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Una revista para todo cristiano · Nº 43 · Enero - Febrero 2007
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Cosas viejas y cosas nuevas

Cosas viejas

El delantal

La experiencia era nueva y absolutamente extraña. Nunca pensaron ellos que podría suceder: Allí en el huerto se dieron cuenta de que estaban desnudos y sintieron vergüenza de estarlo.

Entonces se apresuraron y corrieron a la higuera, que tenía hojas grandes y hermosas, y se hicieron delantales para cubrirse. Al menos les parecía que podían mirarse. Sin embargo, había un escozor adentro, una inexpresable sensación de cansancio, de estupor y desasosiego. Algo se había roto en su corazón, y era la paz que ya no estaba. La extraña sensación todavía era para ellos en gran parte indefinible. La humanidad habría de tener miles de años para reflexionar en torno a ella y sufrir sus consecuencias.

Pero ahora, Dios se acerca por entre los árboles del huerto. Sus pasos se oyen y pronto Su voz retumba, imponente. Adán y Eva huyen a esconderse detrás del árbol más grande.

Los delantales no bastan para quitar su vergüenza y mirarlo a Él. Pero hay un árbol grande, y de allí, de detrás de su tronco, asomados apenas, pueden hablarle.

El diálogo es triste, como casi todo este capítulo 3 de Génesis. No es éste el momento de recordarlo. Pero sí miraremos el versículo 21: «Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió».

¡He aquí el vestido! ¡He aquí la solución de Dios para la vergüenza radical del hombre!

Debía ser un vestido de pieles. Por tanto, debía morir un animal. Debía derramarse sangre y Dios consentir en ello. ¡Ay qué desgracia! La muerte espiritual de Adán y Eva era seguida por otra, la de una víctima inocente.

Un animal debió morir para que ellos tuvieran vestido. Una víctima habría de caer para que Dios pudiese siquiera mirarlos.

Una víctima que miraba hacia Aquélla otra, la verdadera, más inocente aun que la del huerto. El Cordero de Dios tenía desde ahora decretada su suerte. Dios lo había dicho al derramar una sangre para proveer de un delantal.

 

Cosas nuevas

El amor de Éfeso

«A fin de que … seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos … y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios» (Efesios 3:18-19)
«Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (Apocalipsis 2:4).

Parece que no siempre el éxito coronó los esfuerzos de los apóstoles. Pablo escribe con vehemencia una oración que él sostenía de rodillas delante de Dios: que los efesios conociesen el amor de Cristo: única virtud que les llevaría a la plenitud.

Esta oración da por sabida y hecha la realidad del primer amor. Aquí se trata de algo más. Esta es una oración que pide la posesión del amor profundo y definitivo: el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Este es el amor pleno, maduro, estable; que no depende del estado de ánimo. Que no se ampara en la circunstancia favorable ni en el sentimiento de la carne.

Sin embargo, de las palabras del Señor en Apocalipsis –dirigidas a esta iglesia– se desprende una situación lamentable. No sólo no habían alcanzado esta clase de amor maduro y perfecto, sino que ni siquiera habían logrado mantener el primer amor. Ellos tenían que volver al primer amor y a las primeras obras. Ellos son instados a arrepentirse, a volver al punto desde el cual habían caído. Tenían que volver al amor sencillo, como el de un niño.

Siempre hay el peligro de que, cuando se quiere avanzar rápido en la consecución de los mejores niveles de vida espiritual, se dejen de lado las primeras cosas. Hay el peligro de pensar que ya la preciosa Sangre no es tan necesaria, que ni el temor de Dios, ni el arrepentimiento, ni la confesión, ni la comunión ya son tan necesarias. Pero el Señor, como a Éfeso, nos vuelve a decir: ¡Cuidado! No te olvides de las primeras cosas.

Los efesios debían retomar el lugar desde el cual se habían desviado. Ellos necesitaban un nuevo comienzo.

Muchos de nosotros hoy necesitamos también un nuevo comienzo.