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Una revista para todo cristiano · Nº 44 · Marzo - Abril 2007
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Estudiando los Salmos con C. H. Spurgeon.

El tesoro de David (IX)

C. H. Spurgeon

Salmo 135

Este Salmo está compuesto de muchos fragmentos seleccionados, y contiene la continuidad y frescor de un poema original. El Espíritu Santo a veces se repite; no porque le falten pensamientos o palabras, sino porque es conveniente que nosotros oigamos la misma cosa en la misma forma. Con todo, cuando nuestro gran Maestro usa repetición es, en general, con variantes instructivas que merecen nuestra cuidadosa atención.

Salmo 136

No sabemos quién escribió este Salmo, pero sabemos que era cantado en el Templo de Salomón (2 Cr. 7:3-6), y que los ejércitos de Josafat lo cantaron en su victoria en el desierto de Tecoa.

«Cuando, en tiempo del emperador Constancio, san Atanasio fue atacado de noche en su iglesia de Alejandría por Sirianus y sus tropas, y muchos fueron heridos y asesinados, el obispo de Alejandría estaba sentado en su sitial y ordenó al diácono que empezara este Salmo, y el pueblo contestó, alternando: «Porque para siempre es su misericordia». Christopher Wordsworth. 

Salmo 137

Esta oda quejumbrosa es una de las composiciones más encantadoras de todo el libro de los Salmos, por su poder poético. Si no fuera inspirada, ocuparía un lugar muy elevado en poesía, especialmente la primera parte, que es tierna y patriótica en alto grado. Que hallen faltas en ella los que nunca han visto su templo incendiado, su ciudad en ruinas; es posible que no hablaran con bocas de terciopelo si hubieran sufrido de esta manera.

«En cada una de sus líneas se pueden oír el gemido del cautivo, el lamento del exilio y el suspiro de los santos». W. Ormiston. 

Salmo 138

Este Salmo está colocado en el lugar apropiado. Fuera quien fuera quien editó y ordenó estos poemas sagrados, tenía buena vista para notar la oposición y el contraste; porque si en el Salmo 137 vemos la necesidad de silencio ante los provocadores y burladores, aquí vemos la excelencia de una confesión valerosa. Hay tiempos de silencio, no sea que echemos perlas a los cerdos; y hay tiempos de hablar abiertamente, no sea que se nos tache de cobardes. El Salmo es evidentemente de carácter davídico, exhibiendo toda la fidelidad, valor y decisión que conocemos en el rey de Israel y príncipe de los salmistas. 

Naturalmente, los críticos han procurado negar la paternidad de David a causa del hecho de que se menciona el Templo, aunque resulta que en uno de los Salmos que se admite fueron de David se menciona esta palabra. Muchos críticos modernos son lo que las moscas a la comida: no pueden hacer ningún bien, y a menos que se las ahuyente, causan gran mal.

Salmo 139

Uno de los himnos sagrados más notables. Canta la omnisciencia y omnipresencia de Dios, infiriendo de ellas el derrocamiento de los poderes de maldad, puesto que él ve y oye los hechos y palabras abominables de los rebeldes y, sin duda, los tratará en conformidad con su justicia. 

El fulgor de este Salmo es como el del zafiro, o «cristal terrible» de Ezequiel; sus destellos son ráfagas de luz que cambian la noche en día. Como faros, su cántico santo proyecta una luz clara hasta los confines más alejados del mar y nos advierte contra el ateísmo práctico que no hace caso de la presencia de Dios y, con ello, hace naufragar al alma. 

Naturalmente, los críticos descartan que ésta sea una composición de David, a causa de ciertas expresiones arcaicas en él. Creemos que sobre los principios del criticismo hoy en boga sería muy fácil probar que Milton no escribió el Paraíso perdido. Sabiendo qué disparatadas inferencias sacan los críticos en estas cosas, hemos perdido toda fe en ellos y preferimos creer que David es el autor de este Salmo, por la evidencia interna del estilo y la materia, más bien que aceptar la opinión de hombres cuyo juicio es evidentemente indigno de confianza. 

«Aben Ezra hace notar que éste es el Salmo más glorioso y excelente de todo el libro; de que es muy excelente no cabe duda; de que sea el más excelente, es más difícil de aceptar». J. Gill. 

«Hay un Salmo que los cristianos harían bien si, como Pitágoras con sus preceptos áureos, lo repitieran cada mañana y cada tarde. Es la apelación de David a una buena conciencia ante Dios contra las sospechas maliciosas y calumnias de los hombres en el Salmo 139». Samuel Annesley. 

«Este Salmo es una de las composiciones más sublimes del mundo. ¿Cómo pudo el zagal que vigilaba ovejas concebir un tema tan sublime y escribir en tonos tan sublimes?». George Rogers.

«El Salmo de David». «Cómo puede algún crítico asignar este Salmo a otro que no sea David, no lo puedo entender. Cada línea, cada idea, cada giro de expresión y transición es suyo y sólo suyo. En cuanto a los argumentos sacados de dos expresiones caldeas que hay en él, son realmente una fruslería. Estas expresiones consisten meramente en la sustitución de una letra por otra, muy semejante en forma, y puede ser fácilmente el error de algún copista, especialmente uno que hubiera usado el idioma caldeo; pero los argumentos morales para la paternidad de David son tan fuertes como para anular este criticismo verbal, o mejor literal, y otras objeciones mucho más formidables, caso de que aparecieran». John Jebb. 

Salmo 140

Este Salmo está en el lugar apropiado a continuación del 139, de modo que casi puede leerse tras el anterior sin hallar una brecha entre los dos. El conjunto del Libro de los Salmos quedaría dañado seriamente si se interfiriera con el orden de los mismos, como algunos han propuesto. Es el grito del alma acorralada, la súplica de un creyente perseguido incesantemente y sitiado por enemigos astutos, que ansían su destrucción. 

David era perseguido como una perdiz por los montes y raramente tenía un momento de descanso. Esta es la apelación patética a Jehová pidiendo protección, una llamada que gradualmente se intensifica en la denuncia de sus acerbos enemigos. Con este sacrificio de oración ofrece la sal de la fe, porque en una manera muy marcada y enfática expresa su confianza personal en el Señor como Protector de los oprimidos y como su propio Dios y defensor. Pocos Salmos cortos son tan ricos en la joya preciosa de la fe.

Salmo 141

Título: «Salmo de David». Sí, David está bajo sospecha; tiene miedo de hablar para no inculparse él mismo, inadvertidamente, al tratar de defenderse; David, calumniado y sitiado por sus enemigos; David, censurado incluso por los santos, y tomándolo con paciencia; David, deplorando la condición del bando piadoso por el cual había sido reconocido como jefe; David, esperando en Dios con expectación confiada. 

El Salmo pertenece a un grupo de cuatro, y es bastante semejante a los otros tres. Su significado es profundo, de modo que en algunos puntos es muy oscuro; con todo, incluso en su superficie, tiene polvo áureo. En su comienzo, el Salmo es iluminado con el resplandor que se levanta con el incienso vespertino que se eleva hacia el cielo; luego viene la noche, lenguaje en cuyo significado no podemos casi ver nada; y ésta da lugar, luego, a la luz de la mañana, en la cual nuestros ojos están junto al Señor.

«Pocos Salmos abarcan en una dimensión tan reducida tantas gemas de verdad preciosa y santa». Barton Bouchier. 

Salmo 142

Este «Masquil» está descrito para nuestra instrucción. Nos enseña principalmente, por medio del ejemplo, la forma de ordenar nuestra oración en tiempos de aflicción. Una instrucción así es una de las partes más necesarias, prácticas y efectivas de nuestra educación espiritual. El que ha aprendido a orar, ha recibido instrucción en la más útil de las artes y las ciencias. Los discípulos dijeron al Hijo de David: «Señor, enséñanos a orar»; y aquí David nos da una valiosa lección al enumerar sus propias experiencias en cuanto a la súplica hallándose bajo una nube.

Salmo 143

«Salmo de David». Se parece tanto a otros Salmos davídicos que aceptamos el título sin la menor vacilación. La historia de David lo ilustra, y su espíritu respira en él. Por qué ha sido clasificado como uno de los siete Salmos Penitenciales no podemos decirlo; porque es más bien una reivindicación de su propia integridad, y una oración indignada contra sus calumniadores, que una confesión de falta. Es verdad que el segundo versículo prueba que él nunca había ni sonado intentar justificarse delante del Señor; pero en ello es difícil ver que haya el quebrantamiento de espíritu que hallamos en la penitencia. Parece más bien marcial que penitencial, más bien una súplica para ser liberado de la tribulación que un reconocimiento compungido de trasgresión.

«Al hacer este Salmo (según se ve claramente), David se hallaba en algún peligro extremo; fuera por parte de Saúl, que le había forzado a huir a la cueva como en el Salmo anterior, o por parte de Absalón su hijo, o por algún otro, esto es incierto. Este valioso Salmo, pues, contiene estas tres cosas: Primera, una confesión de sus pecados. Segunda, una lamentación por las injurias infligidas. Tercera, una súplica de liberación temporal y de gracias espirituales». Archibald Symson. 

Salmo 144

Nos parece muy probable que el Salmista, recordando que había recorrido ya antes parte de este territorio, sintió que su mente se dirigía hacia nuevos pensamientos, y que el Espíritu Santo usó esta disposición de David para sus propios propósitos elevados. Para nosotros todo el Salmo aparece perfecto tal como está, y muestra tal unidad todo él, que sería un acto vandálico y un crimen espiritual el quitar parte alguna del mismo. 

Salmo 145

Éste es uno de los Salmos alfabéticos, compuesto con mucho arte, e indudablemente así ordenado para ayudar a la memoria. El Espíritu Santo condesciende incluso al uso de métodos de artificio del poeta para asegurarse la atención e impresionar al corazón. 

Ciertamente la alabanza de David es la mejor alabanza, porque es la de un hombre de experiencia, de sinceridad, de calma y de intenso fervor en el corazón. Nadie puede rendir la alabanza ofrecida por David, porque esto sólo David pudo hacerlo, pero podemos tomar el Salmo de David como modelo y procurar hacer nuestra propia adoración personal tan semejante a él como sea posible; tardaremos mucho en igualar nuestro modelo. Que cada lector cristiano presente su propia alabanza al Señor y la llame con su propio nombre. ¡Qué riqueza y variedad de alabanzas presentaríamos en este caso por medio de Jesucristo!

Salmo 146

Nos hallamos ahora en los «Aleluyas». El resto de nuestro camino transcurre por 105 montes deleitosos. Todo es alabanza al final del libro. La clave es aguda; la música son címbalos que retiñen. ¡Oh si tuviéramos el corazón lleno de gratitud gozosa, para poder correr, saltar y glorificar a Dios como hacen estos Salmos!

«Este Salmo da en forma resumida el Evangelio de la confianza. Inculca los elementos de fe, esperanza y acción de gracias». Martín Geier. 

Salmo 147

Este es un cántico notable. En él se celebran la grandeza y la bondad condescendiente del Señor. El Dios de Israel es presentado en la peculiaridad de su gloria como cuidando de los afligidos, los insignificantes, los olvidados. El poeta halla un gozo especial en alabar a uno que está tan lleno de gracia. Es un Salmo de la ciudad y del campo, de la primera creación y de la segunda, de la comunidad y de la iglesia. Es todo él bueno y agradable. 

Salmo 148

Este cántico es uno e indivisible. Parece casi imposible exponerlo en detalle, porque un poema vivo no puede ser disecado verso tras verso. Es un cántico sobre la naturaleza y la gracia. Como un relámpago cruza el espacio y su resplandor envuelve cielo y tierra en un ropaje de gloria, así la adoración del Señor en este Salmo ilumina todo el universo y hace que resplandezca con el fulgor de la alabanza. El canto empieza en los cielos y va descendiendo hasta las profundidades, para volver a ascender de nuevo, hasta que el pueblo cercano a Jehová se ha unido a su melodía. Para su exposición el requisito principal es un corazón ardiente de reverente amor al Señor de todos, al cual sea la gloria para siempre. 

«El último en ser creado, el hombre, pero el primero en canto, no puede contenerse. Danza, canta; da órdenes a todos los cielos con los ángeles en ellos que le ayuden; «bestias y ganado, reptiles y aves», todos deben hacer lo mismo; incluso los «dragones» no deben quedar silenciosos; y «todas las profundidades» deben aportar su contribución. Trae incluso objetos inertes a su servicio –tambores, trompetas, arpas, órganos, címbalos–, por si por algún medio, puede él dar expresión a su amor y su gozo». John Pulsford. 

«Milton, en su Paraíso Perdido (Libro 5, línea 153), ha imitado este Salmo de modo elegante, y lo ha puesto en boca de Adán y Eva en su estado de inocencia como su himno matutino». James Anderson. 

«Este Salmo no es ni más ni menos que una gloriosa profecía del día venidero en que no sólo se habrá extendido el conocimiento del Señor sobre toda la tierra, como las aguas cubren el mar, sino que todo ser creado en el cielo y en la tierra, animado e inanimado, desde el arcángel más elevado a través de todos los grados y fases del ser, hasta el átomo más pequeño; jóvenes y doncellas, viejos y niños, y todos los reyes y príncipes y jueces de la tierra – se unirá en su himno milenial a la alabanza del Redentor». B. Bouchier. 

Salmo 149

Estamos casi en el último Salmo y todavía entre ‘Aleluyas’. Este es un nuevo cántico, evidentemente a propósito para la nueva creación y los hombres que tienen un nuevo corazón. Es el cántico que puede ser cantado a la venida del Señor, cuando la nueva dispensación derribe a los inicuos y honre a todos los santos. El tono es jubiloso y rebosante. En todo él se oye el resonar de címbalos y arpas, al ritmo de los pies de las doncellas que golpean el suelo con sus danzas.

Salmo 150

Hemos llegado a la última cumbre de esta cordillera de los Salmos. Se eleva a gran altura en el claro azul del cielo, y sus laderas están bañadas por la luz del sol del mundo eterno de la adoración. Es un éxtasis. El poeta profeta está lleno de inspiración y de entusiasmo. No discute, no explica, no enseña, sino que prorrumpe en «¡Alabad a Dios! ¡Alabad a Dios!».

«El Salmo anterior termina con un coro de alabanza a Dios, en el cual el poeta llama a todo el pueblo, todos los instrumentos de música sagrada, todos los elementos y todas las estrellas, para que se unan al mismo. Final sublime de esta obra de 60 años cantada por el pastor, el héroe, el rey y el anciano. 

«En este Salmo final vemos el mismo entusiasmo casi inarticulado del poeta lírico; ¡las palabras se agolpan en sus labios con tal celeridad, flotando hacia arriba, a Dios, su fuente, como el humo del gran incendio del alma avivado por la borrasca! Aquí vemos a David, o mejor dicho, el corazón humano mismo con todas las notas que le ha dado Dios, aflicción, gozo, lágrimas y adoración: poesía santificada en su expresión más elevada, un vaso de perfume derramado en los peldaños del Templo y esparciendo su fragancia desde el corazón de David al corazón de toda la humanidad». William Plumer.

«El primero y el último Salmo tienen el mismo número de versículos, y los dos son cortos y memorables; pero el objetivo de ambos es muy distinto; el primero es una instrucción elaborada respecto a nuestro deber, nos prepara para los consuelos de nuestra devoción; éste es todo éxtasis y arrobamiento, y quizá fue escrito como una conclusión de estos cantos sagrados, para mostrar cuál es el designio de todos ellos, a saber, el de ayudarnos a la alabanza a Dios». M. Henry.

Extractado de El Tesoro de David, de C. H. Spurgeon.

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