.
Una revista para todo cristiano · Nº 39 · Mayo - Junio 2006
PORTADA
...

¿Cuál es la causa de tanta confusión y división cuando se trata de las manifestaciones sobrenaturales? El autor, un experimentado hombre de Dios, reúne aquí su vasta experiencia como maestro de la Palabra y líder carismático, e intenta explicar las causas de tal fenómeno.

Terrenal, animal, diabólico

Derek Prince

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1ª Tes. 5:23-24).

En la primera parte, intenté analizar lo que considero es un problema. (Se refiere a la primera parte de su libro "Protection from Deception", en que hace un análisis de las manifestaciones sobrenaturales –«señales y maravillas»– en la cristiandad, especialmente en el ámbito carismático). En esta segunda parte, quiero verificar, en términos escriturales, cómo surge este problema. Esto es muy importante, porque el problema continúa manifestándose. Voy a dar cinco ejemplos de cómo el mismo problema ha surgido en los últimos cincuenta años dentro del movimiento carismático. Pienso que si conseguimos analizar el problema, el paso siguiente es evitarlo. Así, espero que todo cuanto tengo que decir sea totalmente práctico.

Comprendiendo la personalidad humana

Quiero hablar ahora sobre la personalidad humana en su totalidad y, especialmente, sobre dos de sus elementos. Si no nos comprendemos a nosotros mismos y el modo cómo estamos constituidos, enfrentaremos un gran problema. La personalidad humana total es revelada en el versículo citado más arriba: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible». Por tanto, por completo, significa nuestro espíritu, alma y cuerpo.

En Génesis 1 dice que Dios decidió crear al hombre a su imagen y semejanza (v. 26). A su imagen se refiere a su apariencia externa. Hay algo en la apariencia externa del hombre que refleja la apariencia externa de Dios. Digámoslo de otra forma: Fue apropiado que el Hijo de Dios se manifestase en la forma de un ser humano masculino. No podía haber aparecido en forma de un buey y de un becerro, porque, en cierto sentido, el hombre representa la imagen o la apariencia externa de Dios. «Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios...» (1ª Cor. 11:7).

Semejanza representa la estructura interna de la Divinidad. La estructura de la Divinidad es trina: Padre, Hijo y Espíritu. En esta semejanza, el hombre fue creado como un ser trino – espíritu, alma y cuerpo. Así, de manera singular, el hombre representa a Dios junto a la creación sobre la cual Dios lo puso como señor: en su apariencia exterior y en su constitución interior. No vamos a hablar de la apariencia exterior, sino de la estructura interior de la personalidad humana, que es triple: espíritu, alma y cuerpo.

Volviendo al relato de la creación, podemos detectar el origen de cada uno. El espíritu vino del soplo de Dios. Cuando Dios sopló en la nariz de Adán, eso produjo espíritu en Adán. Incidentalmente, las palabras usadas para espíritu y soplo son las mismas tanto en hebreo como en griego.

El cuerpo fue barro al que se infundió vida divina. El alma surgió a través de la unión entre espíritu y cuerpo. El alma es la parte de difícil comprensión. Es el ego individual, singular – aquello en cada uno de nosotros que puede decir «yo deseo» o «yo quiero». En general, es definida como constituida de voluntad, emociones e intelecto. Así, de modo muy simple, estos están representados en las tres declaraciones verbales: «Quiero... Siento... Pienso». Esta es la naturaleza del alma. Quien está separado de Dios por el pecado es dominado por su alma. Si nos diéramos el trabajo de analizar, veríamos que la vida y las acciones del hombre natural son controladas por estas tres cosas: «Quiero... Siento... Pienso».

Consideremos ahora lo que sucedió a Adán y Eva a causa del pecado. Primero, el espíritu murió. En Génesis 2:17, Dios dice a Adán: «El día que de él comieres, ciertamente morirás». Durante más de 900 años Adán no murió físicamente, pero murió espiritualmente en el momento que desobedeció a Dios.

Al mismo tiempo, el alma de Adán se tornó rebelde. Necesitamos recordar que cada descendiente de Adán, hombre o mujer, tiene en sí mismo la naturaleza rebelde. Este es nuestro mayor problema. Por esta razón, no basta sólo que nuestros pecados nos sean perdonados, aunque eso sea maravilloso. Lo rebelde tiene que ser muerto y eso forma parte de la provisión del evangelio.

De la rebelión a la salvación

Entonces, ¿qué sucede cuando somos salvos? ¿Qué pasa con nuestro espíritu? Es vivificado. Volvemos a vivir en cuanto al espíritu, en Cristo. Pero eso no es todo: él también nos resucitó y después nos entronizó. Todo eso se encuentra en el pasado. Así, si pudiésemos aceptar esto, espiritualmente estamos sentados con Cristo en el trono (Vea Efesios 2:4-6). Pero el aspecto que quiero enfatizar ahora es: ¡fuimos vivificados!

El alma es reconciliada con Dios a través del arrepentimiento. Es muy importante enfatizar el arrepentimiento. Un rebelde no puede ser reconciliado con Dios mientras permanezca rebelde. Así, una de las cosas implícitas en la salvación es el hecho de librarnos de nuestra rebelión. Muchos que afirman haber nacido de nuevo y ser salvos, de hecho nunca han renunciado a su rebelión. Poseen una forma exterior de cristianismo, sin la realidad interior. «Justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5:1).

Estuvimos en guerra contra Dios. Ahora fuimos justificados por la fe – tenemos paz con Dios. Después, en el versículo 11, encontramos: «Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación».

Entonces ¿qué sucede con el cuerpo por medio de la salvación? Se torna un templo del Espíritu Santo. Considero esto importantísimo. Muchos creyentes no perciben que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y que tenemos que tratarlos con reverencia (1ª Corintios 6:19-20).

Resumamos lo que sucede en la salvación: Nuestro espíritu es vivificado; nuestra alma es reconciliada con Dios; y nuestro cuerpo es transformado en templo del Espíritu Santo y también queda calificado para la primera resurrección (Fil. 3:10-11).

Entonces, ¿cuáles son las funciones de estos tres elementos? Primero, el espíritu. El espíritu puede mantener comunión directa con Dios y adorarlo. Es la parte del hombre que se originó en Dios y puede volver a Dios en comunión y adoración. Esto es lo que Pablo afirma en 1ª Corintios 6:17, un versículo muy importante: «Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él». En mi opinión, sería totalmente incorrecto decir «un alma». Es «un espíritu». Si observa el contexto de esta frase, verá que Pablo está hablando de un hombre que se une a una ramera y que esto es una unión física, pero él se está refiriendo a una unión espiritual. Visto de esta forma, se torna claro que es una unión muy real. Pero es sólo el espíritu que se puede unir a Dios. El alma no puede, tampoco el cuerpo. Por causa de eso, el espíritu, y sólo él es capaz de verdadera adoración (Jn. 4:23-24). El alma es capaz de alabar y de acciones de gracias; pero sólo el espíritu puede ofrecer a Dios la adoración aceptable.

¿Y el alma? ¿Qué sucede con ella? El alma es el elemento que toma las decisiones y, a través de la regeneración, ella es capaz de tomar las decisiones correctas. David dice en el Salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor». Él estaba hablando con su alma. ¿Qué parte de él estaba hablando con su alma? ¡Su espíritu! Su espíritu sentía la necesidad de bendecir al Señor, pero sólo su espíritu podía hacerlo cuando su alma activase el cuerpo. Así, en esta creación actual, el espíritu se mueve sobre el cuerpo a través del alma.

Usando un ejemplo tosco, pienso que el alma es como la palanca de cambios de un automóvil. Nos sentamos al volante, ponemos a funcionar el motor, pero para que el automóvil se mueva, tenemos que usar la palanca de cambios. Esa palanca es el alma. El espíritu está presente, pero sin el alma no consigue mover el auto.

Mi propósito en todo esto es llegar al punto en que podamos distinguir entre espíritu y alma, pero esto no es fácil. De hecho, hay sólo una forma de lograrlo con eficacia y la encontramos en Hebreos 4:12: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón». Note la expresión «hasta». La palabra de Dios es el único instrumento suficientemente sensible y afilado para penetrar, dividir alma y espíritu. No existe otra manera para comprender las diferentes funciones del alma y del espíritu y la relación entre ellos, a no ser por la Palabra de Dios. No podemos confiar en nuestra comprensión o en nuestros sentimientos. El único discernidor confiable es la palabra de Dios. Pero para utilizarla como discernidor, son necesarias dos condiciones. Ellas se encuentran en Hebreos 5:13-14, donde el autor habla de la diferencia entre cristianos maduros e inmaduros. «Y todo aquel que participa de la leche, es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño (Los que sólo se alimentan de leche todavía son bebés. Después prosigue); pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal». En otras palabras, el discernimiento no es algo automático. Viene solamente por la práctica y sólo cuando recibimos todo el consejo de Dios a través de su Palabra. Si vivimos como bebés a base de leche, no tendremos la capacidad de discernir. Si crecemos a pesar de eso, continuaremos sin poder discernir, a menos que nos ejercitemos.

Me gustaría desafiarlo a preguntarse: ¿Está practicando el discernimiento? De mí mismo, puedo decirle que, en cierta medida, practico el discernimiento. Cuando entro en una determinada situación, pongo en funcionamiento mis «antenas espirituales» y pregunto: ¿Cuáles son las fuerzas espirituales que están en acción en esta situación? Cuando escucho una predicación no oigo sólo las palabras, sino que procuro discernir el espíritu que acompaña a las palabras.

Pero eso sólo viene con la práctica. Si vivimos de modo descuidado, no adquirimos la capacidad de discernir. Creo que necesitamos practicar el discernimiento en cada situación. Creo que el discernimiento debe ser una parte tan rutinaria en nuestra vida espiritual como la oración. En caso contrario, tendremos problemas.

Discerniendo entre alma y espíritu

Ahora me gustaría hablar de la diferencia entre lo espiritual y lo almático (es decir, del alma), que ilustraré en el siguiente cuadro.

Idioma Sustantivo Adjetivo
Griego pneuma pneumatikós
Español espíritu espiritual
Griego psique psiquikós
Español alma almático

Para comprender este cuadro, tenemos que ir más allá de la traducción. Voy a intentar explicar. En el cuadro, tenemos el griego y después el español, el griego y después el español. Tenemos el sustantivo y después el adjetivo. Al verlos en conjunto la relación es obvia.

La palabra griega para espíritu es pneuma, de donde obtenemos en español ‘neumático’ – o sea algo que funciona con aire. Esto es porque pneuma significa ‘soplo’, ‘viento’ y ‘espíritu’. Ahora, el adjetivo de pneuma es pneumatikós. ¿Cómo se traduce al español? Sabemos que pneuma es ‘espíritu’. Obviamente, el adjetivo español de pneuma es espiritual. No hay otra opción.

Ahora llegamos a la palabra griega para ‘alma’, y aquí enfrentamos un problema: el término griego para alma es psique, que da origen a un gran número de palabras como psicológico, psiquiatra, o psicosomático.

Pues bien, tenemos psique y el adjetivo es psiquikós. No hay duda en cuanto a la traducción del sustantivo – es ‘alma’. ¿Pero el adjetivo? El problema es que en inglés y en español no existe una palabra adecuada. La mejor aproximación en español es ‘almático’. A pesar de no existir esta palabra en español, necesitamos usarla para traducir correctamente la Biblia. Hasta donde yo sé, en alemán, en holandés, en danés, en el sueco y en el noruego – en todos estos idiomas existe una palabra para ‘almá-tico». Pero el inglés y el español carecen de la palabra necesaria para transmitir esta distinción tan importante.

Ahora voy a analizar todos los pasajes del Nuevo Testamento donde la palabra psiquikós o ‘almático’ es usada, e intentaré mostrar la diferencia entre espiritual y almático.

Primero, veremos tres casos donde la palabra ‘almático’ se refiere al cuerpo físico, lo que es tal vez un poco difícil de comprender. En 1ª Corintios 15:44 (dos veces) y 46. Nunca oí a alguien discutir este asunto, pero voy a decir lo que pienso y usted puede aceptarlo o rechazarlo. Pero es un asunto relevante, porque Pablo dice en 1ª Corintios 15:44, refiriéndose a la resurrección: «Se siembra cuerpo animal (es decir, almático), resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal (almático), y hay cuerpo espiritual». Note que hay siempre el contraste entre lo almático y lo espiritual.

Después, en el versículo 46, Pablo dice: «Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal (almático); luego lo espiritual». Entonces, nuestro cuerpo actual es almático; nuestro cuerpo resucitado será espiritual. Comprendo que eso significa que no necesitaremos más de la ‘palanca de cambios’. Nuestro espíritu simplemente decidirá dónde ir, qué decir, qué hacer, y ¡eso sucederá! Será un cuerpo controlado por el espíritu.

En Ezequiel 1 tenemos la descripción de algunas criaturas que pueden ser representadas como teniendo cuerpos espirituales. Para mí eso es maravilloso, porque en la resurrección tendremos un cuerpo como el de Jesús. Simplemente iremos donde queramos. No habrá problemas con el alma. En Ezequiel 1:12, hablando de los queru-bines, dice: «Y cada uno caminaba derecho hacia delante; hacia donde el espíritu les movía que anduviesen, andaban; y cuando andaban, no se volvían». Ellos tenían cuerpos espirituales: iban para donde el espíritu quería ir.

Por lo tanto, ved mi interpretación. Un cuerpo espiritual es un cuerpo directamente motivado y controlado por el espíritu. Es como un auto en que encendemos el motor y él va para donde queremos ir, a cualquier velocidad. No tenemos que preocuparnos de la palanca de cambios.

Estos son los tres casos donde la palabra ‘psíquikos’ es usada en relación al cuerpo. Ninguna traducción inglesa (o española) que yo conozca usa la palabra ‘almático’. Consecuentemente, la diferencia queda oscurecida.

Veamos ahora otros pasajes donde se usa la palabra ‘psiquikós’. Llegamos ahora a un punto en que hay un claro conflicto entre lo almático y lo espiritual. 1ª Corintios 2:14-15: «Pero el hombre natural (aquí es el hombre almático) no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie». Así, el hombre almático no está en armonía con el Espíritu. Él no puede recibir las cosas del Espíritu, no puede comprenderlas. Podemos hablar a los intelectos más altamente educados y no tendrán capacidad alguna para comprender las cosas del Espíritu, porque están funcionando en la esfera del alma. Esto es importante porque muestra que, en cierto sentido, hay una oposición entre lo espiritual y lo almático.

Pasemos ahora a la epístola de Judas, versículo 19, que es un texto revelador. Hablando de las personas que provocan problemas en la iglesia, la New King James dice: «Son personas sensuales, que causan divisiones y no tienen el Espíritu» (con E mayúscula). Pero obviamente, forman parte de la iglesia, porque provocan división dentro de ella. Entonces, tenemos en la iglesia tanto a los que son espirituales como a los que son almáticos.

De lo terrenal a lo almático y demoníaco

El pasaje más significativo de todos es Santiago 3:15, que analizaré más detalladamente. Hablando de un cierto tipo de sabiduría, Santiago dice: «Porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica». Hasta aquí, usted ya ha comprendido que ‘animal’ es ‘almático’. Entonces, hay un tipo de sabiduría que es almática. Y hay una gradación descendente en tres fases: primero, terrenal; después, almática; tercero, demoníaca. Creo que esta es la principal vía por la cual los demonios penetran en la obra de Dios, en el pueblo de Dios, en la iglesia de Dios. Es a través de este tránsito de lo terrenal a lo almático y a lo diabólico.

Consideremos lo que todo esto implica. ¿Qué significa ser terrenal? Para un cristiano, creo que significa que nuestra visión está completamente limitada a esta tierra. No conseguimos ver más allá de esta tierra. Todo lo que esperamos de Dios a través de la salvación son cosas que pertenecen a esta vida: prosperidad, sanidad, éxito, poder — ¿Qué más? Creo que todo eso es almático.

Dos casos ejemplares

Voy a dar algunos ejemplos de personas que no eran terrenas. Encontramos una lista de ellas en Hebreos 11. De hecho, podemos resumir a los santos de Hebreos 11 como los que no eran almáticos, no eran terrenos. Veremos sólo dos ejemplos.

En Hebreos 11:9-10, hablando de Abraham, dice: «Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». Abraham estaba en la tierra prometida, sabía que le había sido prometida, pero no la poseyó y nunca vivió en ella como si le perteneciese. Nunca compró una casa. Vivió siempre en una tienda, que es algo transitorio. Note el contraste con Lot, que se separó de Abraham y volvió el rostro para Sodoma y se fue para allá. Cuando volvemos a oír hablar de Lot, ya no está sólo mirando hacia Sodoma. Ya está en Sodoma y vive en una casa – dejó de vivir en una tienda. Pienso que, en cierto sentido, Lot es una figura del hombre de Dios que es terrenal.

Pero Abraham tenía una visión que traspasaba el tiempo y penetraba en la eternidad. Él esperaba una ciudad que nunca vería, pero que sabía que un día sería su hogar. Pienso que es así que Dios espera que seamos como cristianos. En este mundo no estamos en casa. Cuando nos sentimos en casa en este mundo, nos tornamos almáticos.

Mi segundo ejemplo es Moisés, en Hebreos 11:27: «Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible». Me gustaría sugerir que esta es la clave para la firmeza. Es mirar más allá del tiempo, más allá del nivel de esta vida, donde generalmente enfrentamos tiempos difíciles, muchas frustraciones, muchas decepciones. ¿Qué nos permite estar firmes? Una visión que nos transporta más allá del tiempo.

Hay muchos otros ejemplos. Esos dos –Abraham y Moisés– son sólo ejemplos de personas que no fueron terrenas. Tenemos después la notable afirmación de Pablo en 1ª Corintios 15:19, que haríamos bien en ponderar. «Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres». Esta es una afirmación extraordinaria. Si todo lo que nuestra fe cristiana nos ofrece son cosas de esta vida, somos dignos de lástima, somos miserables. Y tengo que decir que hay mucha enseñanza en la iglesia que sólo enfatiza lo que Dios hará por nosotros en esta vida. Tales personas generalmente se consideran prósperas y exitosas. Dios las considera dignas de lástima.

Esta es una verdad muy básica. Los cristianos de generaciones anteriores –hasta la Primera Guerra Mundial– tenían una conciencia básica de este hecho: el mundo no es nuestro hogar. Pero desde entonces, muchos cristianos perdieron esta percepción y viven como si realmente perteneciesen aquí. Nuestros pensamientos, ambiciones y planes están concentrados en las cosas del tiempo. Somos terrenos.

Cuando nos tornamos terrenos, ¿cuál es el próximo peldaño hacia abajo? Almático. ¿Cuál es la esencia del alma? El ego. ¿Qué significa ser almático? Es ser egocéntrico, preocuparse sólo con el número uno – yo. La persona almática dice: «¿Qué gano con esto?». La persona espiritual dice: «¿Cómo puedo glorificar a Dios?». Pienso que usted concordará –y espero no estar siendo cínico– que hay una abundancia de esta actitud almática en la iglesia actual.

Después, lo almático se abre a lo diabólico. Cuando entramos en el campo de lo almático, quedamos expuestos a lo diabólico. Creo que esto es, fundamentalmente, lo que permite que los demonios se infiltren en el pueblo de Dios, en la obra de Dios. Más adelante, presentaré cinco ejemplos de lo que ha sucedido en el siglo XX.

Dos advertencias

Consideremos por un instante dos ejemplos de personas del Antiguo Testamento que pasaron de lo terrenal a lo almático y de ahí a lo diabólico. Eran personas muy diferentes. La primera es Aarón. Si leemos Éxodo 32, descubriremos algo que siempre me espanta. Aquí estaba el Sumo Sacerdote ungido y oficializado, construyendo un becerro de oro. Me gustaría analizar lo que dice en Éxodo 32:1-10.

En ese momento, Moisés se hallaba en el monte. Hacía cuarenta días que no lo veían: «Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.» La frase más significativa es esta: «el varón que nos sacó de la tierra de Egipto». Ellos habían perdido a Dios de vista. Se estaban concentrando en líderes humanos. Creo que, casi inevitablemente, eso conduce a la idolatría. Cuando perdemos nuestra visión de Dios y nos concentramos en los siervos de Dios, estamos en gran peligro. Por eso: «Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas, y los trajeron a Aarón; y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces dijeron: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.»

«Y viendo esto Aarón (esta es una descripción espantosa – cuando Aarón vio su propio becerro), edificó un altar delante del becerro; y pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta para Jehová (Oh, Señor. Tengo dificultad para comprender cómo Aarón pudo hacer esto. Pero si Aarón lo hizo, entonces usted y yo también podemos hacerlo. No somos mejores que él. Probablemente, la mayoría de nosotros no llega a su altura). Y al día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse».

Esta es la esencia de la idolatría: divertirse. Cuando nuestra adoración se torna diversión, pasamos de lo espiritual a lo almático y, en último análisis, a lo diabólico. No quiero parecer crítico, pero tengo que decir que, según mi entendimiento, la mayoría de aquello que llamamos adoración en el movimiento carismático no es de ningún modo adoración. Frecuentemente, es muy egocéntrico: «Dios, sáname. Dios, bendíceme. Dios, hazme sentir bien. Dios, haz esto; Dios haz aquello». Es egocéntrico; es almático. Sólo lo espiritual puede concentrarse directamente en Dios.

Mucha música que tenemos hoy en la iglesia apela al alma, estimula el alma. Es muy similar al tipo de música usada en el mundo para estimular el alma. No soy ningún experto en música. Canto desafinado. Pero tengo una cierta sensibilidad al impacto de la música. Viví cinco años en África, y tengo conciencia de que ciertos temas y ritmos repetitivos pueden embotar nuestra sensibilidad. Si permanecemos el tiempo suficiente bajo su influencia, en especial cuando son tocados muy fuerte, perdemos la capacidad de discernimiento. Y en África, esos ritmos son usados para invocar a los demonios.

Lo que espanta en esta cena de idolatría de Israel es la completa diferencia entre la actitud del pueblo cuando Dios habló desde el cielo y su actitud dos meses después. Hubo un cambio impresionante. En Éxodo 20, cuando tuvieron una revelación singular de Dios como ninguna otra nación jamás recibió, su respuesta fue temor y reverencia (Vea Éxodo 20:18-21). Con todo, en menos de dos meses, abandonaron esa actitud y llegaron al punto de querer un becerro de oro para adorar, porque no veían más a Dios, sino a Moisés como la persona que los sacó de Egipto.

Pablo habla de esto en 1ª Corintios 10:5-7. Hablando sobre las experiencias de Israel cuando salieron de Egipto, dice: «Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar».

¿Qué sucedió? Sus necesidades físicas habían sido suplidas. Tenían los estómagos llenos, los cuerpos vestidos, ¿qué más les faltaba? Un poco de diversión. Quedo muy preocupado cuando la adoración se transforma en una diversión. La diversión dice: «Entusiásmame... alégrame... extasíame». Todo esto es para beneficio del alma. El espíritu queda excluido.

Mi segundo ejemplo de la transición de lo espiritual a lo almático, y de esto a lo diabólico es aún más aterrador. Lo encontramos en Levítico 9:23-10:2. Esto ocurre en un momento glorioso. El pueblo había hecho todo lo que Dios exigía en cuanto a los sacrificios y, cuando su obediencia fue completa, Dios envió su gloria y quemó el sacrificio puesto sobre el altar. «Y entraron Moisés y Aarón en el tabernáculo de reunión, y salieron y bendijeron al pueblo; y la gloria de Jehová se apareció a todo el pueblo. Y salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros. Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová».

¡El mismo fuego que consumió el sacrificio quemó a los adoradores! ¿Y qué es el «fuego extraño»? Comprendo que es fuego que no fue tomado del altar que Dios ordenó. ¿Y qué es el «fuego extraño» en nuestra experiencia? Diría que es la adoración en cualquier otro espíritu que no es el Espíritu Santo. Y el castigo era la muerte.

En Números 16:1-35 leemos sobre una rebelión contra Moisés en el desierto, cuando algunos de los líderes tomaron 250 incensarios, pusieron en ellos fuego y dijeron: «Somos tan buenos como Aarón. Tenemos el mismo derecho que él de ser sacerdotes». Y Moisés dijo: «Muy bien. Vamos a comprobar esa pretensión». Y les mandó reunirse, con los incensarios llenos de fuego en las manos. Entonces, el fuego del Señor irrumpió y consumió a los 250 hombres. Para mí, la lección es ésta: «Usted es responsable por el espíritu con que se acerca a Dios».

No quiero decir que usted será consumido por el fuego, pues muchas veces los juicios de Dios son para servir de ejemplo. Pero vemos aquí el peligro de aproximarnos a Dios con lo que es llamado «fuego extraño»: cualquier espíritu que no sea el Espíritu Santo. Esto se ha tornado muy real para mí.

Volvamos a Hebreos y veamos la aplicación de esto en el Nuevo Testamento. Hebreos 12:28-29: «Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor». Note la palabra «temor». Me pregunto a mí mismo y a usted: «¿Cuánto temor encontramos hoy en la iglesia? ¿En cuantos cultos que frecuentamos hay un sentimiento de la presencia extraordinaria de Dios?».

El verano pasado, cuando visitamos Gran Bretaña, encontré un pastor amigo que hizo este comentario: «Conozco personas que hablan de Dios como si él fuese alguien que hubiesen encontrado en el bar». Tenemos esta relación de «camarada» con Jesús. Él realmente nos invita a la comunión, pero nunca, nunca debemos perder nuestro sentido de temor. Pienso que esta es la raíz de los problemas que hemos hablado.

Pensemos nuevamente por un instante en los movimientos espirituales contemporáneos sobre los cuales hemos hablado. Es fácil creer que en algún momento en el principio haya habido un genuino y espontáneo mover del Espíritu Santo. Parte del resultado viene del Espíritu Santo, pero es mezclado con otras cosas. Hay cosas que son de Dios, pero hay otras cosas que no. ¿Por qué? ¿Cuál es el problema? Mi respuesta es el dominio del alma: hay un imperceptible deslizarse desde el énfasis en Dios a un énfasis en el ego, de la verdad bíblica objetiva hacia una experiencia personal subjetiva.

Con demasiada frecuencia, un sentimiento de temor y reverencia por la santidad de Dios es sustituido por una frivolidad e irreverencia no bíblica. De hecho, diría que la irreverencia se tornó en una enfermedad epidémica en el movimiento carismático contemporáneo. Si somos culpados de esto, tenemos que arrepentirnos.

Más de una vez, Dios me ha convencido de mi irreverencia. Lo he confesado como pecado y me he arrepentido. Debemos vigilar nuestras lenguas. Charles Finney comentó cierta vez: «Dios nunca usa un contador de chistes para sondear las conciencias». Un ministerio característico del Espíritu Santo es «convencer de pecado, de justicia y de juicio» (Juan 16:8). Cuando las personas permanecen sin convicción de pecado, debemos preguntar si el Espíritu Santo está obrando en ellas.

¿Habrá una forma de protegernos?

¿Habrá Dios provisto alguna protección contra este tipo de error? ¡Sí! Pero primero tenemos que comprender que el error ataca principalmente el área del alma – aunque el espíritu pueda ser afectado más tarde. Es, por lo tanto, el alma que tiene que ser protegida.

La protección que Dios preparó para el alma tiene una base singular y completamente suficiente: el sacrificio de Jesús en la cruz. En Mateo 16:24-25, Jesús dice: «Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» Ved la paradoja divina: para salvar (proteger) nuestra alma, tenemos que perderla.

Antes de poder seguir a Jesús, hay dos pasos preliminares. Primero, tenemos que negarnos a nosotros mismos; tenemos que decir un «no» resuelto y final a nuestro ego exigente y egoísta. En segundo lugar, tenemos que tomar nuestra cruz. Tenemos que aceptar la sentencia de muerte que la cruz nos impone. Tomar la cruz es una decisión voluntaria que cada uno debe tomar. Dios no nos impone obligatoriamente la cruz.

Si no aplicamos personalmente la cruz a nuestra vida, dejamos una puerta abierta a la influencia demoníaca. Hay siempre el peligro de que nuestro ego no-crucificado responda a las lisonjas seductoras de demonios engañadores. El orgullo es la principal área de nuestro carácter que Satanás tiene como objetivo, y la lisonja es la principal palanca que él usa para poder entrar.

Cada uno de nosotros tiene que aplicar la cruz personalmente a sí mismo. En Gálatas 2:20 Pablo dice: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo...». Cada uno de nosotros necesita preguntarse: «En mi caso, ¿es esto verdad? ¿Fui ya crucificado con Cristo? ¿O todavía soy motivado por mi ego almático?».

Hoy muchos cristianos piensan que esta solución es demasiado radical. Cuestionan si es realmente la única forma de defenderse del engaño. Tienden a considerar a Pablo un «súper-santo» a quien les es imposible imitar. Con todo, Pablo no se ve así. Su ministerio como apóstol fue único, pero su relación personal con Cristo fue un patrón que todos debemos seguir (Vea 1ª Timoteo 1:16). De nuevo, en 1ª Corintios 11:1, dice: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo». La única alternativa a la cruz es colocar el ego en lugar de Cristo. Pero eso es idolatría y abre el camino para las consecuencias malignas que invariablemente siguen a la idolatría.

La cruz es el corazón y el centro de la fe cristiana. Sin la cruz proclamada y aplicada, el cristianismo queda sin fundamento y sus reivindicaciones dejan de tener ningún valor. De hecho, se torna una falsa religión. Como tal –como todas las falsas religiones– está inevitablemente expuesta a la infiltración demoníaca y al engaño.

Cinco movimientos que se desviaron

Ahora, después de todo lo que he dicho, me gustaría dar cinco ejemplos de movimientos dentro del movimiento carismático que acabaron yendo todos por el mismo camino. De una forma o de otra, tuve algún tipo de relación con cada uno de ellos.

Volviendo al largo período después de la 2ª Guerra Mundial: en Canadá, hubo un derramamiento del Espíritu Santo en Saskatchewan, que fue llamado la «Lluvia tardía». Produjo un poderosísimo impacto, y mucha gente de diversas regiones de América del Norte fue a Saskatchewan. Diría que la esencia de este movimiento fue una plena restauración de todos los dones del Espíritu Santo.

Más tarde, conocí un hombre que fue presidente de Adhonep (Asociación de Hombres de Negocios del Evangelio Completo, por sus iniciales en inglés), en Chicago, un excelente cristiano. Me contó lo que le sucedió cuando fue para allá. Dijo que los cultos duraban nueve horas y eran tan emocionantes que ni siquiera daban deseos de ir al baño. Pero ¿qué sucedió? El líder se tornó una persona orgullosa que se autopromovía, y cayó en la inmoralidad, desacreditando así los dones del Espíritu.

Más tarde, entre 1957 y 1962, fui misionero entre las Asambleas Pente-costales de Canadá – gente excelente, pero que prácticamente no ejercían los dones espirituales. Un día les dije: «¿Por qué nunca ejercitamos los dones espirituales?». La respuesta fue: «Eso fue para la ‘Lluvia Tardía’». En otras palabras, lo que sucedió nos imposibilitaba de usar los dones; podíamos seguir el mismo camino que ellos. Una de las tácticas de Satanás es desacreditar lo que es bueno a través de su mal uso.

Después vinieron los «Hijos Manifiestos». Eran un grupo muy poderoso de hombres que se basaban en el versículo que dice que toda la creación espera la manifestación de los hijos de Dios. Tuvieron un ministerio realmente poderoso, especialmente en la expulsión de demonios. Pero al expulsar los demonios entraban en un largo diálogo con ellos y procuraban obtener revelación de ellos. Creo que es completamente errado en cualquier circunstancia obtener revelaciones por medio de demonios.

Finalmente, adoptaron una teología exagerada que sostenía que algunos de ellos ya habían recibido cuerpos resucitados. Lo que sucedió en seguida fue que dos de ellos murieron en un accidente de avión. Dios les estaba diciendo: «¿Dónde está su cuerpo resucitado?». Pero en un principio eran hombres excelentes.

Después, surgieron los «Niños de Dios». Más tarde cambiaron su nombre a «La Familia». Una mujer llamada Linda Meisner ejerció entre ellos un poderoso ministerio. Me encontré dos o tres veces con ella. Era una mujer poderosa y muy dedicada, que sentía una enorme carga por los jóvenes de América. Pero cuando fue dominada por el orgullo, se tornó manipuladora y dominadora. Muchos de los jóvenes de los «Niños de Dios» quedaron bajo su control. Les hizo cortar relaciones con los padres y la familia y eso fue desastroso. Pero pienso que en el comienzo, ella estaba bien.

Después, apareció William Branham. Tuve una ligera asociación con él en la fase final de su ministerio. Estuve con él en el púlpito dos o tres veces con la Adhonep. Branham tuvo, en algunos aspectos, uno de los más notables ministerios que yo he conocido. Era un hombre muy amable, humilde y amoroso. Su ministerio de la palabra de conocimiento era absolutamente legendario. Jamás alguien le oyó pronunciar una palabra de conocimiento falsa.

Estuve con él en un culto en Phoenix, Arizona. Él estaba en la plataforma y señaló a una mujer en la audiencia, y le dijo: «Usted no vino aquí por su causa, sino por su nieto». Después, reveló el nombre y la dirección exacta de la mujer en Nueva York. En esa ocasión, se encontraba aproximadamente a 3.000 kilómetros de distancia de la ciudad de Nueva York. Lamentablemente, después de ejercitar su don dos o tres veces, se desmayó y sus asistentes tuvieron que llevárselo. Explicó lo sucedido recurriendo a la declaración de Jesús que «de mí salió virtud». Pero Jesús no se desmayó. No creo que esto fuese el Espíritu Santo. Pienso que era diabólico.

Más tarde, hizo amistad con Ern Baxter, quien, por un período considerable, enseñaba la Biblia en los cultos evangelísticos de Branham. Ern respetaba mucho a Branham, pero su corazón quedó despedazado con lo que sucedió. Un día, reunió un pequeño grupo y les dijo: «Quiero contarles una cosa sobre Branham, pero me gustaría que no lo divulguen».

Como todas las personas involucradas ya fallecieron, me siento libre para revelar lo que Ern dijo sobre Branham. Él dijo: «Branham tenía dos espíritus: uno era el Espíritu de Dios, y otro no». Cierta ocasión cuando estaban juntos, Branham señaló una lámpara en el techo y dijo: «El poder que tengo puede hacer mover esa lámpara».

Pienso que Branham permaneció en Cristo hasta el fin, pero fue dominado por personas que quisieron explotarlo. Aunque él no se titulase a sí mismo «Elías», permitía que sus seguidores lo tratasen así. Murió en un accidente de tránsito cuando su auto fue alcanzado por un motonetista borracho. Sus seguidores embalsamaron su cuerpo y lo conservaron hasta el Domingo de Pascua, convencidos de que resucitaría, pero eso no sucedió.

Cuando estaba en el Espíritu, bajo la unción, era casi invencible. Cierta vez, en un culto, un endemoniado se acercó para atacarlo. Branham le ordenó que se arrodillase y permaneciese así hasta concluir su mensaje. El hombre se mantuvo arrodillado en la misma posición durante toda la predicación de Branham. Pero tengo que admitir que su fin fue... en el mejor de los casos, desalentador.

Después, tuvimos el «Movimiento del Discipulado». En este caso, yo estuve personal e íntimamente involu-crado y puedo decirle que comenzó como una intervención sobrenatural de Dios. Estuve presente cuando todo sucedió. Junto a otros tres predicadores –Bob Mumford, Charles Simpson y Don Basham– estábamos hablando en una Conferencia. En medio del evento, descubrimos que el hombre que dirigía y organizaba la conferencia tenía un serio problema de inmoralidad. Y pensamos: «¿Qué debemos hacer?». Concordamos en reunirnos en un cuarto de hotel – que no fue el mío. Los cuatro nos arrodillamos y oramos y cuando nos levantamos sabíamos, sin ningún proceso racional, sin haber orado para eso, sin siquiera haberlo deseado – que Dios nos había juntado.

Con todo, pese a eso, al cabo de un año las cosas comenzaron a andar mal. Esta es mi impresión personal: el problema fue principalmente la ambición personal... en diferentes formas. Uno quería ser el líder de un movimiento, otro quería aparecer en el púlpito, etc, y yo era uno de ellos. Según mi experiencia, diría que no hay mayor problema en la iglesia de hoy que la ambición personal en el ministerio.

Otro problema es que no estábamos renovados en nuestras mentes. Todavía pensábamos en términos de la antigua iglesia. Quienes no simpatizaban con nosotros decían: «Ustedes son realmente una denominación». Nuestro líder respondía: «¡No! No somos una denominación. Nunca lo seremos». Pero la lógica de los principios espirituales es inexorable. Él y su grupo se tornaron una denominación.

Nuestro problema fundamental era que no éramos renovados en nuestras mentes. Todavía pensábamos en términos de la forma como la iglesia tradicionalmente hace las cosas. Y no creo que la iglesia haga las cosas como deben ser hechas. Creo que precisa haber una revolución en nuestro modo de pensar antes de poder entrar en plena sintonía con los propósitos de Dios.

Déjeme hacer una lista de estos cinco ejemplos: La Lluvia Tardía, Los Hijos Manifiestos, Los Niños de Dios, William Branham, El Movimiento del Discipulado.

Finalmente, me gustaría destacar dos elementos que pienso son comunes a todos estos movimientos. Primero: Orgullo. En mi opinión, el orgullo es el más peligroso de todos los pecados. Cierta vez oí a un colega pastor afirmar: «El orgullo es el único pecado del cual el diablo nunca lo hará sentirse culpable». Proverbios 16:18, un versículo muy corto, dice: «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu».

Usted puede notar que las personas generalmente dicen: «El orgullo precede a la caída». Pero no es eso lo que dice la Biblia. Lo que ella dice es: «El orgullo (o la soberbia) precede a la ruina». Entonces, dé media vuelta. No continúe en ese camino, porque su fin es la destrucción. Y digo esto tanto para mí mismo como para usted.

La segunda característica que pienso es común a los cinco movimientos fue aquello que ya comenté: una mezcla de espíritus. Había verdad y había error. Había el Espíritu Santo y había otros espíritus. Y la forma como los otros espíritus entraron fue a través de una declinación progresiva: de lo terreno a lo almático y de esto a lo diabólico.

Recordemos que lo almático es esencialmente egocéntrico. En 2ª Timoteo 3:1-5, Pablo describe cómo será la condición de la humanidad al final de esta era y creo que ya estamos viviendo en ese tiempo. Él señala dieciocho pecados o defectos morales: «También debes saber esto (y es la única vez que recuerdo que Pablo haya sido tan enfático. Él dice: debes saber con toda certeza), que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos».

La palabra griega traducida por ‘peligrosos’ es usada en un solo pasaje más, en Mateo 8:28, que describe a dos endemoniados que enfrentaron a Jesús. Y note la palabra castellana usada en ese texto: «feroces». Entonces, vendrán tiempos feroces ¡y ya llegaron! Usted puede orar cuanto quiera, pero no puede cambiar la situación. Porque Dios dice: «También debes saber esto ... vendrán tiempos feroces». Usted no puede cambiar las cosas, pero puede pedir a Dios que lo prepare para enfrentarlas.

Después, Pablo da una lista de estos dieciocho defectos morales: «Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios...». Note que la lista comienza y termina con las cosas que las personas aman. Amor a sí mismo, amor al dinero y a los deleites. Pero me gustaría enfatizar: la raíz de todo esto es el amor a sí mismo. Es eso lo que deja entrar el mal. Egocentrismo. Estar concentrado en el yo. ¿Qué va a hacer Dios para mí? ¿Qué voy a ganar yo con todo esto?

Y después, continúa en el versículo 5: «...que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.» Así, estas personas con estas terribles dieciocho situaciones morales tienen una forma de piedad. No son incrédulos; no son ateos. No creo que Pablo haya usado jamás la palabra piedad fuera del contexto cristiano. Entonces son, pues, cristianos profesantes. ¿Y cuál es el problema? Egoísmo. El egoísmo es aquello que abre el camino a todos los otros problemas. Egocentrismo. Eso lleva, a su vez, a la mezcla.

Sólo un punto más antes de concluir. La mezcla actúa de la siguiente forma: provoca confusión y después división. Porque parte de lo que presenta es bueno y parte malo; parte es verdad y parte error.

Esto significa que hay dos formas como las personas reaccionan: hay los que se concentran en el error y rechazan la verdad; otros se concentran en la verdad y aceptan el error. Y de ahí surge la confusión – y de la confusión, la división. Las personas quedan agresivamente comprometidas a una u otra de las alternativas. ¿Qué provoca eso? La mezcla. No podemos darnos el lujo de tolerar la mezcla. ¿Cuál es la respuesta a la mezcla? ¡La verdad! ¡La pura e incontaminada verdad de la palabra de Dios!

Cierta vez en los Estados Unidos fui el único testigo de un accidente ocurrido en la calle frente a nuestra casa. Como resultado, fui citado a testificar en el tribunal. Antes de dar mi testimonio, se me pidió que hablase la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Ese fue el patrón establecido por un tribunal secular. ¿Cuánto más no debemos nosotros, como cristianos, defender la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad?

***