes, puso a los cantores en la casa del Señor. Todo estaba casi listo. Ahora sólo era necesario el toque de oro de Dios. Finalmente, cuando Salomón estuvo en el trono de David, Dios realizó lo que deseaba.

Edificando las familias

Ahora puedes ver cómo la casa de Dios debe ser edificada. La lección es muy clara aquí: Si quieres edificar la casa de Dios, empieza desde tu familia, permite que el Señor obre en ella, enseña a tus hijos no sólo que sean buenos ciudadanos. En este mundo lleno de pecado, hay muchas tentaciones; ser puros es casi imposible. Si quieres ayudar a que tus hijos estén lejos de las drogas, del adulterio, de la fornicación, permite que Dios edifique tu familia, que él establezca tu casa.

Pero no olvides, la razón por la cual tienes muchos hijos es porque uno o dos de ellos serán usados por Dios para cumplir Su voluntad. Por esa razón, como padre, como madre, no tienes que enseñar a tus hijos para ti mismo; tienes que permitir que Dios trabaje en tu familia, y entonces nacerá un Salomón. Y todo ello es por gracia. Un día, él llegará a la cumbre de su vida, no por sí mismo – Dios le habrá escogido para hacer Su obra.

Nosotros sabemos que el Señor vendrá muy pronto. Pero, si él no viene tan pronto – aunque nosotros desearíamos reunirnos con él hoy – ¿cuándo la iglesia será una iglesia gloriosa? No debemos decir: ‘No deberíamos involucrarnos, no conocemos la voluntad de Dios, aún no es el tiempo’. Pero estás listo para preparar los materiales, ¿no es verdad? Puedes preparar el oro, la plata y todo lo demás. Eso significa que estás preparando a tu familia.

Por esa razón, la iglesia tiene que crecer, la iglesia tiene que seguir animando a los jóvenes. Estos son los materiales para la edificación de la iglesia. Cuando ellos estén siendo edificados, se convertirán en las siete columnas de la casa de Dios. «La sabiduría edificó su casa», pero antes de la edificación se necesitan las siete columnas. (Prov. 9:1).

El futuro de la iglesia está en los jóvenes. Por esa razón, si la iglesia está por el Señor, debería preparar oro y plata, y debería recompensar a los jóvenes cuando ellos siguen al Señor, animarlos y darles recompensa. Los jóvenes necesitan ser incentivados. Si el Señor no viene tan pronto, ¿quién sabe si el Señor usará a uno de tus hijos o tus hijas, así como usó a Salomón, para que, finalmente, la voluntad de Dios sea cumplida?

Yo pienso que hoy tenemos un problema. Pensamos: ‘Dios va a cumplir su voluntad, y yo soy indispensable, así que él me tiene que usar a mí’. No, hermanos. Los caminos de Dios son más altos que los nuestros. El problema es el siguiente: ¿Cuántos David hay aquí? Nosotros deberíamos ser como David.

Damos gracias a Dios. Él ya ha hecho una maravillosa obra en Chile. En muchos lugares, el testimonio del Señor ya ha sido establecido. Sin embargo, Dios va a hacer algo más – él va a traer una generación más joven para su iglesia.

Nosotros somos padres. Ahora, como iglesia, necesitamos levantarnos y saber lo que el Señor está haciendo. Los animo a proseguir leyendo toda la historia de David, para que sus corazones sean tocados, pues esa es la historia de la edificación de la casa de Dios, aunque David no recibió la gloria, sino que toda la gloria perteneció a otro. ¿Están ustedes dispuestos?

Que el Señor hable a nuestros corazones.

(Versión editada de un mensaje impartido en Temuco, en septiembre de 2006).

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