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Una revista para todo cristiano · Nº 44 · Marzo - Abril 2007
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Precoz, prolífico, polémico, elocuente. Charles Haddon Spurgeon, un hombre que hizo brillar hermosamente el evangelio en la penumbra de la Inglaterra decimonónica.

El príncipe de los predicadores (2ª Parte)

Procedente de una antigua familia cristiana inglesa, Charles H. Spurgeon mostró tempranamente inclinación por la las cosas espirituales. Convertido a los 15 años, a los 17 ya era pastor. A los 20 años se hizo cargo de una de las iglesias más antiguas y prestigiosas de Londres. Muy pronto comenzó a atraer multitudes por su predicación. Fuera de Inglaterra su nombre también se hizo conocido gracias a la publicación de sus sermones, que se leían con devoción en todo el mundo. Su popularidad creció hasta el punto de convertirse en un verdadero fenómeno religioso. Sin embargo, también hubo una fuerte hostilidad hacia su persona, a causa de su juventud, su denuedo, y sus firmes convicciones doctrinales. Las dificultades alcanzaron su punto más álgido cuando ocurrió un accidente en una de sus reuniones, que causó la muerte a 7 personas, y dejó a otras 28 heridas. Esta terrible tragedia dejó una huella muy profunda en el joven predicador. No obstante se repuso, y continuó su ministerio.

Colegio de Pastores
A fin de ayudar a los jóvenes que tenían el llamado a la predicación, Spurgeon creó en 1856, con recursos propios, el Colegio de Pastores, que comenzó con un solo alumno y un solo maestro. En poco tiempo, se construyó un edificio para el Colegio. A fines de 1872, dada la alta demanda de los estudiantes, se construyó un hogar para el Colegio. En su discurso anual de 1890, Spurgeon informaba que en los 34 años del Colegio, habían sido recibidos en él 828 postulantes, de los cuales 673 ejercían en la obra.

El Colegio de Pastores fue la obra favorita de Spurgeon. «El que convierte un alma saca agua de una fuente; pero el que prepara un ganador de almas, está cavando un pozo del cual millares pueden beber el agua de la vida eterna. Por eso creemos que nuestra obra entre 1os estudiantes es la mayor responsabilidad de todas aquellas en las cuales hemos puesto las manos...».

Desde el año 1865 se organizó la «Conferencia Anual» del Colegio de Pastores. A estos encuentros venían todos los que habían pasado por sus aulas, para tener una semana de refrigerio espiritual, en el abrazo de los compañeros, en la comunión, en el estudio a los pies del Maestro. Spurgeon siempre tenía para ellos palabras de cariño y aliento, de exhortación y consejo.

Hacia fines de 1857 se publicó su primer libro, el primero de muchos que habría de publicar: El Santo y Su Salvador, escrito principalmente «para la familia del Señor,» aunque contiene muchos pasajes destinados al lector inconverso.

Al modo de Wesley y de Whitefield, Spurgeon solía predicar al aire libre. Cierta vez predicó debajo de un gran árbol donde hacía poco había muerto un hombre partido por un rayo. De esa manera, él enfatizaba lo inesperado de la muerte. En otra ocasión, 10.000 personas le escucharon predicar junto a una gran roca y cantar con todo fervor «Roca de la Eternidad». Predicó también en establos, cobertizos, y una vez, incluso, predicó sobre una carreta.

A fines de 1858, los sentimientos de Spurgeon en contra de la esclavitud se hicieron ampliamente conocidos, pues en una reunión nocturna, Spurgeon invitó a John A. Jackson, un esclavo fugitivo originario de Carolina del Sur, USA, a que subiera al púlpito con él. Esto hizo que perdiera mucho del apoyo que recibía de los Estados Unidos, y afectó la venta de sus sermones en aquel país. Tal vez por eso, pese a las múltiples invitaciones que habría de recibir posteriormente, Spurgeon nunca accedió a visitar Estados Unidos. Más tarde recibiría también invitaciones para visitar Australia y Canadá, pero él contestaba que no tenía permiso de su Señor para abandonar su puesto.

Mientras se levantaba el Tabernáculo Metropolitano, Spurgeon, los diáconos y algunos miembros de la iglesia, acostumbraban reunirse a orar en medio de los trabajos de la construcción. Por fin, el 1° de marzo de 1861, fue terminado el Tabernáculo Metropolitano. Tenía capacidad para 6.000 personas; además había un salón para la Escuela Dominical, con capacidad para 1.000 personas; y otras dependencias.

Días de éxito y reconocimiento

El primer servicio que se celebró en el Tabernáculo Metropolitano fue de oración, dirigido por Spurgeon, el 18 del mismo mes, con una asistencia de más de mil personas. Las celebraciones de apertura tuvieron una duración de 5 semanas. Varias predicaciones sobre la gracia fueron expuestas por el propio Spurgeon y por otros predicadores invitados.

En estos momentos tenía Spurgeon 26 años de edad, y sólo hacía 6 que se encontraba en Londres. No obstante su juventud, y el tiempo relativamente corto en que se hallaba al frente de este trabajo, había efectuado una labor verdaderamente brillante. La fama de Spurgeon no cesó, ni mermó con la edificación del Tabernáculo Metropolitano. Al contrario, su renombre iba creciendo a medida que pasaban los años.

Durante el año 1861 se distribuyeron 200,000 sermones impresos en las Universidades de Oxford y Cambridge, y salió a luz una edición alemana que se expuso en la Feria del Libro de Leipzig. Muchos periódicos de Estados Unidos seguían publicando sus sermones cada semana.

El volumen de sermones del «Púlpito del Tabernáculo Metropolitano» correspondiente al año de 1864 es uno de los más importantes de toda la colección que contiene 56 volúmenes. La razón es que incluye sermones sobre «La Regeneración Bautismal», «Niños Traídos a Cristo y no a la Pila Bautismal», «El Libro de la Oración Común» (utilizado por la Iglesia de Inglaterra, anglicana), y «Pesado en las Balanzas». Spurgeon sabía que había «atizado un nido de cascabeles» y estaba plenamente convencido que la venta de sus sermones bajaría dramáticamente, pero a partir de ese momento se vendieron más.

En 1865 se inició la publicación de una revista mensual a la que puso por nombre La Espada y La Paleta de albañil. La revista incluía la publicación de sermones, de artículos y de reseñas de libros. También mantenía informados a sus lectores acerca de las demás obras del ministerio de Spurgeon.

En 1865 predicó un mensaje titulado «La Verdadera Unidad Promovida,» que tiene mucha vigencia en nuestros días. En 1866 volvió a predicar sobre este tema. Spurgeon demostró sus simpatías a favor de una verdadera unidad cristiana al visitar Escocia en la primavera de ese año, asistiendo a la Iglesia Libre de la Asamblea de Escocia y predicando en otra iglesia de San Jorge y para las Iglesias Presbiterianas Unidas de Edimburgo.

La Sociedad de Colportores y el Orfanato

En 1866 fue creada la Asociación de Colportores. Su propósito era hacer circular la mayor cantidad posible de libros sanos, de carácter cristiano. Para Spurgeon, los colportores no eran sólo vendedores de libros, sino eran verdaderos «misioneros predicadores, y pastores». Algunas cifras dan elocuente muestra de ello.

Durante los primeros dos años, hubo sólo 6 hombres en este trabajo. En 1872, había 13; en 1874 había 35; en 1875, había 45. En 1880, que era el 14o. año de su existencia, la Asociación contaba con 79 colportores y se habían vendido 396.291 libros y revistas, se habían efectuado 631.000 visitas misioneras, y celebrado 6.000 servicios de predicación. En promedio, cada año cada colportor había vendido 5.016 libros y revistas; efectuado 7.987 visitas; y celebrado 75 servicios de predicación. Siguiendo el ejemplo de los colportores, un grupo de miembros del Tabernáculo partió a la India en labor misionera.

El año siguiente comenzó a concretarse otro sueño de Spurgeon: un Orfanatorio. Como alguien dijo: «El Orfanatorio representa de la manera más hermosa uno de los rasgos más tiernos de Spurgeon. Su amor a los niños sólo fue excedido por el amor que los niños le tenían a él». Muchas ocasiones, extenuado por el exceso de trabajo, y preocupado por los muchos problemas, Spurgeon iba al Orfanatorio para encontrar descanso físico y mental. Allí, Spurgeon era como «un niño grande entre otros muchos niños pequeños».

No obstante, Spurgeon nunca tuvo el propósito deliberado de fundar un asilo de niños. Su creación fue providencial, y es preciso que nos refiramos a ella para conocer un poco más a este hombre. En el año 1866, hablando Spurgeon de una manera incidental, de algunas cosas que constituían una necesidad imperiosa, mencionó un Orfanatorio, haciendo énfasis en los millares de niños que en la misma Londres carecían de pan y de abrigo. Esta nota fue leída por una asidua lectora de Spurgeon, la Sra. J. Hillyar, que era viuda de un clérigo anglicano y que poseía muchos bienes. Después de meditarlo mucho, puso a disposición de Spurgeon una fuerte suma de dinero para la construcción de un Orfanatorio. Spurgeon declinó aceptar el ofrecimiento, aconsejándole que hiciera esa donación al Orfanatorio de G. Müller, de Bristol.

Con esa carta Spurgeon creyó que quedaría terminado este asunto. Pero casi inmediatamente recibió una segunda carta, en la que ella le decía que Dios había puesto en su corazón entregarle esa cantidad, y que de no ser él quien la administrara, el dinero no sería donado. De esa manera Spurgeon se vio obligado a emprender la fundación del Orfanatorio.

A la donación de Mrs. Hillyar se agregaron muchas otras. Los edificios del Orfanatorio de Stockwell estuvieron terminados a fines de 1869. En él ingresaron niños a centenares, de todas las clases sociales y denominaciones cristianas, convirtiéndose en uno de los asilos de huérfanos más grandes de Inglaterra. En 1880 se comenzó la construcción del Orfanatorio de niñas.

De acuerdo con la manera de pensar de Spurgeon, la única disciplina que se empleaba en el Orfanatorio de Stockwell era la del amor, la palabra cariñosa, y la afectuosa persuasión. Muchos de los niños criados allí fueron predicadores del Evangelio.

La obra se extiende

En 1867, en vista de las frecuentes enfermedades y el enorme trabajo de Spurgeon, la iglesia le nombró a su hermano James como auxiliar. Desde esta fecha, y por espacio de 24 años, estos dos hermanos estuvieron al frente de aquella gigantesca obra. Hacia finales de este mismo año se terminó un Asilo de Ancianos con doce habitaciones para ancianitas.

Si bien Spurgeon nunca visitó Estados Unidos, tuvo estrecha comunión con cristianos norteamericanos. En 1875, los evangelistas norteamericanos D. L. Moody y Sankey predicaron en el Tabernáculo Metropolitano. El 6 de Junio Spurgeon predicó en una campaña de Moody y Sankey en la ciudad de Londres.

El 15 de agosto de ese mismo año, Spurgeon predicó un sermón titulado «Prescindiendo del Sacerdote», que causó una gran controversia promovida por los periódicos controlados por la Iglesia de Inglaterra.

Durante una reunión de oración que tuvo lugar la última noche de enero de este año, Spurgeon habló en contra del uso del título «Reverendo» (aunque él todavía lo usaba para no dificultarle su tarea al cartero). Él afirmaba que nadie lo había ordenado, y nadie lo haría nunca. Su única ordenación provino de «la mano traspasada».

Su preocupación por la formación de los predicadores llevó a Spurgeon a consultar unos 4.000 libros para analizarlos y recomendar los mejores.

La noche del primer domingo de Julio de 1875, se comenzó a usar una estrategia de evangelización nueva en el Tabernáculo Metropolitano: se solicitó a toda la congregación que cediera sus asientos, para que las personas que nunca habían venido pudieran escuchar el Evangelio. Debido al buen resultado que tuvo esta experiencia, se repitió muchas veces en el futuro.

En Diciembre de 1876 Spurgeon predicó una serie de cinco sermones sobre Cristo: «Cristo el Fin de la Ley», «Cristo el Conquistador de Satanás», «Cristo el Vencedor del Mundo», «Cristo el Hacedor de Todas las Cosas Nuevas» y «Cristo el Destructor de la Muerte». Al año siguiente, publicó un libro, El Glorioso Logro de Cristo, una colección de siete sermones acerca de Cristo como vencedor de Satanás, del mundo, de la muerte, etc.

En 1878, en el mes de Julio, se publicó un excelente libro titulado: «La Biblia y el Periódico.» Spurgeon estaba convencido que debía leerse el periódico «para ver cómo mi Padre celestial gobierna el mundo.» El libro contiene una colección de reportes de periódicos sobre diversos incidentes, vistos desde una perspectiva espiritual, para beneficio de predicadores y maestros de la escuela dominical. Algunas veces Spurgeon seleccionaba algunos de esos incidentes y predicaba sermones completos acerca de ellos. Por ejemplo, durante dos domingos del mes de Septiembre, predicó dos sermones acerca del hundimiento del barco Princesa Alicia.

Las ancianas y las enfermedades

Con el paso de los años, la enfermedad del reumatismo y la gota comenzaron a atacar fuertemente a Spurgeon. Continuamente debió ausentarse del púlpito, y tomarse períodos de descanso en la ciudad de Menton, Francia, a veces por semanas o meses. Por este tiempo un periódico de los Estados Unidos acusaba a un popular predicador londinense de falta de templanza, expresando que su enfermedad de la gota requería frecuentes visitas a Francia, siendo la gota el resultado de excesivo consumo de cervezas, coñac y vino de Jerez.

Pero Spurgeon continuaba su obra. Continuamente recibía fuertes sumas de dinero, sea como regalos (en sus cumpleaños especialmente), donativos o ingresos por la venta de sus libros. Gran parte de esos dineros los canalizaba hacia las obras de ayuda. En 1879 Spurgeon donó 5.000 libras esterlinas para los asilos y el resto para otras causas que lo ameritaban, tales como el Fondo de Auxilio para los Ministros Pobres.

Spurgeon también tuvo preocupación por las ancianas pobres. El «Hogar de las Ancianas» había nacido 50 años antes de que Spurgeon viniera al pastorado de la Iglesia New Park Street; y se originó en el corazón de Juan Rippon. Sin embargo, debió su mayor incremento a Spurgeon. En 1880 encontraban abrigo en este asilo 17 ancianas, la mayor parte de las cuales eran antiguos miembros de la Iglesia del Tabernáculo.

Este asilo era un verdadero hogar para las ancianas. Spurgeon nunca creyó en la conveniencia de que las personas recluidas en una institución benéfica vivieran hacinadas en grandes salones, y menos aun siendo ancianas, las que como tal, tienen sus hábitos de vida ya formados, y sus costumbres hechas. Proveyó un gran número de habitaciones para que en ellas pudieran vivir individualmente las asiladas, y en estas habitaciones reunió todas las comodidades posibles dentro de un bien entendido espíritu de economía, a fin de que los últimos años de vida de estas ancianas fueran tranquilos y agradables. Allí vivían aquellas viejecitas independientemente, sin embargo, en familia, con el aprecio y la consideración de todos. Eran consideradas no como objeto de caridad, sino como buenas hermanas a quienes se estaba en el deber sagrado de sostener, haciéndoles llevaderos los últimos instantes de la existencia.

La popularidad de Spurgeon llegó a alturas insospechadas, tanto, que hacía severa competencia a los políticos más connotados de la época. Se cuenta que un estudiante de una escuela en los Estados Unidos, cuando se le preguntó quién era el Primer Ministro de Inglaterra, respondió: ¡El señor Spurgeon!

Precisamente el Primer Ministro de Inglaterra, Mr. Gladstone, visitó en 1882 el Tabernáculo Metropolitano. La visita del señor Gladstone fue inesperada de tal forma que no se preparó un sermón especial para la ocasión. El Primer Ministro se reunió previamente en privado con Spurgeon durante quince minutos, y posteriormente se volvió a reunir con él para felicitarlo por la excelente labor que se desarrollaba.

En 1884 fue la celebración del cumpleaños número cincuenta del predicador, celebración que tuvo lugar los días 18 y 19 de Junio. Los periódicos comentaron el evento y congratularon al predicador por ser uno de los hombres mejor conocidos de su tiempo, habiendo sido primero «una curiosidad y posteriormente una notoriedad.» El Tabernáculo estaba completamente lleno en las reuniones que tuvieron lugar esas dos noches. 7.000 personas estuvieron presentes la noche del 19 de Junio. En una respuesta característica a los buenos deseos que le expresaban, Spurgeon dijo que «él no atravesaría la calle para ir a escucharse él mismo.» En el evento predicaron hombres eminentes tales como D. L. Moody y O. P. Gifford, de los Estados Unidos y Canon Wilberforce, y los doctores Newman Hall y Joseph Parker.

Spurgeon era un firme calvinista, pero reveló su condición universal al predicar en el mes de Abril a favor de la Sociedad Misionera Wesleyana.

Se rompe la paz: La Controversia del declive

Las cosas siguieron muy bien hasta el año 1887. Este fue el año en la vida de Charles Haddon Spurgeon de acuerdo a sus biógrafos y a los historiadores de la iglesia. Debido al curso de los eventos de ese año y a la decisión tomada por Spurgeon, fue criticado, alabado y evaluado desde entonces. Fue el año de la «Controversia del declive».

Spurgeon veía desde hacía tiempo con preocupación las tendencias modernistas entre ciertos predicadores bautistas de su día. Entre los errores estaba el negar el sacrificio expiatorio de Cristo, la inspiración bíblica y la justificación por la fe. Los bautistas, en vez de poner orden en sus filas, y aclarar los puntos en disputa, tenían comunión con tales modernistas.

Según Spurgeon, ellos razonaban así: «Sí, nosotros creemos en la Divinidad de Jesús; pero no dejaríamos a un hombre afuera de nuestro compañerismo por pensar que nuestro Señor es un mero hombre. Nosotros creemos en la expiación: pero si otro hombre la rechaza, él no debe, debido a esto, ser excluido de nuestro número». Por tanto, Spurgeon consideró un deber separarse de ellos: «El separarnos a nosotros mismos de aquellos que se separan a sí mismos de la verdad de Dios no es sólo nuestra libertad, sino nuestro deber».

Spurgeon no quería entrar en disputa, tampoco ejercer presiones para que ellos cambiaran su proceder, sino simplemente quiso salir de en medio de ellos, conforme a la Palabra. «El deber obligatorio de un verdadero creyente hacia hombres que profesan ser cristianos, y sin embargo niegan la Palabra del Señor, y rechazan los fundamentos del Evangelio, es salir de entre ellos». Spurgeon presentó su renuncia a la Unión Bautista, la que fue aceptada el día 18 de Enero.

La Controversia del Declive se convirtió en tema de conversación en los Estados Unidos y Canadá durante este año. «El Bautista Nacional» de Filadelfia censuró a Spurgeon; en cambio, la Convención Bautista de la Provincia Marítima de Canadá, le apoyó.

El predicador confesó que la «tensión de la controversia casi ha quebrantado mi corazón». La controversia se reflejó en la predicación de ese año: «Aferrándose a la Fe», «La Infalibilidad de la Escritura», «Ningún Compromiso», son algunos títulos de sus predicaciones.

Últimos días

Durante los últimos días de Spurgeon recrudeció la enfermedad de la gota, a la cual se agregaron el reumatismo y, al final, la enfermedad de Bright (que ataca severamente los riñones).

A fines de 1891, los médicos y amigos le aconsejaron otro viaje a Mentone. Durante los tres meses que mediaron entre su llegada a Mentone y su muerte, semanalmente escribió a su congregación epístolas cariñosas que eran leídas públicamente. Estas cartas muestran al hombre de Dios expresando la hermosura de Cristo. El 21 de diciembre de 1891 escribió una cariñosa carta a los niños del Orfanatorio, haciéndoles presente su cariño, y dándoles saludables consejos.

Parece que la última carta que Spurgeon escribió a su Iglesia es la que aparece fechada el 15 de enero de 1892. El 17 participó en un culto familiar; y el 18 la gota le afectó la cabeza. El martes 26 era el día señalado para traer al Tabernáculo las ofrendas de acción de gracias. Ese día Spurgeon dictó a su secretario, el Sr. Harrald, el siguiente telegrama: «Yo y esposa, cien libras, sincera acción de gracias, para gastos generales del Tabernáculo. Cariños a todos los amigos». Y entonces cayó en la inconsciencia, la que continuó casi todo el tiempo restante. Antes había dicho a su secretario: «Mi obra ha terminado’. Y a su esposa: «¡Oh querida, he gozado un tiempo glorioso con mi Señor!».

Charles H. Spurgeon durmió en el Señor el 31 de enero de 1892, rodeado de su esposa, uno de sus hijos, su hermano y co-pastor, su secretario particular, y tres o cuatro amigos. Su cuerpo fue colocado, días después, en su lugar de descanso terrenal, junto al sepulcro del misionero Robert Moffatt.

A la muerte de Spurgeon, toda la prensa se ocupó de él llenando sus columnas con sus datos biográficos, con la enumeración y apreciación de su obra, y estimación de su carácter.

Durante su pastorado, un total de 14.692 personas fueron bautizadas y se unieron al Tabernáculo Metropolitano. Sus sermones continuaron publicándose durante 27 años posteriores a su muerte, de tal forma que «aun estando muerto, habla.» Actualmente, los libros y sermones de Spurgeon, así como su vida y ministerio, siguen inspirando a miles de cristianos en todo el mundo.

Perfil del hombre de Dios

Spurgeon vivió y brilló con claridad extraordinaria, en una época en que, en su propio país, descollaban magníficos predicadores. Muchos se preguntaban dónde estaba el secreto de su poder y la clave de su éxito. De hecho, no poseía las características que pueden hacer a un hombre atractivo para las masas. Su estatura era mediana; su cuerpo era fuerte, pero común, con tendencia a la obesidad; su rostro, sombreado en los últimos años por una barba poco poblada, no era ciertamente la representación de la belleza; y su personalidad toda, contemplada en el púlpito, no tenía aquella simpatía atrayente que tanto se admira en los grandes de la tribuna.

Una parte de la prensa comenzó a decir que Spurgeon debía su éxito a que era un excéntrico del púlpito. Pero nunca fue tal. Por el contrario, era más bien pausado y severo, y sus movimientos eran los de esperarse en todo orador, aun de la escuela más conservadora.

En lo que Spurgeon poseía un verdadero tesoro, rico e inagotable, era en su voz, en tiempos en que no se conocía el micrófono. Alguien ha dicho que mientras se llenaba el Tabernáculo parecía una enorme colmena. Pero tan pronto Spurgeon subía al púlpito, todos estos rumores se acallaban, y en medio de un gran silencio, vibraba con una gran intensidad su voz clara y cristalina de timbre metálico; voz halagadora pero viril; voz que se prestaba, de manera maravillosa, para los matices de sentimientos más delicados y diversos.

La voz de Spurgeon era robusta, y extensa, y siempre llegó claramente hasta el último de los oyentes. En varias ocasiones en Inglaterra, y Escocia habló al aire libre a multitudes de 14 y 15.000 personas. En cierta ocasión, mientras probaba su voz en el solitario Palacio de Cristal, un trabajador que se encontraba en un andamio muy alto, poniendo cristales a una de las ventanas, le oyó decir: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores’. Estas palabras fueron repetidas con una voz baja, suave, distinta. El hombre se sorprendió grandemente, porque no veía a nadie en el edificio; pero estas palabras llegaron a su corazón, y aceptó a Cristo.»

Una de las características espirituales que Spurgeon poseía era su fe firme e invariable; una fe que se sobreponía a las dificultades y contratiempos. Aquellas cosas fundamentales de que hablaba, acerca de Dios, de Cristo, de la vida eterna, no eran para él meras teorías, sino tremendas realidades. Dios llenaba todo su horizonte. Jesús era tan absolutamente el Señor de su corazón, que las lágrimas corrían de sus ojos a raudales cuando hablaba del Salvador. Jesucristo había fascinado su corazón.

Esta fe profunda se manifestaba en su fidelidad a la verdad. En su vida toda era guiado exclusivamente por esa lealtad a la Palabra de Dios. W. C. Wilkinson dice: «La cosa más admirable acerca de Spurgeon, era ésta: la absoluta, sencilla y completa fidelidad que mantuvo siempre, sin intermitencias, desde el juvenil comienzo hasta la madura terminación de su obra la serena e imperturbable fidelidad de mente y de corazón, de conciencia,.. de voluntad, de todo lo que había en él, y de todo lo que había de él, al mero y puro, incambiable, no acomodaticio novotestamentario Evangelio de Cristo, que es el mismo ayer y hoy, y para siempre... ¡Sea Dios bendecido por ello!». 

Otra característica inapreciable en Spurgeon era su espíritu de oración. Creía absolutamente en la necesidad de la oración, y la práctica de su vida nunca estuvo en desacuerdo con ello. Cierta vez, unos visitantes procedentes de los Estados Unidos le preguntaron cuál era el secreto de su éxito. Él les respondió: «Mi gente ora por mí». Cuando alguien entraba de visita al Tabernáculo Metropolitano, él lo llevaba a la sala de oración en el sótano, donde siempre había gente intercediendo de rodillas. Entonces Spurgeon declaraba: «Aquí está la central eléctrica de esta iglesia».

Orar era tan natural para él como respirar. Wayland Hoyt, un amigo, cuenta el siguiente testimonio: «Yo estaba caminando con él (con Spurgeon) en el bosque, y cuando llegamos a cierto lugar simplemente dijo, venga arrodillémonos junto a esta cabaña y oremos, y así elevó su alma a Dios en la más reverente y amorosa oración que he oído».

También, según Theodore Cuyler, mientras caminando por el bosque tuvieron un tiempo de humorismo, Spurgeon paró de repente y dijo: «Venga Theodore, agradezcamos a Dios por la risa», y allí mismo oró.

Algunas de las admoniciones más solemnes que Spurgeon jamás dirigiera a su congregación fueron acerca del peligro de que cesaran de depender de Dios en oración. «¡Que Dios me ayude si dejáis de orar por mí! Avisadme en aquel día, y tendré que cesar de predicar. Avisadme cuando os propongáis cesar en vuestras oraciones, y clamaré: «Dios mío, dame la tumba en este día, y que yo duerma en el polvo».». Estas palabras no eran elocuencia de predicador, sino que expresaban los sentimientos más profundos de su corazón. Creía que sin el Espíritu de Dios nada podía hacerse. Cuando su congregación cesara de sentir su «dependencia entera y absoluta en la presencia de Dios», estaba seguro de que «antes de poco tiempo vendrían a ser objeto de desprecio y comentario velado, o quizás un mero leño sobre el agua».

A los predicadores enseñaba: «Si tiene que haber algún hombre debajo del cielo obligado a cumplir con el precepto «orad sin cesar», lo es sin duda alguna el ministro cristiano. Este tiene tentaciones especiales, pruebas particulares, dificultades singulares ... necesita por consiguiente mucha más gracia que los otros hombres, y como él lo sabe así, se ve obligado a clamar incesantemente, pidiendo fuerza al Fuerte, y a decir: «Levantaré mis ojos a los montes, de donde viene mi socorro ... Las oraciones que hagáis serán vuestros ayudantes más eficaces mientras vuestros sermones estén sobre el yunque todavía ... si podéis mojar vuestra pluma en vuestro corazón, recurriendo a Dios con toda sinceridad, escribiréis bien; y si arrodillados en la puerta del cielo podéis reunir vuestros materiales, no dejaréis de hablar bien ... Nada puede poneros tan gloriosamente en aptitud de predicar, como el que acabéis de bajar del monte de comunión con Dios, para hablar con los hombres. Nadie es tan a propósito para exhortar a los hombres, como el que ha estado luchando con Dios a favor de ellos».

Pero, sin duda, lo que caracteriza de manera más clara y significativa el ministerio de Spurgeon es su predicación absolutamente Cristocéntrica. Cristo era el fondo y el centro de su predicación, ya se refiriese a su divina persona, o a su bendita obra. Para él el único propósito y finalidad de la predicación era presentar a Cristo al mundo; pero no a un Cristo ético e imperfecto, sino al Cristo de los Evangelios, perfecto en su humanidad y en su divinidad; un Cristo Salvador, crucificado y muerto para nuestra redención; un Cristo que es el único remedio a nuestras enfermedades, y la sola solución a todos nuestros problemas, cualesquiera que éstos sean.

Spurgeon solía decir al respecto: »Muchos, son los aspectos bajo los cuales hemos de considerar a nuestro divino Señor, pero yo he de darle siempre la mayor prominencia a su carácter salvador, de Cristo, nuestro sacrificio, el que lleva nuestros pecados. Si hubo una época en la cual hubiera necesidad de ser claros, decididos y vehementes en este punto, es ahora... Tratar de predicar a Cristo sin la cruz, es negarlo con un beso ... Los que echan a un lado la expiación como satisfacción por el pecado, también dan golpe de muerte a la doctrina de la justificaci6n por la fe... El pensamiento moderno no es otra cosa que la tentativa de retrotraer el sistema legal de la salvación por las obras... Algunos predicadores evidentemente no creen que el Señor está con su Evangelio, porque a fin de traer y salvar a los pecadores, su evangelio es insuficiente y tienen que agregarle las invenciones de los hombres. La predicación del sencillo Evangelio ha de ser complementada, creen ellos. . .Si vuestro Evangelio no tiene el poder del Espíritu Santo en él, no lo podéis predicar con confianza». 

Spurgeon amaba proclamar «la gloria de Dios en la faz de Jesucristo». Cristo era el «tema glorioso, intensamente absorbente» de su ministerio, y ese Nombre convertía sus fatigas en el púlpito en un «baño en la aguas del Paraíso». Esta fue su característica aun desde los primeros años de su ministerio. Por eso, no es de sorprender que repasando los títulos de sus sermones en 1856 y 1857 encontremos este nombre constantemente repetido: «Cristo en los Negocios de Su Padre»; «Cristo, Poder y Sabiduría de Dios»; «Cristo Levantado»; «La Condescendencia de Cristo»; «Cristo Nuestra Pascua»; «Cristo Ensalzado»; «El Ensalzamiento de Cristo»; «Cristo en el Pacto».

En uno de tales sermones, titulado «El Nombre Eterno», predicado a principios de 1855 cuando tenía veinte años, describe lo que sería del mundo si el nombre de Jesús pudiera ser eliminado del mismo. Incapaz de refrenar sus propios sentimientos, exclamó: «Sin mi Señor, no tendría el menor deseo de estar aquí; y si el Evangelio no fuera cierto, bendeciría a Dios por aniquilarme en este mismo instante, pues no desearía vivir si vosotros pudierais destruir el nombre de Jesús».

Muchos años después, la señora Spurgeon recordaba este mismo sermón, y describía del modo siguiente su final, cuando la voz de Spurgeon casi se estaba extinguiendo a causa del agotamiento físico: «Recuerdo, con extraña claridad después de tanto tiempo, la noche del domingo en que predicó aquel sermón. Era un tema en el que se gozaba extremadamente; su principal deleite era ensalzar a su glorioso Salvador, y en aquel discurso parecía estar vertiendo su mismísima alma y vida en homenaje y adoración ante su misericordioso Rey. ¡Y yo creí de veras que habría muerto allí, frente a todas aquellas gentes! Al final del sermón, hizo un poderoso esfuerzo para recuperar la voz; pero la pronunciación casi le fallaba, y sólo pudo oírse con acento entrecortado la patética peroración: «¡Perezca mi nombre, pero sea para siempre el Nombre de Cristo! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Coronadle Señor de todos! No me oiréis decir nada más. Éstas son mis últimas palabras en Exeter Hall por esta vez. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Coronadle Señor de todos!» y entonces se desplomó, casi desmayado, en la silla que había tras él».

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