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Una revista para todo cristiano · Nº 36 · Noviembre - Diciembre 2005
PORTADA
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Un desgarrador autoexamen del ministro escocés del siglo XIX, que hace recordar las oraciones de Daniel y Esdras.

Confesiones ministeriales

Horatius Bonar

Hemos sido carnales e insensibles espiritualmente. Por asociarnos con mucha frecuencia y mucha intimidad con el mundo, en gran medida acabamos acostumbrándonos con sus formas de actuar. Como resultado, nuestras percepciones espirituales han sido destruidas y nuestras conciencias embotadas. La tierna sensibilidad de nuestro corazón desapareció y fue sustituida por un grado de callosidad que antes nos encontrábamos incapaces de poseer.

Hemos sido egoístas. Hemos considerado preciosas nuestras vidas y nuestra comodidad. Hemos procurado agradarnos a nosotros mismos. Nos tornamos materialistas y ambiciosos. No nos hemos presentado a Dios como «sacrificios vivos», disponiendo de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra fuerza, de nuestras facultades y de nuestro todo sobre su altar ... así como Jesús, que no se agradó a sí mismo.

Hemos sido indolentes. No hemos procurado juntar los fragmentos de nuestro tiempo, a fin de que ningún momento fuese desperdiciado inútilmente. ¡Preciosas horas y días han sido gastados sin propósito en conversaciones y placeres fútiles, cuando podrían ser usados en la oración, en el estudio o en la predicación! Indolencia, autosatisfacción e indulgencia de la carne están corroyendo nuestro ministerio cual tumor canceroso, impidiendo la bendición y manchando nuestro testimonio.

Hemos sido apáticos. ¡Aún nuestra diligencia, cuán poco calor y brillo tiene! No derramamos toda nuestra alma en nuestra actividad, lo que produce tantas veces la impresión de mera forma y rutina. No hablamos ni hacemos como personas fervientes. Nuestras palabras son débiles, aun cuando son verdaderas y fundamentadas. Nuestras expresiones son indiferentes, aún cuando las palabras están cargadas de significado. Falta amor – amor que es fuerte como la muerte; amor como aquel que hizo a Jeremías llorar en lugares secretos.

Hemos sido tímidos. El temor nos ha llevado muchas veces a generalizar verdades, que si fuesen declaradas específicamente, con certeza habrían traído odio y oprobio sobre nosotros. Cuántas veces dejamos de declarar a nuestro pueblo el consejo de Dios. Hemos rehusado reprobar, reprender y exhortar con toda paciencia y verdad. Tenemos miedo de apartar amigos o despertar la ira de enemigos.

Hemos escaseado en sobriedad. Cuán profundamente abatidos deberíamos sentirnos por nuestra liviandad, frivolidad, irreverencia, alegría superficial, conversaciones vanas y bromas; a causa de ellas cuántos serios perjuicios hemos causado, el progreso de los santos retardado y la miserable inutilidad del mundo reforzada.

Nos hemos predicado a nosotros mismos y no a Cristo. Hemos buscado aplausos, cortejado la honra, sido solícitos con la fama, y envidiosos de reputación. Muchas veces hemos predicado buscando atraer a las personas hacia nosotros mismos, en vez de conducirlas hacia Jesús y su cruz. Cristo no ha sido Alfa y Omega, principio y fin, de todos nuestros sermones.

No hemos estudiado y honrado debidamente la Palabra de Dios. Hemos dado mayor preeminencia a los escritos de los hombres, las opiniones de los hombres y a los sistemas humanos en nuestros estudios y meditaciones. Hemos mantenido más comunión con el hombre que con Dios. Necesitamos estudiar más la Biblia. Precisamos sumergir nuestras almas en ella. Precisamos no sólo hacer un depósito de ella dentro de nosotros, sino impregnar con ella toda la textura de nuestro interior. El estudio de la verdad en forma más académica que devocional le ha robado su vigor y su vida, generando a cambio frialdad y formalidad.

No hemos sido personas de oración. Hemos permitido que negocios, estudios y actividades interfieran con nuestras horas a solas con el Señor. Una atmósfera febril ha invadido nuestro tiempo devocional, perturbando la dulce calma de la bendita soledad. Sueño, conversaciones fútiles, visitas sin propósito, bromas, lecturas livianas y ocupaciones inútiles ocupan el tiempo que podría ser redimido y dedicado a la oración. ¿Por qué hay tanta palabrería y tan poca oración? ¿Por qué hay tanta agitación y carreras, y tan poca oración? ¿Por qué tantas reuniones con nuestro prójimo, y tan pocos encuentros con Dios? Es la falta de estas horas solitarias que tornan nuestras vidas impotentes, nuestro trabajo improductivo y nuestro ministerio débil y estéril.

No hemos honrado al Espíritu Santo. No hemos buscado su unción en el estudio de la Palabra ni en la predicación. Hemos contristado, menospreciado, su papel como Maestro, Consolador, Santificador y el único capaz de convencer de pecado o de la verdad. Por eso, por poco él se ha apartado de nosotros, dejándonos coger el fruto de nuestra propia perversidad e incredulidad.

Hemos sido incrédulos. Es la incredulidad lo que nos vuelve tan fríos en la predicación, tan poco dispuestos para visitar y tan negligentes en todos nuestros deberes sagrados. Es la incredulidad la que congela nuestra vida y endurece nuestro corazón. Es la incredulidad la que nos lleva a luchar con realidades eternas con tanta irreverencia. Es la incredulidad la que nos hace subir al púlpito con pasos tan tímidos, cuando allí vamos a tratar con seres inmortales sobre asuntos referentes al cielo y al infierno.

Necesitamos personas que se dispongan y que se derramen; que se duelan y que oren; que vigilen y que lloren por las vidas perdidas.

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