Del
mismo lugar donde Cristo
es uno con Dios, nuestro Padre,
se abrió hacia nosotros el cielo
y vimos venir al Cordero.
Visión
celestial trascendente:
el Cristo encarnado se acerca
ungido, dilecto, atrayente,
el Hijo de Dios revelado.
La
iglesia levanta su nombre:
confiesa su fe; se hace fuerte;
retiene la vida de Cristo,
y en él se contempla gloriosa.
¡Hermanos:
que el cielo nos toque,
y así como Saulo de Tarso
abramos de nuevo los ojos,
mirando a Jesús invencible!