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Una revista para todo cristiano · Nº 38 · Marzo - Abril 2006
PORTADA
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El espíritu humano fue diseñado como órgano apropiado para entrar en contacto con el Espíritu divino.

La importancia del espíritu del hombre

Gino Iafrancesco

El espíritu del hombre, objetivo especial de Dios

El hombre está compuesto de muchas partes; tiene mente, tiene emociones, tiene voluntad, tiene conciencia; está dotado de un cuerpo, tiene aparatos, huesos, músculos, sentidos, corazón; pero de todas esas cosas del hombre, hay una que para Dios es especial. Es el espíritu. Es posible que para la Iglesia no revista importancia esa parte del hombre; puede ser más importante el cabello, las pestañas, la figura, la silueta. A veces ni siquiera distinguimos el espíritu del alma, y ¿cómo vamos a ser espirituales si ni siquiera conocemos nuestro propio espíritu, su funcionamiento, sus operaciones, algo que para Dios es tan importante?

Dios hubiera dicho: Yo soy Jehová, que extiendo los cielos, fundo la tierra, y creo los ojos del hombre. Pero Él no dijo los ojos, ni la silueta. Dios dijo, el espíritu. El espíritu es el Lugar Santísimo del templo, y el Espíritu de Dios viene al espíritu del hombre a morar. Donde se asienta el Espíritu de Dios es en el espíritu del hombre (Ezequiel 36:26-27). Donde el Espíritu de Dios comunica lo que él es, lo que quiere, lo que él aprueba, lo que él reprueba, es en el espíritu del hombre. Podríamos decir que la tierra es la capital del universo, que el hombre es la capital de la tierra y que el espíritu es la capital del hombre.

Para Dios el espíritu es muy importante. Hay varios pasajes en la Biblia donde se habla de adorar a Dios, de servir a Dios, de cantar a Dios, etc. Pero cuando leemos esos pasajes nos olvidamos de algunos detalles, algunas frasecitas importantes. Leemos en Romanos 1:8-9: «Primeramente doy gracias a mi Dios mediante Jesucristo con respecto a todos vosotros, de que vuestra fe se divulga por todo el mundo. Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo, de que sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones».

La frase curiosa es la que aparece resaltada por nosotros. Pablo podría decir: «...testigo me es Dios, a quien amo con todo el corazón, a quien alabo todos los días...», pero dice: «...a quien sirvo en mi espíritu...». No dice solamente «a quien sirvo», sino «a quien sirvo en mi espíritu». No es lo mismo servir, que servir en espíritu. Dios quiere que nosotros ejercitemos nuestro espíritu. Para Dios, el espíritu del hombre es la parte más importante, por eso necesitamos conocer qué es y cuáles son las funciones del espíritu, conocerlo doctrinalmente por la Biblia, y también experimentalmente. Tenemos que distinguir el mover del Espíritu de Dios en nuestro espíritu, porque si nosotros no andamos en el espíritu, sino que nos dejamos llevar por nuestra naturaleza carnal, nuestro servicio a Dios va a ser un servicio natural, carnal, pero no como dice Pablo, en espíritu. En el capítulo 4 del evangelio de San Juan encontramos un ejemplo clásico donde podemos observar esta diferencia.

La samaritana, después de conocer que el varón que hablaba con ella era de Dios, empezó a discutir por asuntos religiosos, por doctrinas, como solemos hacer los seres humanos. Nos metemos en discusiones sobre doctrinas y cosas religiosas, debido a que heredamos tradiciones denomina-cionales, enfrentándonos en discusiones infructuosas, comparando una doctrina con otra, entrando así en un ambiente de religión, de controversia, de crítica de cosas, y en ese plano estaba la samaritana. Ella quiso envolver al Señor Jesús en su agitado ambiente, pero el Señor se guardó y no se dejó arrastrar por ese ambiente controvertible. En el versículo 20 de ese capítulo, dice la samaritana al Señor: «Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». La samaritana indica aquí que «ustedes los judíos, en vez de pensar como nuestros padres (de los samaritanos), ustedes tienen otra idea». Ahí está discutiendo, clarificando su posición distinta a la de ese profeta, pero aún no sabe quién es. La samaritana le muestra su condición de mera religiosa, como diciéndole: «Nuestros padres, nuestros antepasados adoraron en este monte (el Gerizim) por muchos siglos, luego en este monte es que hay que adorar; en cambio ustedes los judíos ahora dicen que es en Jerusalén donde hay que adorar», como envolviéndose en ese ambiente en que discutían los samaritanos y los judíos. Debido a eso, los judíos no querían a los samaritanos, y esa fue la causa por la cual los judíos se enojaron cuando el Señor Jesús habló bien del samaritano que atendió a un judío herido, en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30-35); y los samaritanos tampoco querían a los judíos.

Adoración en el espíritu

En el verso 21, el Señor Jesús le dice a la samaritana: «Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre». Ella discutía por cuestiones exteriores, por el mundo natural; es aquí o es allá; es en esta religión o es en aquella; unos dicen que es aquí, otros dicen que es allá. Pero el Señor le dice (versos 22-23): «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren».

El Padre estaba esperando y buscando. Hay cosas que Dios calla; porque en la Biblia hay cosas que no se revelan, que son secretas, que no se cuentan. En Deuteronomio 29:29 dice: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros...». Pero Dios reveló que Él busca esa clase de adoradores, y llega la hora en que eso suceda; ya hacía falta que llegara esa hora. Bastante tiempo se estuvo tratando de servir a Dios por medios netamente religiosos; «que en este monte, que en otro monte, que en aquel santuario, que de esta manera, que tiene que ser así, que hay que encuadrarse así, que es redondo; que tiene bordes, que no tiene, que la medida es hasta aquí»; siempre tratando de servir a Dios en lo exterior. Hay que servir a Dios, pero con fe.

¿Qué había estado esperando el Padre? El Padre había estado esperando que llegara la hora en que el Señor Jesús viniera a producir el verdadero servicio a Dios. Entre las grandes fiestas de los judíos figuraba la fiesta de los tabernáculos, o fiesta de las cabañas, la cual duraba siete días, con la asistencia de muchos judíos que venían de muchas partes, y era la última de un gran círculo de fiestas.

Estando el Señor Jesús en Jerusalén con ocasión de esta fiesta, leemos en Juan 7:37-39 que: «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado».

Esto se los manifestó Jesús cuando se les acababa la fiesta, pues era el último día, como quien dice: «Ustedes ya celebraron todas las fiestas, y este es el último día de la última fiesta, y todos ya vinieron a Jerusalén y cantaron, hicieron un montón de cosas religiosas, pero ahora Dios les invita; si los ritos religiosos no han saciado esa sed, no han llenado ese vacío, a que beban de Su Hijo». «Si alguno viene a mí....el que cree en mí, de su interior...». ¿Cuál es la parte interior del hombre? El espíritu. «El que se conecta conmigo, de su interior empezará a fluir la vida»; y eso dijo del Espíritu de Dios. Eso significaba que del Espíritu de Dios habría de fluir agua viva desde el hombre interior, desde el interior del hombre, o sea, desde el espíritu humano.

El espíritu humano es nada menos que el canal, primero del Espíritu de Dios. La mujer que discutía sobre asuntos religiosos no se fijaba sino en la parte externa. Israel tenía su círculo de fiestas: la de la Pascua y los panes sin levadura, luego las primicias de la siega, más tarde la de Pentecostés, la fiesta de las trompetas, el día de la expiación, y por último la fiesta de tabernáculos, la gran fiesta de la cosecha. Y todos salían cansados por tanta cosa y muchos quedaban insatisfechos, porque las cosas externas no satisfacen, no sacian la sed espiritual, por eso el Señor entra directo a tratar con el espíritu.

Es por esa razón que el Señor también le dice a la samaritana: «Mujer, créeme, que la hora viene... y la hora ha llegado». Es la hora que el Padre había esperado, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu; significa que la adoración es del espíritu; para algunos, desconocida, ignorada. La adoración que no es en el espíritu no es verdadera, es como un entrenamiento, pero no es auténtica. Hay adoración de tipo religioso, que puede servir de entrenamiento; como el chico que piensa que cuando grande va a ser un arquitecto, y se pone a jugar con arena y a hacer castillos, a hacer carreteras. Sencillamente está jugando, está feliz, pero está jugando; esa no es una carretera verdadera; ese no es el castillo verdadero.

Así nosotros jugamos a alabar a Dios, a servir a Dios, a hacer cosas, pero el Señor distingue que no es adoración verdadera, hecha en espíritu y en verdad, porque lo contrario de verdadero es falso. Existe adoración falsa. Cuando dice que el Señor entró en el santuario verdadero, ¿significa que el otro era falso? No, era apenas un símbolo del verdadero santuario. Moisés trajo los símbolos. «Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Juan 1:17). La palabra verdad, que en el griego es aleteia, significa realidad.

La realidad de las cosas. No es sólo adorar, sino adorar en espíritu; no sólo servir, sino servir en espíritu. San Pablo también habla de que: «Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Corin-tios 14:15). También dice la Biblia: «...fervientes en espíritu» (Romanos 12:11). Muchas veces hablamos del Espíritu divino, pero nos olvidamos que el Espíritu divino hizo en el hombre un espíritu humano. Esa es la carga del presente artículo: la importancia del espíritu humano.

El Espíritu de Dios habla a nuestro espíritu

En Romanos 8:16 dice: «El Espíritu (con mayúscula, de Dios) mismo da testimonio (¿a quién?) a nuestro espíritu (con minúscula), de que somos hijos de Dios». Es el lugar en el cual morar el que Dios forma en el hombre. El Espíritu de Dios es eterno; el del hombre es creado, formado por Dios, pero el espíritu humano es el que está diseñado para contactar el Espíritu divino. No es la mente, no son las emociones, no es ni siquiera la voluntad, mucho menos los sentidos físicos. Es el espíritu humano, el cual fue diseñado como órgano apropiado para entrar en contacto con el Espíritu divino.

Debemos tener en cuenta que cada parte de nuestro ser, cada órgano, tanto del cuerpo como del espíritu, está diseñado para entrar en contacto directo con una porción de la realidad. Hay una realidad que son los colores, las frutas, los tonos, la luz, los avisos, las formas. La vista entra en contacto directo con la luz, con los colores; el oído entra en contacto directo con los sonidos; el olfato entra en contacto directo con los olores; el gusto entra en contacto directo con los sabores; el tacto entra en contacto directo con las texturas; la mente entra en contacto directo con los pensamientos; las emociones entran en contacto directo con los sentimientos; la voluntad es para ejercer decisiones. Pero, ¿cuál es el órgano diseñado por Dios, a la semejanza de Dios, que pueda tener con Dios una relación íntima? Ese órgano es el espíritu del hombre, el espíritu humano. Por eso dice que «el Espíritu mismo, da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios». Podría decir a nuestros oídos, o a nuestra mente; pero no, es a nuestro espíritu.

El órgano diseñado para recibir la luz de Dios es el espíritu. Con el espíritu es que tú captas la presencia de Dios; por eso es que a él se le adora en espíritu; por eso se le sirve en espíritu, y se le ora en espíritu. El espíritu tiene varias funciones, como la intuición, la comunión, la conciencia. Por medio de la comunión, por ejemplo, uno adora a Dios en espíritu.

Cuando tú estás realmente en el espíritu, percibes al Señor. Percibes si él se alegra, percibes si está triste, percibes si está enojado, si está callado, si está reprobando, si está aprobando; percibes si todavía no has recibido la certeza de ser perdonado; percibes si él está contento con lo que hiciste; percibes si está satisfecho, si él recibe la alabanza, o fue por esta causa o por aquello. ¿Cómo lo sabes? No es con la mente; es con la intuición. Esa palabra la encontramos en la Biblia y también se le llama percepción.

En la Palabra dice que Jesús percibió en su espíritu. También dice que «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios...» (1 Co. 2:14a). En ocasiones los creyentes perciben cosas en su espíritu, pero no están acostumbrados a darle la debida atención, porque hemos vivido en el hombre exterior, y al hombre exterior le gusta las emociones fuertes, psicodélicas. La del Señor es una voz más suave, más adentro que esa agitación de nuestra alma; y después de que suceden las cosas, decimos que algo nos llegó pero no le pusimos mucha atención. No hemos descubierto la importancia del espíritu del hombre. Es necesario conocer este importante tema, para que Dios nos ayude a despertar la importancia que para él tiene nuestro espíritu; que lleguemos a ser conscientes de Su mover en nuestro espíritu, porque los hijos de Dios son los cristianos. ¿El Espíritu de Dios a quién da testimonio? A nuestro espíritu.

Algunos están esperando que se les aparezca un ángel, o una luz, o un trueno que les diga algo al estilo psico-délico, algo emocionante, desde afuera. El profeta Elías era un hombre muy maduro, y en cierta crisis que sufrió, fue y se metió en una cueva en el desierto, y por allí vinieron un viento, un terremoto y un fuego, y Elías estaba muy tranquilo. Podría haber mucha emoción, mucho ruido, pero él permanecía tranquilo. Un viento pasó, pero en el viento no estaba Dios, luego pasó un terremoto, pero en el terremoto no estaba Dios, luego pasó un fuego, y en el fuego no estaba Dios; pero dice que después vino un silbo apacible y delicado, tal vez una suave brisa, un soplo, un aire, esa palabra que en el griego es pneuma (1 R. 19:9-13).

Me alegra saber que Elías era un hombre que no se dejaba envolver, porque lo que el diablo quiere es hacerte envolver en agitaciones. Unas veces nos quieren arrastrar para allá, otras para acá, que sube, que baja, que el Señor se está moviendo de arriba para abajo, que de esta forma o de esta otra. Pero el Señor lo que quiere es dirigirte, guiarte; que «la paz de Dios gobierne en nuestros corazones» (Colosenses 3:15a). ¿Qué significa que gobierne? Cuando vas a hacer algo y pierdes la paz, no te dejes envolver por la agitación exterior; atiende el interior, porque desde el interior es de donde fluye el mensaje de Dios, desde lo más íntimo de tu ser, allí donde está el Espíritu. La Biblia dice que el tabernáculo tenía tres partes, y esas tres partes se pueden aliar y tener relaciones entre sí. El altar de bronce en el atrio, con otro montón de cosas; luego el Lugar Santo con el candelero, el altar del incienso, la mesa de los panes y otras cosas; y en el Lugar Santísimo estaba el arca, y el arca tenía dos querubines.

El arca era como una cajita con una tapa llamada propiciatorio, y en cada extremo del propiciatorio había un querubín con sus alas extendidas. Y dice el Señor en Su Palabra: «Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, todo lo que yo te mandare para los hijos de Israel» (Éxodo 25:22). Tengamos en cuenta en qué lugar hablaba el Señor. No era fuera del tabernáculo, ni en el atrio dentro del tabernáculo; ni siquiera en el Lugar Santo, sino en el Lugar Santísimo, en lo más interior del tabernáculo; allí se declaraba el Señor. A veces queremos buscar las cosas de afuera, o pretendemos ser guiados por las cosas externas, de aquí, de allá. No; «allí debajo de las alas de los querubines te hablaré».

Cuántas veces decimos: «¿Hermanos, aquí qué hay que hacer? ¿Será bueno que ayunemos largo o corto, o no ayunemos? ¿Será que sí se diezma, o las mujeres deben ‘peluquearse’, o se podrán poner pantalones, o no?». Te surgen todas esas preguntas y vas al pastor tal, al reverendo tal, y vas detrás de reverendo en reverendo buscando esa clase de orientación; pero el Señor dice: «...allí me declararé a vosotros». Si tú tratas de servir a Dios cuadrando todo: «no toques aquí, no mires, no te subas», desde afuera, no estás sirviendo a Dios en espíritu. Pero si tú invocas al Señor... Acuérdate que él dice: «El que a mí viene..., el que en mí cree...», y la unción te enseñará todas las cosas, desde lo más íntimo de tu ser, aunque tú en lo exterior desees hacer tu punto de vista y quieras que prevalezca tu opinión; y a veces eres tramposo, y maniobras para salir airoso; pero dentro de ti hay una vocecita que dice: «tramposo». Porque el Espíritu de Dios da testimonio a tu espíritu. Tu espíritu es el que percibe la voz de Dios; allí se declara él. Para él lo más importante es el espíritu del hombre; la parte central.

A veces andamos en la gran equivocación de estar esperando lo que dirá el hombre, lo que dirá fulano, qué dirá zutano. Claro que ellos pueden opinar, porque el Espíritu nos da testimonio de los otros hermanos, pero es el Espíritu el que te informa si Dios está satisfecho con esto o con aquello. Y uno puede estar diciendo: «Hay tantas opiniones». ¿Qué opinarán éstos? ¿Qué opinarán ellos si lo haces en el espíritu? Si haces lo correcto, ese semáforo interior te dará luz verde.

¿Sabes cuál es la luz verde? El espíritu de paz. La Biblia dice que si estamos en la carne y sembramos en la carne, de la carne heredaremos corrupción; pero si lo hacemos en el Espíritu, del Espíritu tendremos vida y paz (Gálatas 6:8; Romanos 8:6, 13). ¿Cómo nos damos cuenta si estamos en espíritu o no? Si hay fuente de vida, si no hay bloqueo, si hay paz, si no estás haciendo el tonto, diciendo: «Pero es que...». Cada quien se le da por dar vueltas y vueltas, pero si el Señor está aquí: «Mayor es el que está en vosotros...» (1 Juan 4:4). Él está en ti, en tu interior. El Señor dice: «...niéguese a sí mismo...y sígame» (Mateo 16:24); ¿Cómo le vas a seguir a él? Porque interiormente él está en Espíritu, y la voz exterior del Espíritu es la Palabra. Así que es preciso que vayas a tu interior, conforme a la Palabra dada en concordancia con el sentir del espíritu, con los hermanos espirituales, el Cuerpo; que vayan por el camino correcto.

Es necesario tener en cuenta esas tres cosas: El Espíritu, la Palabra y el consenso del Cuerpo en espíritu, ya que un consenso en una democracia es en la carne. Tenemos un ejemplo: Se determina votar para adulterar o no. En cien hermanos, 95 eligen adulterar; 5 no quieren adulterar. Ganan los 95, y entonces está bien adulterar. Ese es un ejemplo de que el consenso en la carne, sin tener en cuenta el Espíritu y la Palabra, no es de Dios. Puede ser la mayoría en la Iglesia, pero no es la voz de Dios. El consenso debe ser en el espíritu, así sean dos o tres, pero en espíritu; esa es la voz de Dios. El Señor dice: «...niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame». Ese «sí mismo» es el alma, es el yo. San Pablo dice: «¿No sabéis que Cristo mora en vosotros?». Y le dice a Timoteo: «Timoteo, el Señor Jesucristo sea con tu espíritu». El mismo que está en tu espíritu, el Espíritu de Dios, da testimonio a tu espíritu.

El espíritu del hombre es de mucha importancia para Dios. A veces vivimos psicodélicamente, agitados en el mundo exterior, sin caer en cuenta de lo importante que es aprender lo que es nuestro propio espíritu, lo más íntimo de nuestro ser, y nos pasamos el tiempo preguntándonos qué hacer, siendo agitados, arrastrados y arrastrando. No debemos dejarnos arrastrar.

Tenemos el ejemplo de los buzos, los que se ponen escafandra. Llevan una especie de tubo por el cual respirar. Metidos en ese ambiente debajo del agua, no respiran en el agua, pues el aire lo reciben desde arriba a través del tubo, aunque permanecen debajo del agua. Asimismo nosotros, por ahora estamos aquí en este mundo, como si se tratara del fondo del mar, pero hay un espíritu limpio, respirando al Señor. Hermanos, el Señor es el Dios que extiende los cielos, funda la tierra y ha creado un espíritu en nosotros, que es muy importante para él, porque es con el espíritu que él se comunica con nosotros; es desde nuestro espíritu desde donde fluye el Espíritu de Dios. «...de su interior correrán...», significa desde su interior hacia el exterior; desde nuestra conciencia e intuición a nuestro entendimiento; y es por eso que a veces oramos en espíritu y no entendemos, porque el fluir está en el espíritu pero no ha salido a nuestra mente.

Esa es la causa por la cual muchas veces no entendemos; debido a eso hay que orar para poderlo interpretar del espíritu. Es el Espíritu el que dice algo allí adentro, en nuestro hombre interior. Dice algo, pero no sabes cómo explicarlo; lo intuyes, ahí está, como especie de una patadita del bebé en la mujer embarazada, así también nosotros a veces recibimos pataditas del Espíritu Santo. Pero todo eso ocurre adentro primeramente, y de ahí es de donde debemos percibirlo, porque es una percepción, o lo que también se llama intuición. Es una percepción íntima; no es una deducción natural, porque nuestras deducciones naturales no son confiables. «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Corintios 2:14), o sea, usando el espíritu de las personas.

Si no se percibe en el espíritu, se juzga en la carne

En muchas ocasiones nos ponemos a juzgar a las personas con nuestra mente natural, si son parecidas a nosotros, y decimos frases como: «¡Qué persona tan querida! ¡Ay, pero si es distinta! Me cae mal porque se parece a mi suegra». Pero fijémonos en lo que dice Pablo en 2 Corintios 5:16: «De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne (porque él vivió en la generación de los que lo conocieron por fuera, no por dentro), ya no lo conocemos así». Entonces, hay dos maneras de conocerlo: un conocimiento natural, a través de una opinión natural, de la carne, de las tradiciones, de las costumbres, de los prejuicios; el otro conocimiento se basa en el negarse a sí mismo para depender directamente de la guía de Dios, de la revelación de Dios, recibiendo testimonio del Espíritu en nuestro espíritu; así se conoce no en la carne sino en el espíritu, siendo guiados por la verdad. Si no es por el espíritu, la gente no puede percibir la vida y la paz, que es como ese viento suave que Elías percibió, y salió airoso de la prueba, y se libró de esa agitación externa que le rodeaba. A él no pudo estallarle ese montón de alborotos exteriores porque él percibió lo que era del espíritu.

No debemos juzgar por las apariencias, porque son engañosas, y ser arrastrados a que tú pienses como ellos y ellos como tú. No, es por el Espíritu en el espíritu, por Jesucristo, para guiarte a sí mismo. ¿En dónde está el trono? A la diestra del Padre; allí está Jesús, y el Espíritu está en tu espíritu, y la voz de Su Espíritu brota de ti, y todo lo que sea de Dios debe concordar con la Palabra. Por dentro el Espíritu y por fuera la Palabra, y en medio la comunión del Cuerpo y el consenso del espíritu de los otros hermanos espirituales.

Pablo dice: «Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, ¿ponéis para juzgar a los que son de menor estima en la iglesia?» (1 Corintios 6:4). No se refiere a los que van a votar con tu pecado; los que van a ser compinches de tu sentir, de tu chisme, de tus cosas. Tienen que ser realmente personas que se nieguen a sí mismas, que no representen su propio gusto, ni se amedrenten del gusto y la oposición de otro, sino que representen el sentir de Dios, así se les venga el mundo en contra; que sean fieles representantes de Dios, del sentir de Dios, y confiesen lo que está y emana del Espíritu en el espíritu y de acuerdo a la Palabra.

(Extractos de un mensaje impartido en Fontibón, Colombia).

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