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Una revista para todo cristiano · Nº 40 · Julio - Agosto 2006
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Estudiando los Salmos con C. H. Spurgeon.

El tesoro de David (V)

C. H. Spurgeon

Salmo 81

«Y con miel de la peña les saciaría» (v. 16). La roca o peña, espiritual y místicamente indican a Cristo, la roca de Salvación (l Cor. 10:4); la «miel» de la roca, la plenitud de la gracia en El, y las bendiciones de ella, las misericordias firmes a David y las preciosas promesas del pacto eterno; y el Evangelio, que es más dulce que la miel o que el panal de miel, y con ella son llenados y satisfechos los que escuchan a Cristo y andan en sus caminos; porque, así como el conjunto de lo que dice aquí muestra lo que Israel perdió por la desobediencia, también sugiere claramente lo que gozarán los que escuchan y obedecen. John Gill.

Salmo 82

«Salmo de Asaf». Este poeta del templo actúa aquí como predicador de la corte y la magistratura. Los que hacen algo bien, pueden hacer bien otra cosa; el que escribe buenos versos no tiene por qué no ser capaz de predicar. ¡Qué predicación habría sido la de Milton si hubiera subido al púlpito, y si Virgilio hubiera sido un apóstol!

Salmo 83

«Salmo de Asaf». Ésta es la última ocasión en que encontramos a este elocuente escritor. Asaf, el vidente, se da cuenta de los serios peligros que resultan de las poderosas naciones confederadas, pero su alma sigue fiel a Jehová, en tanto que como poeta predicador alienta a sus paisanos a la oración por medio de su sagrada lírica. 

Salmo 84

No es muy importante saber cuándo fue escrito este Salmo, o quién lo escribió; a mí me parece que exhala el perfume davídico; se desprende de él la fragancia de las hierbas aromáticas de la montaña y los lugares solitarios y desérticos en que el rey David tuvo que residir con frecuencia durante sus muchas guerras. Esta oda sagrada es una de las más selectas de la colección; la rodea una suave irradiación que ha hecho que se la llame «La Perla de los Salmos». Si el Salmo veintitrés es el más popular, el ciento tres el más gozoso, el ciento diecinueve el más profundamente vívido, y el cincuenta y tres el más dolorido, éste es el más dulce de los Salmos de paz.

Salmo 85

Es la oración de un patriota en favor de su país que se halla postrado, en la cual pide al Señor las antiguas misericordias y por medio de la fe prevé días más alegres. Creemos que lo escribió David, aunque muchos lo ponen en duda. Ciertos intérpretes parece que se resisten a adscribir al Salmista David la paternidad de gran número de Salmos, y los atribuyen a montones a los tiempos de Ezequías, Josías, la Cautividad y los Macabeos. Es notable que, por regla general, cuanto más escéptico es un escritor, más decidido está a eliminar a David, en tanto que los comentaristas puramente evangélicos se contentan, en su mayor parte, con dejar al divino poeta la cátedra de la paternidad de los salmos.

Salmo 86

«Oración de David». Tenemos aquí uno de los cinco Salmos titulados «Tefilás», u oraciones. Este Salmo consiste en alabanza así como en oración, pero cada una de sus partes es dirigida directamente a Dios de tal forma que puede ser llamado apropiadamente «una oración». Y es una oración, además, porque hallamos en toda ella vetas de alabanza. Este Salmo parece haber sido conocido especialmente como la oración de David, tal como el diecinueve es «la oración de Moisés». 

En este Salmo ocurre con mucha frecuencia el nombre de Dios. A veces es Jehová, pero más comúnmente Adonai, nombre que los copistas judíos, según muchos entendidos, escribían en lugar de Jehová, el título más sublime, impulsados a hacerlo por un temor supersticioso; nosotros, que no nos hallamos bajo este temor supersticioso, nos regocijamos en Jehová nuestro Dios. Es singular que los que temían hasta tal extremo a su Dios que no se atrevían a escribir su nombre, tuvieran tan poco temor piadoso que se atrevieran a alterar su Palabra. C. H. S. 

Cristo está hablando en todo el Salmo. Todas las palabras son dichas exclusivamente por Cristo, que es a la vez Dios y hombre. Psalt. Cassiodori.

En este Salmo, Cristo, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, Dios con el Padre, y hombre con los hombres, a quien presentamos nuestras oraciones como Dios, está orando en forma de un siervo. Porque él ora en favor nuestro, y ora en nosotros, y nosotros oramos a él. Él ora por nosotros como nuestro Sacerdote. Ora en nosotros como nuestra Cabeza. Nosotros oramos a él como nuestro Dios. Psalt. de Pedro Lombardo.

Salmo 87

Este cántico es en honor de Sion, o sea, Jerusalén, y trata del favor de Dios a esta ciudad entre las montañas, las profecías que la hicieron ilustre, y el honor de haber nacido en ella. Muchos consideran que fue escrito con ocasión de la fundación de la ciudad de David en Sion; pero ¿no implica la mención de Babilonia una fecha posterior? Parece haber sido escrito después que fueron construidos Jerusalén y el Templo y que había una historia de hechos gloriosos de que podía hablarse.

Salmo 88

«Cántico o Salmo para los hijos de Coré». Esta triste queja no produce la impresión de un Salmo, ni podemos concebir cómo puede ser llamado con un nombre que denota un canto de alabanza o de triunfo; con todo, quizá fue intencional llamarlo así para mostrar en qué forma la fe «se gloría también en las tribulaciones». Con toda seguridad, si hay algún cántico de tristeza y un salmo de lamentación, es éste. 

Los versículos 10-12 nos proporcionan una esperanza sustentadora de la resurrección. Sí, las maravillas de Dios serán conocidas en la boca de la sepultura. La justicia de Dios, al dar lo que satisface la justicia en favor de los miembros del Mesías, ha sido manifestada gloriosamente, de modo que esta resurrección ha de seguir, y la tierra del olvido ha de entregar a sus muertos.

¡Oh mañana de bienaventuranza inefable, apresúrate! El Mesías ha resucitado; ¿cuándo resucitarán todos los que son suyos? Hasta que el día amanezca, tienen que adoptar las exclamaciones lastimeras de su Cabeza, y recordar a su Dios, en el tono de Hemán ezraíta, lo que todavía tiene que realizar. «¿Manifestarás tus maravillas a los muertos?», etc. Andrew A. Bonar. 

Salmo 89

Hemos llegado al majestuoso Salmo del Pacto, que, según la ordenación judía, es el último del tercer libro de los Salmos. Es la expresión del creyente en presencia de un gran desastre nacional, en súplica a Dios, presentando el gran argumento de los acuerdos del pacto y esperando liberación y ayuda debido a la fidelidad de Jehová.

El Salmo presente se empareja con el precedente. Es como un «Allegro» espiritual al «Penseroso»... El Salmo anterior era una endecha de Pasión; éste es un villancico de Navidad. Christopher Wordsworth.

Salmo 90

«Una oración de Moisés, siervo de Dios». Se han hecho muchos intentos para probar que Moisés no escribió este Salmo, pero nosotros seguimos firmes en la convicción de que lo escribió. La condición de Israel en el desierto es tan ilustrativa de cada versículo, y 105 giros, expresiones y palabras usadas en él son tan similares a muchas de las que hallamos en el Pentateuco, que las dificultades sugeridas, a nuestro modo de ver, son tan ligeras como el aire en comparación con la evidencia interna en favor de su origen mosaico. Moisés era un hombre poderoso en palabras así como en hechos, y este Salmo creemos que es una de sus declaraciones de peso, digna de ponerse al lado de su gloriosa oración registrada en el Deuteronomio. 

Este es el Salmo más antiguo, y se halla entre dos libros de Salmos, como una composición única en su grandeza y única en su antigüedad sublime. Son muchas las generaciones de personas afligidas que han escuchado este Salmo de pie, alrededor de una tumba abierta, y que se han consolado con él aun cuando no hayan percibido su aplicación especial a Israel en el desierto o no hayan recordado el plano mucho más alto en que se encuentran ahora los creyentes.

«El Salmo 90 se puede citar como quizá la más sublime de las composiciones humanas, la más profunda en sentimiento, la más elevada en concepción teológica, la más magnífica en sus imágenes. Es verdadera en la descripción que da de la vida humana como atribulada, transitoria y pecaminosa. Verdadera en su concepto del Eterno: el Soberano y el Juez; y, con todo, el refugio y esperanza de los hombres, que, a pesar de las pruebas más severas de su fe, no pierden su confianza en él, sino que, firmes en ella, suplican, como si lo predijeran, una sazón de refrigerio cercana. 

«No vemos en este Salmo rastro alguno de la petulancia u orgullo –una blasfemia en voz baja, en que se disputa la justicia o la bondad de las ordenaciones divinas– que con tanta frecuencia da un matiz ponzoñoso al lenguaje de los que son presa de la angustia, personal o a causa de sus deudos.» Isaac Taylor.

Salmo 91

Este Salmo no tiene título, y no tenemos manera de averiguar el nombre de su autor o la fecha en que fue compuesto con exactitud. Los expertos judíos consideran que cuando no se menciona el nombre del autor, podemos asignar el Salmo al último autor mencionado; si fuera así, éste sería otro Salmo de Moisés, el hombre de Dios. Se usan muchas expresiones aquí similares a las que usa Moisés en el Deuteronomio, y la evidencia interna de las expresiones idiomáticas peculiares señalaría a Moisés como su autor. 

En toda la colección no hay Salmo más alentador; su tono es elevado y sostenido: la fe en sus aspectos mejores y más nobles. Un médico alemán acostumbraba a hablar de él como el mejor preservador en los tiempos de cólera, y en realidad es una medicina celestial contra la plaga y la peste. El que puede vivir en su espíritu no conocerá el temor; incluso si una vez más Londres pasara a ser un hospital y las tumbas estuvieran rebosando de cadáveres.

«Es una de las obras más excelentes de esta clase que se han escrito. Es imposible imaginar nada más sólido, hermoso, profundo o adornado. Si el latín o alguna lengua moderna pudiera expresar del todo la hermosura y elegancia, así como las palabras de sus frases, no sería difícil persuadir al lector de que no hay poema comparable con esta oda hebrea, ni en griego ni en latín.» Simon De Muis.

El Salmo 90 habla del hombre marchitándose bajo la ira de Dios a causa del pecado. El Salmo 91 nos habla de un hombre que podía hollar al león o la víbora bajo sus pies. Indudablemente el Tentador tenía razón al referirse a este Salmo cuando tentó «al Hijo de Dios» (Mateo 4:6). William Kay.

Salmo 92

«Cántico para el sábado». Esta composición admirable es, a la vez, un salmo y un cántico, lleno en igual medida de solemnidad y gozo, y fue escrito para ser cantado en el Día de Reposo. El tema es la alabanza a Dios; la alabanza es la obra sabática, la ocupación gozosa de los corazones en reposo. Nadie que conozca el estilo de David vacilará en adscribirle la paternidad de este himno divino; las lucubraciones de los rabinos que dicen que fue compuesto por Adán sólo se mencionan para ser descartadas. Adán en el paraíso no tenía ni arpas ni enemigos con los que contender. 

Salmo 93

Este breve Salmo carece de título o de nombre del autor, pero el tema es evidente, ya que se enuncia en su primera línea. Es el Salmo de la Soberanía Omnipotente: Jehová, a pesar de la oposición, reina supremo. Es posible que al tiempo en que fue escrita esta oda, la nación estuviera en peligro de sus enemigos, y las esperanzas del pueblo de Dios recibieron aliento al recordar que el Señor era todavía Rey. ¿Qué consolación más dulce y más segura podían desear?

Salmo 94

El escritor ve a los malvados en el poder y le duele su opresión. Su sentido de la soberanía divina, de la cual ha cantado en el Salmo anterior, le lleva a apelar a Dios, el gran Juez de la tierra; lo hace con gran vehemencia e insistencia, evidentemente escociéndole el látigo del opresor. 

Confiado en la existencia de Dios y asegurado de su escrutinio personal de los actos de los hombres, el Salmista reprende a sus adversarios ateos y proclama su triunfo en su Dios; interpreta también la severa dispensación de la Providencia como una disciplina en gran manera instructiva, y considera felices a los que la soportan. 

El Salmo es otra discusión patética del antiguo enigma: «¿Por qué prosperan los impíos?». Es otro ejemplo de un hombre bueno perplejo por la prosperidad de los inicuos, que alienta su corazón al recordar que, después de todo, hay un Rey en el cielo, el cual dice la última palabra sobre el gobierno de las cosas.

Salmo 95

Este Salmo no tiene título, y todo lo que sabemos de su paternidad es que Pablo lo cita como «de David» (Hebreos 4:7). Es verdad que esto puede significar meramente que se halla en la colección conocida como los Salmos de David; pero, si esto fuera lo que quiere decir el apóstol, habría sido más natural que hubiera dicho: «dicen los Salmos»; por lo que nos inclinamos a creer que David fue el verdadero autor de este poema. Lo llamaremos «El Salmo de la Provocación».

«Este Salmo es citado dos veces en la Epístola a los Hebreos como una advertencia a los cristianos judíos de Jerusalén, en los días del escritor, para que no vacilen en la fe y no desprecien las promesas hechas por Dios a sus padres en el desierto, no sea que no puedan entrar en su descanso». (Christopher Wordsworth).

Salmo 96

Este Salmo está tomado evidentemente del cántico sagrado que David compuso al tiempo en que «fue puesta el arca en medio del tabernáculo que David había preparado para ella, y ellos ofrecieron holocaustos y ofrendas de paz delante de Dios». Ver el capítulo 16 del primer libro de Crónicas. Es un gran himno misionero, y es extraño que los judíos pudieran leerlo y persistir en su exclusivismo. 

Este Cántico es uno e indivisible, un atavío de alabanza sin costura, tejido de arriba abajo.

«La madre enseña a su hijo a pronunciar un himno antes que él comprenda su alcance y su significado plenos. Y lo mismo aquí, en este Salmo santo, la Jerusalén de arriba, la madre de todos nosotros, nos entrena en la pronunciación de un cántico apropiado a la época de la gloria milenial, cuando el Moloc de la opresión, el Mamón de nuestra avaricia, el Astarot de la lujuria, todo credo erróneo, toda religión falsa, habrá dado lugar a la adoración del Dios vivo y único verdadero: a la fe y el amor de Jesucristo. «Que todos los pueblos te alaben, oh Dios; que todos los pueblos te alaben». (W. H. Goold).(Continuará).

Extractado de El Tesoro de David, de C. H. Spurgeon.

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